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La unidad sustancial del ser humano

Fernando-Riofrio (2) por Fernando Riofrío, filósofo

         Si Aristóteles conviviera hoy entre nosotros se encontraría muy cómodo conversando con neurocientíficos, vista la evidencia de que las actividades psíquicas del ser humano están radicadas en las células neurales y en los circuitos eléctricos. Se aprecia, de este modo, una unidad entre la mente y el cerebro, siendo aquélla (la psique o ánima –en latín−, es decir, la que infunde vida a un ser) la causa de laLeonardo da Vinci configuración somática o material del cerebro. De ahí que cuando hablamos del sistema cerebro-espinal, del que proceden las actividades psíquicas, en realidad nos refiramos a una estructura constituida por la mente o psique, que lo erige como una única sustancia (aquello que es en sí) corporal, biológica y racional a la vez. De tal manera que cuerpo y mente están unidos en una sola sustancia, que es el ser humano.

         La realidad de la mente humana no se limita a su integración en el sistema cerebro-espinal como si fuera una entidad somática que sólo actúa por reacciones físico-químicas. Y es que la psique o alma es la causa que hace que el hombre sea una realidad que excede a la pasividad y potencialidad de la materia inerte. En efecto, el conjunto de cuerpo y mente hace al humano esencialmente competente para realizar actividades mentales, pero siempre ejecutadas por esa sustancia completa dotada de cerebro somático, al que le son atribuidas.

         Aunque el hombre conoce intelectualmente por causa de su mente y no del cuerpo, al estar dotado de cerebro (órgano material) y mente (fuerza vital o alma), es el primero el que ejecuta esta actividad intelectual, que es, por esto mismo, una propiedad suya, debido a la Aristóteles - Wikipedia, la enciclopedia libreunidad sustancial mente-cuerpo. Según Aristóteles, es imposible que pensemos un concepto universal y abstracto sin el soporte de imágenes sensibles radicadas en el sistema somático y orgánico cerebro-espinal, sin cuyo concurso no se poseen las imágenes sensibles en el alma o psique. Aristóteles sostiene que las imágenes de la sensibilidad son producidas tanto por el cuerpo como por la mente. En cambio, la facultad intelectual sólo es un acto de la mente, y no del cuerpo.

         Por esta misma razón, el clásico piensa que después de la muerte la mente no puede ejercer por sí sola su función de abstraer y conocer intelectualmente, porque el ejercicio de esta función sólo es posible a partir de imágenes sensibles radicadas en el cerebro somático y en la mente que está inmersa en él.

         ¿Esto significa que Aristóteles está descartando la espiritualidad y racionalidad del hombre o quitándole la importancia que debe tener? De ninguna manera, porque afirma que la mente o alma tiene la propiedad de existir en sí misma separada de la materia corporal. Aristóteles dejó incólume la doctrina de la inmaterialidad y espiritualidad del alma que recibió de Platón durante los años que fue su discípulo en la Academia.

         El argumento principal desplegado por Aristóteles desde el ángulo de la filosofía primera conduce a comprender que la tesis de la unidad sustancial de cuerpo y mente es conciliable y compatible con la tesis de la intelectualidad y espiritualidad de la mente. Se basa en los resultados leo mente (2)presentados en el capítulo 17 del libro 7 de la Metafísica. En este lugar Aristóteles demuestra, mediante el análisis de la corrupción de los cuerpos, que es imposible que la forma (aquello que hace que una cosa sea lo que es) se identifique con un elemento material que integra un cuerpo, porque después de su descomposición, los elementos materiales se mantienen y la forma no. La conclusión necesaria de su argumento es que la forma no puede ser un elemento material, sino, más bien, el orden que organiza todos los elementos materiales del cuerpo.

         Esta demostración está en la misma línea contenida en los libros de De Anima, según la cual el alma intelectiva del hombre (que constituye su ser racional) es la forma –principio vital− del cuerpo humano. Y puesto que toda forma es diversa de los elementos materiales que integran un cuerpo, nada impide que la forma, que es un actoanima (2) (aquello que ya es), tenga una perfección y actualidad tan elevada que, no sólo es forma de corporalidad, sino que, junto con ello, es también forma de vitalidad, sensibilidad, intelectualidad y espiritualidad, como quiera que la racionalidad es la forma más alta de vida. Por tanto, la compatibilidad de todas estas propiedades del alma y su síntesis en un solo acto, que es precisamente el alma, queda garantizada por el alcance metafísico de la doctrina según la cual la mente es un acto, diverso de la materia, que es pura potencia (aquello que puede llegar a ser: como un niño es un hombre en potencia).

        Sólo es un cuerpo humano aquel que está dotado de los órganos que son necesarios para realizar operaciones vitales que ejecuta conforme a una configuración material genética y epigenética precisamente humana. El alma no crece porque no es materia desplegada cuantitativamente en Embrión - Wikiwandel espacio. El cuerpo humano, ya desde su fase embrionaria, es una materia perfectamente dispuesta como materia humana adecuada para ser configurada específicamente por el alma racional (que es la única específicamente humana). Esta materia mantiene la misma configuración genética de su ADN y la de su epigenética, que debe tener esta materia para estar debidamente configurada y ser adecuada para albergar el alma humana racional. Así, la mente o alma permanece esencialmente a lo largo de todo el crecimiento, desarrollo y evolución del ser humano.

