Razones de la presencia española en África

por Álvaro Sureda, historiador

Introducción

Junto a Portugal, Marruecos se ha convertido en uno de los países a los que suele acudir el nuevo presidente de España en sus primeros viajes de Estado cuando es elegido por los españoles. Los intereses geoestratégicos de la Península incentivan estos viajes para poder contar con la ayuda del país magrebí en distintos campos como la inmigración, la agricultura o el abastecimiento de gas proveniente de Argelia. Otros muchos campos como el traspaso de información de los servicios de inteligencia, el control del tráfico de drogas, el desarrollo de la cultura o el mantenimiento de paz en las plazas africanas que pertenecen a España, hacen de las buenas relaciones con el reino alauí una política de Estado.

A pesar de lo que parecerían unas buenas relaciones a simple vista, en los últimos años se percibe una serie de amenazas por parte de Marruecos. La exigencia de la soberanía sobre aguas de Canarias o los territorios de Ceuta y Melilla, además de la reivindicación de las plazas de Vélez de la Gomera, Las Chafarinas, Alhucemas o Perejil han perjudicado el entendimiento. Perejil fue la última protagonista de una de las crisis más graves que ha afrontado la democracia española ante su ocupación por parte de Marruecos en 2002. Unos movimientos que hacen tensar las relaciones y complicar en algunos momentos los delicados equilibrios de la geoestrategia hispana. Si bien algunas instituciones han profundizado en la explicación de la cronología del dominio español de dichos enclaves[1] para dar legitimidad al control territorial frente a las reclamaciones del país magrebí, este artículo se centrará en las razones de este dominio.

La necesidad portuguesa

Muchos de los grandes descubrimientos de la civilización vendrán impulsados por la necesidad. Al igual que la escritura responde a una necesidad de contabilización de los recursos y de la economía, la agricultura surge de la escasez de recursos y de la incomodidad de los desplazamientos de una sociedad nómada. Del mismo modo las herramientas surgen para ayudar, facilitar y permitir a los hombres acometer distintas tareas como la caza o la agricultura, los avances en medicina provienen de intentar afrontar las diversas enfermedades humanas. Es por eso que podemos comparar estos grandes avances a otros producidos posteriormente como motivos de necesidad. Por ejemplo, la necesidad de crecimiento económico y las dificultades de una expansión militar en la Península, la falta de oro o la escasez de alimentos, llevaron al reino de Portugal, liderados por su rey Enrique el Navegante y la Escuela de Sagres, a desarrollar el campo de la Navegación para conseguir sus objetivos. De ese modo, la investigación sobre nuevos tipos de barco como la Carabela o la Nao, el estudio de las corrientes marinas como la de Canarias, la construcción de varios astrolabios, cuadrantes y agujas náuticas o el descubrimiento de la ruta de circunnavegación de África permitirán el crecimiento del reino portugués durante el periodo moderno. Un crecimiento que les permitirá la obtención de recursos y un expansionismo importante. Gracias a estos progresos, en 1460 conseguirán llegar desde Madeira (portuguesa desde 1419) a Guinea, donde asentaron poblados mercantiles para la obtención de oro y esclavos. Años más tarde, en 1488, Bartolomé Días llegará al Cabo de Buena Esperanza, haciendo posible que en 1498 Vasco de Gama consiga establecer la ruta de las Indias, mediante la cual conseguirán un gran crecimiento económico y la posibilidad de prosperar.

La necesidad española

En esa misma situación se encontrarán otros Estados que verán la necesidad de afrontar distintas empresas para sus planes de crecimiento y supervivencia. En el caso de España, también es la necesidad la que le llevará a cambiar el curso de la Historia. Con el fin de la reconquista en los territorios hispanos, los Reyes Católicos comprenden que el peligro que supone el Islam para la cristiandad no ha terminado. Con la caída del imperio de Constantinopla en manos de Mehmet II (1453) la cristiandad sufre un gran revés. Además, las incursiones en los puertos del mediterráneo por parte de la piratería berberisca continúo siendo un problema latente entre los súbditos de la corona. Por último, la imposibilidad de contactar con los mercados orientales por la ruta de la Seda, bajo el control de los turcos, y el monopolio de la ruta portuguesa por la costa africana, que los Reyes Católicos tuvieron que reconocer con la firma del tratado de Alcaçovas (1479), terminaron impulsando la expedición colombina hacia el Atlántico. Es en este escenario cuando toma especial relieve el fin de la conquista de los primeros enclaves africanos por parte de los Reyes Católicos. Aprovechando la presencia castellana en algunas de las islas del archipiélago canario desde 1402, los Católicos instarán a finalizar el dominio del conjunto de islas. Un proceso que verá su conclusión en 1496. Como bien se sabe, el dominio de dichas islas supondrá un importante hito para la realización de la expedición colombina, que verá la luz en 1492. La ruta de Cristóbal Colom, además de buscar la ruta comercial con Asia, también buscaba llegar a Oriente con el objetivo de poder asestar un golpe por la retaguardia al Islam. Siendo el Levante dominado por el nuevo Imperio Otomano, buscar el flanco opuesto del Imperio con el objetivo de debilitarlo se presentó como un aliciente importante para financiar la expedición.

Cristóbal Colom presentó a los Reyes Católicos su propuesta de ruta atlántica

Gracias al uso de las Canarias como base de operaciones en la ruta atlántica y las corrientes que pasan por sus inmediaciones, el trayecto pudo llegar a su destino. Esta misma inquietud llevará a la presencia hispana en distintos enclaves de África. El control de Ceuta en 1415 por los portugueses responde a una lucha continuada de la Reconquista (Ceuta pasará a formar parte de España tras la independencia de Portugal en 1640). Otros territorios como Tánger (1471), Mazagán (1502), Mogador (1516) o Agadir (1505), tendrán el mismo objetivo por parte del reino portugués. Estos lugares destacarán por ser de vital importancia, no solo para el desarrollo de sus nuevos avances marítimos, sino porque suponen acabar con nuevas amenazas de invasión dentro de la Península. Con anterioridad, la invasión musulmana producida en el 711 vino desde Ceuta, apoyada por el conde visigodo Urbano que buscaba venganza contra el rey Rodrigo. Por otro lado, las invasiones de los Almorávides (hacia el 1090) y los Almohades (1195), realizadas a través del estrecho, habían puesto en jaque el avance cristiano en la Península. Con este control se evitaba la posibilidad del envío de suministros y auxilio desde el estrecho. En el caso de Melilla (conquistada por el duque de Medina Sidonia en 1497), Mazalquivir (conquistada por voluntad del arzobispo de Toledo en 1505) o Vélez de la Gomera (conquistada por Pedro Navarro en 1508), ocurrirá de manera similar. Todas estas conquistas estaban incentivadas por la expectativa de extirpar la piratería y el establecimiento de bases que controlarán el territorio, pudiendo neutralizar posibles ataques. Dentro de este conjunto, podríamos añadir otras plazas como Orán (dirigida la campaña por el propio Cardenal Cisneros en 1509), Bugía (1510), Argel (1510, aunque posteriormente perdida), Trípoli (1434 y 1510) o Bona, Bizzerta, Túnez y la Goleta (conquistadas en 1535). Aunque ya no forman parte de España, su control se prolongó durante bastante tiempo. Las islas Alhucemas serán conquistadas y mantenidas hasta la actualidad a partir de 1673. A su vez, el territorio de Ifni en el Sáhara también será conquistado por los castellanos (estableciendo Diego García Herrera una torre en 1478 que tras ser destruida se reconstruirá y volverá a desaparecer en el siglo XVI). Ifni retomará el protagonismo a raíz de las guerras de Marruecos. Será concedida a perpetuidad para España en el tratado de Wad-Ras en 1860. Sin embargo, se perderá tras la última guerra colonial de España frente a Marruecos en tiempos de Franco (1958) y por mandato de la ONU. Por otro lado, son también conocidas las incursiones realizadas por Carlos I de España en Túnez (1535) y Argel (1541) contra el pirata Barbarroja, siendo la primera una gran victoria y la segunda un gran fracaso. El problema contra la piratería seguirá estando presente en los siglos posteriores. A pesar del control de algunas plazas, la necesidad de acabar con el problema supondrá, en tiempos de Carlos III, el ataque e intento de conquista de Argelia por parte de O´Reilly, representando un nuevo fracaso a la hora de intentar solucionar el problema.

La toma de Orán por el cardenal Cisneros (obra de Augusto Ferrer-Dalmau)

Varios de estos enclaves pasarán a formar parte del territorio hispano y a depender de los gastos de la corona. Un ejemplo de ello lo encontramos en la cesión de Melilla por parte del duque de Medina Sidonia, que pasará a ostentar el título de jurisdicción realenga. Dichas plazas se utilizarán en varias ocasiones como zonas de presidio, lo que permitía descargar las penitenciarías peninsulares y la posibilidad de mantener ciudadanos en las plazas conquistadas. Es importante este acontecimiento porque refleja que es un territorio dominado por gente de la península, que, si bien no cuentan con todos sus derechos al encontrarse algunos en condición de reclusos, no por ello pierden su identidad y sentido de pertenencia a la corona.

Durante la monarquía de los Reyes Católicos, se pone de manifiesto la aceptación del título de defensa de la cristiandad en la monarquía hispánica. Si bien Carlos será su gran exponente, los Reyes Católicos pondrán las bases de dicha misión. Es la propia Isabel quien afirma como una de sus últimas voluntades en el testamento: el uso del dinero concedido por las bulas y jubileos en la conquista de África[2]. Una máxima que hay que entenderla no como un afán en sí mismo de conquista, sino como un derecho y un deber por parte de la monarquía cristiana[3]. La historia del norte de África siempre había estado ligada al mediterráneo y entendiéndose la zona del estrecho como una prolongación de la Península. Con el anterior ejemplo de la posesión del territorio ceutí por parte del conde Urbano, podemos ver que los visigodos aplicaban esta misma política. Por otro lado, ya con anterioridad, el emperador Diocleciano estableció la zona del estrecho, conocida como Saepta Julia, bajo el dominio de la diócesis Hispania[4]. A través de la correspondencia de los Reyes Católicos con el Papa, podemos observar la entrega de la Bula Ineffabilis[5] (1495), documento mediante el cual el Papa Alejandro VI hace una concesión pontificia de los territorios que se conquistaren de África. Esta bula, que presenta un incentivo en la conquista no tendrá un gran impulso, aunque permitirá algunos avances y asentamiento en las plazas ya mencionadas. La necesidad de centrarse en el desarrollo de América y el tratado de Alcaçovas imposibilitarán poder adentrarse y continuar la conquista de África. No obstante, como señalan las posteriores campañas tras la muerte de Isabel, estas tienen un incentivo en asegurar y conquistar el territorio como parte de la misión divina recibida.

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando

La historia de otros territorios africanos por parte de España ya entra a formar parte de otras causas y periodos históricos distintos. A lo largo del siglo XIX, las guerras de Marruecos y el establecimiento del protectorado a partir de la Conferencia de Algeciras (1906) supondrán la entrada de territorios como del Sáhara y el Rif bajo el dominio español. Las Islas Chafarinas serían ocupadas por el general Serrano en 1848 ante el peligro de su toma por Francia. Esto implicaba un gran peligro para la soberanía española en África, iniciando su expedición desde Orán; todo un ejemplo de cómo entre las distintas plazas hay un sentido de pertenencia y defensa de intereses comunes. La finalización del dominio español en estas plazas tendrá lugar a partir de la independencia de Marruecos para la zona del Rif (1956) y la Marcha verde (1975) con la retirada española del Sáhara. De este período sólo se conservan las islas Chafarinas.

Firma del Tratado de Wad-Ras reconoció la soberanía de España sobre Chafarinas

El golfo de Guinea

Guinea fue ocupada por los portugueses en 1472 con el desembarco del navegante Fernando Poo en la isla de la actual Bioko, posteriormente conocida como Formosa y que finalmente adoptaría el nombre de su descubridor. Un desembarco y establecimiento clave para su ruta a las Indias y la obtención de recursos en África (sobre todo esclavos y oro). Si bien los reyes de Portugal obtendrán el título de “Señores de Guinea” en el siglo XV, en el siglo XVII ya no estaban, haciendo que los holandeses la convirtieran en un enclave para la obtención de esclavos[6]. Años más tarde, con la negociación del Conde de Floridablanca se obtiene el primer dominio sobre la Isla. La primera ocupación no tendrá mucho peso, ya que a los pocos años se asentará una dominación británica. España intentará vender los territorios, pero la oposición generalizada de la opinión pública detendrá la operación. A partir del gobierno de Leopoldo O´Donnell se estimuló el control de los territorios, comenzándose las primeras incursiones en el territorio continental. Cabe señalar que el dominio de Guinea tiene un gran impulso evangelizador. Fue la llegada de los misioneros la principal razón que animó a una intervención más decidida por parte del Estado. Finalmente, el control sobre Guinea finalizará con su independencia en 1968.

Imagen de la misión española de la Iglesia Católica en Guinea durante el siglo XX

Conclusión

Como se puede observar, las razones que produjeron estas conquistas son bastante variadas en los diferentes momentos de la historia de España. Sin embargo, podríamos concluir que el gran impulso ejercido, tanto por Portugal como por España, independientemente de su motivación, asentarán las bases para el mayor proyecto geopolítico de la historia moderna. Un proyecto que Isabel, Fernando y Cisneros pensaron a largo plazo y que siguen señalando la última frontera de Europa en África. Los distintos vaivenes sufridos y la pérdida de algunas de las posesiones no han supuesto la disolución de la identidad de los ciudadanos que habitan estas zonas. En todo momento han sido reconocidos como parte del Estado español y con los mismos derechos que sus conciudadanos peninsulares. Si tenemos en cuenta estas circunstancias podremos entender mejor la presencia y la relación de las plazas norteafricanas de soberanía española.


[1] Sirva como ejemplo: Echevarría Jesús, Carlos, Las raíces históricas de Ceuta, Melilla y el resto de territorios españoles del norte de África,  Observatorio de Ceuta y Melilla, febrero de 2021. https://www.observatorioceutaymelilla.org/wp-content/uploads/2021/02/Las-raices-historicas-de-Ceuta-Melilla-y-el-resto-de-territorios-espanoles-del-norte-de-Africa.pdf

[2] ES.45168.AHNOB//FRIAS,C.17,D.61-62

[3] El testamento de la reina señala que: Otro si por quanto por la sede apostólica nos han seido concedidas diversas veces la cruzada e jubileos e subsidios para el gasto de la conquista del regno de granada e para contra los moros de africa e contra los turcos enemigos de nuestra sancta fe catholica para que en aquello se gastasen segun en las bullas que sobrello nos han seydo concedidas se contiene mando que si de las dichas cruzadas e jubileos e subsidios se han tomado algunos maravedis por nuestro mandado para gastar en otras cosas de nuestro servicio e no en las cosas para que fueron concedidas e dadas que luego sean tornados los tales maravedis e cosas que dello se ayan tomado e se cumplan e paguen de las rentas de mis regnos de aquel año que yo fallesçiere para que se gasten conforme al tenor e forma de las dichas concessiones e bullas. E que si las rentas de las ordenes no se han gastado e distribuido conforme a las definiciones e estabilimentos dellas descarguen çerca dello mi anima e consciencia e suplico al rey mi señor como quiera que su señoria terna dello mucho cuidado que las dichas rentas se gasten en aquello para que fueron statuidas E que las encomiendas se provean a buenas personas segund dios e orden. Transcripción del codicilio de Isabel la Católica hecha por De la Rada y Delgado, Juan de Dios, 1893.

[4] Echevarría Jesús, Carlos, Las raíces históricas de Ceuta, Melilla y el resto de territorios españoles del norte de África, Observatorio de Ceuta y Melilla, febrero de 2021. https://www.observatorioceutaymelilla.org/wp content/uploads/2021/02/Las-raices-historicas-de-Ceuta-Melilla-y-el-resto-de-territorios-espanoles-del-norte-de-Africa.pdf pág. 11.

[5] ES.47161.AGS//PTR,LEG,60,195

[6] Aranzi Martínez, J. Ramón y Álvarez Chillida, G. “Bioko: nadie está en venta”. Guines Ecuatorial (des)conocida (Lo que sabemos, ignoramos, inventamos y deformamos acerca de su pasado y su presente). Uned. 2020.

El poder en la España del siglo XVIII

por Gregorio Alayón, jurista

Al Rey, la hacienda y la vida

se ha de dar; pero el honor

es patrimonio del alma,

y el alma sólo es de Dios.

La concepción del privilegio

Los versos que encabezan este estudio y que Calderón de la Barca pone en boca de Pedro Crespo, alcalde de Zalamea, encierran una de las claves de la concepción jurídica del poder y su ejercicio práctico durante la Edad Moderna. A partir de las palabras del padre agraviado se puede entender la noción de privilegio.

Pedro Crespo, representa el honor personal en la obra teatral de Calderón de la Barca

La idea de privilegio, que vertebra el derecho preliberal, no supone una quiebra del sistema y abuso de unos sobre otros. Antes al contrario, el término, libre de las connotaciones con las que hoy carga, se refiere al derecho propio; al estatuto jurídico que corresponde a cada persona.

Por ello, Pedro Crespo no exige más de lo que le es debido, pero tampoco duda en defender por todos los medios a su alcance su propio derecho, en este caso, ejemplificado por la honra de su hija.

La diferencia entre las personas -esto es, el privilegio- no se comprende como ilegítima, sino como natural y, en consecuencia, el estatuto jurídico de cada cual será distinto por venir determinado por las diversas circunstancias -como vecindad, oficio, sexo u origen familiar- que concurran en ese individuo.

El criterio de vecindad dará, por ejemplo, derecho al disfrute de los bienes comunales de un concejo a sus vecinos. Este derecho, privilegio de los vecinos, aun de los más pobres pecheros, puede excluir a otros que no sean vecinos, con independencia de que disfruten de un estatuto jurídico, en teoría, privilegiado, debido a su condición de nobles o de clérigos.

Además, siguiendo con el ejemplo anterior, la condición de vecino no es excluyente. Esto quiere decir que los derechos de vecindad se acumulan a otros como puede ser la condición de noble o la pertenencia a un gremio o a una determinada cofradía.

La función del rey

Otra cuestión a destacar, que viene implícita en la historia del Alcalde de Zalamea, es la posición del Rey. No tanto como gobernante, sino como máximo juez; es decir, como componedor y árbitro de derechos en una sociedad compleja y diversa. En ese sentido, Martínez Pérez subraya que:

[…] para la jurisdiccional cultura del Antiguo Régimen, no solo es que no había separación de poderes políticos, sino aún más tampoco había ontológicamente una distinción de lo que hoy denominamos poderes políticos: se legislaba juzgando y se juzgaba, obviamente, juzgando […] Y quien no reconocía superior jurisdiccional, esto es, quien no solo tenía el más alto grado de jurisdicción sino que además podía juzgar (iudicare) sin ser juzgado por otros (iudicari), ostentaba una jurisdicción suprema y, por eso, podía decirse soberano. Ni que decir tiene, […] que la marca inequívoca de la soberanía era la de determinar, en última instancia, a quien correspondía la «competencia jurisdiccional»[1].

Esta forma de comprender la posición del rey como encargado de mantener la paz social, arbitrando entre derechos y legitimidades múltiples, deriva de uno de los postulados básicos del ius commune: dar a cada uno lo suyo[2]. Esta referencia de dar a cada uno lo suyo, es decir, su propio derecho o aquello que le corresponda, es la forma apocopada de la máxima iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere -Los principios del derecho son estos: vivir honradamente, no hacer daño a otro, dar a cada uno lo suyo- formulada por Ulpiano, jurista del final de la etapa clásica[3].

Felipe II, conocido como el rey prudente

Sin embargo, la herencia del ius commune no agota el pensamiento político del siglo XVIII español. Entre otras razones porque por sí misma no explicaría la posición superior del monarca dentro del ordenamiento jurídico. La configuración de la figura del rey absoluto es producto de un largo proceso iniciado en el siglo VIII con la aparición de la idea de “sucesión dinástica” que según Artola permitió “…la construcción de la imagen del rey como persona distinta y superior, a la que todos sus súbditos debían obediencia como señor natural…” al excluir de la sucesión a “…pretendientes extraños a la familia…” y evitar “...el conflicto entre hermanos, con ventaja para el reino…”[4].

