por Víctor Zorrilla, filósofo
Hace apenas dos meses Fernando del Pino Calvo-Sotelo publicó el artículo España, un país sin autoestima en su blog. Se trata de un escrito propositivo y polémico que me ha sugerido algunas reflexiones desde un tono personal y espontáneo al que, por otra parte, invita la lectura de aquellos párrafos.
A nivel fáctico, es fácil constatar que, en general, el artículo es exacto en los datos históricos y las cuestiones de detalle. Donde se queda algo corto es en la propuesta general que le da sentido.
El artículo toca un tema muy importante actualmente en España, el de la adecuada valoración de su historia. El asunto incide no solo en España sino en el conjunto del mundo hispánico. El autor parte del hecho de la relativa marginación de este mundo en el contexto más amplio de modernidad, dominado por las culturas francesa y —sobre todo en los dos últimos siglos— anglosajona. El problema es, pues, el del sitio de la cultura hispánica en el marco de la cultura occidental moderna.
Desde las últimas décadas del siglo XVI, la propaganda de las otras potencias europeas incidió en el desprestigio y la marginación de España y de su historia. A partir de aquella época, además, la misma España se fue retrayendo de los principales debates intelectuales y
científicos. Ello se debió a varios factores, entre otros, la actitud un tanto militante o combativa con la que se concibió la ortodoxia doctrinal a partir del Concilio de Trento (1545-1563) (este concilio tuvo, por otro lado, una influencia benéfica imponderable en las misiones globales). En cuanto a la propaganda antiespañola, es bien sabido que la historia del colonialismo inglés, francés u holandés fue tan sórdida y brutal como cualquier otra, con la diferencia de que en estas potencias no hubo casi defensores de las poblaciones autóctonas sometidas.
El artículo tiene el acierto de no aludir al mito de la Hispanidad, que tan ilustres proponentes ha tenido y tan caro ha sido a algunos sectores de la derecha española. Doscientos años de vida independiente han dado lugar a países muy diferentes a España y diferentes también entre sí. A los dos siglos de vida y desarrollo cultural independiente hay que agregar el antiespañolismo autóctono —no aprendido de ingleses ni franceses— sobre el que se fundan y proyectan las modernas repúblicas latinoamericanas.
En cuanto al tono, el artículo puede parecer algo combativo o polémico, y lo es. Considerando que pasan por aceptables planteamientos tanto o más combativos, pero de signo ideológico opuesto, no veo razón para reprobar particularmente a este artículo. Me refiero a que, en medios y
redes, a veces se oyen —incluso he escuchado a alumnos— decir cosas del tipo: “la conquista fue un genocidio”, o: “los indígenas vivían en una utopía que estropearon los españoles” —proposiciones que, en su expresión, son igualmente combativas, con la relevante diferencia de que en su contenido son falsas. Como siempre en estos casos, las preconcepciones ideológicas suelen ofuscar la interpretación de los hechos; por eso es tan importante bajar a los detalles.
Aunque viví cerca de seis años en España, llevo ya más de diez años de no estar allá, por lo que no me atrevo a calibrar la relevancia coyuntural del artículo para ese país. Es cierto que hay mucho sentimiento antiespañol exagerado, que obedece a motivos históricos sin relación directa con la conquista americana, como es el caso de los diversos “nacionalismos” (en Hispanoamérica les llamaríamos, y me parece que son propiamente, regionalismos). Sin duda, este es un factor coadyuvante en la baja autoestima que el autor atribuye a España, aunque no es el tema de su artículo. En estos casos, si acaso, la leyenda negra de la conquista solo es instrumentalizada a favor de un programa regionalista o nacionalista que poco o nada tiene que ver con la conquista misma.
Independientemente de eso, hoy existe otro factor que ha contribuido a la perpetuación de la leyenda negra dentro y fuera de España, y es que la leyenda negra encaja bien con la actual ortodoxia de la corrección
política. Esta ortodoxia hace las veces de placebo para que el hombre-masa se sienta bien consigo mismo sin esforzarse, arriesgando nada y sin poner la mano en el fuego. Identificarse en las redes como “antirracista” o “antinazi” mientras se hace alarde de virtud usando “lenguaje inclusivo” está de moda y queda bien; así se obtienen muchos likes. Lo difícil era hacerlo en la Alemania de 1943. Sophie Scholl lo hizo y ya sabemos cómo le fue. Eso es tener valor. Maximiliano Kolbe sufrió una muerte espantosa en un campo de concentración para salvar a otra persona, sin que nadie le obligara a ello. Esa es la virtud heroica. Lo otro es hipocresía autocomplaciente.