         Sin embargo, como la mente es el poder y causa actual de la unidad de mente y cuerpo, se deduce que la mente/psique, en cuanto acto, no depende de la materia por lo que se refiere al nivel de actualidad que tiene, y, por esta misma razón, nada impide que el alma del hombre tenga un nivel de actualidad y perfección que sobrepasa la materia en el más alto nivel, por ser también forma de intelectualidad y racionalidad.

         Cuando los neurocientíficos hablan del cerebro, no están hablando meramente de una materia corporal, sino, más bien de una realidad sustancial compuesta de mente/psique y materia corporal orgánica. La Definición de ánima - Qué es, Significado y Conceptopostura filosófica que separa la psique del cuerpo es propiamente platónica y cartesiana, y no aristotélica. De la misma forma, en neurociencia se afirma que las actividades psíquicas o mentales tienen su sede en el cerebro material y somático. Esta teoría encaja perfectamente con la doctrina hilemórfica del neoaristotelismo, según la cual mente/psique/ánima y cerebro conforman una unidad sustancial.

La acción de la mujer en la guerra

foto-sol por María del Sol Romano, filósofa

   La filósofa francesa Simone Weil (1909-1943)[1] vivió las dos guerras mundiales del siglo XX, pero una experiencia que le causó un granSimone Weil en la Columna Durruti | Pensamiento | El Viejo Topo impacto fue cuando participó en agosto de 1936 en la Guerra Civil española, al lado del bando republicano, en la columna Durruti. Esta experiencia fue para ella una importante fuente de reflexión[2], que la llevó posteriormente a pensar con mayor profundidad sobre la cuestión de la barbarie. Esto la inspiró también a elaborar un plan de acción para resistirse eficazmente a ella, concretamente tras el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

   En 1940 el ejército alemán ocupa París, por lo que Weil y su familia se dirigen a la zona no ocupada y se instalan en Marsella. En 1942 la filósofa Danza Ballet blog: Viva la Francia libre en el honor y la independencia!,  Charles De Gaulle.viaja con sus padres a Nueva York para ponerse a salvo del antisemitismo. Sin embargo, Weil no es indiferente al sufrimiento de sus semejantes y no puede permanecer cómodamente en la retaguardia. En realidad, ella aceptó partir con sus padres a América confiando en que desde allí podría desplazarse a Londres para participar activamente en la guerra y estar al lado de sus compatriotas de la resistencia liderada por el general De Gaulle.

   En una carta que escribe a Maurice Schumann desde Nueva York, le expresa lo difícil que le fue partir, pero que lo hizo “con la esperanza de tener una mayor y más efectiva participación en los esfuerzos, peligros yMaurice Schumann: indications bibliographiques - maurice-schumann sufrimientos de esta gran lucha”[3]. Como todos sus intentos para viajar a Londres fueron vanos, en esa misma carta le pide ayuda a Schumann diciéndole: “creo realmente que puedo ser útil. Y recurro a usted como camarada para que me saque de la situación moral tan dolorosa en la que me encuentro”[4]. Gracias al apoyo del político francés, Weil logra llegar a Londres en diciembre de 1942, su plan es poner en marcha su proyecto de formar un cuerpo de enfermeras de primera línea[5].

   En su proyecto, Weil dirige una mirada profunda al impacto que puede suscitar la presencia de la mujer en la guerra, pero no en cualquier lugar, sino en la zona de mayor riesgo. Esto no implica, sin embargo, Les infirmières de la Seconde Guerre mondiale 39-45 - Infirmier.netidentificarla como una feminista militante. Cuando la autora reflexiona, por ejemplo, sobre cuestiones como la opresión social y la barbarie, no se refiere a un género determinado, sino que piensa desde una perspectiva neutra y universal. El hecho de que, en comparación con el conjunto de su obra, proyecte formar un pequeño grupo integrado solamente por mujeres, es algo único y muy significativo.

   Para Weil, es esencial que las mujeres que conformaran este grupo tuvieran las cualidades apropiadas para realizar esta peligrosa misión. Asimismo, plantea que “no hay ninguna razón para considerar la vida de una mujer […] como más valiosa que la vida de un hombre; y con mayor razón si acepta el riesgo de muerte”[6]. No obstante, con esto no indica que estas mujeres hagan un sacrificio innecesario o suicida, sino que ellas, al igual que los hombres, son completamente capaces de comprometerse en una situación extrema y urgente, como es el caso de la guerra.

Les infirmières de la Première Guerre mondiale 14-18 - Infirmier.net

   Si bien Weil ve en este grupo de mujeres todo el potencial para estar al lado de los soldados, su función y sus propósitos son distintos. Ellas estarían desarmadas, pero su participación en el frente tendría varias ventajas desde el punto de vista material, psicológico, moral y espiritual. Se trata de un nuevo tipo de resistencia sin armas, sin violencia, sin fuerza bruta, en donde no se busca el exterminio de los enemigos, sino ser un símbolo de concordia, de consuelo, de humanidad, de compasión y de ternura.

