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El relato anti-hispánico: impulso y difusión

Álvaro Sureda (2)  por Álvaro Sureda, historiador

   Este artículo continúa la serie inaugurada sobre la leyenda negra que consideró, en primer lugar, algunos aspectos relacionados con la Conquista de América. Nos disponemos ahora a explicar el origen y la difusión del relato antiespañol elucubrado por algunos españoles,  descifrando sus causas y las consecuencias del mismo.

   Con la unión de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón comienza a surgir en el sur de Europa una monarquía unificada que, con el paso del tiempo −sobre todo durante el reinado de Felipe II (1527-1598)− pasará a denominarse monarquía hispánica. Un territorio de una granBiografia de Felipe II extensión distribuido entre Europa occidental, África del norte, Asia y América[1]. Más allá de la capacidad mostrada por los primeros gobernantes españoles para regir tales territorio, fue inevitable la creación de un complejo sistema de administración con funcionarios insertos en sus órganos de gobierno. En el siglo XVII esta situación encontrará su punto álgido con la creación de los validos o privados del rey, que administrarán el Imperio en nombre de los monarcas.

   Esta configuración en la gobernanza de la monarquía incitaría las luchas de facciones nobiliarias por ocupar los altos puestos de la administración. Se trata de un fenómeno amplio, que traspasa el marco hispánico. Tal es el caso de otros gobiernos europeos como el de Richelieu y Mazarino en Francia o Cecil y Buckingham en el Reino de Inglaterra[2]. ​ Durante el gobierno de Felipe II uno de los principales funcionarios de estado fue Antonio Pérez. Aunque no llegó a ocupar el puesto de valido, su cargo como secretario del rey le brindó una posición de poder e influencia hasta que cayó en desgracia, siendo condenado al destierro.

   Este ostracismo supondrá un acontecimiento importante en la historia de España, puesto que dará inicio a la difusión de una serie de relatos que constituirán los fundamentos de la Leyenda Negra.

Juego de intereses y poder

   Antonio Pérez, hijo de Gonzalo Pérez, que también fue secretario de Felipe II, se postuló para ocupar el cargo de secretario a los 26 años de edad, tras la vacante en el puesto. Por entonces Antonio era ya un hombre atractivo —“gentilhombre de cuerpo y buen rostro”, le describe el cronista Cabrera de Córdoba—, extremadamente simpático y con Antonio Pérez del Hierro - Wikipedia, la enciclopedia librellamativo don de gentes. Antonio Pérez pretendió inmediatamente la Secretaría, pero Felipe II, pese a la estimación que le profesaba, decidió pensarlo y pospuso unos meses el nombramiento. Al parecer, según el mismo cronista, el rey tenía a Antonio por un “mozo derramado”, es decir, liviano o indiscreto; persona, en fin, en la que, pese a las simpatías que despertaba, era arriesgado confiar[3]. Sin embargo, acabaría obteniendo el cargo en 1567, pero con atribuciones atenuadas[4].

   Como ocurría en la inmensa mayoría de las cortes de la época, podía presenciarse la división de facciones a nivel político, siendo las más señaladas las agrupadas alrededor del duque de Alba y del príncipe de Éboli, respectivamente. Aunque el padre de Pérez era reconocido seguidor de la facción del duque, su hijo estará desde el principio alineado con el grupo de los Éboli, siendo el príncipe su principal protector. En el momento de su muerte, encontrará igualmente amparo en la esposa del difunto, Ana Mendoza y de la Cerda: la princesa de Éboli.

   Tanto el sistema de alianzas como los rasgos definidos por Cabrera jugarán un papel muy importante en el asunto que estamos tratando. De hecho, son el motivo principal de las acusaciones que recibirá Pérez y su posterior exilio en el extranjero. En 1576, la alianza Pérez-Éboli conseguirá el destierro del duque de Alba, pero a la vez dejará entrever sospechas de la relación entre ambos y la difusión de secretos deAna de Mendoza de la Cerda - Wikipedia, la enciclopedia libre Estado. Con motivo de la pretensión de Felipe II al trono portugués circulará por Madrid el rumor de que el secretario ha comentado datos importantes a la princesa, quien está interesada en la política portuguesa buscando el casamiento de una de sus hijas con el duque de Braganza[5].   Por otro lado, la estrecha relación que mantiene con Juan de Austria, sitúa a Pérez en una encrucijada porque, como es conocido, en ese momento las relaciones del rey con su hermanastro están presididas por la desconfianza.