La aplicación a lo largo de los siglos de este principio dio lugar, sumada a otros factores de diversa naturaleza, a entidades políticas cada vez más complejas articuladas en torno a la persona del príncipe. En el caso español, esta circunstancia se hace fácilmente entendible a la vista del matrimonio de los Reyes Católicos, que permite la unión personal de unidades políticas diversas que mantienen de forma más o menos inalterada su régimen jurídico particular. Naturalmente, esos otros factores presentes -relacionados con el aumento del poder del rey y con la creación de estructuras de gobierno permanente (ejército, hacienda o «administración» territorial)- que coadyuvan a la unión, también facilitan la asimilación de las formas jurídicas vigentes en cada territorio[5].

En otro orden de cosas, es justo reconocer que esas monarquías jurisdiccionales conformadas como uniones personales no fueron únicamente una concatenación de tribunales y jurisdicciones que compartían un mismo “juez” superior, sino que, como apunta Garriga “…desde la baja Edad Media avanza una deriva voluntarista que, arrancando en la fórmula «potestas extraordinaria» o «absoluta», culmina en la noción de soberanía y, en el curso de la Edad Moderna, tiende cada vez más claramente a situar la figura del «princeps» por encima del derecho, reconociéndole la capacidad de modificar el universo normativo mediante actos de voluntad imperativa (y con unos u otros requisitos según cuál fuera su alcance). Ahora bien, estas facultades se entendieron siempre al servicio (y no en contra) del orden constituido; propias del oficio de «princeps» estaban vinculadas a ciertas finalidades y debían ser ejercidas en consciencia; de hecho, como extraordinarias habían de servir precisamente para resolver los problemas que no encontraban solución con los medios ordinarios…”[6]. Tradicionalmente, la puesta en práctica de esta noción se ha conocido como absolutismo y se ha expresado en lo político a partir del aforismo princeps legibus solutus est.

Con todo, estas ideas de privilegio, jurisdicción, soberanía o absolutismo, no agotan la visión política del poder en la Edad Moderna. Antes al contrario, se trataba de presupuestos, de conceptos implícitos en la mentalidad de quienes gobiernan, que deben tenerse presentes para tratar de comprender la acción de gobierno.

Igualmente, resulta necesario advertir del peligro que supone la traslación de la concepción de Estado contemporánea al Antiguo Régimen. Con independencia de las continuidades más o menos evidentes entre algunos estados actuales y las principales monarquías europeas del siglo XVIII como Francia, el Reino Unido o España, la manera en la que se entiende hoy el Estado como aparato de poder e instancia totalizadora del derecho, entendido como mandato, es producto de una experiencia histórica concreta -la nuestra- heredera de los postulados político-filosóficos que Grossi denominó como “las múltiples mitologías laicas inauguradas por la Revolución de 1789[7].

Visto de modo muy sucinto, el marco jurídico general en que se incardina la comprensión del poder en la monarquía absoluta y habiendo puesto de manifiesto el riesgo de proyectar hacia el pasado el concepto contemporáneo de Estado, procede destacar algunos elementos propios y característicos del modo de entender el poder de las élites jurídico-políticas españolas en el siglo XVIII.

El absolutismo regio

Como es sabido, el siglo XVIII se inaugura de forma aparatosa con la muerte de Carlos II y la llegada de una nueva dinastía: los Borbones. Por diversas cuestiones de política nacional e internacional la posición del nuevo rey, Felipe V, fue discutida. Más allá de las consideraciones en torno a la legitimidad de Felipe V o del pretendiente austriacista, el archiduque Carlos, y de las razones que justificaban la postura de quien apoyaba a uno u a otro, lo cierto es que la guerra de Sucesión Española alteró el statu quo de la monarquía. Por razones de espacio no cabe repasar aquí las reformas institucionales ni las variaciones territoriales derivadas de la sucesión de Carlos II y de la consolidación en el trono de Felipe V y, en consecuencia, tampoco sería razonable llevar a cabo un análisis relativo al proceso jurídico-político que aconteció. Por ello, a continuación, se procederá a introducir algunas de las ideas más características y definitorias del periodo final de la monarquía absoluta que, a grandes rasgos, puede identificarse con los reinados de Fernando VI, Carlos III y Carlos IV o con la segunda mitad del siglo XVIII.

La familia del rey Felipe V

Quizá por su mayor duración, centralidad en el periodo, carga simbólica y ausencia de elementos de distorsión como la enfermedad mental de Fernando VI o el final abrupto -invasión francesa y abdicación mediante- de Carlos IV, el reinado de Carlos III permite identificar más fácilmente las ideas que subyacen entre los principales colaboradores del rey y miembros de los principales órganos de gobierno, que explican cómo entendían el poder político y cuál era su concepción de la república.

Carlos III fue proclamado rey de España el 11 de septiembre de 1759[8]. La acción de gobierno no era una experiencia nueva para don Carlos, ya que para entonces habían transcurrido más de 25 años desde que el tercer hijo de Felipe V fuera enviado a Italia. Tras dos décadas y media rigiendo Nápoles y Sicilia, el rey conocía las dificultades a las que iba a enfrentarse[9].

El periodo napolitano de Carlos III forjó su carácter y su forma de entender el oficio de rey. La conciencia de la necesidad de reformas políticas y económicas para mejorar la vida de sus súbditos se combinó con un profundo sentido de la dignidad de la corona. De ahí que el llamado despotismo ilustrado pueda entenderse mejor a partir de las ideas económicas de los fisiócratas y de los arbitristas y del regalismo.

Carlos III, rey de España (1759-1788)

Naturalmente tanto el rey como sus principales colaboradores, entre los que se contaban algunas de las mentes más brillantes de la España de su tiempo como Campomanes, conocían y fueron influidos por las ideas ilustradas; extremo que explica, en parte, su espíritu reformista. Sin embargo, eso no significa que dudasen en modo alguno de la legitimidad de su posición ni de su deber.

El episodio probablemente más conocido del reinado de Carlos III, el motín de Esquilache, ejemplifica perfectamente todo este conjunto de ideas. Con independencia de las diversas interpretaciones historiográficas sobre el carácter político antirreformista o la reducción a uno de tantos motines de subsistencia[10], lo cierto es que estos hechos se relacionan con una medida de reforma teorizada por los fisiócratas: la liberalización del comercio del grano. El rey responde con el Auto Acordado de 5 de mayo de 1766 con una proclamación formal de la dignidad del rey y con una reforma institucional.

El motín popular contra el ministro Esquilache (1766)

De la lectura del Auto Acordado de 5 de mayo de 1766 llama la atención que más de la mitad del documento se dedica a los desórdenes públicos y a la vinculación de estos con el ramo de abastos. En esta parte, incluso se reprende a las autoridades, que han abusado de su jurisdicción invadiendo la prerrogativa real de la gracia, al otorgar perdones a algunos de los alborotadores. Esto es una manifestación del regalismo.

El resto del Auto Acordado de 5 de mayo de 1766 sienta las bases de una reforma municipal general, que tenía por objetivo revitalizar la vida institucional de los concejos -ayuntamientos-, entes gubernativos con los que tenía contacto directo la población, y mejorar la gestión del ramo de abastos y de las haciendas locales. Nótese que, en esas mismas fechas, en Francia y en Portugal se estaban llevando a cabo reformas semejantes.

A partir de este breve resumen del Auto Acordado de 5 de mayo de 1766 se puede identificar la influencia de las nuevas tendencias intelectuales, nacionales y europeas, pero también de la concepción carolina de la función del rey: el regalismo borbónico, que defiende celosamente la preeminencia de la posición del rey[11].


[1] Martínez Pérez, Fernando, Gubernativas e insuplicables, Madrid, Dykinson, 2022, pp.14-15.

[2] Ibidem., p.106.

[3] Digesto 1, 1, 10, 1.

[4] Artola, Miguel, La Monarquía de España, Madrid, Alianza Editorial, 1999, p. 53.

[5] Véase a este respecto: González Alonso, Benjamín, “Reflexiones históricas sobre el Estado y la autonomía regional en España”, Revista de Estudios Regionales, extraordinario vol. II (1983).

[6] Garriga Acosta, Carlos, “Orden jurídico y poder político en el Antiguo Régimen”,  Istor: revista de historia internacional, 16 (2004), p.16

[7] Grossi, Paolo, La primera lección de Derecho, Madrid-Barcelona, Marcial Pons, 2006, pp. 18-19.

[8] Voltes Bou, Pedro, Carlos III y su tiempo, 3ª edición, Barcelona, Juventus, 1988, p 62.

[9] Domínguez Ortiz, Antonio, Carlos III y la España de la Ilustración, Madrid, Alianza Editorial, 1989, p. 34.

[10] Puede verse una exposición al respecto en Cepeda Gómez, José “Carlos III (1759-1788)”, en Floristán Imízcoz, Alfredo (coord.), Historia de España en la Edad Moderna, Barcelona, Ariel, 2004, 4ª impresión marzo 2017, pp.618-619

[11] A este respecto puede consultarse Álvarez De Morales, Antonio, El pensamiento político y jurídico de Campomanes, Madrid, Instituto Nacional de Administración Pública (INAP), 1989.

LGTBI: componentes ideológicos

por Antonio Cañellas, historiador

       Con motivo de la redada policial en el pub gay Stonewall (Nueva York) el 28 de junio de 1969 surgió un movimiento en defensa de los derechos del colectivo homosexual. En 1970 se produjeron las primeras manifestaciones reivindicativas. Con el tiempo se han ido extendiendo a otros países occidentales. El aumento del apoyo público ˗social y político˗ a dichas demandas no se explica sin unas influencias ideológicas que han determinado un cambio general de mentalidad. Sobre ellas se centrará el siguiente análisis.

La década de la revolución

      En ocasiones se ha calificado el decenio de 1960 como el de la eclosión de las ideologías, muchas de ellas asociadas a la rebeldía y la subversión. Una época de descontento, sobre todo entre la generación nacida después de la Segunda Guerra Mundial. La aparición de la cultura hippie como alternativa al mundo bipolar de la Guerra Fría supone una primera mudanza de paradigma. Los conflictos bélicos que enfrentaban en terceros países a las grandes potencias en litigio (EEUU, con su modelo capitalista de libre mercado, y el comunismo de la URSS) suscitaron una reacción pacifista bajo el lema peace and love. La guerra de Vietnam actuó como catalizador de beatniks y hippies frente a la civilización tecnológica y desarrollista del momento[1]. También el grupo de los provos, de ascendencia anarquista, se asociaron a esas otras corrientes que confluyeron en las revueltas estudiantiles de 1968. Con la proclama de prohibido prohibir muchos universitarios se lanzaron a la protesta. El rechazo a la petición de mixtificar las residencias de la universidad pública por parte del gobierno francés fue una de las mechas que precipitaron el levantamiento. Esta demanda, unida a la crítica de la sociedad consumista y a la autoridad, es sintomática del influjo de la llamada revolución sexual, que también estimularía el auge del movimiento LGTB.

El movimiento hippie propugnó la liberación de los instintos básicos bajo el lema «peace and love»

    La lucha entre el bloque capitalista y el comunista no se circunscribió exclusivamente al campo militar. Los derechos de asociación, de manifestación o de opinión en el denominado mundo libre brindó a sus adversarios la oportunidad de aprovechar esas libertades para erosionar, desde dentro, las democracias occidentales. Esta hipotética debilidad se contraponía a la impermeabilización ideológica dispuesta por las estructuras de partido único de las repúblicas socialistas. De aquí la influencia de los seguidores de Karl Marx, teórico del comunismo, en el ámbito cultural universitario del oeste europeo. Entre ellos cabe destacar a Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Louis Althusser, Livio Maitan o René Étiemble, importador de la doctrina de la revolución cultural de Mao-Tse-Tung. El fundador de la China comunista se empeñó en liquidar cuanto de contenido burgués pudiera albergar todavía el marxismo. En este sentido, debía extinguirse cualquier corriente revisionista y sostener la batalla ideológica contra el capitalismo económico y sus estructuras políticas, sociales y culturales[2]. Esta exigencia ortodoxa encontró un público receptivo entre muchos jóvenes occidentales, desencantados por un sistema que creían deshumanizado por el capital y asfixiado por su pretendida ética.

Cartel del líder comunista chino Mao Tse Tung guiando a la juventud hacia la revolución cultural

    En este contexto, tuvo lugar la constitución de la National Gay Task Force en Nueva York en octubre de 1973. Durante el encuentro se denunció la injusticia que históricamente había padecido el colectivo. Se cifró la causa principal al predominio dado a la heterosexualidad como única forma de manifestación sexual. El discurso atribuía esa primacía a un modelo cultural enraizado en la moral bíblica del Antiguo Testamento y en el estoicismo. Según su parecer, fue esta corriente filosófica, basada en el dominio de las pasiones y personalizada por Epícteto o Séneca en el siglo I d. C, la que habría alterado el sentido original del amor del cristianismo primitivo[3]. El mandamiento nuevo de que os améis unos a otros como yo os he amado[4] de Jesús de Nazaret sería interpretado de modo discontinuo con el contexto bíblico en el que éste se inserta y alude[5]. Quizá la cultura protestante, mayoritaria en EEUU, con su falta de cánones y libre exégesis de la Biblia, pudo favorecer este tipo de lecturas. Desde esta premisa debía superarse aquella moral y lograr así una más cómoda adaptabilidad a la hora de normalizar otras expresiones del amor de pareja ajenas a la heterosexualidad.

      En cualquier caso, la declaración del grupo neoyorquino proclamaba el trato igualitario de las prácticas sexuales. Lo importante sería la autorrealización personal en su tensión con el eros (amor erótico) y, de este modo, poder actuar en la sociedad con equilibrio y afirmación plena de la propia personalidad[6].

Marxismo a la vista

  Esta pretensión igualitaria entre todas las conductas y comportamientos sexuales encuentra su raíz más profunda en la relectura de las tesis de Karl Marx (1818-1883), coautor de El Manifiesto Comunista (1848). La crítica que formula al capitalismo por su contenido explotador se imbrica dentro de una lógica dialéctica y materialista. De las contradicciones que de éstas se generan en la historia resulta su progreso, que viene determinado por la fuerza motriz de las voluntades colectivas, hasta alcanzar la revolución. La definitiva habría de ser la comunista, consecuencia de la evolución histórica que alumbraría dos clases sociales antagónicas (burgueses/empresarios y proletarios/obreros), enfrentadas por la disputa de la propiedad. En ella misma radicaría el origen del proletariado, que tomaría conciencia del agravio de sus privaciones, incitándolo al acto revolucionario. Por medio de la violencia y la dictadura de los obreros se impondría la colectivización de la propiedad (todos los bienes compartidos). Sólo así ˗postulaba Marx˗ se acabaría con la división de clases, sobreviniendo una sociedad igualitaria como ideal supremo de la justicia[7]. Esta ruptura con las relaciones de propiedad revertiría necesariamente en la radical modificación de la llamada superestructura (social, política, cultural) emanada de aquéllas. Por eso la revolución comunista significaba el rompimiento absoluto con las ideas y la moral tradicionales[8].

Karl H. Marx (1818-1883), coautor del «Manifiesto Comunista»

    En la elaboración de esta denuncia fue importante la digresión lanzada por Jean Jacques Rousseau en su Discurso sobre el origen de la desigualdad (1755). Para el pensador ilustrado, la sociedad civil se habría formado por acuerdo de las personas que la integrarían. En ese proceso, los sectores más poderosos ˗identificados con la riqueza material˗ aprovecharían su posición para consolidarse como grupo dominante. El autor se limitó a enaltecer su creencia en la bondad natural del ser humano. Este buen salvaje, convertido en referente a preservar[9], se corrompería por la competitividad y el egoísmo de la civilización moderna. Esta crítica al trasfondo capitalista de la cultura la asumiría el marxismo y, más adelante, los impulsores de la ideología de género. En ambos casos, a partir de un alegato humanitario de defensa de los más débiles o marginados (los obreros, por un lado, y las identidades sexuales periféricas; esto es: las ajenas a la heterosexualidad, por otro)[10] se justificaría la revolución o sobresalto de la estructura o construcción cultural y moral de la sociedad burguesa, asociada a la prevalencia del capitalismo y de la heterosexualidad. De este modo, muchos intelectuales marxistas cooptaron el fenómeno homosexual para crear microconflictos sociales que permitieran confeccionar un escenario de lucha revolucionaria[11].

  Cuando el Report del National Gay Task Force planteó el supuesto enfrentamiento entre el modo mayoritario de expresión sexual y su contrapunto minoritario no hizo sino extrapolar esa dialéctica clasista del marxismo a otra de índole sexual. La heterosexualidad debía perder su hegemonía, al igual que la burguesía en el discurso comunista, para igualarla a las otras múltiples formas de sexualidad que pudiera plasmar el ser humano. Observemos el paralelismo en el siguiente gráfico:

 

      Al reducir el ser humano a pura materia, increada y autosuficiente, se abjuraba de cualquier abstracción metafísica. Para Marx, la moral y la religión sólo serían formaciones de la mente humana[12] que actuarían como agentes coactivos de la conciencia del proletariado para enajenarlo y someterlo a los intereses de la burguesía. De ahí la urgencia de su supresión, por cuanto obstaculizaba el desenvolvimiento dialéctico de la historia a través de la lucha de clases[13].

   Según Marx, en la relación del hombre con la naturaleza existe también una dialéctica del conflicto causada por la alienación en el trabajo. Suprimido el origen de esta enajenación ˗que Marx atribuye a la sobreexplotación económica˗ se restablecería la armonía entre el hombre como sujeto y el trabajo como objeto, hacia el que se dirige y encuentra[14]. Son varias las alienaciones referidas por Marx que repercutirían en el plano psíquico del ser humano. Ciertamente, el marxismo no niega en absoluto esta dimensión, pero la circunscribe estrictamente a las funciones orgánicas del cerebro. Es éste el que determina la existencia de la mente y la conciencia, en cuanto abstracción intelectual, y no a la inversa, según planteó la filosofía aristotélica. Y es que la psiké noética o acción de pensar resultaría ser la causa ordenadora que configuraría esencialmente la sustancia biológica, dotándola de racionalidad[15]. Esta afirmación del carácter primario del espíritu fue desechada por el materialismo[16], ya que la naturaleza se movería por cauces dialécticos y no por vías metafísicas o espirituales. La psicología debía desarrollarse, por tanto, como ciencia positiva destinada al estudio de las mediaciones de la conciencia humana entre la base económica del capitalismo y su superestructura ideológica[17].

Nietzsche: las pasiones desbordadas

      Las tesis citadas llegarán a arremolinarse alrededor de la teoría del psicoanálisis, como luego comprobaremos. Sin embargo, a los condicionantes psíquicos deben sumarse los causados por la subversión moral impulsada por Nietzsche. Este otro pensador alemán (1844-1900) basará su filosofía sobre el doble principio de la afirmación vital y su sentido trágico. Entiende que la vida debe vivirse hasta el extremo y, por tanto, sin trabas morales que la limiten. Para el autor, Dionisos ˗dios griego del vino, la embriaguez y la exaltación pasional˗ debía representar el patrón de la conducta humana. De aquí la hostilidad hacia la ética estoica y cristiana, coincidente con la manifestada por el Report de la National Gay Task Force, por cuanto encarnan el ordenamiento racional de las pasiones. Según Nietzsche, esta última concepción imponía una tiranía sobre la naturaleza al asfixiar los instintos animales del hombre. Por esto tildó de falsos a los filósofos socráticos de la Antigua Grecia[18]. Y es que sus postulados implicarían una degeneración de la vida al oponerse ˗en palabras del alemán˗ a la autenticidad de la vida, contenida en la exacerbación instintiva[19]. Con ello se niega cualquier dimensión metafísica o trascendente del ser humano.