[1] El presente texto es un extracto del artículo “Simone Weil: experiencia, reflexión y acción de una mujer en la guerra”, publicado en: Cuadernos de pensamiento, n. 34, 2021, pp. 145-163. DOI: https://doi.org/10.51743/cpe.258

[2] La experiencia que tiene Weil en la guerra de España será una importante fuente de reflexión sobre la guerra y la barbarie, aunque no la única. Por ejemplo, desde inicios de los años 30 hay escritos suyos sobre este tema, como es el caso de sus “Réflexions sur la guerre”. Véase S. Weil, Œuvres complètes, t. II, vol. 1, Gallimard, Paris, 1988, pp. 288-299.

[3] S. Weil, Écrits de Londres et dernières lettres, Gallimard, Paris, 1957, p. 186.

[4] S. Weil, Écrits de Londres et dernières lettres, p. 187.

[5] Weil aspiraba a ser miembro de este grupo de enfermeras, pero, cuando llega a Londres, no se le permite llevar a cabo su proyecto, sino que es enviada a la Direction de l’Intérieur de la Francia libre para trabajar como redactora, lo que le causa una terrible desilusión. Luego, “la alimentación insuficiente y el trabajo excesivo, junto con la pena, había finalmente dado lugar […] a una enfermedad”. S. Pétrement, La vie de Simone Weil, Fayard, Paris, 1973, p. 671. Esto es, Weil enferma de tuberculosis y muere de un fallo cardiaco el 24 de agosto de 1943.

[6] S. Weil, Œuvres complètes, t. IV, vol. 1, Gallimard, Paris, 2008, p. 404.

La educación tras la independencia iberoamericana

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es victor-zorrilla-3.jpg  por Víctor Zorrilla, filósofo

     En la Indología, obra del mexicano José Vasconcelos, el tratamiento de la educación en el periodo de la independencia americana se inicia con una mención a sus grandes promotores latinoamericanos del siglo XIX[1]. Tras una breve alusión a la obra de Andrés Bello —“uno de los mayores ingenios de nuestra estirpe”— en Chile, Vasconcelos valora la obra de Domingo Faustino Sarmiento en Argentina. Considera a Sarmiento un continuador de la obra de Quetzalcóatl, el dios civilizador de los antiguos mexicanos: “Su acción se resume en una lucha franca contra la barbarie entronizada y contra el delito que queda impune sólo porque ejerce el mando el delincuente”. Sarmiento no solo vio caer a Juan Manuel de Rosas, el tirano a quien combatió, sino que tuvo ocasión de poner en práctica sus doctrinas siendo presidente de su país. Sarmiento tuvo así la fortuna de compaginar, felizmente, las virtudes del estadista y del intelectual: era —observa Vasconcelos— “un hombre acostumbrado a la acción consciente, […] que había elaborado en el estudio su programa y que en la lucha había templado la voluntad necesaria para consumarlo”[2].

     El programa de Sarmiento contemplaba la difusión de la escuela primara y la europeización de su país. Por europeizar —explica Vasconcelos— entendía Sarmiento:

imponer en la América las reglas del gobierno civilizado sobre el furor destructivo de los caudillos; castigar el asesinato, en vez de premiarlo con la presidencia; normalizar el ejercicio del voto para la designación del gobernante; dulcificar las costumbres; otorgar garantías al trabajo y a la vida; difundir la ilustración; combatir la ignorancia y extirpar la tiranía[3].

     Como se ha tratado en otro artículo, Sarmiento buscaba no la anulación, sino la elevación de la cultura americana y su integración en la civilización moderna.

     En México, la educación estuvo marcada por las figuras de Gabino Barreda y Justo Sierra. Inspirada en la doctrina positivista, la acción ilustrada del primero —llevada a cabo en el último tercio del siglo XIX— pretendió poner la educación al día con la ciencia y la filosofía del momento. Ya en la etapa final del régimen de Porfirio Díaz (el porfiriato),Las condecoraciones de Porfirio Díaz Justo Sierra consiguió formar a un cuerpo de maestros en las últimas técnicas didácticas para modernizar la enseñanza primaria: “La europeización preconizada cuarenta años antes por Sarmiento —constata Vasconcelos— comenzaba a realizarse [en México]”. Sin embargo, y como otras tentativas similares, el trabajo de Sierra no llegó a dar sus frutos. Los políticos veían en Sierra a un maestro digno de compasión por su incapacidad para prevaricar —o para ordenar una ejecución sumaria—, de suerte que estaba descalificado para el gobierno. Se le escatimaban los mínimos recursos indispensables para llevar a cabo su proyecto[4].

     Después de la Revolución mexicana (1910-1921), asumió el poder Álvaro Obregón, cuyo gobierno se planteó el proyecto de la reconstrucción nacional. Este proyecto aspiró a consumar los ideales revolucionarios edificando lo destruido por la violencia, uniendo lo dividido por el odio y superando la indiferencia y la desesperanza[5]. Por breve tiempo, ocurrió un memorable florecimiento cultural que el mismo Vasconcelos lideró como titular de la recién fundada (1921) Secretaría de Educación Pública.