   Con todo, la relación entre el rey y su secretario sólo se empañará con la aparición en Madrid de Juan de Escobedo, secretario de Juan de Austria. Escobedo, quien llega a la capital para presentar al rey los planes de Don Juan, empieza a ser sospechoso de portar otros mensajes que podrían ensombrecer la fama de Antonio Pérez. Se cree que aquél posee cierta información y capacidad para divulgar rumores acerca de esa estrecha relación con la princesa de Éboli. Por este motivo, el secretario del rey comienza a plantear al monarca que Verdinegro (apodo con el que se refieren a Escobedo) debe de ser la influencia negativa sobre don Juan de Austria, justificando así su eliminación. El 31 de marzo de 1578 será asesinado en un callejón de Madrid.

   Este acontecimiento es discutido por diferentes autores. Unos piensan que la implicación del rey es perfectamente demostrable, como en el caso de Escudero López[6]. Otros, sin embargo, creen que el rey no estaría involucrado; al menos por falta de pruebas, según ha sostenido Kamen[7], por ejemplo. Sea cual sea la implicación de Felipe II, este crimen marcará una cadena de episodios que tendrán una repercusión directa en la vida de Pérez.

La instrumentalización de un proceso

  A pesar de la protección inicial del rey, las tornas cambiarán rápidamente. El 9 de julio, estando el rey en Aranjuez, partirá Salón del Trono: EL CARDENAL GRANVELArápidamente a la capital con motivo de la pesquisa que se realizará al secretario y la princesa de Éboli, quienes además de ser investigados por el asunto de Escobedo, se les añade la acusación de realizar  amenazas contra la vida de Rodrigo Vázquez de Arce, encargado de la investigación del asesinato de Escobedo[8]. Finalmente, con la llegada del Cardenal Granvela, llamado por el rey para hacerse cargo de las funciones de Estado, se ordenaría el arresto de Pérez el día 28 de julio por la noche.

   En los próximos años el caso de Pérez quedaría en suspenso, al ser sustituido por otras circunstancias más apremiantes para la monarquía, como la invasión de Portugal. Aunque éste es uno de los sucesos más importantes, parece ser que la posesión de treinta cofres con documentos confidenciales del rey por parte del secretario[9] pudo albergar otro motivo de indisposición contra él. No obstante, éste conservó todavía cierta libertad de movimientos, pudiendo desplazarse entre sus casas de la capital y el campo, en las que cumplió la reclusión domiciliaria. Como él mismo dijo: “partió el rey para Portugal. Quedó Antonio Pérez en Madrid en aquella casa a manera de prisión. En su oficio no se hizo ninguna novedad. En este estado estuvo hasta 1585”[10].

   En ese año el rey dictó sentencia contra Pérez. La pena consistía en dos años de reclusión y diez años de destierro, además de la suspensión del cargo de Secretario de Estado durante ese tiempo[11]. Con todo, el secretario seguirá un periplo de viajes por diferentes localidades hasta que en febrero de 1590 el monarca emitirá un ultimátum. Después de haber sido torturado el reo emprenderá su huida a Aragón, donde la legislación del reino restringía la potestad del rey[12].

   Desde la llegada de Pérez el problema se irá acentuando. Como explica Escudero, los intentos del convicto por aplacar la situación en una carta en la que se muestra sumiso al rey, no impedirá que la Junta Real confirme la sentencia el 1 de julio de 1590:

Lo debían de condenar y condenaban en pena de muerte natural de horca y a que primero sea arrastrado por las calles públicas en la forma acostumbrada. Y después de muerto le sea cortada la cabeza con un cuchillo de hierro y acero y sea puesta en lugar público.

   El peligro condujo a que Pérez se defendiera con la publicación de una cédula de defensiones en la que acusaba al rey de ordenar la ejecución de Verdinegro. A partir de aquí surgirá la publicación del extenso Memorial de la causa de Pérez, que entonces se conocía como Librillo,  el cual fue publicado en Castilla y Aragón y más tarde en Pau (Francia), cuando Pérez se fugó[13].

   Con la circulación de dicho documento se propagó parte de la leyenda negra por Europa[14]. Si bien es cierto que en anteriores ocasiones se comenzaron a difundir rumores negativos contra la corona hispana a partir de la lectura de la Brevísima Relación de Bartolomé de las Casas o La apología de Guillermo de Orange[15]. En el caso de Antonio Pérez podemos encontrar uno de los primeros casos en los que un español contribuye a alimentar las falsedades sobre las que se asentará la Leyenda.

   Aunque en palabras de Ungerer los escritos de Pérez se fundamentan en el objetivo de criticar al rey, desde el exilio se identificará con los enemigos de Felipe II en Castilla y Aragón, determinándole a publicar sus obras[16]. Esos escritos irán rápidamente más allá de su primer propósito, llegando a desarrollar una propaganda antiespañola para hallar así el apoyo de las diferentes cortes europeas.