Nietzsche, teorizador del «superhombre» y la «nueva moral»

      A pesar de negar la existencia de la materia, en tanto que se circunscribe a un entramado de energía cósmica e inestable, que identifica con la voluntad de poder[20], no deja de evidenciar otra forma de materialismo. Del mismo modo que Marx, concibe la conciencia humana como un proceso evolutivo de la vida orgánica impulsado por las fuerzas biológicas; aunque ˗en este caso˗ insertas dentro de ese poderío cíclico del cosmos. Concluye, pues, que la conciencia debe hacer instintivo el saber. Es decir, son los instintos animales del hombre los que deben determinar y regir su conciencia moral[21]. Para lograr este cambio de paradigma procederá a una transposición del lenguaje, modificando su sentido original. Así, la virtud ya no significará la libre disposición de la razón humana a orientar habitualmente la voluntad hacia el bien, según el orden moral inherente a la propia naturaleza[22], sino su asimilación al desfogue de las pasiones:

Antes tenías pasiones y las llamabas males. Pero ahora sólo tienes virtudes; nacieron de tus pasiones. Tú colocabas en estas pasiones tu objeto más elevado. Entonces ellas vinieron a convertirse en tus virtudes. Y aun si pertenecías a la raza de los coléricos o de los voluptuosos, de los sectarios o de los vengadores, todas las pasiones acabarían por transformarse en virtudes; todos los demonios, en ángeles[23].

      De esta manera, se procede a la ruptura total con la llamada moral de servidumbre o de esclavos, caracterizada por su contención o freno al pleno desarrollo de la autodeterminación humana, que afirma absolutamente su voluntad individual, libre y soberana[24].

       A partir de estas premisas se allanaría la desactivación gradual de prejuicios psicológicos o de conciencia. En efecto, al apartar definitivamente esa cultura deudora, que demanda la reparación de las deudas morales, se opera la liberación total de los instintos y su legitimación moral. También en lo referido al instinto sexual. Para el pensador de Röcken, el amor se identifica con la sensualidad y el placer. Una visión erotizada que ˗a su entender˗ supera la fase de “castración” de la naturaleza instintiva que habría ejercido el cristianismo[25]. Al igual que Feuerbach, al que siguen Marx y Engels, el amor sexual constituye una forma culminante de relación que adquiere la categoría de una nueva religión[26], a modo de arrebato místico[27].

Psicoanálisis: hacia la liberación del instinto sexual

      En palabras del doctor austriaco Sigmund Freud (1856-1939), el psicoanálisis consiste en “una modalidad de tratamiento médico de pacientes neuróticos”[28]. Esta definición por parte de su impulsor descarta ˗al menos teóricamente˗ cualquier confusión con una posible doctrina filosófica. Nos hallaríamos, por tanto, ante una práctica de la medicina que, conforme a su etimología, procuraría el cuidado, el alivio y la rehabilitación del enfermo. La neurosis es un trastorno mental caracterizado por un nivel elevado de angustia que hipertrofia los mecanismos compensadores de la misma. Sus causas pueden ser variadas. Los afectados suelen recurrir, con mayor o menor conciencia, a distintos mecanismos de defensa que mitiguen sus consecuencias para la salud psíquica.

  Según la perspectiva mecanicista de Freud, que concibe la personalidad del ser humano como un entramado de dispositivos psíquico-orgánicos, la causa predominante de una neurosis se encontraría en “la incapacidad para soportar por largo tiempo una estasis libidinal considerable”[29]; es decir, un estancamiento o represión del instinto sexual. Sin embargo, el mismo Freud apunta que para esquivar o superar una dolencia como la neurosis, donde intervenga poderosamente el factor libidinoso, se precisa de su desplazamiento o sublimación. Un acto en el que intervendrían las distintas regiones de la personalidad para posponer el llamado principio de placer ˗hacia donde se dirige la instintividad animal, especialmente la pulsión sexual˗ por el principio de realidad. Éste vendría definido por las convenciones sociales en las que se inserta el individuo y que capta por medio de su inteligencia. De esta manera, los impulsos más primitivos se transformarían en altos ideales de cultura[30]. Con todo, añade Freud, que no todas las personas pueden proceder así y que sería injusto exigirles una idéntica conducta sexual según los patrones de la cultura occidental del momento[31]. Desde bien pronto, desliza que la moral de la cultura cristiana y burguesa acaba excitando en muchos sujetos conflictos psíquicos que derivan en una neurosis.

Para S. Freud la pulsión sexual determina la psique

   De esta manera, el principio de realidad se erige para Freud en determinante al analizar su relación con los casos de alteraciones psíquicas en las sociedades modernas. Mucho antes de publicar su ensayo sobre El malestar en la cultura en 1930, había apuntado los efectos de la llamada moral sexual cultural en la proliferación de las neurosis. En Occidente se exigirían una serie de sacrificios al individuo para sublimar su instinto. Sin embargo, esta tensión entre la instintividad y el autodominio psíquico podrían originar daños a la salud mental, como se ha dicho. De aquí que ˗siguiendo al psicólogo Christian von Ehrenfels˗ postulara también la necesidad de reformar esa moral, haciéndola más auténtica y menos hipócrita. Esto implicaba una mayor permisividad social en las conductas sexuales de sus componentes. La crítica a la sobrevaloración de la monogamia de von Ehrenfels, incorporada por Freud, se fundaba ˗por ejemplo˗ en una hipotética parálisis del principio de selección viril[32]. Se percibe claramente la traslación del principio de selección natural de Charles Darwin a este campo y, por supuesto, la crítica del comunismo al matrimonio burgués[33]. Sin embargo, la idealización de este tipo de conductas en el hombre primitivo eludía o no atendía suficientemente las contradicciones resultantes y las angustias propias de la condición y de la existencia humana[34], según revelarían los estudios arqueológicos y antropológicos[35].

       Asimismo, a la hora de encarar la génesis de las perversiones sexuales ˗esto es: las transgresiones de la función sexual, tanto en el ámbito del cuerpo cuanto en el del objeto sexual[36]˗ Freud plantea el concurso de varios factores, incluido el cultural. Para el médico austriaco, la cuestión debe analizarse sin prejuicios y a partir de la observación de casos clínicos. A su entender, las llamadas perversiones no serían “bestialidades ni degeneraciones en el sentido patético o conmovedor de la palabra”[37]. Con esta aseveración contribuyó a relativizar las consideraciones morales ligadas a una cultura de raíz cristiana, contraponiéndola a la cultura clásica griega, que creía más aventajada. En ella, la homosexualidad era tolerada e incluso se le atribuían importantes funciones sociales[38]. La afirmación es algo superficial y generalista, por cuanto no atiende a la variedad de opiniones, situaciones sociales y leyes de las ciudades-estado griegas[39], ni a la reprobación generalizada de las relaciones homosexuales entre adultos. Lo aceptado era, más bien, una forma de pederastia consentida en la que algunos maestros introducían a sus jóvenes discípulos ˗miembros de la aristocracia˗ en el conocimiento del eros o del placer sexual[40]. En cualquier caso, sigue Freud, que esas perversiones ejemplificarían “un estadio de una inhibición del desarrollo de la constitución sexual”. La herencia biológica y las influencias accidentales en la vida de un individuo parecerían determinar la manifestación de esas expresiones[41].

Representación de la técnica psiquiátrica del psicoanálisis

En todo caso, en el pensamiento de Freud subyace una óptica inmanentista, por la cual la constitución psíquica individual se convierte en principio de autodeterminación. Es la realidad externa la que, en todo caso, debe adaptarse al deseo (pulsión sexual) del individuo en su búsqueda del placer/felicidad. En esto consiste la modificación de la cultura o superestructura cultural; si se prefiere un término marxista. Esta influencia de Freud caló incluso en los movimientos literarios de vanguardia, particularmente en el surrealismo. El subconsciente del “yo” individual fue interpretado como la auténtica realidad a considerar. La lógica o la razón quedaba así marginada para dar rienda suelta a los impulsos más ocultos de la psique. Las vanguardias, por su rechazo absoluto a la realidad ˗humanamente percibida por los cinco sentidos˗, se erigieron en constructores de una realidad nueva, alternativa y subjetiva. La única válida para ellos, con la consecuente deformación del orden lógico en el arte y la literatura[42]. Esta aspiración por crear un hombre nuevo enlazaría con la utopía socialista. No en balde, muchos surrealistas militaron en las filas del comunismo. Poco a poco las tesis de Freud y Marx fueron ensamblándose con vistas a una estrategia ideológica y política de transformación radical.

La ruptura hecha realidad

El mismo año 1924 en que se publicó el Primer Manifiesto del Surrealismo apareció el Instituto para la Investigación Social, adscrito a la Universidad de Frankfurt. Esta iniciativa de la intelectualidad marxista en Alemania pretendía proyectar los esquemas ideológicos del socialismo en su análisis y valoración de la sociedad capitalista. El grupo, conocido como la Escuela de Frankfurt, alcanzaría su auge a partir de la década de 1950.

Pensadores marxistas de la Escuela de Frankfurt, en Alemania

     La implantación del régimen nazi entre 1933 y 1945 detuvo los trabajos de la entidad, forzando el exilio de varios de sus integrantes. Estados Unidos de América se convirtió en su lugar de acogida. En la ciudad de Nueva York se estableció la sede correspondiente del Instituto, que pronto contó con la presencia de Theodor Adorno o Herbert Marcuse. El paso de estos estudiosos dejó huella en algunas universidades norteamericanas, especialmente la de Berkeley, convertida en centro de irradiación de sus ideas revolucionarias.

La discusión teórica sobre la autoridad y el eros formulada por estos autores se complementaría ˗en cuanto a sus efectos mediáticos˗ con las estadísticas acerca del comportamiento sexual masculino y femenino lanzadas por el zoólogo norteamericano Alfred Kinsey en 1948 y 1953. Las ideas de Freud sobre la libido avivaron el interés de Kinsey por un tema que trataría empíricamente y sin tapujos. Tomando como plataforma el Instituto para la Investigación Sexual, fundado en Indiana en 1947 con el apoyo de la Universidad y de la Fundación Rockefeller, Kinsey emprendió un estudio a partir de unas 12000 entrevistas personales. Se vertió un número considerable de conductas calificadas como atípicas. Entre ellas el porcentaje de la homosexualidad masculina, que se elevaría al 10% de la población. Estas cifras serían revisadas a la baja por otros trabajos como el de la Universidad de Chicago, publicado en 1994 para prevenir la propagación del SIDA. Sin embargo, para Kinsey su investigación demostraría que de esos casos singulares podía extraerse una generalización conductual. De aquí que exigiera el arrumbamiento de toda hipocresía para normalizar socialmente ese tipo de comportamientos. Esta supuesta práctica mayoritaria y la coincidencia con la de otros mamíferos fueron los principales argumentos que alegó para sostener su discurso permisivo. En este sentido, no dudó en equiparar las reacciones biológicas e instintivas del ser humano con las del resto de la especie animal, sin atender debidamente a la racionalidad propia del hombre, a su transcendencia y a su psicología. En definitiva, Kinsey prescindió de un análisis integral riguroso de la persona a la hora de encarar su dimensión sexual. Su visión invertía por completo las categorías morales objetivas del intelecto para asimilarlas con el filosexualismo; es decir, con la validez de todo comportamiento sexual en sí mismo considerado. A efectos prácticos, se promovía nuevamente un idealismo subjetivista de inspiración nihilista o nietzscheana.

Alfred Kinsey, promotor de la revolución sexual

      El caso de Adorno, es distinto al de Kinsey, pero resulta accesorio por la crítica implícita de éste a la autoridad. Merece destacarse la obra del alemán ˗junto con otros autores˗ relativa a La personalidad autoritaria (1950). Tomando algunos aspectos del psicoanálisis de la obra de Erich Fromm ˗también colaborador del Instituto˗, analizó lo que él consideraba el carácter mayoritariamente autoritario de la sociedad estadounidense. Adorno quería indagar en las causas de esa conducta dentro del modelo capitalista por excelencia. Para él, la estructura patriarcal de las familias explicaría las razones de una educación rígida y represiva que fomentaría actitudes potencialmente violentas. Este enfoque psicológico no desmerecía la influencia de los factores socioeconómicos, aunque sin adentrarse en ellos. Adorno no precisa de ese ejercicio para sentenciar la relación que ˗a su juicio˗ existe entre la personalidad autoritaria y el fascismo. Al presentarlo como una categoría general, agresiva y destructora de las minorías ajenas a dicho cuadro mental, estaríamos ante términos sinónimos. Ambos perfiles evidenciarían una situación de desequilibrio psíquico que exigiría de una acción terapéutica en dicho ámbito. Sin embargo, de acuerdo con la lógica freudiana, su correlación con los esquemas culturales de la sociedad capitalista demandaría también su revisión para subsanar el problema[43].

Theodor Adorno, crítico de la autoridad paterna

      Se insistiría, pues, en una mudanza que necesariamente debía alterar los fundamentos culturales debido a los trastornos que generan. De nuevo se apela a la supuesta injusticia de una jerarquía autoritaria promovida por la mentalidad cristiana y burguesa; sin incluir aquí la que pudiera albergar el socialismo, presentado como agente liberador. Sus postreras palabras son ilustrativas de cuanto se ha referido sobre los instintos desde la perspectiva freudiana. En efecto, para Adorno el aniquilamiento y el temor constituyen las fuerzas emocionales del fascismo, mientras que el eros pertenecería principalmente a la democracia[44]. Con esta afirmación concibe dicho impulso positivamente, en su doble dimensión de arrebato pasional hacia un deseo elevado y su goce material. Y es que el modelo democrático no debía “limitarse a la razón y la moderación”. De esta manera, su ideal de democracia debía posibilitar una contemporización con un pluralismo de costumbres y formas de vida flexibles, completamente despegadas de cualquier patrón autoritario/fascista.

   Esta censura del autoritarismo terminó por erosionar la concepción misma de la autoridad. Las reflexiones de Herbert Marcuse precipitarían esa crisis, plasmada en los episodios contestarios de 1968.

Desde la Universidad de Brandeis (Massachusetts) y luego en la californiana de Berkeley, Marcuse propuso una fórmula de comunismo desgajado del de la Unión Soviética. Aunque los jerarcas comunistas de Moscú lo calificaran como otra expresión revisionista del marxismo, éste concitó mayores adhesiones en Occidente. La cercanía intelectual de Marcuse al mito rousseauniano del buen salvaje ˗en parte compartido por los primeros teóricos comunistas˗ azuzó sus críticas punzantes contra la sociedad industrial. En su opinión, la abundancia material del progreso técnico habría situado a los individuos en una posición de dependencia con respecto a las superestructuras resultantes. De aquí que, en aras de la autoafirmación humana, exigiera la ruptura con este vínculo, que juzgaba como totalitario y represivo. En dicho sentido, el modelo soviético no escapaba tampoco de esta sentencia al compartir los mismos rasgos de la civilización industrial capitalista (burocratización, centralización estatal, etc.). Las formas de control social ligadas al modelo consumista o productivista crearían ˗según su parecer˗ una nueva alienación que identificaría al individuo con los bienes materiales adquiridos. De acuerdo con Sigmund Freud, constata un fenómeno de alteración colectiva en el capitalismo bajo la apariencia de una sociedad libre. Se trataría de un ejemplo más del malestar de la cultura, por cuanto se alentaría la pérdida de sublimación de la libido al mecanizarse las relaciones sexuales y anegarse cualquier trascendencia del eros[45]. Bajo estas condiciones, Marcuse quería denunciar la imposibilidad de una transformación revolucionaria. Para él, sólo a partir de un marxismo pretendidamente humanista podría lograrse el progreso de la libertad de los individuos y de sus sociedades. Esto demandaba la elevación de la erótica hacia la libre autodeterminación personal y política, que acarrearía el quiebro definitivo con un capitalismo coactivo y agresor de esos instintos[46].

Herbert Marcuse en una manifestación juvenil de los años 60

  Esta arenga revolucionaria, que conjugaba un supuesto marxismo genuino ˗todavía no desvirtuado en su aplicación rusa˗ con las teorías de Freud, halló su acogida entre una parte de la juventud ˗mayormente universitaria˗ poco tiempo después. La asimilación peyorativa de cualquier signo o factor represivo imponía una civilización alternativa en la que fuera posible esa anunciada liberación del cuerpo y el fin de la enajenación del trabajo[47]. A ello se atribuía la construcción de una sociedad madura[48], relajada con respecto a las exigencias productivas ˗más ociosa, en definitiva˗ y plenamente permisiva en cuanto a los instintos sexuales y sus múltiples formas[49]. De esta manera, relegada la represión se conjurarían los cuadros neuróticos, principalmente ocasionados por trastornos asociados a la libido, según sostenía Freud. En este punto, Marcuse enmienda las limitaciones y el pesimismo que ˗pese a todo˗ observaba en el psiquiatra austriaco. Éste no vislumbraba la posibilidad de una sociedad ajena a la coacción en los términos expuestos por Marcuse[50]. Por consiguiente, sus tesis fueron tomadas como referente de la liberación sexual, especialmente en el contexto de las revueltas estudiantiles de 1968. Los lemas: prohibido prohibir o la imaginación al poder ˗ya citados˗ sintetizan bastante bien los presupuestos aludidos. De nuevo se reeditaba el intento de otro idealismo ideológico ˗que Marcuse concentra en la imaginación˗ por cambiar la realidad y modelarla conforme a sus directrices[51].

Conclusión         

El diseño de esta civilización radicaba en los presupuestos doctrinarios del comunismo, debidamente aderezados con otras corrientes de pensamiento que aumentaran su eficacia transformadora. La estrategia del oportunismo ilustrado, que activó el marxismo en Occidente para atraer a buena parte de la intelectualidad a su causa[52], remitía al programa delineado por Antonio Gramsci en los años 30. El propósito era claro: generar una suerte de intelectual colectivo que pivotara alrededor del comunismo (llamado eurocomunismo en el oeste del continente desde finales de los años 60 para tomar distancia estratégica del comunismo soviético), y cuya influencia terminó por definir los principios inspiradores de la cultura y, por tanto, de la mentalidad y de las costumbres de la sociedad civil[53]. Se trataba ˗en fin˗ de virar con sutilidad y paulatinamente el rumbo a la izquierda, generando procesos de cambio irreversibles, estimulando los instintos más primarios, hasta operar una metamorfosis completa. Un procedimiento que, al fin y al cabo, se mostraba mucho más efectivo en la permanencia y consolidación de sus objetivos que con la violencia ejercida por medio de la acción revolucionaria directa.

           

 

[1] RANDALL, Margaret, Los hippies: expresión de una crisis, Siglo XXI, México, 1968.

[2] Citas del presidente Mao (libro rojo), Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1967, pp. 19-20.

[3] Report (october, 1973) en CAPONE, Domenico, “Reflexión sobre los puntos relativos a la homosexualidad” en AAVV, Algunas cuestiones de ética sexual, BAC, Madrid, 1976, p. 128.

[4] Evangelio de San Juan (Jn 15. 12).

[5] La tradición católica ha hecho notar que el Nuevo Testamento exige ser leído también a la luz del Antiguo si se quiere alcanzar una comprensión lógica y coherente del texto bíblico. La catequesis cristiana primitiva habría recurrido constantemente a él, como puede observarse en la predicación del apóstol Pablo. Véase Catecismo de la Iglesia Católica, nº 128-129, Editores del Catecismo, 1992, p. 44. También BENEDICTO XVI, Verbum Domini, nº 40-41, 2010.

[6] Report (october, 1973) en CAPONE, ibid…, p. 128.

[7] MARX, Karl; ENGELS, Friedrich, Manifiesto Comunista, Babel, Chile, 1948, p. 48.

[8] Ibidem, p. 47.

[9] ROUSSEAU, Jean Jacques, Discurso sobre el origen de la desigualdad, Aleph, 1999, pp. 128-129.

[10] FONSECA, Carlos; QUINTERO, Mª Luisa, “La teoría queer: la deconstrucción de las sexualidades periféricas” en Sociológica, vol. 24, nº 69, Ciudad de México, enero-abril, 2009, p.43.

[11] MARTÍNEZ GUISASOLA, José Manuel, Neomarxismo. Feminismo, marxismo y género, Sekotia, Córdoba, 2024, p. 174.

[12] MARX, Karl, “Esencia de la concepción materialista de la Historia” en Obras escogidas, tomo 1, Progreso, Moscú, 1980, p. 9.

[13] MARX, Karl; ENGELS, Friedrich, Manifiesto Comunista…, op. cit., p. 46.

[14] MARX, KARL, Manuscritos. Economía y filosofía, Alianza Editorial, Madrid, 1980, p. 112.

[15] RÍOFRÍO, Fernando, “Mente y cerebro en la vida humana” en CIDESOC, febrero 2021.

[16] ENGELS, Friedrich; MARX, Karl, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Fundación Engels, 2006, pp. 22-23.