     Vasconcelos entendió la necesidad de difundir la enseñanza elemental acompañada de una educación manual que permitiera al indio y al pobre mejorar sus cultivos y perfeccionarse en el ejercicio de sus oficios. Buscaba propiciar, así, un aumento de la producción con mayores beneficios para el productor:

Se trataba de obtener por medio de la educación […] una mejoría inmediata […] del bienestar, como base para una educación posterior más intensa. En [el ropaje] de los tecnicismos contemporáneos, tratábamos de reimplantar los sistemas de Vasco de Quiroga y de Pedro de Gante, el sistema educativo de los misioneros[6].

     Para tal efecto, se organizó provisionalmente un Departamento de Educación Indígena que contaba con un cuerpo de “profesores misioneros” que recorrieron regiones indígenas apartadas, “las más abandonadas del país”, al decir de Vasconcelos, educando sobre los usos de la civilización, orientando en lo relativo a las prácticas higiénicas y suscitando el interés por ilustrarse. Se emprendió, además, una campaña de alfabetización a gran escala[7], de organización improvisada pero Gabriela Mistral, 130 años de una poeta revitalizada y claves de por qué es  un símbolo - WMagazíncontando con la colaboración de voluntarios —maestros, pero también intelectuales, poetas y profesionales— incitados por el prestigio intelectual y la autoridad moral de Vasconcelos. Famosamente, la escritora chilena Gabriela Mistral participó en la campaña recorriendo sierras y bosques como “misionera cultural”, además de editar sendos volúmenes de Lecturas clásicas para mujeres y Lecturas clásicas para niños, este último con la colaboración de otros intelectuales mexicanos.

     Además de estos proyectos auxiliares de carácter provisional, la nueva Secretaría de Educación Pública se dividió, para el ejercicio de sus funciones fundamentales, en tres departamentos: el Escolar, el de Bibliotecas y el de Bellas Artes. El Departamento Escolar se propuso lograr la coherencia de los planes, los grados y métodos. La enseñanza se inspiró en lo que se dio en llamar la educación para el trabajo o la Escuela del trabajo. Se amplió la oferta de estudios para abarcar la práctica de oficios: desde las escuelas hasta los centros de educación superior integraron cursos y talleres de corte, costura, industrias químicas, empaques, cocina y manufacturas de distintos tipos. Se abrieron escuelas técnicas en varias ciudades para la enseñanza de la albañilería, la plomería, la carpintería, la electricidad y la mecánica. En estas mismas escuelas se celebraban ejercicios deportivos en los patios; había bibliotecas donde se hacían lecturas colectivas; se formaron coros y orquestas de alumnos. En la Escuela de Ciencias Químicas de Tacuba se enseñaban industrias como vidriería, cerámica, destilaciones del petróleo, ensayo de minerales y curtiduría, entre otras. A las escuelas elementales del ámbito rural se agregaron huertos y cría de animales domésticos. Con todo ello, se buscó ampliar el abanico de opciones profesionales, combatiendo —explica Vasconcelos— el “profesionalismo clásico y calamitoso de abogados y médicos”[8].

     Por su parte, el Departamento de Bibliotecas tuvo a su cargo la conservación y el fomento de las bibliotecas estatales, algunas de las cuales databan de la época virreinal, además de la creación de modernas bibliotecas públicas. Se inició un programa de bibliotecas ambulantes que, a lomo de mula, iban por la sierra de poblado en poblado. Se fundaron, asimismo, bibliotecas infantiles bellamente decoradas. Se emprendió la publicación de libros elementales de lectura, folletos educativos y material para la enseñanza de las primeras letras. Se inició también un ambicioso programa de edición de clásicos en formato popular. Llegaron a publicarse versiones castellanas de la Ilíada, la Odisea, la Divina Comedia, los Evangelios y el Fausto de Goethe, así como obras de Esquilo, Eurípides, Platón, Plutarco y Plotino. En colaboración con las Sociedades Obreras, el Departamento de Bibliotecas creó cientos de salas de lectura en ciudades, pueblos y aldeas.

     Por otra parte, el Departamento de Bellas Artes tenía a su cargo la enseñanza y el fomento de la música y las artes visuales. Se renovaron instituciones venerables, algunas de la época del Imperio, como Academia de Bellas Artes de San Carlos. Vasconcelos comprendió que todo el programa de educación pública “era visto en aquellos momentos como la primera manifestación de conciencia y de actividad constructivaQué se fractura en la Academia de San Carlos? de la revolución”. Para que el arte llegase a reflejar la intensa vida cultural del momento, convocó a los artistas para proponerles el proyecto de un arte para las masas a través de la decoración mural[9]. Además de pintarse murales en edificios públicos, se recuperó el arte casi perdido del azulejo y del vitral. Se fomentó la pintura al aire libre, convirtiendo las cátedras en talleres donde también se enseñaba a obreros y estudiantes. Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco formaron parte de este gran movimiento artístico. El pintor Adolfo Best creó un método para la enseñanza del dibujo en las escuelas primarias basado en motivos del arte indígena[10].