Por lo demás, como decía arriba, el artículo es relevante no solo para el público lector español (a quien se dirige principalmente) sino también para el hispanoamericano. En mi carrera académica de apenas una década en este hemisferio, pocas cosas me han llamado más la atención que la culpable ignorancia sobre la empresa española en América. Paradójicamente, esta ignorancia suele ser más acentuada y visible en los estudiantes que cursan estudios humanísticos —y en sus profesores—, mucho más ofuscados ideológicamente que los alumnos de otros grados. Si se parte de una visión simplista de la historia, que la divide en opresores y oprimidos, entonces ya solo es cuestión de buscar cuál es cuál, forzando la realidad de cualquier época a las categorías preestablecidas. Se cuenta que, cuando le preguntaron a Hegel: —
Profesor, y ¿qué pasa si la realidad no se ajusta a su teoría? —Peor para la realidad —contestó él. Así proceden frecuentemente los intelectuales cuando pretenden interpretar la historia. Sin embargo, las categorías conceptuales marxistas, desarrolladas para entender las sociedades industriales de Europa occidental en el siglo XIX, no necesariamente son adecuadas para estudiar la historia de otras sociedades en otras épocas.
El autor hace una serie de comparaciones entre las culturas del Viejo y del Nuevo Mundo. Su ámbito cronológico y geográfico es amplísimo, pues abarca desde las pirámides de Egipto hasta las catedrales góticas. No creo que este sea el aspecto más importante del artículo. Sin embargo, como sospecho que a muchos lectores les despertará alguna reacción (a favor o en contra), me permito comentar lo siguiente.
Algunos dirán: “no tiene sentido juzgar a los aztecas solo por los sacrificios humanos, el canibalismo o la tiranía que ejercieron. Tal juicio es burdo y sesgado; hay que valorar el panorama completo de la civilización azteca (o maya, incaica, etc.) en toda su riqueza y complejidad”.
A esto, debe responderse: “De acuerdo, siempre y cuando se use ese mismo criterio para juzgar a la cultura española del siglo XVI”.
Lo que no tiene sentido es juzgar a la cultura azteca por Nezahualcóyotl, o a los mayas por su calendario, y al mismo tiempo juzgar a la cultura europea del renacimiento —la más avanzada y sofisticada de su época— por los crímenes de la conquista. En este sentido, hay dos opciones: (a) aplicar un criterio riguroso y exigente a
todas las culturas consistentemente, o bien, (b) aplicar un criterio benevolente y caritativo a todas por igual. Lo que no vale es decir cosas como: “hay que situar los sacrificios humanos y el canibalismo en el contexto de su época y en el sistema de creencias de los aztecas, para entenderlos adecuadamente” (criterio benevolente), y, al mismo tiempo, afirmar: “el genocidio de la conquista fue obra de la arrogancia eurocéntrica, la implacable sed de oro y la rapacidad esclavista de los españoles” (criterio riguroso). Sin embargo, muchas personas que sostienen la primera proposición, sostienen simultáneamente proposiciones como la segunda, lo cual denota una grave inconsistencia en la aplicación del criterio de interpretación histórica. Como es bien sabido, los aztecas también fueron etnocéntricos —llamaban despectivamente chichimecas (“perros”) a los nómadas que vivían en Aridoamérica—, acaparadores y esclavistas.
Muchos datos que menciona el autor, por ejemplo, sobre los aspectos técnicos de ambas civilizaciones —el uso de los metales, la rueda, las armas de fuego o la imprenta— son ampliamente conocidos y, en cuanto tales, no sujetos a interpretación. En el siglo XVI, nada había en el mundo comparable a la cultura europea del renacimiento, en ese y en muchos otros aspectos. Por otra parte, en cuanto a los aspectos morales o de organización política, no vale la pena discutirlos si no nos ponemos de acuerdo sobre cuál criterio vamos a usar —moralmente exigente y riguroso, o bien benevolente y contextualizado—, y lo aplicamos de forma consistente a todas las realidades históricas, tanto del Viejo como del Nuevo Mundo.