[17] PAVÓN-CUÉLLAR, David, “Marxismo y psicología: una visión panorámica” en Teoría y crítica de la psicología, nº 7, 2016, p. 17.

[18] NIETZSCHE, Friedrich, Crepúsculo de los ídolos, Alianza Editorial, Madrid, 2002, p. 44.

[19] Ibidem, pp. 48-49.

[20] NIETZSCHE, Friedrich, La gaya ciencia, Ediciones Librear, p. 73.

[21] NIETZSCHE, Crepúsculo de los ídolos…, op. cit., p. 63.

[22] Vid., ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, Gredos, Madrid, 1106b-35-1107a-5

[23] NIETZSCHE, Friedrich, Así habló Zaratustra, Edaf, Barcelona, 1970, p. 48.

[24] NIETZSCHE, Friedrich, La genealogía de la moral, Alianza Editorial, Madrid, 2005, pp. 78-79.

[25] NIETZSCHE, El crepúsculo de los ídolos…, op. cit., p. 61.

[26] ENGELS; MARX, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana…, op. cit., p. 29.

[27] Sobre este tema, el teólogo y filósofo Joseph Ratzinger ˗ya como Pontífice de la Iglesia Católica˗ refirió que “entre el amor y lo divino existe una relación: el amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia cotidiana. Pero, al mismo tiempo, se constata que el camino para lograr esta meta no consiste simplemente en dejarse dominar por el instinto. Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia. Esto no es rechazar el eros (éxtasis sensual) ni «envenenarlo» (cita a Nietzsche), sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza”. BENEDICTO XVI, Deus caritas est, San Pablo, Madrid, 2006, p. 15.

[28] FREUD, Sigmund, “Conferencias de introducción al psicoanálisis” (1915-1916). Partes I y II en Obras Completas, tomo XV, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1991, p. 13.

[29] FREUD, Sigmund, “Conferencias de introducción al psicoanálisis” (1916-1917). Parte III en Obras Completas, tomo XVI, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1991, p. 372.

[30] FREUD, Sigmund, “Tres ensayos de teoría sexual” (1905) en Obras Completas, tomo VII, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1992, p. 218.

[31] FREUD, Sigmund, “La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna” (1908) en Obras Completas, tomo IX, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1992, p. 172.

[32] FREUD, Sigmund, “La moral sexual cultural…”, op. cit., p. 164.

[33] Para los teóricos comunistas, el matrimonio burgués constituía una comunidad hipócrita en el que la mujer sería valorada como mero instrumento de producción al que explotar. A su juicio, se trataría de una forma de prostitución que debía extinguirse cuando se abolieran las condiciones de producción capitalista. Vid. MARX, Karl; ENGELS, Friedrich, Manifiesto Comunista…, op. cit., pp. 42-43. Después de la Revolución rusa de 1917 y el triunfo de los comunistas, la legislación soviética sobre el matrimonio experimentaría algunos cambios. El Código Civil de 1927 se limitó a considerarlo un asunto privado, sin sanción pública; al igual que el divorcio. De este modo, se despojaría al matrimonio de su carácter institucional y sus efectos civiles. Sin embargo, a posteriori, la ley reconocería los efectos jurídicos de los matrimonios monógamos debidamente registrados y el arbitrio de los tribunales de justicia en las sentencias de divorcio. El cambio revela la condición natural y prepolítica del matrimonio, así como su trascendencia para la organización y progreso de cualquier sociedad. Vid. GARCÍA BARBERENA, Tomás, “El matrimonio en la legislación soviética”, Revista Española de Derecho Canónico, vol. 4, nº 11, 1949, p. 390.

[34] LÓPEZ IBOR, Juan José, La agonía del psicoanálisis, Espasa-Calpe, Madrid, 1973 (1ª ed. 1951), pp. 112-113.

[35] DOMÍNGUEZ RODRIGO, Manuel, El primate excepcional. El origen de la conducta humana, Ariel, Barcelona, 2002, pp. 130-132.

[36] FREUD, Sigmund, “Fragmento de análisis de un caso de histeria. El cuadro clínico” (1905) en Obras Completas, tomo VII, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1992, p. 45.

[37] Idem.

[38] Idem.

[39] La reflexión socrática ˗y, por tanto, precristiana˗ sobre el amor confronta dos tipos: el vinculado al deseo de gozo o placer, y el que tiende hacia lo recto y mejor. Sócrates, por medio de Platón, condena ese eros “sin control de lo racional”, especialmente de los maestros sobre sus discípulos, porque “perseguirá el placer más que el bien”, privándole por esa sujeción erótica “de la posibilidad de acrecentar al máximo su saber y buen sentido. En esto consiste la divina filosofía, de la que el amante mantiene a distancia al amado, por miedo a su menosprecio”. PLATÓN, Fedro, Planeta-De Agostini, Barcelona, 1995, pp. 246-248. La declaración contra naturam de Platón sobre la homosexualidad en Las Leyes parece más controvertida por tratarse de una obra póstuma en la que probablemente intervinieron otros redactores. Vid. LISI, Francisco, “Introducción” a Las Leyes (Libros I-VI) en Diálogos, tomo VIII, Gredos, Madrid, 1999, pp. 9-14.

[40] DOVER, J. K, Homosexualidad griega, El Cobre, Barcelona, 2008 (1ª ed. original, 1978), pp. 145-146. Véase la explicación psíquico-sexual de este tipo de conducta entre algunos maestros y sus alumnos efebos en FREUD, Sigmund, “Tres ensayos de teoría sexual” en Obras Completas, tomo VII, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1992, p. 131.

[41] FREUD, Sigmund, “Fragmento de análisis de un cuadro de histeria” (1905), op. cit., p. 45.

[42] Véase este fragmento que ilustra lo dicho hasta aquí: “Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral”, Primer Manifiesto del Surrealismo (1924) en BRETON, André, Manifiestos del surrealismo, editorial Argonauta, Buenos Aires, 2001 p. 44.

[43] ADORNO, Theodor, “La personalidad autoritaria (prefacio, introducción y conclusión)” en Empiria. Revista de metodología de Ciencias Sociales, nº 12, 2006, p. 199.

[44] Ibidem, p. 200.

[45] MARCUSE, Herbert, El hombre unidimensional. Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada, Planeta-Agostini, Barcelona, 1993 (1ª ed. 1964), p. 103.

[46] Ibidem., p. 9.

[47] NEGRO, Dalmacio, El mito del hombre nuevo, Encuentro, Madrid, 2009, p. 365.

[48] MARCUSE, Herbert, Eros y Civilización, Sarpe, Madrid, 1983, p. 133

[49] Ibidem., p. 140.

[50] Ibidem., p. 126.

[51] MARCUSE, Herbert, Eros… op. cit., pp. 138, 140, 148.

[52] “La Unión Soviética avasalla, depura a los intelectuales: al menos los toma en serio. Son intelectuales los que dieron al régimen soviético la doctrina, grandiosa y equívoca, de la que las burocracias sacaron una religión de Estado […]. Los Estados Unidos no persiguen suficientemente a sus intelectuales como para ejercer, a su vez, la turbia seducción del terror”. Vid. ARON, Raymond, El opio de los intelectuales, Siglo Veinte, Buenos Aires, 1979, p. 224.

[53] GÓMEZ PÉREZ, Rafael, Gramsci. El comunismo latino, Eunsa, Pamplona, 1977, pp. 170-171.

Política exterior de Donald Trump

 por José Luis Orella, historiador

     Donald Trump ha regresado a la Casa Blanca y su segundo mandato al frente de la presidencia de los EEUU ya ha causado movimientos convulsos en todos los despachos ministeriales de las principales naciones del mundo. En sus primeras decisiones cambió el nombre del Golfo de México por el del Golfo de América, ha repetido sus intenciones de comprar la isla de Groenlandia a Dinamarca y ha negado la necesidadGolfo de México, la nueva pelea de Donald Trump: a quién pertenece, cuál  podría ser su nuevo nombre y realmente puede renombrarse | MAG | EL  COMERCIO PERÚ de que Canadá fuese un país con identidad y que le gustaría fuera un nuevo Estado de los EEUU. Este inicio, que recuerda la política de las cañoneras del siglo XIX, tiene como objetivo situarse en una posición hegemónica frente a Rusia en el Ártico. El 24 de abril Donald Trump firmó una orden ejecutiva para impulsar la explotación del fondo del océano en busca de minerales críticos. Dos días después, el 26 de abril, Trump reclamó la libre circulación de barcos estadounidenses por los canales de Panamá y Suez. El 31 de diciembre de 1999 Panamá recuperó la administración, operación y mantenimiento del Canal de manos de los EEUU, y el presidente estadounidense habló sobre la recuperación de su soberanía.

     El nuevo ejecutivo de los Estados Unidos quiere asegurarse un nuevo orden internacional donde los EEUU mantengan un puesto hegemónico. Para ellos, China es el verdadero peligro que de manera lenta e inexorable va escalando a la primera posición económica mundial. De aquí que Trump pretenda asegurarse el suministro y explotación de las materias primas y recursos que le garanticen ese puesto para afrontar su El insólito choque entre Trump y Zelensky en la Casa Blanca deja a Ucrania  frente a su peor escenario - BBC News Mundopugna con China desde una posición ventajosa. Es en ese contexto donde la finalización del conflicto ruso-ucraniano cobra una nueva dimensión. Donald Trump quiere aprovechar su posición hegemónica sobre el mandatario ucraniano Volodímir Zelenski y su supuesta amistad con Vladimir Putin para terminar la guerra de Ucrania, y asegurarse la explotación de los minerales estratégicos ucranianos, en pago a la ayuda dada, valorada por Trump en 350.000 millones de dólares.

     En ese punto, Donald Trump se considera un árbitro y no el enemigo de Putin, como sí hacía su antecesor Biden, quien llegó a calificar al ruso de asesino. Por el contrario, Trump se considera un mediador entre Rusia y Ucrania para lograr la paz, y más bien considera a ambos herederos de la URSS con la misma carencia de transparencia democrática. A partir de este punto, Trump no desea herir a Putin para no empujarlo más a la alianza con China e Irán, por lo que favorece su reintroducción a la elite internacional para potenciar un distanciamiento de China, potencia que ambiciona una Siberia rusa, rica en recursos sin explotar y poblada por unos escasos 20 millones de habitantes.

     Entretanto, Zelenski es un juguete roto, sin la mano que lo mece a voluntad en el escenario internacional. EEUU quiere finalizar de manera apresurada la guerra a cambio de amputar sus territorios orientales, bajo ocupación militar rusa y reconocer oficialmente la península de Crimea que ya fue ocupada en el 2014, cuando la presidencia ucraniana fue derribada por el golpe de Maidan. Sin embargo, el fin de la guerra que Trump quiere, necesita el compromiso de respeto a la Ucrania soberana y de una Rusia que no intente restaurar las antiguas fronteras de la URSS.

EEUU y la Unión Europea

     La Casa Blanca desea una mayor distensión entre Estados Unidos y Rusia que sirva para aislar a China y evitar que Irán se convierta en una potencia nuclear. Pero sin un acuerdo duradero para Ucrania, se puede producir una fisura en la OTAN entre EEUU y sus aliados europeos. Esto probablemente perjudicaría la posición económica y geopolítica de Estados Unidos. En este momento Rusia va completando la conquista de las regiones administrativas anexionadas en el 2022, y no tiene prisa por firmar un acuerdo de paz, ha recuperado los territorios rusos de Kursk que estuvieron bajo dominio ucraniano y, por el contrario, extiende su control al 20 % del territorio ucraniano, poblado por una población rusófona y donde anteriormente el Partido de las Regiones, la formación favorable a los intereses del Kremlin, era la fuerza hegemónica.

Mirar un mapa: El tercer año de guerra contra Ucrania | Política Exterior

     El acuerdo propuesto por Trump persigue que Ucrania acepte un estatus quo de la línea del frente, y EEUU aceptaría el reconocimiento de Crimea como rusa. Crimea es una península unida a las zonas de Ucrania ocupadas por Rusia, pero separada de esta por un puente, y es fundamental para el control ruso del Mar Negro y Ucrania no aceptará su reconocimiento como parte de Rusia. Por otro lado, Ucrania podría formar parte de la Unión Europea, aunque no de la OTAN para no violentar la principal razón que llevó a Rusia a la invasión de Ucrania. No obstante, uno de los problemas es que Ucrania quiere la desaparición de los aranceles para sus productos agrarios en Europa, pero eso conlleva la oposición del importante lobby agrario europeo, principalmente polaco. Además, el control de los recursos industriales y mineros ucranianos por compañías estadounidenses de fondos de inversión contraviene la legislación europea. Por su parte, Rusia únicamente lograría el levantamiento de las sanciones instauradas a partir de 2014.

     Donald Trump está impaciente por una paz en la que sólo puede ejercer presión a su subordinado ucraniano, mientras Rusia dispone del apoyo de los países que conforman el bloque de los BRICS. La paz por territorios cada vez se ve con más claridad, aunque los países europeos se oponen, liderados por una Gran Bretaña que, aunque ya no forma parte de la Unión Europea, ha mostrado la posición más agresiva contra Rusia. Polonia y los países bálticos, por su vecindad y una historia llena de conflictos, tienen miedo al nuevo nacionalismo ruso que ha iniciado Vladimir Putin y a una economía volcada en la industria militar.

     Trump apremia a la UE a que aumente su gasto en defensa con su participación en la OTAN. Las empresas de armas estadounidenses son las que se llevan gran parte de los contratos de venta, mantenimiento, mejora e instrucción de personal en sus nuevos modelos. Ello se suma a la presión iniciada para que los países compren productos made in USA y amenacen a algunas importantes empresas ˗como TSMC, Intel, Samsung y Nvidia˗ a instalar fábricas de semiconductores en suelo estadounidense para evitar la nueva política de aranceles, que en su caso sería de un 100 %

     EEUU se dedicó a anunciar tasas y aranceles a todos los países del mundo. Un arancel base del 10% para todo el mundo, un 34% especial para China y un 20% para la Unión Europea, con entrada en vigor a partir del 5 de abril de 2025. China ha respondido poniendo un arancel cero a los países africanos y reduciendo las exportaciones de minerales estratégicos a los EEUU, donde grandes empresas como Tesla y Apple necesitan elementos procedentes de China.

La relación con España y Marruecos

     En cuanto a España, la decisión de los EEUU de hacer de Marruecos su más fiel aliado militar en la zona nos lleva a un futuro muy negro. El país norteafricano es un buen cliente de Boeing, Lockheed Martin, Raytheon, Orbital ATK, General Dynamics, McKinney, Chemring y Kaman Precision. Entre los objetivos que va logrando: los tanques blindados Cougars 6×6, el sistema de misiles tierra-aire de largo alcance MIM-104 Patriot, 40 misiles aire-aire de alcance medio avanzado (AMRAAM), 24 helicópteros de ataque AH-64 Apache, 25 F- 16, la renovación de los anteriores y la posibilidad de conseguir los F-35, para lo que necesita el permiso de Israel, un país al cual ha reconocido su capital en Jerusalén y al que también compra abundante tecnología militar. La fuerte inversión en el programa de modernización del ejército marroquí, lo convierte, junto a Egipto, en los dos principales centuriones del continente africano. Marruecos es un colaborador habitual de las misiones de paz con los Estados Unidos.

Marruecos: Estados Unidos en el Magreb y su importancia para España –  Artículo30

     El 23 de enero de 2020 la cámara baja del parlamento de Marruecos aprobó con la ley 38.17 la extensión de la reclamación de la Zona Económica Exclusiva (ZEE) y de la plataforma continental. Una de las razones son las exploraciones marinas que empresas americanas desarrollan en busca de gas o del telurio, un semimineral semiconductor muy valorado por las empresas electrónicas, considerado por los Estados Unidos como un elemento crítico, cuyo control y explotación debe estar asegurado. El yacimiento Tropic se encuentra a unos 500 kilómetros al suroeste de la isla de El Hierro y aunque presenta problemas por su profundidad, los adelantos técnicos pueden favorecer un día su explotación. En Dacla, nuestra antigua Villa Cisneros (recordemos que Trump reconoció el Sahara occidental como provincia marroquí en contra de la opinión de la ONU) proyecta la construcción de un gran puerto y una base militar compartida con los EEUU, mientras en Casablanca se desarrolla un superpuerto con astilleros y una base naval en el norte que pueda albergar al contingente estadounidense de Rota. Además, la competencia agrícola desleal que desarrolla a costa de España, que debe aplicar todas las medidas de cuidado medioambiental, subiendo el costo de la producción, favorece al país norteafricano. Éste aplica productos prohibidos por la legislación sanitaria europea, pero gracias al apoyo francés puede exportar con un trato preferencial a la totalidad de la UE, favoreciendo el hundimiento del campo español y el traslado de las principales inversiones de grandes empresas agrarias a Marruecos.

Realismo y actualidad de Tomás de Aquino

por Juan Antonio Gallardo, filósofo

Tomás de Aquino, necesario y actual

   En este 2025, en el incomparable marco del Jubileo de la Iglesia Católica, cerramos el triple aniversario —también jubilar— en torno a la egregia figura de Santo Tomás de Aquino. En 2023 celebrábamos los siete siglos de su canonización, en 2024 los 750 años de su muerte, y este año ocho siglos de su nacimiento.

   En este trienio jubilar he rememorado personalmente mi encuentro con Santo Tomás. A lo largo de mis estudios de juventud, la mayor parte de las veces, la Escolástica o el tomismo aparecían en las explicaciones como un método más entre los existentes en el pasado, o mejor dicho, como algo pasado. Algún profesor  “de la vieja escuela” nos advertía de la importancia del Aquinate y eso me tenía inquieto.

    Después de los estudios de filosofía y teología, con la lectura de La vida intelectual[1] de Sertillanges, me topé con una visión del tomismoLa vida intelectual totalmente distinta. En este libro pude asomarme y contemplar un hermosísimo horizonte donde el pensamiento de Santo Tomás se me descubría, no como una filosofía más —caducada—, sino como la sistematización más acertada y profunda del conocimiento de las cosas, del orden y fin del universo y del lugar que la persona ocupa en él, llamado a conocer y proclamar la verdad. Fue una gran revelación.

   Muchos intelectuales[2] de gran altura han escrito para conmemorar esta feliz celebración de toda la Cristiandad, del don al mundo del «Doctor Humanitatis»[3]. Yo me sumo con esta pequeña aportación para homenajear al «más santo de los sabios y el más sabio de los santos»[4], y a todos los que me hablaron de él  en la Escuela Tomista de Barcelona[5], mis maestros, a los que estaré siempre agradecido.

   No conocí personalmente al Padre Ramón Orlandis S. I., ni a Jaume Bofill., o a Francisco Canals, pero llegué a saborear su tomismo gracias a la lectura y estudio de maestros como Eudaldo Forment Giralt o Enrique Martínez García, para después estudiar en profundidad su magisterio, acudiendo directamente a Santo Tomás. Tengo que añadir que la lectura de Sobre la Esencia del Conocimiento[6] cambió mi vida.

   Hace unos años, el 24 de junio de 2011, tuve el honor de conocer personalmente al Padre Abelardo Lobato O.P[7]., en la I Jornada Tomista de la Cátedra Santo Tomás de Aquino —que el sabio Lobato presidía— de la Universidad Católica de Murcia. Quedé admirado por la sabiduría y humildad del venerable padre dominico. Menciono este acontecimiento porque lo más atrayente de la doctrina de Santo Tomás es su humildad; el respeto por la realidad y por los hombres es el presupuesto necesario del realismo filosófico. El pensamiento realista es esencialmente humilde, sino no sería realista. Qué bien expresó esto García Morente, al referirse al «clasicismo de Santo Tomás»:

El respeto a la objetividad. El clásico (…) no finge, no inventa la realidad, sino que la acata y recibe respetuosamente, porque la considera creada por Dios. Por ello, aún más que respeto llamaríamos humildad a esta actitud del clásico (…). El clásico es pensador humilde[8].

  Precisamente esta humildad impulsaba al Angélico a buscar desinteresadamente, y con todas sus fuerzas, la verdad[9], lo que le llevaba a ordenar armónica y arquitectónicamente todo el patrimonio del saber. Así lo explicaba el Padre Santiago Ramírez: «Nada más lejos de él que el eclecticismo o el mero papel de compilador. Domina sus fuentes de información, las organiza, las completa y las perfecciona con su propio trabajo personal»[10]. Por esta novedosa sistematización puede Santo Tomás ser considerado como «creador de una nueva corriente doctrinal conocida con el nombre de tomismo»[11], «una síntesis superior en donde se coordinan y unifican todos los conocimientos verdaderos»[12].