     El Departamento de Bellas artes fomentó también la música, reorganizando la Sinfónica Nacional y fortaleciendo el Conservatorio Nacional de Música. Lo mismo que la pintura, la música se trasladó al aire libre, presentándose conciertos y bailables en plazas y parques. Un festejo en una escuela sugirió a Vasconcelos la renovación del baile folclórico nacional:

La observación de una fiesta escolar del tipo antiguo me había hecho comprender la irremediable fealdad de aquellos espectáculos en que niñas indígenas de color moreno subido bailaban minuetos con peluca Luis XV. Pensé que cada raza se ve favorecida en el aspecto físico cada vez que se adorna con aquellos artificios que van más de acuerdo con su tipo, su color y su ambiente y que por lo mismo era una injusticia presentar a nuestras niñas con aquel ridículo disfraz de damas de Versalles […]. Resolví entonces ensayar el uso de los trajes nacionales más pintorescos […]. El éxito fue […] rotundo. Se aceptó que aquello era lo natural[11].

     A raíz de esta experiencia, se estableció una Dirección de Cultura Estética encargada de promover la enseñanza de la música, el baile, la gimnasia y el deporte. Esta dirección creó coros y cuerpos de danzantes para presentarse en lugares públicos a la intemperie. La única limitación impuesta era que había que cantar en español canciones nacionales, españolas y latinoamericanas. La misma orientación se impuso a los bailes. Se promovió también el teatro para las masas, en grandes salas y en lugares abiertos: “Buscábamos un arte […] que se desenvolviera al aire libre, único sitio propio del arte de verdad. Queríamos sacar el arte de las cuevas septentrionales que son los teatros modernos para colocarlo otra vez bajo el cielo”[12].

     Se habilitó un local abandonado en un barrio pobre como centro para el canto y el baile. Se trataba de la colonia de la Bolsa, explica Vasoncelos:

La barriada más enemiga de la policía y la más miserable de […] la muy miserable ciudad de México […] a solo veinte calles de los pavimentos de asfalto, por donde pasean su lujo insolente los funcionarios de un pseudobolchevismo arrogante y asqueroso[13].

     Se pusieron techados en el local —el dinero no alcanzó para poner pisos, por lo que muchas clases se quedaron con su pavimento de tierra—; se introdujeron agua potable y baños. Los maestros llegaron provistos de tratamientos para piojos y máquinas para cortar el pelo. En lugar de llevar médicos —“se habrían contentado con clasificar a aquellos niños como anormales”—, se estableció ahí el primer servicio de comidas escolares gratuitas. “La inspiración era tolstoyana más que científica —explica Vasconcelos—. Creíamos en la buena agua y el buen pan y en la bendición que recae sobre la vida del justo”. Se dieron clases de lectura, escritura, matemáticas, geografía e historia. También se enseñaba costura, la cría de animales y el cultivo de la tierra. Se construyó una pequeña biblioteca. Los sábados, los padres de los chicos se presentaban, invitados por los profesores, y se les daban escobas para limpiar las cercanías. Después de barrer, se reunía a todos en un galerón donde se adaptó un tablado y un cinematógrafo. Se ofrecían proyecciones cinematográficas destinadas a atraer a la gente; poco a poco se fueron organizando coros, bailes y representaciones teatrales. Desafortunadamente —lamenta Vasconcelos—, el éxito de ese centro fue su perdición. Al usarlo como pretexto para su propaganda malintencionada, los políticos acabaron por corromperlo. Quisieron lograr:

que aquella obra apareciese como resultado de la política obrerista de quienes jamás se habían molestado en ir a enterrar las ruedas de su automóvil por aquellos pantanos insalubres de la abandonada pobrería[14].

     Vasconcelos termina su repaso de la historia de la educación hispanoamericana con una reflexión en torno a la dimensión continental de la obra educativa y sobre su sentido último. Como en toda la Indología y el resto de su obra, Vasconcelos aboga por una La educación pública como logro de la Revolución | Letras Libresperspectiva no nacionalista —o mexicanista en sentido estrecho— sino iberoamericana. Según Vasconcelos, solo desde esta perspectiva amplia puede empezar a recuperarse la dimensión transcendente que supone todo sistema acabado de educación. Sin proponer el retorno a una educación confesional determinada, Vasoncelos advierte contra el peligro de los excesos del laicismo:

El laicismo de nuestra enseñanza le quita quizás la más fuerte, la más fundamental, la más elevada de todas las inspiraciones humanas: la inspiración religiosa y trascendental, sin la cual no hay cultura, ni hay arte, ni hay poder. No podemos tampoco ni debemos abandonar el laicismo […]; pero sí debemos vigilar que nuestro laicismo no se trueque en hostilidad y negación de la idea religiosa[15].