   Tras una estancia en Francia, donde decide apoyar a Enrique IV en su intención de invadir España, Antonio Pérez llegó a Londres como enviado del soberano galo. Allí procuró alentar la propaganda Blog de bibliofilia: RELACIONES DE ANTONIO PÉREZantiespañola pensando que sería un buen modo de hacer carrera y publicó sus famosas Relaciones en 1594 bajo el pseudónimo de Rafael y Azarías Peregrino. En Londres, Pérez actúa bajo un seudónimo que no engaña a nadie y finalmente en las ediciones francesas firma con su propio nombre[17]. Como explica María Elvira Roca, dicho texto tuvo un importante éxito, según lo demuestran la continuidad de sus ediciones (1598, 1615, 1624…) y su traducción al francés[18].

   Cuando Pérez llega a Inglaterra busca el apoyo de la “reina Virgen” (Isabel I). Pero al tratarse de unos escritos donde se aprecia un ataque personal a Felipe II, las autoridades inglesas no ven una prioridad a la hora de usarlos porque las relaciones con España atraviesan entonces un período de relativa paz[19]. Si desde un principio Pérez hubiera acudido a los holandeses habría obtenido más apoyo. En una situación en la que el príncipe de Orange siente la necesidad de obtener pruebas que sirvan no sólo para acusar a Felipe, sino para encontrar motivos que justifiquen los levantamientos en los Países Bajos, las obras de Pérez habrían tenido un impulso mayor. Las acusaciones directas que se hacen en el documento sobre el asesinato del príncipe Carlos por parte de su padre son un argumento de especial relevancia, que se identifica mucho con las acusaciones que había realizado previamente el príncipe de Orange en su Apología.

 Otros de los argumentos de incriminación y difamación que se encuentran en la obra del antiguo secretario tratan de describir a Felipe II con una serie de rasgos de tirano o asesino: «la tiranía es tan natural a Felipe como la risa al hombre» y que «no hace distinción de personas; las LA LEYENDA NEGRA ESPAÑOLA – LA ALCAZABAenvenena a todas sin temor de Dios ni vergüenza de los hombres».  Aunque, como hemos visto al principio, en Inglaterra sus afirmaciones no conocerán un apoyo inicial, algunos de los grupos nacionalistas que ven en la monarquía hispánica un peligro utilizarán algunos de estos argumentos para desarrollar una imagen hispanófoba. Como expone Ungerer, las Relaciones fueron traducidas al inglés y publicadas en 1715 en Londres, posiblemente bajo influencia del gobierno, en una época en la que Inglaterra seguía una política agresiva contra España[20].

   El caso más claro de propaganda antiespañola lo podemos observar en tiempos del rey Jacobo I de Inglaterra, sucesor al trono de Isabel I. Durante su reinado, en 1620, se iniciará una serie de fuertes agitaciones propagandísticas que tendrán que ver con la amistad que el rey profesaba al embajador español, en un momento donde se plantea la unión del príncipe de Gales con una infanta española. En un contexto donde los anglicanos deciden preservar sus políticas religiosas, el bando nacionalista-anglicano decide iniciar esta propaganda. Ésta se reproducirá durante la guerra de los Treinta Años y tendrá su punto álgido con  la Revolución Gloriosa de 1688 y la coronación de Guillermo de Orange en el trono inglés[21].

  En 1611 Antonio Pérez morirá en Francia sin apoyos y pobre. Sin embargo, en su testamento confesará su lealtad al rey −entonces, Felipe III− y al catolicismo. Años después se modificará la imagen de Pérez en España. Sus obras alcanzaron una cierta aceptación. Algo que podemos observar en la obra colectiva retrato de españoles ilustres (2)Retratos de Españoles Ilustres con un epítome de sus vidas, que comenzó a publicarse por folletos en 1791 con dedicatoria al conde de Floridablanca, ministro de Carlos IV. Antonio Pérez, por influencia de la línea crítica de la Ilustración contra el modelo sociopolítico español del Siglo de Oro, dejó de ser para muchos un espía traidor para convertirse en una víctima inocente del tétrico Felipe II[22].