   Es en el realismo donde la teología católica tiene su presupuesto fundamental, y santo Tomás de Aquino ha sido el que mejor ha profundizado en los primeros principios del conocimiento, arraigados en el ser, en la humilde actitud del que contempla la realidad con todo su contenido y sin prejuicios.

  Por la consideración de estos presupuestos ontológicos de la concepción católica de la materia, que se arraiga en la unidad de las cosas creadas, habló San Josemaría Escrivá de Balaguer de la «materialización de la santidad[13]», que es la afirmación de la aptitud de las cosas ordinarias para ser elevadas por el trabajo de los hombres y la acción de la gracia:

No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca. Por eso puedo deciros que necesita nuestra época devolver —a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares— su noble y original sentido, ponerlas al servicio del Reino de Dios, espiritualizarlas, haciendo de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo.

   El auténtico sentido cristiano —que profesa la resurrección de toda carne— se enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu[14].

   Se trata de una cuestión de nuclear importancia, centrada en la «original visión optimista de la creación, “el amor al mundo” que late en el cristianismo»[15], para devolver a la materia «su noble y original sentido», ordenada al Reino de Dios. No es posible la teología si esta inteligencia de la dinámica de la Encarnación no es la que informa la reflexión cristiana. Sin una recta inteligencia de la realidad creada, es fácil caer en un gnosticismo. Así lo explica Stefano Abbate:

Una interpretación sesgada de la naturaleza que no puede recibir la gracia por no estar suficientemente predispuesta a hacerlo, a causa de una deficiencia ontológica que impide la sanación de un orden esencialmente malo[16].

   Se comprende, pues, que San Pío X, en la Encíclica Pascendi, advirtiera que «apartarse aunque sea un poco del Doctor de Aquino, en especial en las cuestiones metafísicas, nunca dejará de ser de gran perjuicio»[17]. Por ello, la primacía de la doctrina del Doctor Angélico ha sido un empeño constante en el Magisterio de los Papas, ya que está en juego la inteligencia misma de la Salvación.

San Pío X

   Santo Tomás es un intelectual valiente, no teme a la realidad con la que entabla un verdadero diálogo, ni a los que piensan de modo distinto, a los que escucha con atención acogiendo la verdad venida de ellos, porque «omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est»[18] (toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo). No se trata de imponer lo que uno piensa, sino de escuchar a las cosas y a los demás. Así lo decía San Juan Pablo II en su discurso a los participantes en el VIII Congreso Tomista Internacional:

En el saber filosófico, antes de escuchar cuanto dicen los sabios de la humanidad, a juicio del Aquinate, es preciso escuchar y preguntar a las cosas. «Tunc homo creaturas interrogat, quando eas diligenter considerat; sed tunc interrogata respondent» (Super Job, XII, lect. 1).» La verdadera filosofía22 DE OCTUBRE: SAN JUAN PABLO II debe reflejar fielmente el orden de las cosas mismas, de otro modo acaba reduciéndose a una arbitraria opinión subjetiva. «Ordo principalius inventiur in ipsis rebus et ex eis derivatur ad cognitionem nostram» (S. Th. II-IIae, q. 26, a. 1, ad 2). La filosofía no consiste en un sistema construido subjetivamente a placer del filósofo, sino que debe ser el reflejo fiel del orden de las cosas en la mente humana[19].

    Hoy somos testigos de todo lo contrario. Recogemos los frutos amargos de un proceso histórico de raíces profundas.  La negación de la verdad objetiva y de la posibilidad de su conocimiento tiene como Gettypresupuesto la escisión entre el entendimiento y la realidad; se trata del vaciamiento del ente, de las cosas, con la consecuente negación de la realidad objetiva, y la sustitución de la verdad por ideología. Es una crisis metafísica, que da paso a lo que señalaba Joseph Ratzinger: «una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos»[20].

    La cuestión metafísica es irrenunciable. San Juan Pablo II insistía en ello en la Encíclica Fides et Ratio:

Si insisto tanto en el elemento metafísico es porque estoy convencido de que es el camino obligado para superar la situación de crisis que afecta hoy a grandes sectores de la filosofía y para corregir así algunos comportamientos erróneos difundidos en nuestra sociedad[21].

    Aunque es verdad que la Encíclica Fides et Ratio «no indica como único camino, para llevar a cabo la tarea fundamental de abrir un espacio a la trascendencia, el sistema tomista, desplegado y defendido por la escuela tomista, sino que invita a reapropiarse del potencial teorético constituido por los más profundos descubrimientos metafísicos de Santo Tomás»[22].

   En efecto, San Juan Pablo II no indica como único camino el tomismo. Pero si esto es así, también lo es que la teología no puede prescindir de la filosofía cristiana —porque no habría posibilidad de teología—, y la filosofía cristiana no puede prescindir de los descubrimientos metafísicos de Santo Tomás, de la filosofía del ser, «que ve la realidad en sus estructuras ontológicas, causales y comunicativas»[23].

  La filosofía de Santo Tomás merece estudio atento y aceptación convencida por parte de la juventud de nuestro tiempo, por su espíritu de apertura y de universalismo, características que es difícil encontrar en muchas corrientes del pensamiento contemporáneo. Se trata de la apertura al conjunto de la realidad en todas sus partes y dimensiones, sin reducciones o particularismos (sin absolutizaciones de un aspectoImágenes de Conocimiento universal libres de derechos | Depositphotos determinado), tal como lo exige la inteligencia en nombre de la verdad objetiva e integral, concerniente a la realidad. Apertura esta que es también una significativa nota distintiva de la fe cristiana, de la que es signo específico la catolicidad. Esta apertura tiene su fundamento y su fuente en el hecho de que la filosofía de Santo Tomás es filosofía del ser, esto es del «actus essendi», cuyo valor trascendental es el camino más directo para elevarse al conocimiento del Ser subsistente y Acto puro que es Dios. Por este motivo, esta filosofía podría ser llamada incluso filosofía de la proclamación del ser, canto en honor de lo existente[24].

   El filósofo Mario Pangallo a propósito de la filosofía del ser de Santo Tomás nos dice:

Ahora bien, la metafísica del acto de ser es la característica fundamental de la ontología tomista, gracias a la cual es posible llevar a término ese “paso del fenómeno al fundamento”, considerado necesario por el Papa en el n. 83 de la Fides et Ratio, parágrafo dedicado por completo a la recuperación de la dimensión metafísica de la filosofía[25].

  Fr. Santiago Cantera O.S.B. mete el dedo en la llaga al señalar Santiago Canteradirectamente como «una de las mayores pérdidas que la civilización cristiana occidental ha sufrido en los últimos años, aproximadamente a partir de los 60 del siglo XX, ha sido la originada por una especie de derrumbe de la Escolástica y del tomismo»[26], y «este desplome ha sido patente de un modo muy particular en la Iglesia Católica»[27].

   Como vemos, esta cuestión es clave en la urgente reflexión sobre la realidad misma, que  hoy es reducida al ámbito de lo subjetivo o negada. La teología tiene como misión mostrar a Aquel que es  «Via et Veritas et Vita (el Camino, y la Verdad y la Vida)[28]», y que nos ha revelado el sentido verdadero de la existencia de la creación. En los años postconciliares del Vaticano II se produjo una decadencia intelectual[29], una crisis metafísica que se acentuaba por ser río revuelto, donde las ideologías ateas se apresuraban a echar sus redes, deformando la doctrina conciliar para promover una lectura de la misma absolutamente contraria a su espíritu.

Interpretación del Concilio Vaticano II y su relación con la crisis actual  de la Iglesia - El Español Digital "La verdad sin complejos"

  La incursión de las corrientes de la Nueva Teología y de otras provenientes del protestantismo e incluso de fuentes ideológicas totalmente ajenas a la fe, trajo su casi desaparición [de la Escolástica y del tomismo] entre los teólogos católicos y en los centros de formación, seminarios diocesanos y universidades, para dejar paso a nuevas formas de enseñanza, de exposición y de investigación cuyos resultados, sobre los que hoy se puede ya realizar un juicio bastante certero, han sido en general desastrosos: caída del nivel de conocimientos, incapacidad para el debate por el abandono del método deductivo y dialéctico propio de la Escolástica, errores doctrinales y un largo etcétera, que va haciendo conveniente subsanar pronto[30].

El tomismo, hoy

    Sin embargo, fue el Concilio Vaticano II una solmene invitación a volver al Doctor Angélico[31]. Algunos peces fueron arrastrados por la corriente. Pero otros siguieron nadando contra corriente, y así «el tomismo sigue teniendo gran fuerza, tanto entre numerosos eclesiásticos y en bastantes centros de estudios, como quizá más todavía entre destacados filósofos seglares de hoy. Tal es el caso, en España, de la conocida Escuela Tomista de Barcelona»[32], donde destacados tomistas desarrollan una labor de profundización y divulgación científica para bien de todos; bajo el influjo de destacadísimos maestros que nos dejaron, como Ramón Orlandis, Francisco Canals, Jaume Bofill, JoséFrancisco Canals Vidal María Petit, actualmente blanden su pluma intelectuales de la talla de Eudaldo Forment, José María Alsina, Antonio Prevosti, Enrique Martínez, Martín F. Echavarría, Xavier Prevosti, Lucas Prieto, Stefano Abbate, Mariano Bártoli, Miguel Ángel Belmonte, Emili Boronat, entre otros, y desarrollan gran parte de su magisterio en el Instituto Santo Tomás de Aquino[33] en la Fundación Balmesiana, con regulares publicaciones en la revista Espíritu y en la revista Cristiandad, y con una gran actividad en la Sociedad Internacional Santo Tomás de Aquino. Hay que mencionar a la Fundación Speiro, que difunde su labor intelectual en la revista Verbo, con sede en Madrid, actualmente bajo la dirección del profesor Miguel Ayuso[34].

    Hoy hemos salido de una crisis y miramos al futuro con gran esperanza, para afrontar los nuevos retos y seguir el ejemplo perenne de Santo Tomás, que es el «Apóstol de la verdad»[35], y luz para el tiempo presente, desde «la apertura plena y global hacia la realidad entera, superando cualquier límite hasta llegar a Aquél que lo perfecciona todo»[36].

[1] Sertillnages, A. D., La vida intelectual, Ediciones Encuentro, Madrid 2003.

[2] Cf. Revista Suroeste. Actualidad con Identidad. Santo Tomás de Aquino. Edición especial. Ed.Comunidad y Justicia, Suroeste. Marzo 2025. http://www.comunidadyjusticia.cl, www.revistasuroeste.cl

[3] Cf. Juan pablo ii. Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los participantes en el VIII Congreso Tomista Internacional, n. 3. Castelgandolfo, 13 de septiembre de 1980. En: https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1980/september/documents/hf_jp-ii_spe_19800913_congresso-tomistico.html (17/03/2025).

[4] Cf. Ramírez, Santiago, Introducción a Tomás de Aquino. Biografía Obras. Autoridad doctrinal. Ed. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1975, pág. 213.

[5] Cf. https://revistasuroeste.cl/2023/07/18/la-escuela-tomista-de-barcelona/, https://istomas.org/el-instituto/  (18/03/2025).

[6] Cf. Espíritu XLI (1992) 57-62, en: https://revistaespiritu.istomas.org/sobre-la-esencia-del-conocimiento-de-francisco-canals-vidal/ (17/03/2025). Canals Vidal, F., Sobre la esencia del conocimiento, Promociones Publicaciones Universitarias, Barcelona 1987.

[7] 20 de enero de 1925 – (†)18 de mayo de 2012. Cf. Lobato, A. (Dir)., El retorno de la filosofía. Jornada Tomista (Actas), Ed. UCAM Publicaciones, Murcia 2013.

[8] García Morente, M., El clasicismo de Santo Tomás de Aquino. Conferencia en la Universidad de Valladolid en la fiesta del Santo, Valladolid 1941.  Citado en: Forment, E., La interpretación de Santo Tomás en García Morente, Espíritu XXXV (1986) 13-34.

[9] Cf. San Juan Pablo II, Carta Encíclica Fides et Ratio, n. 44.

[10] Ramírez, Santiago, Introducción a Tomás de Aquino. Biografía,  op. cit., pág. 110.

[11] Ibidem.

[12] Grabmann, M, Das Seelenleben des hl. Thomas von Aquin, traducción española de Octavio N. Derisi, La vida de Santo Tomás, p. 147-148. Citado en Ramírez, Santiago, Introducción a Tomás de Aquino. Biografía. Op. Cit. p. 111.

[13]Cf. Luciani, A., Buscando a Dios en el trabajo diario. Artículo publicado por el Cardenal Albino Luciani (Beato Juan Pablo, Papa), en el diario veneciano Il Gazettino, 25 de julio de 1978.

[14] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Amar al mundo apasionadamente, Ed. Rialp, Madrid 2007, pp. 19-20. (Homilía pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra el 8-X-1967). En: https://opusdei.org/es-es/article/amar-al-mundo-apasionadamente-4-2/#homilia (20/03/2025).

[15] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Forja, n. 703, en Camino, Surco, Forja. Ed. Rialp, Madrid 2007, pág. 901. Esta cuestión ha sido profundizada por Sanz Sánchez, S. en L´ottimismo creazionale di San Josemaría, Edizioni Università della Santa Croce, Roma 2014, págs. 217-254. En https://cedejbiblioteca.unav.edu/web/centro-de-estudios-josemaria-escriva/biblioteca-virtual/details.vm?w=sortAuthorities%3A%22Simposio+San+Josemaría+e+il+pensiero+teologico%22&view=global&lang=es&t=-modification&s=1 (6/04/2025)

[16] Abbate, S., La destrucción de la naturaleza por parte de la gnosis. Dios, cosmos, hombre, Revista Espíritu LXVI (2017), n.º 154, p. 415. En: https://revistaespiritu.istomas.org/la-destruccion-de-la-naturaleza-por-parte-de-la-gnosis-dios-cosmos-hombre/ (20/03/2025).

[17] Pío X. Carta Encíclica Pascendi, n. 46.

[18] Santo Tomás de Aquino, Super Job, lect. 3, núm. 103.

[19] JUAN PABLO II. Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los participantes en el VIII Congreso Tomista Internacional, op. cit., n. 3

[20] Joseph Ratzinger, Homilía del Cardenal Joseph Ratzinger, Decano del Colegio Cardenalicio en la Misa «PRO ELIGENDO PONTIFICE», (Lunes, 18 de abril de 2005). En http://www.vatican.va/gpII/documents/homily-pro-eligendo-pontifice_20050418_sp.html

[21] Fides et Ratio, n. 83.

[22] Sanchez Sorondo, M. Per una metafisica aperta alla Trascendenza, en Grande Enciclopedia epismemologia, n. 119, pág. 45. Citado en Clavell Ll. El pensamiento de Santo Tomás de Aquino en la Encíclica Fides et Ratio. Tópicos, Revista de Filosofía, 19 (1), 35-49, pág. 48. https://doi.org/10.21555/top.v19i1.334

[23] Fides et Ratio, n. 97.

[24] San Juan Pablo II, Discurso al Pontificio Ateneo Angelicum (17 de noviembre de 1979), n. 6. En: https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1979/november/documents/hf_jp-ii_spe_19791117_angelicum.html

[25] Pangallo, M., Tommaso d´Aquino nell´ Enciclica, en Grande Enciclopeidia epistemológica, n. 119, pág. 36, citado en: Clavell Ll. El pensamiento de Santo Tomás de Aquino en la Encíclica Fides et Ratio. Tópicos, Revista de Filosofía, 19 (1), 35-49, pág. 43. https://doi.org/10.21555/top.v19i1.334

[26] Cantera Montenegro, S., La crisis de Occidente. Orígenes, actualidad y futuro. Ed. Sekoita, 2020, pág. 27.

[27] Ibidem.

[28] Jn, 14, 6.

[29] Fides et Ratio, n. 61.

[30] Cantera Montenegro, S., La crisis de Occidente. Op. cit., págs. 27-28. Fr. Santiago Cantera pone aquí en nota al pie: Para las cuestiones a las que nos referimos aquí, pueden ser interesantes los apéndices de la obra del filósofo y teólogo dominico Rodríguez, Victorino (O.P.), El conocimiento analógico de Dios, Madrid, Speiro, 1995; especialmente el apéndice VI, «El método teológico después del Concilio Vaticano II», pp. 300-328.

[31] Cf. Fides et Ratio, n. 61.

[32] Cantera Montenegro, S., La crisis de Occidente. Op. cit., págs. 29-30.

[33] http://www.istomas.org

[34] Cf. Cantera Montenegro, S., La crisis de Occidente. Op. cit., págs. 30.

[35] Pablo VI, Carta Apostólica Lumen Ecclesiae (20 de noviembre de 1974). Citada en: Fides et Ratio, n. 44.

[36] Fides et Ratio, n. 97.

Epopeyas españolas en Norteamérica

por José Manuel Díaz

   El Instituto Universitario de Investigación en Estudios Norteamericanos de la Universidad de Alcalá —más conocido ya como Instituto Franklin, con sede en el antiguo Colegio de los Trinitarios Descalzos de la ciudad- lleva décadas dedicado a estrechar vínculos entre España y los Estados Unidos de Norteamérica a través de múltiples actividades e iniciativas académicas (becas, conferencias, congresos, intercambios…) que tratan de favorecer un mejor conocimiento recíproco entre ambos países. Una de las citas que organiza en estos últimos años de obligada atención en su ámbito es el Seminario mediante el que el profesor Castilla Urbano, su impulsor desde el inicio, reúne a profesores de historia, filosofía y literatura para profundizar desde distintas perspectivas en el conocimiento de las huellas españolas en el norte del continente americano.

     En el volumen Crónicas y testimonios hispanos en los actuales Estados Unidos (siglos XVI y XVII), Madrid, Libros de la Catarata-Universidad de Alcalá/Instituto Franklin, se recogen las ponencias de su propuesta del año 2022, dedicado básicamente a la literatura que generó aquella historia, a aquella historia considerada como hecho literario por susCrónicas y testimonios hispanos en los actuales Estados Unidos (siglos XVI y XVII) contemporáneos, que lo fue esencialmente como epopeya. Un término éste, por cierto, tan raro ya en nuestra habla como en el propio libro. Y eso, a pesar de que tres de los catorce textos que se analizan se puedan considerar como poemas explícitamente épicos, de que dedique su ensayo más extenso, el de Carmen Benito-Vessels, a ese tema de manera oblicua (pues utiliza el género literario de La Florida de Escobedo para abordar su problematización epocal: “entre la Edad Media y la temprana Modernidad”) y de que en las otras ponencias no deje de subrayarse la dependencia de los relatos de aquellas andanzas (de la de Cabeza de Vaca a la de los mártires de Florida, de la de fray Marcos de Niza a la de Menéndez de Avilés, de la de Hernando de Soto a la del padre Benavides) de la épica medieval, de los cantares de gesta, de la literatura peninsular de frontera, a fin de cuentas, que estaban recibiendo nueva savia de los experimentos literarios renacentistas, tanto españoles (la novela de caballerías desde el Tirante y el Amadís al Quijote) como italianos (baste recordar el éxito de la traducción de Urrea del Orlando de Ariosto).