     En este punto, Vasconcelos cita el ejemplo de los Estados Unidos, cuya fuerza radica en su puritanismo, el cual supone “valores más firmes que los que da la tierra”. Por el contrario —lamenta—, el ateísmo estrecho que ha sucedido a la decadencia de la doctrina católica constituye una de las causas principales del atraso latinoamericano. Las aspiracionesBiografia de José Vasconcelos humanas más profundas no se satisfacen con ideologías reductivas que presentan una noción trunca de la realidad[16]. Hay que considerar cómo las personas darán sentido a sus vidas una vez que hayan mejorado su bienestar. Una pretendida educación —sostiene— que no ofrezca respuestas a esta pregunta esencial no es cabalmente una educación. Sin caer en dogmatismos, la educación debe orientar y encaminar a las personas para que descubran, por sí mismas, la verdad en plenitud. En cualquier caso —sugiere Vasconcelos—, nuestros pueblos necesitan, aún antes que la teoría, una purificación del ambiente moral: “La educación se inspira en Quetzalcóatl y Quetzalcóatl no reina, no se asienta, allí donde impera Huitzilopochtli el sanguinario. Destronemos primero a Huitzilopochtli”[17]. Con esta exhortación alusiva a los dioses precolombinos antagónicos, Vasconcelos cierra sus reflexiones sobre la lucha —aún vigente— por liberar a los pueblos iberoamericanos del atraso, la violencia y la barbarie.

[1] Este artículo constituye la tercera entrega de una serie sobre el libro Indología del pensador mexicano José Vasconcelos. Pueden verse aquí las entregas anteriores: Primera entrega, Segunda entrega.

[2] José Vasconcelos, Indología. Una interpretación de la cultura ibero-americana, Agencia Mundial de Librería, Barcelona, s/d [1926], p. 147-148.

[3] J. Vasconcelos, Indología, pp. 148-149.

[4] J. Vasconcelos, Indología, pp. 153-155.

[5] María del Pilar Macías Barba, “José Vasconcelos y Jaime Torres Bodet. Historia, trayectoria y vocación común”. Revista Interamericana de Educación de Adultos 33,2 (2011), pp. 9-22, aquí p. 20.

[6] J. Vasconcelos, Indología, p. 159. Sobre el sistema educativo de los misioneros, véase la segunda entrega de esta serie.

[7] J. Vasconcelos, Indología, pp. 159-161. Véase: Ma. del Pilar Macías Barba, “José Vasconcelos”, pp. 16-17.

[8] J. Vasconcelos, Indología, pp. 161-163.

[9] “Llamé a todos los pintores para pedirles que dejaran por unos años el arte del cuadro para salón y el retrato y se ocuparan de la gran decoración mural. Públicamente tildé de arte burgués y mediocre toda aquella obra de gabinete y comenzamos a fomentar la pintura al aire libre y la decoración mural”. J. Vasconcelos, Indología, pp. 170-171.

[10] J. Vasconcelos, Indología, pp. 170-175.

[11] J. Vasconcelos, Indología, pp. 178-179.

[12] “Así —continúa Vasconcelos—, los asuntos mismos se ennoblecerían. Todo este arte teatral contemporáneo con ambiente de alcoba y conflictos de vida promiscua y afeminada se regeneraría y se enaltecería. En lugar del asunto psicológico que murmura a puerta cerrada, la tragedia que grita a la faz de la creación; en lugar del problema casero, el problema humano; en vez de la agudeza y la ironía que conducen a la degeneración, los destellos de la esperanza y los clamores de la verdad, que conducen al heroísmo”. J. Vasconcelos, Indología, p. 181.

[13] J. Vasconcelos, Indología, p. 182.

[14] J. Vasconcelos, Indología, pp. 182-184.

[15] J. Vasconcelos, Indología, p. 190.

[16] Recuérdese que Vasconcelos —junto con otros intelectuales de su generación— se propuso superar las limitaciones doctrinales del siglo XIX, representadas sobre todo por el positivismo y el utilitarismo.

[17] J. Vasconcelos, Indología, pp. 190-191.

El matrimonio ante otros modelos de convivencia

 por Lelia Díaz, jurista

          La institución de la familia tiene su fundamento en la historia. Es una realidad objetiva desde siempre. Para el Derecho de la Antigua Roma se tomó los dos tipos de parentesco existente en la sociedad: la cognación y la agnación[1]. La primera es natural, es decir consanguínea; la segunda era creada por la poteMatrimonio (derecho romano) - Wikipedia, la enciclopedia librestas (el poder socialmente reconocido) del pater familias (el cabeza de la familia) como fuente del ius civile (derecho civil romano). Sin embargo, dicha potestad, por ser impuesta, generó ciertos problemas de injusticia a la hora de reconocer la sucesión hereditaria, por ejemplo: no podían participar en igualdad de condiciones los hijos descendientes con parentesco congnaticio con los de parentesco agnaticio; se beneficiaba a estos últimos. La sangre, generadora de parentesco entre las personas en la familia es una realidad que crea un vínculo inescindible entre sujetos y dispensadora entre ellos de un patrimonio de virtudes, facultades, funciones no comunicables al exterior[2].