Conclusión

  En definitiva, si bien podemos decir que la leyenda negra no fue iniciada por Antonio Pérez, es claro que sus escritos fueron aprovechados para atacar a España y a los españoles. Se recurrió a la hipérbole para convertir una venganza personal contra el rey en todo un proceso contra el sistema de ideas español. De esta manera se empañaría un período de la historia en la que España se muestra preponderante; no sólo como la principal potencia militar del mundo, sino como la principal defensora del catolicismo en Europa, inmersa en las guerras de religión. Quizá si se tuviera en cuenta la máxima vigésimo tercera en su versículo paralelo del libro bíblico de los Proverbios (adquiere la verdad y no la vendas: sabiduría, instrucción, discernimiento) la situación sería bien diferente.

NOTAS

[1] Durante el reinado de Felipe II, aunque no se mantendrá bajo su dominio el Sacro Imperio, que pasará a estar bajo el mando de su tío Fernando, a partir de 1580, tras la batalla de Alcántara, la corona portuguesa pasará a manos de los reyes españoles hasta 1640.

[2] García, Bernardo: Los validos, Akal, Madrid, 1997, pág. 4.

[3] Escudero López, José Antonio:  “Antonio Pérez”, en Real Academia de la Historia, Diccionario Biográfico electrónico, en red,  http://dbe.rah.es/

[4] Cabe señalar, que con el nombramiento de Antonio Pérez, como secretario, se da por primera vez, una división del cargo, puesto que pasará a ser compartido con Gabriel de Zayas. El rey decide que cada uno se ocupe de diferentes partes del gobierno, siendo para Pérez, los asuntos de Italia y Zayas los asuntos del norte de Europa. Dicha partición supondrá en el futuro una cierta rivalidad por la intromisión entre ambos de tareas que originalmente no se corresponden con la división del trabajo.

[5] Kamen, Henry: Felipe de España, Siglo XXI Editores, 1997, Madrid, pág. 175.

[6] [] hoy pueden darse por seguras tres cosas: la complicidad política del Monarca con el crimen de Estado; las relaciones del secretario con la princesa (que, como dijo un testigo, “sabía secretos de Estado”), y la carencia de cualquier tipo de relación pasional entre el Rey y ella. En cuanto a la primera, la complicidad de Felipe II parece manifiesta, tanto por el hecho de que transcurrieran meses hasta iniciarse la investigación, como porque los jueces llegaron a preguntar a Pérez sobre “las causas que había habido para que Su Majestad diese su consentimiento a la muerte del Secretario Escobedo”, o por la tolerancia que se tuvo para que escaparan los asesinos contratados por Pérez. En todo caso, esa complicidad fue tácita, pues el secretario no pudo arrancar del Monarca una orden escrita de la ejecución. A su vez, las relaciones de Pérez con la Éboli parecen notorias, debiendo ella, cuando menos, estar al tanto de cuanto sucedía, hasta el punto de que Pazos, el presidente de Castilla, comunicó al Rey que “tenemos sospecha de que [ella] es la levadura de todo esto”. Las relaciones amorosas de Felipe II con la Éboli, en fin, no pasan de ser una lucubración melodramática. Escudero López: “Antonio Pérez”, art. cit.

[7] Los que creen que el Rey estaba implicado bien pueden sugerir que él mismo destruyó los documentos que lo comprometían, El único texto que al parecer involucra al rey es el de la Haya, en el que Marañón condía plenamente. Si descontamos esta fuente no verificable (es una copia), no hay forma de atribuir responsabilidades al Rey [] Hace falta un nuevo estudio sobre el caso Pérez-Escobedo.  Kamen: Felipe de Españaop. cit, pág. 173.

[8] Muro, Gaspar: Vida de la Princesa de Éboli, Madrid, 1877, pág. 119-124. Citado en  Kamen: Felipe…op cit, pág. 176

[9]  Ibid, pág. 301.

[10] Pérez, Antonio: Relaciones, París 1598, pág. 25.

[11] El rey decidirá finalmente separar los casos de Pérez y de Éboli, siendo el caso de la princesa el que se atenderá el primero y el otro acabará pendiente.

[12] Escudero López: “Antonio Pérez”, art. cit.

[13]Durante todo el tiempo que pasará en Aragón, los problemas que se irán produciendo serán de una extrema gravedad. Un ejemplo de ello serán las conocidas como “Turbaciones de Aragón”, las cuales convertidas en revueltas, llevarán a la intervención directa del ejército para entrar en Zaragoza y una serie de condenados a muerte por haberse opuesto directamente al rey.

[14] Escudero López: “Antonio Pérez”, art. cit.

[15] Es interesante la exposición que hace María Elvira Roca en su libro Imperiofobia y Leyenda negra, donde repasa todo el concepto de Leyenda negra y hace un estudio en profundidad de la Leyenda negra contra España entre otros.