Con todo, como decía, no me parece que este sea el aspecto crucial. Para el público hispanoamericano, lo relevante es el encuadre que el artículo propone. Se trata de revalorar a la cultura hispánica en el conjunto de la modernidad. Como insinuaba acertadamente Vasconcelos en La raza cósmica, no nos haremos cargo de nuestra herencia y nuestra historia mientras no caigamos en la cuenta de que los triunfos de las Navas de Tolosa y de Lepanto son nuestros, lo mismo que son nuestras las derrotas de la Armada Invencible y Trafalgar. La inmensa mayoría de la población latinoamericana participa de una herencia hispánica, occidental y cristiana en la que se encuentran subsumidos y asimilados, desde hace siglos, los elementos indígenas. Plantear el problema —como tradicionalmente se ha hecho, por ejemplo, en México— en términos del supuesto “trauma de la conquista” y del conflicto entre los indígenas y los invasores españoles ha dado lugar, como Vasconcelos ya había advertido, a “un regionalismo sin aliento universal” caracterizado por una “estrechez y miopía de campanario”.

Además de superar este característico provincianismo de la intelectualidad mexicana, el mismo rigor histórico exige la ampliación de la perspectiva. Las cosas en el terreno casi siempre fueron más complejas de lo que ha hecho creer aquella demagogia facilona. Como se sabe —y el artículo de Fernando del Pino lo menciona—, los españoles contaron en muchas conquistas con aliados indígenas, que a veces conformaban la mayor parte, numéricamente hablando, del contingente conquistador. En este sentido, la conquista española la hicieron también los indígenas. Ello aplica tanto al conocido caso de los tlaxcaltecas en México como a las arduas y prolongadas guerras que se llevaron a cabo en las zonas fronterizas al norte de la Nueva España y al sur de Chile.
La maniquea visión tradicional omite otro aspecto fundamental del proceso de conquista, a saber, la tremenda —y frecuentemente exitosa— oposición que ofrecieron algunos grupos autóctonos, sobre todo en las mencionadas guerras de frontera. Philip Powell, el historiador de la guerra chichimeca, califica a esta guerra, que se prolongó durante casi
toda la segunda mitad del siglo XVI, como una “segunda conquista”, mucho más ardua y larga que la primera (i.e. la caída de Tenochtitlán). Con todo, la guerra chichimeca palidece frente al interminable purgatorio español que fue la guerra de Arauco —el “Flandes indiano”, en el decir de la época—, cuya duración abarca los tres siglos del virreinato y se prolonga hasta el periodo independiente. Los indios de estas regiones fronterizas mostraron un tesón, una valentía y una capacidad de resistencia que merecieron ser inmortalizadas por los mismos escritores españoles en algunos de los últimos ejemplares de la tradición épica occidental: La Araucana, de Alonso de Ercilla; Arauco domado, de Pedro de Oña; el Purén indómito, de Diego Arias de Saavedra y el poema anónimo Las guerras de Chile. Extrañamente, los enérgicos y arrojados conquistadores españoles encontraron oponentes dignos de ellos no en las grandes civilizaciones andina y azteca —en las que infligieron una derrota fácil y relativamente rápida— sino en las agrestes zonas marginales habitadas por los fieros chichimecas y los indómitos mapuches.
Si se observa, pues, el panorama completo atendiendo a sus matices, salta a la luz un escenario mucho más rico y complejo que el que ha ofrecido la patriotera perspectiva de la historia oficial (que, en México, ha pasado a ser ya del dominio público): un escenario donde las poblaciones autóctonas, lejos de ser meras víctimas pasivas de la violencia conquistadora, fueron agentes que, con creatividad e iniciativa, supieron muchas veces defenderse eficazmente y, en su caso, negociar, aliarse e integrarse en la hueste conquistadora.