     Ciertamente, cada uno de los textos en cuestión puede ser abordado —y así se los encontrará el lector aquí en su mayor parte- como anuncia el título del volumen, como crónicas y testimonios. Esto quiere decir: interesándose por la sucesión de los hechos en el tiempo, por un lado (algo subrayado con vigor en el ensayo del profesor Juan Francisco Maura sobre las “inconsistencias cronológicas” en los Naufragios de Cabeza de Vaca o en el estudio que realiza la profesora Jimena Rodríguez de la navegación de Hernando de Alarcón), y por su veracidad, por otro (que sale especialmente a relucir en los estudios sobre el mito y la desmitificación del tesoro del Norte que encarna —todavía en la cultura hollywoodiense de nuestros días- Cíbola, a lo que dedican sus ensayos Álvaro Baraibar y Carmen de Mora, el uno a la versión de fray Marcos de Niza y la otra a la de Pedro de Castañeda). Pero estos aspectos, de atención esencial cuando uno se ocupa de las grandes historias que trataron aquellos acontecimientos (como las de Fernández de Oviedo, López de Gómara, Obregón o Herrera que el lector también encontrará citados como referencias de contraste o de desarrollo en muchas de las bibliografías del libro), en los textos objeto de estudio en el libro tienen más bien el valor de materia prima. Su fin no era exclusivamente el de registrar datos e informar de los mismos, como advierten frecuentemente la mayoría de los ponentes, sino que detrás de esa literatura destinada a publicarse en sus días (aunque no siempre lo consiguiera, como la “Relación de la jornada de Hernando de Soto” de Hernández de Biedma estudiada por el profesor Charles Moore, que tardaría más tres siglos en ver la luz —inicialmente traducida al inglés-, o El Memorial de 1634 de fray Alonso de Benavidesel memorial del padre Benavides de 1634, que publicó recientemente la profesora Belén Navajas, autora también del ensayo que lo compara aquí con el Memorial publicado, el de 1630), hay una voluntad constructiva. Y no de una carrera intelectual propia —al menos, no sólo-, ni siquiera de un proyecto historiográfico común, como parte de una escuela o movimiento —aunque no dejen de apreciarse sintonías, como es lógico, entre los miembros de una misma orden, por ejemplo-, sino, con diversos matices en función de su personal perspectiva (el fraile y el soldado, el poeta y el explorador, el peninsular y el criollo), nacional, con el deseo de que sus respectivos textos sirvieran para atraer recursos y personas a aquellas tierras, a lo que prometían sobre el papel, y para integrar todo aquello (incluyendo a las comunidades de llegada, como queda patente en los trabajos de José Antonio Mazzoti sobre La Florida del Inca, de Eric Vaccarella sobre el papel de los intérpretes indios que refleja la Relaçam del Fidalgo de Elvas, y el de Manuel Martín Rodríguez sobre el criollo novohispano Villagrá) en aquel cuerpo de vida en común llamado España.

    Pero esa atracción funge de manera distinta en función de que el exceso sobre la realidad subyacente a los textos sea de carácter poético, una interpretación espiritual (es la naturaleza y la geografía aproximadas, respectivamente, de Bartolomé de Flores que estudia Raúl Marrero-Fente[1] y del Inca en el citado trabajo de Mazzoti o de la búsqueda de Cíbola, pero también la sobrenaturalización de los indios, que en la descripción de un mismo acontecimiento, el asentamiento en La Florida finalmente conseguido gracias a la brutal determinación de Menéndez de Avilés, pueden resultar por sus hechos tanto ángeles como demonios, recordado lo primero por David Arbesú al tratar el Memorial de Solís de Merás y subrayado lo segundo por Benito-Vessels en su citado estudio de La Florida de Escobedo), o de carácter material, en cuyo caso tendemos a decir que oculta o falsea de un modo más o menos deliberado los hechos (en lo que caben tanto las exageraciones o tergiversaciones de fray Bartolomé de las Casas como las imaginaciones de fray Marcos de Niza). Lo primero nos anima a la contemplación, a ver, en el ser mismo de las cosas, un envés liberador, con la fe, de la poética de la acción (a la que Cervantes erigió el modelo para todo futuro monumento); lo segundo nos condena a la espiral sin fin de desengaño y frustración que genera la concupiscencia de la materia y su lógica consuntiva de hombres y pertrechos, como no creo que haga falta explicar a quien contemple sin apasionamiento el actual panorama de la industria del entretenimiento oficial, legal y tolerado.

     Y lo que estos textos (y algunos otros de importancia capital que se podrían haber traído también a colación, como las Memorias de Castaño de Sosa o el Memorial del capitán Cardona y los viajes de Francisco de Ortega) permiten acusar en la epopeya española del Norte es la sutil inversión del equilibrio hacia el segundo ámbito, el tristemente consuntivo que, ante la realidad patente (miseria y fracaso, como destaca circunstanciadamente el ensayo introductorio del profesor Castilla Urbano), generó de inmediato una respuesta de rechazo entre los propios interesados, conscientemente embaucados (incluyendo la Monarquía), lo que habría determinado el abandono de las posiciones alcanzadas si no lo hubiera impedido un designio mayor institucionalizado con el propio nacimiento de la Monarquía: defender aquel territorio de la infición herética, ya presente y previsiblemente futura, que traía instalado de serie un materialismo que a la ortodoxia tanto le costaba someter en su propio seno. Pero la frustración y el desengaño ya habían hecho presa en los textos (salvo en aquellos también comprometidos por regla con una vida en clave trascendente y con aquella determinación política, algunas de cuyas muestras, todas de origen franciscano, también se estudian aquí: el poema de Escobedo y los memoriales de Benavides ya mencionados y la Relación de los mártires de Florida de Oré que estudia Raquel Chang-Rodríguez, su editora moderna), que transmiten ya el regusto de la derrota que cristalizará en la progresiva aceptación de la leyenda negra por parte de las élites hispanas a uno y otro lado del atlántico, que habían vinculado su suerte a una victoria política, material, frente a la espiritual que todavía se sostuvo en Tejas (Antonio Margil) o California (Junípero Serra), y que, obtenida finalmente en la Florida (donde las epidemias, períodos de violenta resistencia indígena y, finalmente, la presión del esclavismo anglosajón aliado con alguno de aquellos pueblos originarios habían impedido la fructificación de la semilla que había germinado en otras partes), sólo servirá para engendrar a su definitiva némesis, los Estados Unidos de Norteamérica, entonando dicha victoria fatal con otro canto épico (La rendición de Panzacola, 1785) cegado al porvenir que esperaba a aquella tierra en unos años.

[1] El cual, de hecho, dejándose llevar por el ambiente paradisíaco y prodigioso del poema en cuestión (y veo que no es la primera vez que lo sostiene en público: Marrero-Fente 2021), lo supone incluso disparatado al creer (p. 165) que el poeta envía a los caníbales habaneros a buscar carne fresca a las Azores en la estrofa que según él dice “Otros bárbaros mayores/de condición inhumana/hay en la tierra de Habana/que pasan a los Azores/para comer carne humana”, cuando en realidad, como el lector con cierta familiaridad con nuestro idioma clásico y la naturaleza que describió se habrá dado cuenta ya, el poeta no dice ahí más que los caníbales habaneros son muy voraces porque “pasan”, es decir, ‘superan’ (como en el famoso verso de mi querido fray Luis, “…que lo antiguo/iguala y pasa el nuevo/estilo…”) en esa voracidad, a la legendaria de los azores (en minúscula y en masculino, el ave, como aparece en el original de 1571, “açores”, grafía que ha quedado en el topónimo portugués, su hijo según la leyenda). Y es que se decía —por ejemplo Aldrovandi, haciéndose eco de otros autores- que cazaban primero con garra derecha, quedando la izquierda expedita para una segunda presa. De su popularidad en nuestra cetrería de la época dan cuenta sus letras contemporáneas, donde se le dedicaron un par de tratados más realistas que el teratólogo italiano.

Dirigir el pensamiento hacia la verdad

 por María del Sol Romano, filósofa

  Para la filósofa francesa Simone Weil[1] (1909-1943) nadie debe “renunciar a abordar cualquier parte del conocimiento humano porque considere que está fuera de su alcance, ni tampoco porque crea que noSimone Weil - Wikipedia, la enciclopedia libre puede hacer un progreso serio en una ciencia más que a condición de especializarse en ella”[2]. Es decir, no puede rehuirse la búsqueda de la verdad por creer que no se tiene ni el talento ni la aptitud intelectual para alcanzarla. En palabras de la autora “no hay que decirse a sí mismo ‘soy incapaz de comprender’; hay que decirse «soy capaz de orientar los ojos del alma de tal manera que comprenda«[3].

    En su memoria para obtener su diploma de estudios superiores Science et perception dans Descartes, Weil subraya que “cualquier hombre, por muy mediocres que sean su inteligencia y sus talentos, puede, si se aplica a ello, conocer todo lo que está al alcance del hombre”[4]. Así pues, la facultad de conocer no es exclusiva de personas que son superdotadas y que tienen una alta capacidad intelectual. No se necesita “de un don especial o de una sagacidad excepcional para elevarse de las verdades más simples hasta las concepciones más sublimes”[5]. Es más, como sugiere la autora en su Autobiographie spirituelle, el acceso a la verdad es posible para todos por igual en condiciones normales, siempre y cuando se tenga un auténtico deseo de verdad y se haga un continuo esfuerzo de atención:

Cualquier ser humano, aunque sus facultades naturales sean casi nulas, entra en ese reino de la verdad reservado al genio, si solamente desea la verdad y hace un permanente esfuerzo de atención por alcanzarla. Se convierte entonces en un genio, incluso si, por carecer de talento, este genio no pueda ser visible al exterior[6].

    De acuerdo con esto, el verdadero genio está en la posibilidad que se tiene de prestar atención, esto es, “los destellos de atención no son más que destellos de genio”[7], puesto que “toda la fuerza del espíritu es la atención. El único poder que es nuestro”[8]. Esto muestra que existe una igualdad entre los espíritus frente a la verdad, cuando el alma humana se prepara para acoger la verdad con una atención por la que se deja el pensamiento disponible para aprehender la realidad tal cual es. Conjuntamente a esto, la igualdad entre los espíritus de todos los seres humanos la constituye la capacidad que tienen en común de conducir su razón y de dirigir adecuadamente su pensamiento.

   En este sentido, Weil remite a Descartes que “no solo considera que todo espíritu, en cuanto se aplica a pensar como es debido, es igual al genio más grande, sino que también en el pensamiento más común encuentra el espíritu humano”[9]. En efecto, Descartes en sus Règles pour la direction de l’esprit indica las reglas a seguir para hacer un René Descartes - Wikipedia, la enciclopedia librecorrecto ejercicio del pensamiento y que guiarán el espíritu hacia la verdad[10]. Hay que destacar en este punto que el filósofo francés busca “fundar la enseñanza popular universal”[11]. Un ejemplo es cuando enseña matemáticas a su sirviente y a un zapatero, el primero se volverá profesor de matemáticas y el segundo se convertirá en astrónomo. Al mismo tiempo que los reconoce como iguales frente a la ciencia, Descartes no duda en ponerlos al servicio de ella[12]. Por esta razón, Weil afirma que “lo original en Descartes es la idea de que todos pueden conocer la verdad, de ahí el deber de enseñar a todos cuando es posible[13].

  Y si bien puede haber una desigualdad entre las facultades intelectuales, “en la experiencia, en el fruto de reflexiones pasadas, en la memoria, en la rapidez de pensamiento”[14]; no la hay en el ejercicio de estas, como en el caso de la atención. Siguiendo a la autora, “mucha gente no quiere ejercer sus facultades, porque pensar es penoso, no aporta ningún beneficio y no sacia ninguna pasión, al contrario[15]. Por eso, “casi todos evitan ejercer sus facultades en tal o cual ámbito determinado porque las pasiones les lleva a huir de la verdad en ese ámbito”. En consecuencia, “las más brillantes facultades se corrompen en cuanto se las ejerce con vistas a otra cosa que no sea la verdad[16]. Así, el pensar como es debido, el no abandonar la facultad que se tiene de pensar y el armonizar el pensamiento con la acción, además de ser un deber, es una virtud:

El verdadero valor no consiste en los datos y los instrumentos más o menos amplios que posea el pensamiento, sino en el correcto ejercicio del pensamiento. De modo que las desigualdades accidentales no impiden una igualdad fundamental, incluso en el ámbito intelectual, en la medida en que pensar correctamente es una virtud. Pensar correctamente y conformar la acción al pensamiento es el deber más imperioso, o más bien el único deber y la única virtud. Por eso no se puede renunciar nunca al poder de pensar y de juzgar sin cometer una falta capital[17].

[1] El presente texto es un extracto del artículo “Simone Weil: la educación como medio de igualdad”, publicado en Diálogo Filosófico, n. 113, 2022, pp. 289-303. Es importante destacar que en este extracto se remite, principalmente, a los escritos de juventud de la autora.

[2] S. Weil, “Science et perception dans Descartes”, [1930], en Œuvres complètes, t. I, Gallimard, Paris, 1988, p. 176. En adelante se usará la abreviatura OC, tomo, volumen y página.

[3] S. Weil, “Plans divers. Platon”, [1933-1934], en Leçons de philosophie, Union Générale d’Éditions, Paris, 1959, p. 285. En adelante se usará la abreviatura LP.

[4] S. Weil, “Science et perception dans Descartes”, OC, I, p. 177.

[5] A. Bertrand, “Descartes et l’éducation”, en La revue pédagogique, n. 31, 1897, p. 195.

[6] S. Weil, “Autobiographie spirituelle”, [1942], en Attente de Dieu, Fayard, Paris, 1966, p. 39.

[7] S. Weil, “L’attention. Cours du Puy”, [1931-1932], OC, I, p. 392.

[8] S. Weil, “L’attention”, [s.f.], OC, I, p. 391.

[9] S. Weil, “Science et perception dans Descartes”, OC, I, pp. 181-182.

[10] Cf. R. Descartes, Reglas para la dirección del espíritu, Alianza, Madrid, 1996.

[11] A. Bertrand, “Descartes et l’éducation”, p. 194.

[12] Cf. A. Bertrand, “Descartes et l’éducation”, pp. 203-204.

[13] S. Weil, “Étude des moralistes rationnels”, [1933-1934], LP, p. 231.

[14] S. Weil, “Question de l’égalité des esprits”, [1930-1931?], OC, I, p. 282.

[15] S. Weil, “Question de l’égalité des esprits”, OC, I, p. 281.

[16] S. Weil, “Question de l’égalité des esprits”, OC, I, p. 281.

[17] S. Weil, “Question de l’égalité des esprits”, OC, I, p. 282.

Luis Suárez, el maestro en el recuerdo

foto Cañellas (4) por Antonio Cañellas, presidente del CIDESOC

    El pasado 15 de diciembre de 2024 falleció Luis Suárez Fernández a los cien años. Aniversario que celebramos en junio con la entrega de una placa conmemorativa. Este ilustre académico de la Historia y catedrático de Universidad fue el director honorífico del Seminario de Historia José María Quadrado del CIDESOC. En nombre de todo el equipo escribo estas letras de agradecimiento que recogen, en parte, las ya consignadas en el prólogo del libro homenaje que le dedicamos en 2021 bajo el título En torno a la Historia de las Españas. De la Baja Edad Media a la contemporaneidad.

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   Tuve la suerte de conocer a Luis Suárez en 2008 con motivo de una conferencia que pronunció en el salón de actos de la parroquia del Buen Suceso de Madrid. Yo estaba entonces de paso, consultando los fondos de la Biblioteca Nacional. Fue un amigo quien confer L. Suárezme invitó al evento. Aunque ya conocía en buena medida la obra de don Luis, me admiró su claridad expositiva ˗más si cabe tratándose de un octogenario˗, su capacidad de síntesis y lo ameno de su discurso. Su intervención duró una hora exacta, pero tuve la sensación de que apenas habían transcurrido veinte minutos. El contenido versó sobre la aportación de España y de la Iglesia a la cultura occidental. Una temática que poco después recogería en dos títulos publicados en 2012.

  Mi segundo encuentro con don Luis fue en 2010. Ese año se conmemoraban los bicentenarios de las emancipaciones de la América hispana. Llamé por teléfono a la sede de la Real Academia de la Historia.edition-91251 Allí pude contactar con Suárez, que me atendió con amabilidad. Le propuse participar en una obra colectiva que, volviendo sobre el hilo de su conferencia, subrayara las mutuas aportaciones de España y América. Se trataba de abundar en la verdad histórica ante los mitos y las leyendas oscurantistas que rebrotaron en medio de aquella efeméride. No le tuve que insistir dos veces. A las pocas semanas recibí un texto mecanografiado que se convirtió en el primer capítulo del libro América y la hispanidad. Historia de un fenómeno cultural, editado por eunsa en 2011.

 Cinco años después, tras la puesta en marcha del Centro de Investigación y Difusión en Estudios Sociales, reanudé el contacto con Luis Suárez. Esta vez en calidad de presidente de dicha entidad y atendiendo al interés de la mayoría de sus socios para proponerle su integración en el equipo. Gracias a los oficios de Álvaro Sureda pude ser atendido por don Luis, que ya había fijado su residencia en Benidorm. Su modestia inicial, que se resistía a mi invitación, cedió finalmente al comprobar la solicitud generalizada de los miembros de la asociación. Desde noviembre de 2016 Luis Suárez colaboró activamente, siendo uno de nuestros articulistas más prolíficos. Pese a sus limitaciones físicas, no dejó de remitir trabajos extraídos de su amplísima obra, siempre con carácter divulgativo. En este sentido, dio puntual cumplimiento a una de las máximas de nuestro Centro: hacer extensivos los bienes formativos de la cultura a toda la sociedad. Siempre he pensado que fue esta la razón principal que le impelió a colaborar tan generosamente en esta empresa y en otras muchas.

La experiencia revolucionaria

   Como él mismo reconoció, mucho tiene que ver en este compromiso la amarga experiencia vivida en su Asturias natal durante la revolución de octubre de 1934, con tan sólo diez años. La noticia del asesinato de ocho Hermanos de las Escuelas Cristianas y un sacerdote pasionista, dedicados a la enseñanza gratuita de los hijos de las familias mineras, causó una honda impresión en el ánimo de Suárez. Sobre todo al conocer Luchar, vencer, Asturias al poder!que su labor docente había sido el motivo de su condena por parte de los revolucionarios. Esta espiral de odio y persecución, que escribió el prólogo de la guerra civil (1936-1939), resultó crucial en su vida. Según sus palabras, aquella tragedia gestaría un proceso interior que culminaría poco más tarde con una doble vocación, personal y profesional. La demanda perentoria por hallar las causas más profundas de esa crisis le encaminó al conocimiento exhaustivo de la historia y a la gradual asunción de la fe católica como fuente de verdad de la que manaría el perdón y la convivencia, ejemplificados por los mártires de Turón. La posterior experiencia de la guerra civil convencería a Suárez de los efectos perniciosos del totalitarismo, particularmente en su expresión marxista. Para él, el estallido de 1936 era consecuencia del capítulo revolucionario de 1934. La incomprensión y el afán por patrimonializar la República, despojándola de su condición de forma de Estado para confundirla con un régimen político −y, por tanto, identificándola con una única ideología− fueron, a su juicio, los principales errores en los que incurrieron sus artífices.

La forja de un historiador

   Durante la posguerra Luis Suárez dio curso a esa vocación profesional, concebida como medio de servicio a la sociedad. Después de estudiar los dos primeros años de la licenciatura de Filosofía y Letras en la Universidad de Oviedo se trasladó a la Universidad de Valladolid. Allí cursó la especialidad en Historia. La cercanía del archivo de Simancas le33-03681-00033-001-r Pérez Villanueva, Joaquín_marca_agua adentró en el estudio de la Historia Moderna, animado por el impulso del catedrático Joaquín Pérez Villanueva, director del Instituto de Historia Jerónimo Zurita del CSIC. Poco a poco Luis Suárez perfiló su tesis doctoral, defendida en 1946. Bajo el título España frente a Richelieu, ahondó en las relaciones internacionales de la Monarquía hispánica durante la guerra de los Treinta Años (1618-1648).

  Sin embargo, esta incursión en la Historia Moderna no llegó a consolidarse a la vista del nuevo panorama de estudio que le brindó el archivo de Simancas. El manejo de otra documentación relativa al siglo XIV, la lectura del trabajo del profesor Carmelo Viñas De la Edad Media a la Moderna, con una interpretación novedosa de aquel tránsito de época, y la oportunidad de cubrir la cátedra de Historia Medieval en la facultad, le persuadieron de la conveniencia −intelectual y profesional− de este cambio de especialidad. Así las cosas, en febrero de 1955, una vez superadas las oposiciones, el Ministerio concedió la cátedra de Prehistoria e Historia Universal de las Edades Antigua y Media de la Universidad de Valladolid a Luis Suárez. Contaba entonces con treinta años. Poco después −en 1956− contrajo matrimonio con su prometida, Josefina Bilbao, natural del País Vasco. La familia se ampliaría con tres hijos.