[16] Ungerer, Gustav (1963). «Bibliographical notes on the works of Antonio Perez». Revista de Historia Jerónimo Zurita. Cuadernos 16-18.

[17]  Sobre las variaciones que Pérez va introduciendo según las circunstancias, véase Paloma Bravo, «Las Relaciones de Antonio Pérez, un texto en movimiento», en José Martínez Millán (coord.), Actas del Congreso Internacional «Felipe II (1527-1598): Europa y la Monarquía Católica» (Universidad Autónoma de Madrid, 20-23 de abril de 1998), Madrid: Parteluz, 1998, vol. 4, págs. 11-24. Citado en Roca, María Elvira: Imperiofobia y Leyenda Negra, Siruela, Madrid, 2016, pág. 266.

[18]  Roca: Imperiofobia…op. cit, pág. 266.

[19] Algunos autores como Roca, aventuran que es posible que las anteriores traiciones realizadas por Pérez, no fomentarán una credibilidad en el secretario por parte de Isabel, quién en general se mantuvo un poco al margen de él, aunque sí que hablaron en algunas ocasiones a lo largo de los dos años que Antonio pasará en la corte inglesa. Ibid, pág. 267.

[20]  Ungerer: art. cit.

[21] Roca: Imperiofobia…op. cit, pág. 269

[22] Ibid, pág. 268.

La conquista de América: unas reflexiones

victor-zorrilla (3)  por Víctor Zorrilla, filósofo

   Hace apenas dos meses Fernando del Pino Calvo-Sotelo publicó el artículo España, un país sin autoestima en su blog. Se trata de un escrito propositivo y polémico que me ha sugerido algunas reflexiones desde un tono personal y espontáneo al que, por otra parte, invita la lectura de aquellos párrafos.

    A nivel fáctico, es fácil constatar que, en general, el artículo es exacto en los datos históricos y las cuestiones de detalle. Donde se queda algo corto es en la propuesta general que le da sentido.

    El artículo toca un tema muy importante actualmente en España, el de la adecuada valoración de su historia. El asunto incide no solo en España sino en el conjunto del mundo hispánico. El autor parte del hecho de la relativa marginación de este mundo en el contexto más amplio de modernidad, dominado por las culturas francesa y —sobre todo en los dos últimos siglos— anglosajona. El problema es, pues, el del sitio de la cultura hispánica en el marco de la cultura occidental moderna.

    Desde las últimas décadas del siglo XVI, la propaganda de las otras potencias europeas incidió en el desprestigio y la marginación de España y de su historia. A partir de aquella época, además, la misma España se fue retrayendo de los principales debates intelectuales y La leyenda negra, la persistencia de los tópicos | Babelia | EL PAÍScientíficos. Ello se debió a varios factores, entre otros, la actitud un tanto militante o combativa con la que se concibió la ortodoxia doctrinal a partir del Concilio de Trento (1545-1563) (este concilio tuvo, por otro lado, una influencia benéfica imponderable en las misiones globales). En cuanto a la propaganda antiespañola, es bien sabido que la historia del colonialismo inglés, francés u holandés fue tan sórdida y brutal como cualquier otra, con la diferencia de que en estas potencias no hubo casi defensores de las poblaciones autóctonas sometidas.

    El artículo tiene el acierto de no aludir al mito de la Hispanidad, que tan ilustres proponentes ha tenido y tan caro ha sido a algunos sectores de la derecha española. Doscientos años de vida independiente han dado lugar a países muy diferentes a España y diferentes también entre sí. A los dos siglos de vida y desarrollo cultural independiente hay que agregar el antiespañolismo autóctono —no aprendido de ingleses ni franceses— sobre el que se fundan y proyectan las modernas repúblicas latinoamericanas.

    En cuanto al tono, el artículo puede parecer algo combativo o polémico, y lo es. Considerando que pasan por aceptables planteamientos tanto o más combativos, pero de signo ideológico opuesto, no veo razón para reprobar particularmente a este artículo. Me refiero a que, en medios yCrítica de 'La sombra de la leyenda negra' de La sombra de la leyenda negra  María José Villaverde y Francisco Castilla: España: modo de empleo |  Babelia | EL PAÍS redes, a veces se oyen —incluso he escuchado a alumnos— decir cosas del tipo: “la conquista fue un genocidio”, o: “los indígenas vivían en una utopía que estropearon los españoles” —proposiciones que, en su expresión, son igualmente combativas, con la relevante diferencia de que en su contenido son falsas. Como siempre en estos casos, las preconcepciones ideológicas suelen ofuscar la interpretación de los hechos; por eso es tan importante bajar a los detalles.