En vista de todo ello, resulta llamativo, como profesor, observar a estudiantes discutir acaloradamente sobre los crímenes de los conquistadores europeos de hace cinco siglos, denunciando de paso la supuesta destrucción de las culturas autóctonas, todo ello desde la comodidad y seguridad de un aula universitaria y en el contexto de una moderna democracia representativa —dos joyas irremplazables de la cultura occidental, de las cuales al menos la primera entró en América, como recuerda Fernando del Pino, por medio de la civilización hispánica—. En ello hay algo de cinismo y, por lo demás, poca originalidad: ya
Bartolomé de las Casas y muchos otros como él habían defendido a los indígenas, con la diferencia de que ellos lo hicieron en el fragor de la conquista y la encomienda, es decir, arriesgando sus vidas. A título de ejemplo, el obispo Antonio Valdivieso, dominico y colaborador de Las Casas, intentó aplicar en su diócesis de Nicaragua las Leyes Nuevas (1542), encaminadas a proteger a los indígenas de la explotación de los encomenderos. Ello lo enfrentó a los potentados de la región, que veían minados sus intereses. Al cabo, los hermanos Pedro y Hernando Contreras, confabulados con otros encomenderos, asesinaron a Valdivieso a puñaladas el 26 de febrero de 1549.
Como se ve, no necesitábamos ideólogos —marxistas, deconstruccionistas ni de cualquier otra índole—: aquellos prohombres, empapados de auténtico espíritu evangélico, ya nos habían enseñado, de palabra y de obra, el deber de defender a los pobres y vulnerables. Puestos a hablar de indigenismos, resulta difícil concebir uno más congruente. Por su parte, los pueblos indígenas que hoy sobreviven son quizá —afortunadamente— los principales beneficiarios de la moderna doctrina de los derechos humanos, otro fruto invaluable de la tradición intelectual de Occidente, con raíces en el pensamiento medieval y la Escuela de Salamanca.
En conclusión, es cierto que pocas gestas históricas pueden compararse con la empresa española en América en todos los aspectos: militar, estratégico, civilizador, misional, político… El hecho mismo de que esta empresa conjuntara todas estas facetas ya la hace excepcional. Como señaló Ortega en La rebelión de las masas, imperar es ordenar, o sea, dar quehacer, meter en un destino imponiendo una tarea con sentido,
continuidad y trayectoria —en otras palabras, estructurar, organizar y elevar en función de un proyecto común. Eso lo han sabido hacer muy pocos pueblos en la historia. “Cuando los reyes construyen, tienen que hacer los carreteros”, dice el verso de Schiller. El problema de España actualmente no es tanto la interpretación de su historia, como supone el autor del artículo comentado, sino la desmoralización, es decir, la ausencia de una misión o un proyecto vital, es decir, de valores compartidos (eso sí lo insinúa) que le den dirección y sentido. La España del Siglo de Oro sí tenía un proyecto tal. Este proyecto, consistente en propagar la verdad cristiana por el orbe, elevando a los pueblos conforme a las exigencias evangélicas irrenunciables de justicia, verdad y paz, trasluce en los textos de la época como una idea recurrente, terca y obsesiva. El hecho de que se plantearan y tomaran en serio semejante proyecto, corriendo riesgos increíbles por realizarlo, atestigua la inmensa talla espiritual y moral de muchos de aquellos insignes personajes.
Si España tuviera ahora un proyecto similar, sabría valorar su incomparable historia. Si en Hispanoamérica percibiéramos el valor y la importancia de haber participado en él, haríamos lo propio con la nuestra, que, en parte, es la misma. Así podríamos, quizá, superar nuestros complejos y traumas para lanzarnos confiadamente hacia el futuro.
por Antonio Cañellas, historiador
convirtiéndose de hecho en un tribunal contra la herejía religiosa en manos de la autoridad civil. La concentración del poder iba dejando atrás las limitaciones medievales con potestades más difusas, fraccionadas entre los señoríos nobiliarios, los eclesiásticos y las ciudades representadas en cortes o asambleas, que actuarían de contrapeso a la presión de la nobleza
regencia de Fernando el Católico su gobierno favoreció los intereses ganaderos reunidos en el concejo de la Mesta, que monopolizaba el comercio de la lana. El fomento de la exportación desde Burgos y Santander a los mercados de Flandes les enfrentó a los productores castellanos del interior; especialmente de Valladolid y Toledo. Y es que los beneficios derivados de la manufactura quedaban reservados a los fabricantes extranjeros en detrimento de la industria castellana.