          Poco a poco esa práctica de desigualdad entre la familia agnaticia y cognaticia se fue erradicando, prevaleciendo el parentesco cognaticio, es decir, el de lazo natural. Sobre todo, en el seno del Derecho romano cristiano a partir del emperador Constantino y especialmente en el Corpus iuris del emperador Justiniano es donde empieza a fraguarse un paradigma de familia patriarcal más benigna, más humana, menos autoritaria, aunque el pater sea el único rector absoluto del grupo familiar[3]. El cristianismo tomó con criterio racional el hecho de que la familia cognaticia es una realidad objetiva per se, no impuesta; generadora de realidades objetivas, de justicia, de solidaridad.

          En el contexto del Derecho romano, la familia es un organismo ético natural que recuerda los caracteres del Estado, porque tenía una organización propia. La familia como parva res publica[4] (pequeña república o Estado) es una institución jurídica. Eso significa que contiene, como elementos materiales, un conjunto de relaciones sociales homogéneas con un marco normativo proporcionado por el derecho[5].

          En este sentido, la institución del matrimonio se conforma de acuerdo con los elementos propios de la familia natural. Como hemos explicado, el Derecho romano reconoce la realidad matrimonial/familiar sobre la relación de cognación. Esto implica necesariamente un connatural vínculo intersexual entre hombre y mujer predispuesto al acto generador. Crear por ley un modelo matrimonial carente por sí mismo de la capacidad de procreación desdibuja su realidad y altera su definición: matrimonium, cuya etimología procede de mater (madre) y monium (calidad de). Por consiguiente, el matrimonio es la cualidad para ser madre, con concurso natural de varón, dentro de un vínculo estable de compromiso a la vida compartida o en común. Las parejas homosexuales son, por ejemplo, una realidad del todo distinta y que, por tanto, merecen un tratamiento también diferenciado. Más aún, las situaciones de convivencia ajenas a la relidad del matrimonio, con idependencia de la condición sexual, debieran regularse jurídicamente a partir de otros parámetros. Si la ley, por imposición del legislador, en contra de la realidad histórica del matrimonio, procede a equiparar distintas uniones con el matrimonio, incurre en un grave error; como, de hecho, acontece. En verdad se atenta y desnaturaliza una institución social más básica y de larga trayectoria.

        Lo que diferencia al reproductor del “ser”: “un padre y una madre, es la unión de amor conyugal, en cuyo seno se concibe, acoge, convive y educa a los hijos. La unión conyugal y su dinámica vital es ser a priori de donde surgen sus fines específicos y su eficiente potencia de acometerlos”[6]. Por ello, el princiCuál es el significado de familia? - Eres Mamápio de igualdad y no discriminación de los ciudadanos ante la ley, no es el único inspirador de justicia; se debe invocar más bien los principios que deben inspirar una política sobre la familia en una sociedad avanzada: la racionalidad y realismo en el conocimiento de las diferencias reales entre las comunidades familiares y las otras formas de convivencia[7]; y, el de subsidiariedad: el Estado tiene la obligación de promover que la familia sea lo que es; es decir, un sujeto social más primario y activo. Tan es así que la energía para ser lo que es y para desempeñar sus imponentes funciones personales y sociales surge de sí misma. Quiere esto significar, en el orden de la política familiar, que es más importante lo que la familia puede aportar a la dimensión pública y política de la comunidad que las medidas concretas que la política puede proporcionar a la familia.

         El mundo jurídico debe retomar más profundamente la reflexión sobre el sentido de la institución matrimonial y sobre su contribución no sólo a la sociedad, a través de sus imponentes tareas de dar la vida y educar a las nuevas generaciones, sino también a la cultura jurídica[8].

          En suma, el mero hecho de mencionar una política a favor de la familia no significa que en verdad lo sea. Por de pronto, una política bien inspirada en favor de la familia ha de ser una política exquisitamente respetuosa con los derechos humanos fundamentales[9]. Debe evitarse, pues, la discriminación de la familia. El realismo y la racionalidad invitan a aplicar, además del principio de justicia, un análisis objetivo de las funciones estratégicas que cumplen las comunidades familiares y otras formas de convivencia, evaluando sus concretas contribuciones al bien común de la sociedad.

         Si las comunidades familiares y las convivencias de hecho no son iguales en sus deberes, funciones y servicios a la sociedad, no pueden ser iguales en nombre, ni en derechos, ni en programas de ayuda. Consideramos un signo de dictadura ideológica o de pensamiento débil el hecho de promover desde los poderes públicos, bajo pretexto de pluralismo democrático, un tratamiento político y jurídico indiferenciado, que discrimine a las comunidades familiares en relación con las convivencias de hecho, al margen de su contribución real al bienestar social y al bien común general[10].

    Es claro que después de iniciado el siglo XXI, en plena globalización, se aprecian heridas graves en la familia: la disgregación de sus miembros, la violencia doméstica, la reclamación constante de derechos sin asumir los correlativos deberes, el tedio de lo cotidiano, la incomunicación entre sus miembros, padres que declinan su autoridad y sus funciones educativas, etc[11]. El término contradictorio de “matrimonio homosexual”, o los abusos en tema de reproducción humana, entre otras, dañan gravemente la familia e impiden la formulación de un Derecho familiar concordado[12].