    Aunque viví cerca de seis años en España, llevo ya más de diez años de no estar allá, por lo que no me atrevo a calibrar la relevancia coyuntural del artículo para ese país. Es cierto que hay mucho sentimiento antiespañol exagerado, que obedece a motivos históricos sin relación directa con la conquista americana, como es el caso de los diversos “nacionalismos” (en Hispanoamérica les llamaríamos, y me parece que son propiamente, regionalismos). Sin duda, este es un factor coadyuvante en la baja autoestima que el autor atribuye a España, aunque no es el tema de su artículo. En estos casos, si acaso, la leyenda negra de la conquista solo es instrumentalizada a favor de un programa regionalista o nacionalista que poco o nada tiene que ver con la conquista misma.

    Independientemente de eso, hoy existe otro factor que ha contribuido a la perpetuación de la leyenda negra dentro y fuera de España, y es que la leyenda negra encaja bien con la actual ortodoxia de la corrección Maximiliano María Kolbe – Pensamiento y culturapolítica. Esta ortodoxia hace las veces de placebo para que el hombre-masa se sienta bien consigo mismo sin esforzarse, arriesgando nada y sin poner la mano en el fuego. Identificarse en las redes como “antirracista” o “antinazi” mientras se hace alarde de virtud usando “lenguaje inclusivo” está de moda y queda bien; así se obtienen muchos likes. Lo difícil era hacerlo en la Alemania de 1943. Sophie Scholl lo hizo y ya sabemos cómo le fue. Eso es tener valor. Maximiliano Kolbe sufrió una muerte espantosa en un campo de concentración para salvar a otra persona, sin que nadie le obligara a ello. Esa es la virtud heroica. Lo otro es hipocresía autocomplaciente.

    Por lo demás, como decía arriba, el artículo es relevante no solo para el público lector español (a quien se dirige principalmente) sino también para el hispanoamericano. En mi carrera académica de apenas una década en este hemisferio, pocas cosas me han llamado más la atención que la culpable ignorancia sobre la empresa española en América. Paradójicamente, esta ignorancia suele ser más acentuada y visible en los estudiantes que cursan estudios humanísticos —y en sus profesores—, mucho más ofuscados ideológicamente que los alumnos de otros grados. Si se parte de una visión simplista de la historia, que la divide en opresores y oprimidos, entonces ya solo es cuestión de buscar cuál es cuál, forzando la realidad de cualquier época a las categorías preestablecidas. Se cuenta que, cuando le preguntaron a Hegel: —Georg Wilhelm Friedrich Hegel - Wikipedia, la enciclopedia libreProfesor, y ¿qué pasa si la realidad no se ajusta a su teoría? —Peor para la realidad —contestó él. Así proceden frecuentemente los intelectuales cuando pretenden interpretar la historia. Sin embargo, las categorías conceptuales marxistas, desarrolladas para entender las sociedades industriales de Europa occidental en el siglo XIX, no necesariamente son adecuadas para estudiar la historia de otras sociedades en otras épocas.

    El autor hace una serie de comparaciones entre las culturas del Viejo y del Nuevo Mundo. Su ámbito cronológico y geográfico es amplísimo, pues abarca desde las pirámides de Egipto hasta las catedrales góticas. No creo que este sea el aspecto más importante del artículo. Sin embargo, como sospecho que a muchos lectores les despertará alguna reacción (a favor o en contra), me permito comentar lo siguiente.

  Algunos dirán: “no tiene sentido juzgar a los aztecas solo por los sacrificios humanos, el canibalismo o la tiranía que ejercieron. Tal juicio es burdo y sesgado; hay que valorar el panorama completo de la civilización azteca (o maya, incaica, etc.) en toda su riqueza y complejidad”.

    A esto, debe responderse: “De acuerdo, siempre y cuando se use ese mismo criterio para juzgar a la cultura española del siglo XVI”.

 Lo que no tiene sentido es juzgar a la cultura azteca por Nezahualcóyotl, o a los mayas por su calendario, y al mismo tiempo juzgar a la cultura europea del renacimiento —la más avanzada y sofisticada de su época— por los crímenes de la conquista. En este sentido, hay dos opciones: (a) aplicar un criterio riguroso y exigente a Nezahualcóyotl, Rey de Texcoco - Detalle del autor - Enciclopedia de la  Literatura en México - FLM - CONACULTAtodas las culturas consistentemente, o bien, (b) aplicar un criterio benevolente y caritativo a todas por igual. Lo que no vale es decir cosas como: “hay que situar los sacrificios humanos y el canibalismo en el contexto de su época y en el sistema de creencias de los aztecas, para entenderlos adecuadamente” (criterio benevolente), y, al mismo tiempo, afirmar: “el genocidio de la conquista fue obra de la arrogancia eurocéntrica, la implacable sed de oro y la rapacidad esclavista de los españoles” (criterio riguroso). Sin embargo, muchas personas que sostienen la primera proposición, sostienen simultáneamente proposiciones como la segunda, lo cual denota una grave inconsistencia en la aplicación del criterio de interpretación histórica. Como es bien sabido, los aztecas también fueron etnocéntricos —llamaban despectivamente chichimecas (“perros”) a los nómadas que vivían en Aridoamérica—, acaparadores y esclavistas.