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  No puede obviarse tampoco la influencia que en su formación de medievalista desempeñó el profesor Antonio de la Torre, instalado en la Universidad de Madrid a partir de 1939 tras su periplo por las de Valencia y Barcelona. Fue uno de los principales maestros de Jaime Vicens Vives, que introdujo a Suárez en la Academia de Buenas Letras de Barcelona como miembro correspondiente en 1958. Los dos aprendieron de la Torre el manejo de la documentación original, proporcionando «las líneas veraces del acontecer histórico», tal como enseñara su maestro[1]. Desde esta premisa encaró sus artículos científicos y monografías, centrándose en la historia de la Castilla bajomedieval. Su especialidad le permitió observar todo un proceso de vertebración política de España protagonizado por la dinastía Trastámara. Éste se basaría, no en el uniformismo castellano, sino en el modelo aragonés de la unión de reinos, consolidado por los Reyes Católicos. Otro tema del que fue un referente indiscutido.

Vocación de servicio

   Durante los años sesenta afianzó la amistad con otros historiadores que habían configurado una plataforma cultural alrededor de la colección Biblioteca del Pensamiento ActualEscriva-Balaguer_2588151165_16671087_1820x1024 de la editorial Rialp. Una iniciativa sugerida por monseñor Escrivá de Balaguer y dirigida por el catedrático andaluz Florentino Pérez Embid[2]. Este trato y otras circunstancias favorecieron la concreción de la vocación cristiana de Luis Suárez en el Opus Dei desde 1971. Para él se trataba de un modo personal de vivir una fe coherente y operativa en todas sus actividades[3]. Desde entonces acentuó su colaboración con varios proyectos humanistas de raíz cristiana.

  Asimismo, su etapa como decano y rector de la Universidad de Valladolid (1965-1972) le permitió formar parte de las Cortes españolas según lo dispuesto entonces por la legislación[4]. Durante ese septenioLuis Suárez, rector Valladolid pudo participar en el proceso de apertura del régimen de Franco con la tramitación de la ley orgánica del Estado o la ley de representación familiar. No obstante, fue la votación que proclamó al príncipe Juan Carlos de Borbón sucesor a título de rey en la Jefatura del Estado en 1969 la jornada más trascendente para Suárez, a tenor de su significación histórica. Quedaban sentadas las bases para la instauración de la monarquía. La positiva valoración de Suárez residía en la capacidad integradora que atribuía a la Corona. En su opinión, era una oportunidad que permitía entroncar la historia con un futuro mejor[5]. Con un derecho fundado en el orden moral, la monarquía podía erigirse en la garantía institucional del pacto o entendimiento del reino, desterrando así viejos odios[6].

   Es este punto −el orden moral− el que, a decir de Suárez, reviste una significación imprescindible para el desarrollo y progreso de la sociedad. De ahí que todo sistema político deba subordinarse a esos presupuestos nacidos de la propia naturaleza del hombre −racional, libre, sociable y espiritual− para cumplir correctamente con su cometido de dignificación y promoción humana[7].

El reto del cambio cultural

   Precisamente con la aceleración de los cambios culturales, sociales y políticos a partir de los años setenta, Suárez se decidió a prestar una mayor atención a la historia contemporánea. Sin dejar de ser un especialista en la Baja Edad Media desechó lo que Ortega y Gasset llamó la barbarie del especialismo. Es decir, la pérdida de una visión amplia, capaz de relacionar las distintas partes de la ciencia en una interpretación integral del universo[8]. El intento de conexión del régimen de Franco con el pensamiento tradicional de procedencia católica, que había conformado el modelo de la monarquía española, al menos desde la Edad Media, predispuso a Suárez a estudiar esos vasos comunicantes y sus propósitos de adaptación. De aquí que aceptara la petición cursada por la Fundación Nacional Francisco Franco −constituida en 1976− para ordenar la documentación inédita del que fuera Jefe del Estado. Aunque la pretensión de don Luis era la de publicarla progresivamente, facilitando la accesibilidad y conocimiento entre los lectores, finalmente la entidad optó por financiar una extensa biografía en ocho tomos bajo el título Franco y su tiempo. Ésta se convirtió Franco y su tiempoen un referente obligado, precisamente por la riqueza de sus fuentes, hasta que se permitió la consulta directa a otros investigadores, sobre todo al concluirse la digitalización del archivo en torno al año 2000. Fecha en la que Suárez iría revisando su obra con nuevas citas bibliográficas y documentales, que reuniría en la colección Franco. Crónica de un tiempo. Esto explica que la Real Academia de la Historia −a la que se había incorporado en 1994− le solicitara la redacción de la voz Francisco Franco para el Diccionario Biográfico Español, publicado entre 2011 y 2013. La entrada fue objeto de una polémica, alentada por el cambio de coyuntura política. Y es que desde 2004 el gobierno ˗en concomitancia con varias asociaciones˗ introdujo una revisión del proceso pactado de la Transición. Con la reivindicación La RAH modificará algunas de las entradas del Diccionario Biográfico | La  Aventura de la Historia | EL MUNDOde la II República como único antecedente legítimo de la democracia (fundamento de las leyes de memoria), se desechó la validez del aperturismo franquista en el reconocimiento progresivo de las libertades públicas y en la reactivación del sistema parlamentario, al tiempo que se cuestionaba la monarquía. Es por razón de esta circunstancia que la mayoría de los medios de opinión no admitió el término autoritarismo al que recurrió Suárez, en vez de totalitarismo, para definir políticamente al régimen de Franco. Se pretendía una equiparación con el nazismo. En su exposición, Suárez no hizo más que abundar en la historiografía y politología predominante hasta mediados de los años noventa. Según esta línea interpretativa, sintetizada por Suárez, la fórmula autoritaria “sometía todas las opciones políticas al poder del Estado, en el que reside toda autoridad”[9]. Dicho de otro modo, en el caso español las llamadas familias del régimen[10] permanecieron subordinadas al poder de las instituciones ejecutivas (gobierno y Jefatura del Estado), es decir, a la decisión última de Franco. Bien lo compendió Juan Pablo Fusi en su título Franco: Autoritarismo y Poder PersonalFranco. Autoritarismo y poder personal, editado por Taurus en 1985. Por el contrario, y siguiendo dicho análisis, el totalitarismo se distinguiría por entregar el Estado y la sociedad a un partido único. De aquí que Suárez se resistiera a calificar el régimen de Franco de simple dictadura. No por falta de su componente autoritario que, como se ha visto, consignaba conforme a la realidad de los hechos, sino para diferenciarlo de fórmulas provisionales con plenos poderes desprovistas de intención fundacional[11].

   Como suele ocurrir en estos casos, no faltaron argumentos ad hominem en dicha controversia. Quiso también descalificarse el trabajo de don Luis alegando su aludida relación con la Fundación Francisco Franco y por presidir la Hermandad de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. No entendieron los que así obraron que el vínculo de Suárez con esta asociación era precisamente la contraria a la que le imputaban. A saber: reclamar el sentido cristiano de la convivencia y la significación reconciliadora del monumento[12], según contemplaban los estatutos de dicha asociación y la legislación definitiva que estableció la correspondiente fundación en el enclave de Cuelgamuros[13].

  Aunque cualquier obra humana contiene siempre carencias y es susceptible de mejora, la aportación de Luis Suárez resulta sin duda valiosa. Su concienzuda investigación sobre una base documental sólida y su capacidad divulgativa han hecho de este historiador un maestro para quienes hemos seguido su obra, a pesar de algunas discrepancias de método o interpretación. Su figura también supone ˗al menos para nosotros˗ un modelo de conducta y profesionalidad, acreditado por uno de sus últimos testimonios escritos que asumimos como propio:

Huyamos de las tergiversaciones que las ideologías políticas se ven obligadas a cometer. Es importante superar odios y rencores ateniéndonos a la verdad, que es la que nos hace libres.

[1] Julio Valdeón Baruque: “Luis Suárez Fernández”, Revista de Historia Jerónimo Zurita, nº 73, 1998, p. 33.

[2] Onésimo Díaz: Florentino Pérez Embid. Una biografía (1918-1974). Rialp, Madrid, 2023, p. 60.

[3] Con ocasión del cincuenta aniversario de la fundación del Opus Dei, resultan esclarecedoras las enumeraciones que el mismo Suárez refiere de una espiritualidad, integrada en su vida, y proyectada, en este caso, dentro del acontecer histórico: Son cada vez más los cristianos que se esfuerzan por vivir santamente la vida ordinaria, con honradez humana y sentido sobrenatural; son cada vez más los que dicen, con su conducta, que no tiene sentido dividir a los hombres según la categoría de su profesión […]. Pero aún hay más: el fundador del Opus Dei enseña a los cristianos a realizar su tarea con una perspectiva más amplia, al mostrar el trabajo como participación en la obra creadora de Dios. Luis Suárez: “Grandes encrucijadas de la historia”, Nuestro Tiempo, 11, 1978, pp. 34-35.

[4] Ley Constitutiva de las Cortes, art. 2, g, en Leyes Fundamentales. BOE, 1975.

[5] Luis Suárez: “Reflexiones sobre la Transición”, Razón española, 218, noviembre-diciembre 2019, p. 335.

[6] Luis Suárez: “Veinticinco años después”, ABC (08/06/2002).

[7] Luis Suárez: “La política y el orden moral”, La Razón (12/07/2013).

[8] José Ortega y Gasset: La rebelión de las masas. Espasa, Madrid, 2007, p. 172.

[9] Luis Suárez: Franco y el III Reich. La esfera de los Libros, Madrid, 2015, p. 18. Recomiendo también la consulta del enlace disponible en este artículo de la voz Francisco Franco, donde el autor reproduce la definición de manera muy similar.

[10] Concepto que alcanzó enorme relevancia desde la perspectiva de la sociología y la política según el uso dado por Amando de Miguel: Sociología del franquismo. Análisis ideológico de los ministros del Régimen. Editorial Euros, Barcelona, 1975.

[11] “Hoy se muestra preferencia por definir al franquismo como una dictadura. Este es un calificativo que, a diferencia de [Miguel] Primo de Rivera, el autocalificado de Caudillo nunca empleó. Franco lo rechazó cuando se le propuso. El autoritarismo es mucho más que la simple dictadura contemplada en el derecho romano: concentró en su persona la Jefatura del Estado, la Presidencia del Gobierno y el mando del Ejército sin fijar límites en el tiempo, ni tampoco en el espacio, limitado únicamente por las Leyes Fundamentales que se fueron promulgando. Rechazaba los partidos y afirmaba que se trataba de retornar a una monarquía católica, social y representativa”. Luis Suárez: Franco y el III Reich… op. cit., p. 18. En este sentido, la historiografía más reciente prefiere establecer una sinonimia entre autoritarismo y dictadura, singularizando las de carácter comisario o provisional, y las de naturaleza institucionalizada o con pretensiones de permanencia.

[12] “El Valle no fue nunca pensado como sepulcro de Franco, sino como mausoleo que permitió el comienzo de la recuperación de la buena relación entre los católicos que hubieran muerto combatiendo en uno u otro bando […]. Esto es lo que se pretendía entonces. No la tumba de Franco, sino la reconciliación religiosa dentro de un molde que ya estaba escogido en la lenta transición hacia la Monarquía […]. El odio es lo peor que existe, y quiere destruir nuestro vivir, la cooperación desde bandos distintos, desde lugares diferentes, aquellos años difíciles que permitieron superar los efectos de la Guerra Civil”. Luis Suárez: “Reflexiones sobre la Transición”, Razón española, 218, noviembre-diciembre 2019, pp. 332-333.

[13] Decreto del 23 de agosto de 1957 que establece la fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. BOE (05/09/1957). En este mismo sentido se inscribe la Carta Apostólica Salutiferae Crucis del Papa Juan XXIII, que en 1960 elevó a basílica menor el templo de Cuelgamuros.

La ética en la educación: una herencia medieval

guillermo-fernando-arquero-caballero (2) por Guillermo Arquero, historiador

    La Edad Media es un periodo fundamental en la configuración de Occidente. El historiador británico Tom Holland llega a afirmar que, en verdad, no somos herederos de Grecia y Roma, sino de la Edad Media[1]. No hay que malinterpretar estas palabras: sin duda, Occidente es incomprensible sin la cultura grecolatina, pero lo que nos ha llegado de ésta es lo que se conservó y cultivó en el Medievo; fueron las personas de esta época las que no sólo copiaron los textos antiguos, sino que los seleccionaron, ordenaron y emplearon según sus criterios y valores. Es por ello, por ejemplo, que muchos filósofos de la posmodernidad (Nietzsche, Vattimo, Oñate y Zubía…) hayan tratado de recuperar el saber de Grecia “descontaminándolo” de la tradición cristiana multisecular, aunque cabe preguntarse en qué medida es una vuelta a los orígenes o una reinterpretación en clave de sus propios valores e inquietudes.

La escuela de Atenas | Historia del Arte

       De griegos y romanos hemos heredado, entre otras muchas cosas, una valiosa tradición educativa, como suponen la paideia griega, las obras de Quintiliano, la institución escolar, etc. Sin embargo, fue en la Edad Media cuando se sistematizaron las instituciones y métodos de enseñanza que perduran hasta el día de hoy (la Universidad, el sistema de evaluación de conocimientos, la organización de las enseñanzas en cursos…), aunque aquélla es deudora de la Antigüedad clásica en muchas cuestiones. Quizá ya no seamos creyentes, a diferencia de, por ejemplo, los novicios de una escuela monástica medieval, pero muchos de los valores que allí se aprendían pueden ser rescatables para el tiempo actual. Si a eso añadimos la fe que muchos todavía profesamos, la pertinencia es aún mayor.

Convocatoria para becas de doctorado: Universidad de Salamanca – Sociedad  Española de Estudios Medievales

     Hoy en día se sigue defendiendo, en el campo cognoscitivo y educativo, la unidad de la tríada verdad-bien-belleza, si bien hay detractores desde posturas posmodernas (por ejemplo, Ernesto Castro), algo lógico en un tiempo en que estas tres ideas han perdido la solidez que antaño tuvieron. En este sentido, releer a los escolásticos medievales puede ayudarnos a reforzar esta interrelación para el desarrollo integral de la persona (como ser racional, ético y afectivo). Ya en la Hispania visigoda se exhortaba a los eclesiásticos a formarse bien en virtud de la estrecha relación entre la formación intelectual y la moral:

La ignorancia es la madre de cuantos errores existen, y debe evitarse, sobre todo, por los sacerdotes de Dios, quienes han asumido el deber de enseñar a los pueblos. En efecto, que se inste a los sacerdotes a leer las Santas Escrituras, como decía el apóstol Pablo a Timoteo: vuélcate en la lectura, en la exhortación, en la doctrina, permanece siempre en ellas. Por lo tanto, que los sacerdotes conozcan las Santas Escrituras y los cánones, para que todo su trabajo se fundamente en la predicación y la doctrina, y para que, a todos cuantos traten, edifiquen tanto con la ciencia de la fe como la disciplina de las obras[2].

       Vemos aquí la idea socrática de la ignorancia como madre de todos los errores, aunque el cristianismo incidiría también en la importancia de la voluntad, herida por la concupiscencia. También hemos de apreciar del texto la idea de que los pastores de la Iglesia debían edificar a su grey tanto por la ciencia como por la disciplina. Este binomio entre entendimiento y voluntad nos remite al binomio entre verdad y bien, que en el aspecto estético nos lleva a la belleza, resultado del kósmos u orden armónico de las cosas y la bondad intrínseca de la creación de Dios. De esta manera, la verdad nos hace libres, pues conociendo el ser de las cosas podremos saber qué fines debemos alcanzar en la vida, y cómo conseguirlo.

Ocho siglos de universidades: modelos de alma máter • La Aventura de la  Historia

         Por lo tanto, en esta tradición cristiana medieval, la educación debe cumplir con el objetivo de enseñar la verdad (mediante conocimientos fiables y métodos rigurosos) y conocer el bien para vivirlo. En efecto, para enseñar el bien, según esta tradición, hay que vivir correctamente, de modo que cualquiera que desee preciarse de maestro deba conducirse con altura moral y ejemplaridad. Esta idea ya existía en la Antigüedad y se recogió en el Derecho Romano:

Es conveniente que los maestros de estudios y los doctores sobresalgan en primer lugar por sus costumbres, y en segundo por su facundia. Mas como yo mismo no puedo estar en cada una de las ciudades, mando, que el que quiera enseñar no se lance repentina y temerariamente a esta profesión, sino que aprobado a juicio del orden obtenga un decreto de los curiales, concurriendo el consentimiento de los mejores[3].

       Como vemos, el profesor debe ser ejemplar en su modo de vida antes que en su ciencia, aunque ésta es también esencial. Esta idea estaría muy presente en la mente de los escolásticos medievales. Por citar solo un ejemplo, lo vemos en el Libro de las Confesiones de Martín Pérez (texto que hemos adaptado respecto al castellano medieval):

Pregunta, también, si fue negligente para con los discípulos en tres maneras: Si no les enseñó la ciencia como debía, sin considerar cómo podrían mejor aprovechar en aquello que les enseñaba, pues muchos no procuran sino leer muchas lecciones por acabar los libros; otros quieren leer lecciones oscuras y muy escondidas, quieren leer también por palabras afectadas y extrañas y no las entienden los escolares; otros quieren más holgar y leer poco para volver luego a casa y hacen muchas vagancias, y así pierden los escolares su tiempo, también con los que mucho leen a vanagloria, como con los que poco leen por pereza. La otra negligencia es si no los adoctrinó en buenas costumbres, quiero decir en servir a Dios, temerlo y guardar sus mandamientos. La otra negligencia es si no los apremió castigándolos con disciplina. En cualquier de estas maneras que el maestro fue negligente, dile que gran cuenta ha de dar a Dios, y muchas lágrimas necesitará para ganar perdón por tanto daño[4].

      Hay en este texto elementos que al hombre de hoy pueda resultar ajeno o extraño, como la enseñanza de “servir a Dios y temerlo y guardar sus mandamientos” (aunque en los muchos centros escolares religiosos existentes hoy en día es un principio que tiene, o debería tener, vigencia). No obstante, también podemos traducir esto a la enseñanza de valores morales y formación ética de la personamontalvo. El franciscano Juan de Gales exaltaba la filosofía como saber supremo, pues era “el arte de las artes, la disciplina de las disciplinas […] la filosofía es el conocimiento de las cosas humanas y divinas, con el empeño de vivir bien”[5]. De nuevo vemos que el saber debe llevar al “empeño de vivir bien” (studio bene vivendi). Así, Díaz de Montalvo consideraba que los estudiantes podían ser reprobados no solamente por la falta de conocimiento (propter defectum scientie) sino también por falta moral (propter defectum morum)[6].

        Todo esto tiene su eco en el día de hoy en la enseñanza competencial, con el fomento de competencias que no se limitan al conocimiento objetivo de las materias, sino a la reflexión personal y el desarrollo de una actitud crítica y constructiva respecto de la realidad. Ciertamente, no parece deseable la imposición de una determinada forma de pensar y comportarse en el día de hoy, y quizá la educación actual deba centrarse en los aspectos de la instrucción y dejar a las familias el desarrollo moral de los jóvenes. No obstante, si el deseo de las familias se canaliza, por ejemplo, en la elección de un centro educativo con ciertos valores, encontramos aquí una recuperación del ideal educativo que no limita la formación de la persona a la adquisición de una serie de conocimientos útiles, sino a la formación en su integridad.

       En este sentido, es interesante la distinción entre el saber útil y el saber necesario que hacían en el Medievo. Así para Antonino de Florencia, las artes del quadrivium (lo que hoy llamaríamos “ciencias naturales”) eran útiles, pero la gramática (que en aquel entonces incluía el saber humanístico en general) era el conocimiento “necesario”, por lo que era una ciencia de la “piedad”[7] (es decir, que llevaba a la edificación de la persona). En un tiempo como el actual, en el que se suele confundir la verdad y el valor de algo con su utilidad cuasi inmediata, y se desecha fácilmente el cultivo del espíritu, estas ideas adquieren especial valor, pues a toda persona y a toda sociedad no le basta con un conocimiento útil y un desarrollo de lo material, sino que, para una verdadera prosperidad humana, han de cultivarse las facultades espirituales del ser humano (en eso consiste, en última instancia, la cultura o cultivo del alma).