ciudades. La proclamación de Carlos de Habsburgo (nieto de los reyes católicos) como monarca de las coronas de España por la corte de Bruselas respondía a una estrategia para reforzar su candidatura al frente del Sacro Imperio Romano Germánico. Había que convencer a los electores alemanes para que optaran por el nieto del emperador Maximiliano.
representativo. Con el ánimo de atraerse a la nobleza, todavía recelosa por haberse eludido ante las Cortes el juramento personal del rey, éste decidió anular las elecciones locales de mayo de 1520. Las acusaciones de la Germanía se dirigieron contra el virrey, por cuanto lo estimaban responsable de variar el buen ánimo mostrado inicialmente por el monarca. El palacio virreinal fue atacado. Con arreglo al espíritu de la caballería, Carlos V recomendó a su lugarteniente procurar un entendimiento
capitán del movimiento sin que pudiera fructificar un acuerdo con el virrey. Se decidió intervenir la Casa de la Consignación –controlada por los acreedores del gobierno municipal de la ciudad de Mallorca− para acabar con la deuda pública. La destitución del virrey –alegándose un antiguo privilegio real de 1344− aproximó a los agermanados a la ilegalidad. El puesto fue cubierto por el gobernador de la ciudad, Pedro de Pacs, que se mostró más condescendiente, autorizando reuniones en las villas rurales para que participaran en la pretendida reforma financiera. Se consiguió saldar algunos créditos, pero la apelación de ciertos prestamistas al rey ante el perjuicio ocasionado por la intervención de sus pensiones avivó la lucha
se prolongaron un año hasta la completa sumisión de la Germanía. Colom, inculpado de crímenes horrendos, fue decapitado y su cuerpo descuartizado. Su cabeza se colocó a modo de advertencia en una jaula situada en lo alto de una de las puertas de acceso a la muralla de la ciudad de Mallorca. Sólo fue retirada en 1820 con el arranque del trienio liberal. La acción confirmó la identificación de los postulados revolucionarios liberales con la Germanía, que fue tomada por los más extremos como su antecedente remoto.
por Juan Carlos Rodríguez, historiador


por Antonio M. Moral Roncal, historiador
dimensión espiritual de la persona, lo cual trataron de reflejar en sus obras literarias. Pero hubo una característica de la primera generación que la segunda mantuvo: la fuerza de la cadena de conversiones, como la del historiador de la cultura Christopher Dawson (1889-1970), al que el rigor intelectual de Newman le atrajo personalmente, al concluir que ningún converso había realizado nunca una aproximación más cuidadosa y consciente al catolicismo.
caracterizada por un humanitarismo que idolatraba al hombre y que, en base a una pretendida tolerancia, abominaba de la religión y despreciaba a los creyentes. Su dirección recae en un líder político mesiánico -un Anticristo relativista- que articula una nueva religión del hombre y del progreso, cuya contrapartida es la persecución de los cristianos, a los que define como fanáticos y clasifica como delincuentes. En un futuro Estado benefactor, donde el progreso científico logra reducir los esfuerzos laborales al mínimo, Benson describía una sociedad que no lograba dotar de sentido las tediosas vidas de los seres humanos, muchos de los cuales optaban por la eutanasia. De esta manera, Benson se anticipó a la conocida e impactante novela Un mundo feliz de Aldous Huxley (1932), donde también se desarrollarían estas pesimistas visiones de un futuro desalentador y deshumanizado. En todo caso, ambas obras continúan siendo de una neurálgica actualidad a comienzos del siglo XXI.
serie de televisión producida en 1981 y a una película en 2008. Si bien sus guionistas se centraron en describir el canto del cisne de la aristocracia británica y del mundo de la alta sociedad de entreguerras, en la novela queda claro el decisivo papel del catolicismo, de la gracia y de la conversión religiosa. No solo aflora entre sus líneas la relación con Dios, sino que ésta protagoniza la novela, orientando tanto su inicio y desarrollo como final.
demandarle no escritos meramente piadosos sino literatura de calidad, ensayos sustanciosos, ágiles y atractivos de leer. Como señaló la crítica, en el corazón de la visión del mundo chestertoniana late su alegría vital, fruto de contemplar la vida no solo como un placer sino también como un privilegio; de ahí la dureza de Chesterton con aquel que se muestra escéptico y con el suicida. Y es que, para este escritor, al tener a Dios como padre, el mundo resulta ser una patria inteligible, dotada de sentido, por lo que no cabe ni el abandono de la vida, ni la desesperación ni la continua desconfianza.