   Muchos datos que menciona el autor, por ejemplo, sobre los aspectos técnicos de ambas civilizaciones —el uso de los metales, la rueda, las armas de fuego o la imprenta— son ampliamente conocidos y, en cuanto tales, no sujetos a interpretación. En el siglo XVI, nada había en el mundo comparable a la cultura europea del renacimiento, en ese y en muchos otros aspectos. Por otra parte, en cuanto a los aspectos morales o de organización política, no vale la pena discutirlos si no nos ponemos de acuerdo sobre cuál criterio vamos a usar —moralmente exigente y riguroso, o bien benevolente y contextualizado—, y lo aplicamos de forma consistente a todas las realidades históricas, tanto del Viejo como del Nuevo Mundo.

   Con todo, como decía, no me parece que este sea el aspecto crucial. Para el público hispanoamericano, lo relevante es el encuadre que el artículo propone. Se trata de revalorar a la cultura hispánica en el conjunto de la modernidad. Como insinuaba acertadamente Vasconcelos en La raza cósmica, no nos haremos cargo de nuestra herencia y nuestra historia mientras no caigamos en la cuenta de que los triunfos de las Navas de Tolosa y de Lepanto son nuestros, lo mismo que son nuestras las derrotas de la Armada Invencible y Trafalgar. La inmensa mayoría de la población latinoamericana participa de una herencia hispánica, occidental y cristiana en la que se encuentran subsumidos y asimilados, desde hace siglos, los elementos indígenas. Plantear el problema —como tradicionalmente se ha hecho, por ejemplo, en México— en términos del supuesto “trauma de la conquista” y del conflicto entre los indígenas y los invasores españoles ha dado lugar, como Vasconcelos ya había advertido, a “un regionalismo sin aliento universal” caracterizado por una “estrechez y miopía de campanario”.

La batalla de Lepanto: dos armadas frente a frente

 Además de superar este característico provincianismo de la intelectualidad mexicana, el mismo rigor histórico exige la ampliación de la perspectiva. Las cosas en el terreno casi siempre fueron más complejas de lo que ha hecho creer aquella demagogia facilona. Como se sabe —y el artículo de Fernando del Pino lo menciona—, los españoles contaron en muchas conquistas con aliados indígenas, que a veces conformaban la mayor parte, numéricamente hablando, del contingente conquistador. En este sentido, la conquista española la hicieron también los indígenas. Ello aplica tanto al conocido caso de los tlaxcaltecas en México como a las arduas y prolongadas guerras que se llevaron a cabo en las zonas fronterizas al norte de la Nueva España y al sur de Chile.

  La maniquea visión tradicional omite otro aspecto fundamental del proceso de conquista, a saber, la tremenda —y frecuentemente exitosa— oposición que ofrecieron algunos grupos autóctonos, sobre todo en las mencionadas guerras de frontera. Philip Powell, el historiador de la guerra chichimeca, califica a esta guerra, que se prolongó durante casiLeyenda Negra, La Un Invento Contra España : Powell, Philip: Amazon.es:  Libros toda la segunda mitad del siglo XVI, como una “segunda conquista”, mucho más ardua y larga que la primera (i.e. la caída de Tenochtitlán). Con todo, la guerra chichimeca palidece frente al interminable purgatorio español que fue la guerra de Arauco —el “Flandes indiano”, en el decir de la época—, cuya duración abarca los tres siglos del virreinato y se prolonga hasta el periodo independiente. Los indios de estas regiones fronterizas mostraron un tesón, una valentía y una capacidad de resistencia que merecieron ser inmortalizadas por los mismos escritores españoles en algunos de los últimos ejemplares de la tradición épica occidental: La Araucana, de Alonso de Ercilla; Arauco domado, de Pedro de Oña; el Purén indómito, de Diego Arias de Saavedra y el poema anónimo Las guerras de Chile. Extrañamente, los enérgicos y arrojados conquistadores españoles encontraron oponentes dignos de ellos no en las grandes civilizaciones andina y azteca —en las que infligieron una derrota fácil y relativamente rápida— sino en las agrestes zonas marginales habitadas por los fieros chichimecas y los indómitos mapuches.