          En este sentido, en el Medievo también se tenía conciencia del valor de la educación para la prosperidad de la Nación. Así, Alfonso X el Sabio, en el último título de la II Partida, dedicado a los centros universitarios, comenzaba diciendo: “Y porque de los hombres sabios los reinos y las tierras se aprovechan y se guardan y guían por el consejo deLas siete partidas que mando collegir el Catholico Rey Don Alfonso el nono,  Rey de Castilla y León ; prólogo, adiciones y concordancias de Alonso Díaz  Montalvo. - Biblioteca Nacional Digital de Chile ellos, queremos al final de esta Partida hablar de los estudios”, algo que los compiladores de este código hubieron de tomar casi directamente del Privilegium Scholasticum de Federico I (“consideramos oportuno que aquellos lugares, desde los cuales las tierras son iluminadas por la ciencia para obedecer a Dios y a Nos, su ministro, sean amparados con nuestra alabanza y protección a los que obran bien, para que la vida de los súbditos sea formada, y para que los defendamos, con especial afecto, de toda injusticia”[8]).

            Es por ello que los estudios universitarios fueron defendidos desde el punto de vista legal, porque se consideraba que contribuían con su presencia y acción, al bien común de la sociedad. Es bien sabido que la palabra universitas aludía, en un inicio, no al centro educativo en sí (el Studium Generale), sino a la congregación o corporación de los estudiantes y los maestros. Para el jurista Baldo degli Ubaldi, esta asociación en defensa de los intereses de los escolares era lícita porque está orientada “por naturaleza” (naturaliter) a la virtud, la prudencia y la justicia[9]. El ya citado Alfonso X, que siempre fue reacio a aceptar la formación de corporaciones dentro de su reino, sin embargo hacía una excepción con el caso de los estudiantes y maestros “porque ellos se juntan con intención de hacer bien”[10]. Frente a una mera lógica de mercado, por un lado, y una supeditación a los intereses ideológicos, por otro, el espíritu de la universidad debe mantener este ideal de la búsqueda de la verdad y del bien al servicio de la comunidad política como un rasgo esencial de la institución.

      Esta cuestión del valor moral de la educación en el Medievo merecería mucha más extensión, pero esperamos que estas líneas sirvan para valorar la herencia recibida y tomar conciencia de la necesidad de no perder o (si se ha perdido) retomar la profunda dimensión ética de la educación, no ya sólo por lo que en ella se pueda enseñar, sino por su propia esencia y dimensión moral.

[1] Vid. “Tom Holland: «No somos herederos de Roma, sino de la Edad Media cristiana»”, artículo de César Cervera en ABC (05/03/2020), en www.abc.es, consultado en diciembre de 2024.

[2] Canon 25 del IV Concilio de Toledo (año 633 d.C.)

[3] Codex Iuris Civilis, Liber XI: Titulum XVIII (XIX).

[4] Martín Pérez, Libro de las Confesiones, Madrid: B.A.C., 2002, pp. 439-440.

[5] Juan de Gales, Summa Collationum, pars quinta, distinctio prima, cap. I

[6] Glosa de Alonso Díaz de Montalvo al título XXXI de la II Partida.

[7] Vid. Antonino de Florencia Summa theologica, pars tertia, titulus V, cap. I

[8] Friderici Secundi Romanorum Imperatoris, Jerusalem et Siciliae regis Historia diplomatica, vol. IV, parte I (1852), p. 408.

[9] Vid. Baldo de Perusio, Super quarto codicis Iustiniani libris commentaria, § Ne filius pro patre neque pater pro filio

[10] Código de las Siete Partidas: Partida II, Título XXXI, ley VI.

Origen cristiano de la economía moderna

victor-zorrilla (3) por Víctor Zorrilla, filósofo

 En su Suma de teología, Tomás de Aquino propone el caso de un comerciante que lleva trigo a un poblado que sufre una gran hambruna. Él sabe —y nadie más— que después vendrán otros comerciantes que traerán más trigo. Mientras tanto, él podría vender su grano a un precio desorbitado. ¿Está obligado este comerciante —se pregunta Tomás— a revelar que otros vienen en camino, castigando, con ello, el precio de su trigo[1]?

 Frecuentemente, se considera a Tomás de Aquino y al resto de pensadores escolásticos —es decir, los teólogos de las universidades medievales— como comentadores o continuadores de la filosofía de los clásicos, y, sobre todo, de Aristóteles. Sin embargo, el caso mencionado —como muchos otros similares— ilustra la radical novedad del pensamiento medieval cristiano. No se trata de que Platón o AristótelesComercio medieval. dieran una solución distinta a la de Santo Tomás. En realidad, ellos no se plantearon ni se habrían planteado siquiera semejante problema. Aristóteles consideraba al comercio antinatural, innecesario e incompatible con la virtud, alegando, además, que no debía permitirse a jornaleros y campesinos entrar al ágora salvo que un magistrado los convocase. Así como el trabajo físico era asunto de esclavos, el comercio en la Grecia clásica era coto de extranjeros[2].

 Personajes posteriores mostraron un desprecio similar hacia la actividad económicamente productiva. Para Plutarco, las actividades encaminadas a satisfacer necesidades eran innobles y degradantes[3]. En el año 829, el emperador bizantino Teófilo notó que un hermoso buque mercante había entrado en el puerto de Constantinopla. Al inquirir sobre el propietario, se enteró horrorizado de que la nave pertenecía a su esposa y mandó incendiarla. Este acto le mereció las alabanzas de los historiadores bizantinos durante siglos[4].

 No primó tal actitud en el Occidente latino. En el siglo VI, Benito de Nursia fundó una orden monástica en cuyo régimen de vida se daba casi igual importancia al trabajo que a la oración. Por primera vez, el trabajo se ennoblecía al convertirse en componente indispensable de la Revista de cultura católica Tesoros de la Fe / San Benito de Nursiavida cristiana[5]. Al acudir a los monasterios, los miembros de familias nobles —de vieja tradición aristocrática y guerrera— se entregaban a su vocación religiosa asumiendo la nueva ética del trabajo. Por ello, Lewis Mumford señala que los monasterios fueron probablemente los fundadores del capitalismo moderno al constituir organizaciones altamente productivas, despojando al trabajo de su estigma[6]. El trabajo de los monasterios se estructuraba en torno a las horas canónicas, intercalándose entre las oraciones comunitarias.

 En un principio, los monasterios aspiraron a la autosuficiencia. Cultivaban cereales y árboles frutales, criaban animales, fabricaban ropa, curtían pieles; tenían una herrería y a veces hasta hacían cerámica. Con el tiempo, se fueron especializando. En las regiones vinícolas, el monasterio abandonó otros cultivos para dedicarse exclusivamente a los viñedos; otros monasterios se especializaron en la producción de lana, cereales o caballos finos. A través de una amplia red comercial, intercambiaban sus productos con otros monasterios y los distribuían en los mercados regionales[7].

Monasterio de Silos - Santo Domingo de Silos (Burgos): Información,  tarifas, precios, entradas, cómo llegar, teléfono, horarios, mapa, fotos,  libros y guías, visitas guiadas y tours

  La vida del monje era frugal: vestía de hábito, vivía en un dormitorio común o en una celda y dedicaba su vida al trabajo y la oración. A partir de Max Weber, se ha asociado el desarrollo del capitalismo a la llamada “ética protestante”. Como señala Rodney Stark, se trata de una imprecisión que yerra el blanco por varios siglos, pues los monjes valoraron y practicaron las virtudes de la frugalidad y la laboriosidad mucho antes de que Lutero existiera[8].

  La sobriedad monástica hizo posible lo que nunca había permitido la proverbial liberalidad clásica, a saber, la reinversión sistemática de las utilidades. Ajenos por principio y por disciplina a la aristocrática inclinación hacia el consumo conspicuo y la adquisición de bienes suntuarios, los monjes destinaban una buena parte de las ganancias de sus empresas a las inversiones de capital. Mejoraban la maquinaria agrícola, extendían los criaderos de animales, ampliaban los talleres,Cómo se vivía en los monasterios medievales? adquirían nuevas tierras. Los monasterios educaban a los talentos más aptos para desempeñar los cargos directivos y administrativos clave, seleccionándolos de entre su abundante y altamente motivado capital humano. Al final, los monasterios brindaron el modelo de negocio que habrían de seguir las grandes firmas y bancos italianos de la Edad Media, que fueron las primeras empresas capitalistas multinacionales de la historia[9].

  Los monasterios también prestaban dinero a interés. Para el siglo XIII —el del esplendor de la escolástica— los teólogos habían encontrado la manera de compaginar el préstamo a interés —que antes la teología moral condenaba— con las costumbres cristianas. Los pensadores musulmanes, con toda la sofisticación que tuvieron en aquella época, nunca alcanzaron un hito semejante en su contexto religioso. En cambio, desde que se admitió en la cristiandad el préstamo a interés, la economía contó con un poderoso mecanismo para la inversión y el crecimiento. Éste contribuiría, eventualmente, al desarrollo de la moderna economía industrial[10].

 No hay que engañarse suponiendo que la economía capitalista —originada en los monasterios y los burgos medievales— beneficia a unos pocos a costa de los demás. En realidad, los monjes benedictinos descubrieron —y sus continuadores seglares perfeccionaron— la cultura y la disciplina de la creación racionalizada de riqueza[11].

El comercio en la Europa medieval - Enciclopedia de la Historia del Mundo

 Desde antiguo, los medios considerados honorables para obtener riqueza consistían no en generarla sino en extraerla de sus productores (o de otros extractores) a través de la conquista, la extorsión, la exacción y el expolio. La tradición épica, desde la Ilíada hasta el Cantar de Mío Cid, da buena cuenta de ello. Los grandes Estados, incluyendo el Imperio Romano, fueron principalmente estructuras diseñadas para confiscar, a través de la tributación excesiva, la riqueza que producían los particulares. Un régimen semejante desincentiva de raíz la creación económica. El campesino que teme al recaudador de impuestos no busca reinvertir o innovar para ser más productivo. Intenta, por el contrario, producir lo mínimo indispensable y ocultar o consumir cualquier excedente.

  Durante la Edad Media no existió, en la fragmentada Europa Occidental, estructura extractiva alguna que sustituyera al fisco imperial romano[12]. Esta ausencia explica, al menos en parte, por qué la Europa medieval atestiguó un aumento, lento pero constante, del nivel de vida del hombre medio, que culminaría en el inaudito crecimiento económico producido a partir de la Revolución industrial[13]. Este crecimiento se originó en un cambio de las ideas yLas viejas rutas comerciales más importantes del mundo | Traveler mentalidades. ¿Qué produjo este cambio? Por una parte, el cristianismo impulsó en Occidente, como se ha visto, una revaloración y racionalización del trabajo productivo. Para responder la pregunta, tampoco está de más atender a la respuesta de Santo Tomás al dilema del comerciante. ¿Debe o no debe éste informar a sus hambrientos clientes que se espera la llegada de otros proveedores de trigo?

  Si bien el comerciante tiene la opción de practicar la beneficencia si así lo desea —explica Santo Tomás—, él no está obligado en justicia a informar que llegarán otros comerciantes. Puede, con plena legitimidad moral, cobrar el trigo al precio de mercado[14].

  ¿Qué induciría a Santo Tomás a ofrecer semejante solución? Dado que él plantea el caso de forma esquemática, nos permitiremos enriquecer la historia con algunos detalles. Imaginemos a un comerciante —un padre de familia— en una región con abundante trigo. Él tiene varios hijos pequeños, uno de los cuales ha enfermado gravemente. Necesita un tratamiento médico que implicará un costo oneroso para la familia. Se oyen rumores de que en otra provincia, quizá por alguna catástrofe La Agricultura en la Edad Media - Historia Universalnatural o una guerra, hay gran carestía de alimentos. Organizándose con otros mercaderes, él empaca trigo en costales o petacas, prepara a sus animales de carga y emprende el viaje. Como a sus compañeros, lo anima el deseo de aventura, el afán de lucrar, el impulso de socorrer al necesitado, la curiosidad del viaje. Poco a poco, sin embargo, los compañeros se van rezagando. Uno se demora visitando a un pariente. A otro le arredran las incomodidades y peligros del viaje. Otros más se entretienen en las tabernas. Nuestro protagonista, en cambio, duerme seis horas, se levanta de madrugada y se arma para defenderse de los salteadores. Despreciando las dificultades, y recordando al hijo enfermo que ha dejado en casa, emprende cada día el camino antes de despuntar el alba. Gracias a su diligencia y tesón, llega al destino justo a tiempo para salvar a un niño, un enfermo o un anciano que, de no recibir el alimento que él trae, habría muerto de inanición.

  Desde esta perspectiva, puede percibirse mejor por qué Santo Tomás entiende, como otros teólogos de su época —y a diferencia de los clásicos—, que el mercado resulta el mecanismo más adecuado para satisfacer las necesidades humanas. Por su naturaleza, el comercio excluye la coerción, pues se basa en transacciones voluntarias para ambas partes y, por lo tanto, mutuamente benéficas. Digno vástago —Economía y comercio en la Plena Edad Media, ¿sistema o caos? - Culturamascomo Santo Tomás y muchos otros habitantes de la Europa medieval— de un régimen de libertad[15], nuestro comerciante entiende que, para obtener cualquier cosa, debe aportar un bien o un servicio de valor equivalente. No puede forzar a los demás a satisfacer sus deseos o necesidades. Se ve orillado, por lo tanto, a ofrecerles algo de valor suficiente como para inducirlos al intercambio. Comprende que la libertad obliga a contribuir, considerando las necesidades de los demás e ideando el mejor modo de satisfacerlas.

  Quizá también vislumbre nuestro comerciante que, en determinadas circunstancias, el mercado podría resultar insuficiente para satisfacer las necesidades humanas más perentorias. Seguramente intuiría que, en estos casos, existe la posibilidad y el deber moral de practicar la caridad o beneficencia. De todas las posibles transacciones no comerciales, sólo ésta es voluntaria para ambas partes. Las demás —la conquista, la extorsión, la exacción de tributo o impuesto— se fundan en la coacción y la fuerza.

Arqueohistoria crítica: Marginados en la Edad Media (II). El hospital y los  marginados por situación económica.

  Resulta difícil dimensionar la aportación de la tradición cristiana, con su énfasis en la libertad y el valor del trabajo, a la génesis del mundo moderno. Si bien los valores de la Modernidad suelen presentar una fachada secular, su fondo es cristiano. Sin la doctrina de la creación del hombre y la mujer a imagen y semejanza de Dios, nunca habrían tenido lugar las modernas doctrinas de la igualdad humana y de los derechos fundamentales.

  Con todo, como advertía Ortega en La rebelión de las masas, los triunfos de generaciones pasadas, de los cuales somos herederos y beneficiarios, nunca son definitivos[16]. La libertad hoy se ve amenazada. Y, como recordaba hace poco Thomas Sowell, “es improbable que la libertad seLibro La Rebelion de las Masas De Jose Ortega Y Gasset - Buscalibre pierda abiertamente y de repente. Resulta mucho más probable que ésta se erosione poco a poco entre brillantes promesas y expresiones de nobles ideales”[17]. Los gobiernos y organismos supranacionales promueven programas y agendas antidemocráticas que, bajo el espejismo de falsos ideales, o so pretexto de evitar crisis y catástrofes, atentan contra la libertad, la vida y la propiedad de las personas. En semejante contexto, se impone la necesidad de recuperar y defender los valores cristianos que configuraron la matriz de nuestra cultura.

[1] Tomás de Aquino, Summa theologiae, II-II, q. 77, a. 3, https://www.corpusthomisticum.org/sth3061.html#42246.

[2] Rodney Stark, The Victory of Reason. How Christianity Led to Freedom, Capitalism, and Western Success, Random House, Nueva York, 2006, p. 74.

[3] Plutarco, Vida de Marco Marcelo, cap. 17.

[4] R. Stark, The Victory of Reason, p. 74.

[5] “La ociosidad es enemiga del alma. Por eso los hermanos deben ocuparse en ciertos tiempos en el trabajo manual, y a ciertas horas en la lectura espiritual […]. Si las condiciones del lugar o la pobreza les obligan a recoger la cosecha por sí mismos, no se entristezcan, porque entonces son verdaderamente monjes si viven del trabajo de sus manos, como nuestros Padres y los Apóstoles.” Benito de Nursia, Regla de San Benito, cap. 48, nn. 1, 7-8, https://monasteriohuerta.org/regla-san-benito/. Una visión panorámica de las concepciones del trabajo desde la Antigüedad hasta nuestros días, con énfasis en las aportaciones del cristianismo puede encontrarse en el artículo de Luis Suárez, “El valor del trabajo en la historia”, https://cidesoc.com/2021/01/01/el-valor-del-trabajo-en-la-historia/.

[6] Lewis Mumford, Technics and Civilization, Harcourt, Brace and World, Nueva York, 1963, p. 13.

[7] R. Stark, The Victory of Reason, p. 59.

[8] R. Stark, The Victory of Reason, p. 62. El sociólogo Randall Collins observó que los monjes “poseían la ética protestante sin el protestantismo”. Randall Collins, Weberian Sociological Theory, Cambridge University Press, Cambridge, 1986, p. 54 apud R. Stark, The Victory of Reason, p. 62.

[9] R. Stark, The Victory of Reason, p. 105.

[10] R. Stark, The Victory of Reason, pp. 63-68.

[11] “Faith in reason is the most significant feature of Western Civilization. In that simple statement lies the key to understanding the evolution of medieval business practices into what came to be known as capitalism.” R. Stark, The Victory of Reason, p. 105.

[12] En el siglo XIV, había en Europa Occidental cerca de mil pequeños Estados independientes.

[13] “Here, for the first time in history —explica Robert L. Lopez refiriéndose a la Europa del Medievo—, an underdeveloped society succeeded in developing itself, mostly by its own efforts. […] economic development in each of its premedieval phases came to a full stop before the ceiling of what we would today call an underdeveloped society was broken. And if medieval growth was not fast, it was altogether irreversible; it created the indispensable material and moral conditions for a thousand years of virtually uninterrupted growth; and, in more than one way, it is still with us.” Robert S. Lopez, The Commercial Revolution of the Middle Ages, 950-1350, Cambridge University Press, Cambridge, 1976, p. vii. La máquina de vapor que se asocia a la Revolución industrial no fue un invento aislado, sino un eslabón en una cadena de innovaciones poco vistosas pero cruciales para la vida del hombre medio. Éstas se dieron desde la época medieval, y entre ellas se encuentran la chimenea, el timón, el arado de vertedera, el arnés para caballos, las armas de fuego, la carretilla, las gafas, el estribo, la carreta con ruedas delanteras giratorias y la imprenta de tipos móviles —invenciones, todas ellas, desconocidas para los romanos—. Fuera de las catedrales y algún castillo, la Edad Media careció de monumentos comparables a las pirámides egipcias y las carreteras romanas. Las grandes civilizaciones —de Egipto a Teotihuacán— produjeron monumentos impresionantes y casi siempre inútiles, construidos por masas de esclavos, mientras que las personas ordinarias en la Edad Media supieron generar innovaciones que mejoraron sustancialmente la vida de la gente común. Para una descripción más detallada de algunas de estas innovaciones, véase R. Stark, The Victory of Reason, pp. 37-55.

[14] Tomás de Aquino, Summa theologiae, II-II, q. 77, a. 3, https://www.corpusthomisticum.org/sth3061.html#42252.

[15] Debido a su debilidad, los gobiernos de los pequeños Estados europeos rara vez se hallaban en condiciones de oprimir a la población. Por otra parte, la fragmentación política propiciaba la competitividad creativa y ofrecía a los habitantes la oportunidad de emigrar, con relativa facilidad, a lugares más favorables en términos de libertad u oportunidades. En consecuencia, algunos de estos Estados desarrollaron gobiernos altamente sensibles a las necesidades de sus ciudadanos. Los casos de las ciudades-estado del norte de Italia, así como de Gante, Brujas, Amberes, y, posteriormente, Ámsterdam ilustran este proceso. R. Stark, The Victory of Reason, p. 83.

[16] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Espasa Calpe, Madrid, 2005, p. 114.

[17] “Freedom is unlikely to be lost all at once and openly. It is far more likely to be eroded away, bit by bit, amid glittering promises and expressions of noble ideals”. Thomas Sowell, The Quest for Cosmic Justice, Simon and Schuster, Nueva York, 2001, p. 184.