propiedad de los medios de producción debían distribuirse lo más ampliamente posible entre la población, al contrario que el capitalismo y del socialismo, donde la propiedad queda en manos o de una minoría o del Estado. Frente a los aspectos más negativos de la industrialización sin alma y del urbanismo alienador, defendió la opción de un retorno al campo y a la economía familiar. En El camino de Roma (1902) creó un rompedor libro de viajes que incluía diálogos entre el autor y un lector ficticio, dibujos, signos, mapas, partituras…; practicó el género biográfico en sus acercamientos a las figuras de la reina María Antonieta, el cardenal Richelieu, Robespierre, Luis XIV, Napoleón, Cromwell, entre otras. Asimismo, frente a la concepción marxista y jacobina imperante sobre el ciclo revolucionario iniciado en 1789 escribió Reflexiones sobre la Revolución Francesa y frente a la visión negativa sobre la Edad Media, Las Cruzadas.
privilegiando el debate psicológico y moral de los personajes. El poder y la gloria -llevada a la gran pantalla en 1961- narró la vida de un sacerdote en el México revolucionario del presidente Calles, que era todo menos un modelo de virtudes católicas. El protagonista resulta ser un ejemplo de los defectos que los anticlericales denunciaban continuamente, pero sus acciones lo redimen, al estar guiadas por medio de dos virtudes capitales: la caridad y la humildad. Y así, a pesar de la fragilidad del enviado, el mensaje cristiano se extiende, pues –para Greene– las miserias humanas no hacen sino resaltar el poder y la gloria de Dios. El protagonista muere al intentar acudir a confesar a un bandido, pero un nuevo sacerdote acude a su parroquia para continuar su obra.
por José Luis Orella, historiador
incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres. Este artículo viene relacionado con el art. 7 TUE que impone sanciones en el supuesto de que se constate la existencia de una violación grave y persistente de los derechos humanos por algún gobierno europeo. Lo más sorprendente es que a Polonia y Hungría se les quiera aplicar unas sanciones precisamente por defender art. 2 TUE, que es malintencionadamente interpretado por las instituciones europeas.
después de ser presionada por las instituciones magiares, ante la falta de referencia de una universidad en su país de origen, en este caso, los Estados Unidos. La entidad en realidad se ha dedicado a la formación de activistas para la desestabilización política de países balcánicos y de Asia Central y no a la formación académica, a la que se debe un centro académico superior.
al artículo octavo sobre el derecho al respeto de la vida privada y familiar, que establece que «toda persona tiene derecho al respeto de su vida privada y familiar, su domicilio y su correspondencia». Polonia ha tenido que sufrir el acoso del embajador estadounidense, quien lideró por segundo año un manifiesto suscrito por los diplomáticos europeos occidentales a favor del colectivo LGTB y en contra del Tribunal Constitucional Polaco, que dictaminó que el aborto por malformaciones fetales graves era contrario a la Constitución.
ministra de Justicia de la República de Hungría, Judit Varga, explicaba que la Ley de protección infantil, atacada por las instituciones europeas como discriminatoria, en realidad se enfocaba en garantizar los derechos de los padres a proteger a los menores de edad para que no accediesen a contenidos que pudiesen contradecir los principios educativos que sus padres eligieron enseñarles hasta que ellos mismos se conviertan en adultos. Sin embargo, el derecho de los padres a proteger a sus hijos de amenazas, como la pederastia, no fue reconocida.
por Luis Suárez, historiador
de los demás reinos cristianos peninsulares a la auctoritas imperial. Su principal cometido residiría en la defensa de la fe, íntimo fundamento de la unidad hispana desde el III Concilio de Toledo, coordinando la pluralidad de potestades de los distintos reyes y príncipes (Castilla, Navarra, Aragón, condados catalanes). Con la muerte de Alfonso VII en el campo de batalla se desvanece esa autoridad imperial que confirmará un sistema de monarquía basado en cinco reinos, cada uno de los cuales asumiría la responsabilidad de la defensa de un fragmento de frontera del que fuera el viejo reino hispano-godo. Se conserva, pues, una conciencia de unidad, favorecida por la definitiva adopción del Derecho romano Justiniano, que proporcionaría un modelo de objetivación del poder, todavía rudimentario. De este modo, la soberanía correspondería al reino que la depositaba en el monarca, y el acuerdo jurídico que permitía la preservación de las costumbres sometidas siempre al orden moral.