   Si se observa, pues, el panorama completo atendiendo a sus matices, salta a la luz un escenario mucho más rico y complejo que el que ha ofrecido la patriotera perspectiva de la historia oficial (que, en México, ha pasado a ser ya del dominio público): un escenario donde las poblaciones autóctonas, lejos de ser meras víctimas pasivas de la violencia conquistadora, fueron agentes que, con creatividad e iniciativa, supieron muchas veces defenderse eficazmente y, en su caso, negociar, aliarse e integrarse en la hueste conquistadora.

   En vista de todo ello, resulta llamativo, como profesor, observar a estudiantes discutir acaloradamente sobre los crímenes de los conquistadores europeos de hace cinco siglos, denunciando de paso la supuesta destrucción de las culturas autóctonas, todo ello desde la comodidad y seguridad de un aula universitaria y en el contexto de una moderna democracia representativa —dos joyas irremplazables de la cultura occidental, de las cuales al menos la primera entró en América, como recuerda Fernando del Pino, por medio de la civilización hispánica—. En ello hay algo de cinismo y, por lo demás, poca originalidad: ya Bartolomé de las Casas - Wikipedia, la enciclopedia libreBartolomé de las Casas y muchos otros como él habían defendido a los indígenas, con la diferencia de que ellos lo hicieron en el fragor de la conquista y la encomienda, es decir, arriesgando sus vidas. A título de ejemplo, el obispo Antonio Valdivieso, dominico y colaborador de Las Casas, intentó aplicar en su diócesis de Nicaragua las Leyes Nuevas (1542), encaminadas a proteger a los indígenas de la explotación de los encomenderos. Ello lo enfrentó a los potentados de la región, que veían minados sus intereses. Al cabo, los hermanos Pedro y Hernando Contreras, confabulados con otros encomenderos, asesinaron a Valdivieso a puñaladas el 26 de febrero de 1549.

 Como se ve, no necesitábamos ideólogos —marxistas, deconstruccionistas ni de cualquier otra índole—: aquellos prohombres, empapados de auténtico espíritu evangélico, ya nos habían enseñado, de palabra y de obra, el deber de defender a los pobres y vulnerables. Puestos a hablar de indigenismos, resulta difícil concebir uno más congruente. Por su parte, los pueblos indígenas que hoy sobreviven son quizá —afortunadamente— los principales beneficiarios de la moderna doctrina de los derechos humanos, otro fruto invaluable de la tradición intelectual de Occidente, con raíces en el pensamiento medieval y la Escuela de Salamanca.

   En conclusión, es cierto que pocas gestas históricas pueden compararse con la empresa española en América en todos los aspectos: militar, estratégico, civilizador, misional, político… El hecho mismo de que esta empresa conjuntara todas estas facetas ya la hace excepcional. Como señaló Ortega en La rebelión de las masas, imperar es ordenar, o sea, dar quehacer, meter en un destino imponiendo una tarea con sentido,LA REBELION DE LAS MASAS | JOSE ORTEGA Y GASSET | Casa del Libro continuidad y trayectoria —en otras palabras, estructurar, organizar y elevar en función de un proyecto común. Eso lo han sabido hacer muy pocos pueblos en la historia. “Cuando los reyes construyen, tienen que hacer los carreteros”, dice el verso de Schiller. El problema de España actualmente no es tanto la interpretación de su historia, como supone el autor del artículo comentado, sino la desmoralización, es decir, la ausencia de una misión o un proyecto vital, es decir, de valores compartidos (eso sí lo insinúa) que le den dirección y sentido. La España del Siglo de Oro sí tenía un proyecto tal. Este proyecto, consistente en propagar la verdad cristiana por el orbe, elevando a los pueblos conforme a las exigencias evangélicas irrenunciables de justicia, verdad y paz, trasluce en los textos de la época como una idea recurrente, terca y obsesiva. El hecho de que se plantearan y tomaran en serio semejante proyecto, corriendo riesgos increíbles por realizarlo, atestigua la inmensa talla espiritual y moral de muchos de aquellos insignes personajes.

  Si España tuviera ahora un proyecto similar, sabría valorar su incomparable historia. Si en Hispanoamérica percibiéramos el valor y la importancia de haber participado en él, haríamos lo propio con la nuestra, que, en parte, es la misma. Así podríamos, quizá, superar nuestros complejos y traumas para lanzarnos confiadamente hacia el futuro.