hacerlas entender; la otra es según naturaleza, así como mostraron los hombres sabios que fueron como conocedores de las cosas naturalmente. Y naturalmente dijeron los sabios que el rey es cabeza del reino, pues así como de la cabeza nacen los sentidos por los que se mandan todos los miembros del cuerpo, bien así por el mandamiento que nace del rey, y que es señor y cabeza de todos los del reino, se deben mandar y guiar y haber un acuerdo con él para obedecerle, y amparar y guardar y enderezar el reino de donde él es alma y cabeza, y ellos los miembros.
ámbito español. Tanto él como sus sucesores prefirieron optar por la creación de nuevos reinos, con estructura institucional propia. Si en Castilla se consolidaron las Cortes, únicas para toda la Corona, impidiéndose la división territorial, la Corona de Aragón aplicó el Privilegio General que defendía las costumbres de cada reino y obligaba al rey a convocar sus correspondientes Cortes. Prevaleció el principio de la Unión de Reinos bajo un mismo soberano. Modelo que confirmarían los Reyes Católicos y sus descendientes de la nueva dinastía de los Habsburgo.
por Víctor Zorrilla, filósofo
Justo Sierra consiguió formar a un cuerpo de maestros en las últimas técnicas didácticas para modernizar la enseñanza primaria: “La europeización preconizada cuarenta años antes por Sarmiento —constata Vasconcelos— comenzaba a realizarse [en México]”. Sin embargo, y como otras tentativas similares, el trabajo de Sierra no llegó a dar sus frutos. Los políticos veían en Sierra a un maestro digno de compasión por su incapacidad para prevaricar —o para ordenar una ejecución sumaria—, de suerte que estaba descalificado para el gobierno. Se le escatimaban los mínimos recursos indispensables para llevar a cabo su proyecto
contando con la colaboración de voluntarios —maestros, pero también intelectuales, poetas y profesionales— incitados por el prestigio intelectual y la autoridad moral de Vasconcelos. Famosamente, la escritora chilena Gabriela Mistral participó en la campaña recorriendo sierras y bosques como “misionera cultural”, además de editar sendos volúmenes de Lecturas clásicas para mujeres y Lecturas clásicas para niños, este último con la colaboración de otros intelectuales mexicanos.
de la revolución”. Para que el arte llegase a reflejar la intensa vida cultural del momento, convocó a los artistas para proponerles el proyecto de un arte para las masas a través de la decoración mural
perspectiva no nacionalista —o mexicanista en sentido estrecho— sino iberoamericana. Según Vasconcelos, solo desde esta perspectiva amplia puede empezar a recuperarse la dimensión transcendente que supone todo sistema acabado de educación. Sin proponer el retorno a una educación confesional determinada, Vasoncelos advierte contra el peligro de los excesos del laicismo:
humanas más profundas no se satisfacen con ideologías reductivas que presentan una noción trunca de la realidad


pio de igualdad y no discriminación de los ciudadanos ante la ley, no es el único inspirador de justicia; se debe invocar más bien los principios que deben inspirar una política sobre la familia en una sociedad avanzada: la racionalidad y realismo en el conocimiento de las diferencias reales entre las comunidades familiares y las otras formas de convivencia


los caballeros andantes
crecimiento −personal y colectivo− que, por oposición, deriva en parálisis o estancamiento ante la vida. La pregunta clave para este representante de la razón vital reside en el propósito u objeto al que, una vez aplicada la inteligencia, fijamos nuestra atención a la hora de encarar la existencia. En caso de desenfoque, por omisión –falta de optimismo vital− o por equivocación −al errar en la finalidad; bien por presunción de medios o por ausencia de ideales justos y buenos− la vida humana carece de la debida articulación, pues «caminará desvencijada, sin tensión y sin forma. […] perdida en el laberinto de sí misma por no tener a qué entregarse»