         La equiparación entre matrimonio y otras uniones es un modo de elevar a categoría de matrimonio aquello que no lo es; igualar por abajo, tan propio de una sociedad ayuna de valores éticos[13]. Este tipo de igualaciones perjudica los derechos fundamentales de los hijos, cuyo interés ha de defenderse por encima de cualquier otro. Se corre el riesgo de que el ordenamiento atribuya a los menores, de manera artificial el derecho a la identidad, principio de igualdad en filiación e interés superior del niño[14].

         No se es padre por estar casado o unido civilmente, sino por ser biológicamente progenitor de un hijo, el cual estará unido con vínculos jurídicos, de una juridicidad profundamente ética, como dice el Tribunal Supremo español en sus sentencias de 5 de octubre de 1993, de 8 de noviembre de 2013 y de 2 de marzo de 2015, al hablar de las obligaciones de alimentos de padres a hijos, a una mujer y un hombre, de los que procede. Esta es la realidad natural que el legislador debería respetar y que no debería ser transgredida[15] si se aspira a promover el progreso integral de las personas, su familia y las sociedades, el bien común en definitiva, en este segundo milenio de nuestra Era.


[1] Álvaro D’ORS: Derecho Privado Romano, Décima Edición, EUNSA, Pamplona, 2010, p. 287.

[2] Paolo GROSSI: El orden Jurídico Medieval, Marcial Pons, Madrid, 1996; traducido por Francisco TOMÁS y VALIENTE y Clara ´LAVAREZ, Madrid, p. 78.

[3] Mariano PÉREZ: La familia y el derecho. Grandes tratados de Derecho de la familia, Volumen 1, Editorial Aranzadi, S.A.U, enero 2015, pp. 9-11.

[4] Íbid, p. 7.

[5] Francisco TOMÁS Y VALIENTE: Manual de Historia del Derecho español, 4 Edición, Tecnos, Madrid, 1998, pp. 31-32.

[6] Pedro VILADRICH: La alianza y la unión conyugal I. Antología de textos. Volumen I. Universidad de Piura, Piura, agosto 2020, pp. 31-32.

[7] Ibid, pp. 729-736.

[8] Pedro VILADRICH, op. cit., pp. 729-736.

[9] Ibid, pp. 729-736.

[10] Ibid, pp. 729-736.

[11] Mariano PÉREZ, op. cit., pp. 43-45.

[12] Ibid., pp. 43-45.

[13] Ibid., p. 65.

[14] Cfr. Maricela GONZÁLES: “Matrimonio entre personas del mismo sexo: ‘un derecho fundamental o una tergiversación de derechos?, En Erika ZUTA y Juan TELLO: ¿Replanteamos el matrimonio?, Themis Editorial Jurídica, Lima, 2020, p. 130.

[15] Cfr. MARTÍNEZ DE AGUIRRE en Javier NANCLARES: “El matrimonio y la familia ante la reforma del derecho civil peruano” En Erika ZUTA y Juan TELLO: ¿Replanteamos el matrimonio?, Themis Editorial Jurídica, Lima, 2020, p. 311.

La belleza como alimento espiritual

 por María del Sol Romano, filósofa

            Para la filósofa Simone Weil (1909-1943) la belleza es «el misterio supremo de este mundo»,[1] «la única finalidad en este mundo»[2], «la imagen del bien»[3] y una de las «formas del amor implícito a Dios».[4] También es una auténtica fuente de alegría, pues, siguiendo a la autora, «la alegría pura es siempre alegría de lo bello»[5] y «mientras se tengan cosas como el mar, las montañas, el viento, el sol, las estrellas, la luna, el cielo, no se puede ser completamente desdichado»[6].

            La belleza es algo que apetece, que atrae, que se desea, pero paradójicamente es una realidad que no puede consumirse, devorarse o modificarse siguiendo los dictámenes de la voluntad humana. Ante esto, la filósofa francesa afirma que «la belleza promete siempre y jamás da nada; suscita un hambre, pero no hay en ella alimento para la parte del alma que intenta saciarse en este mundo, es un alimento solo para la parte del alma que mira».[7]

            Todo ello indica, por una parte, que el empeñarse en consumir la belleza con el fin de satisfacer un deseo puramente mundano puede conducir al mal moral. Como señala la autora, «los vicios, las depravaciones y los crímenes son casi siempre o incluso siempre en su esencia tentativas de comer la belleza, comer lo que solo hay que mirar»[8]. Pero, por otra parte, «la actitud inversa, mirar un fruto sin comerlo, debe ser lo que salva»[9].

            La belleza es, por tanto, «lo que se puede contemplar»[10] y, desde esta perspectiva, es «algo que se come; es un alimento»[11]. Es un alimento espiritual ante el que hay que mantener la distancia. Es lo que sacia sin tocar, es «un fruto que se mira sin tender la mano»[12]. De ahí que la distancia constituye para Simone Weil «el alma de lo bello»[13], así como la única manera de experimentar y recibir el alimento de la belleza.

            Cuando se contempla algo verdaderamente bello, todo el yo está en silencio y listo para recibir la belleza que viene del exterior. Se está entre la palabra de aquello que es bello y el silencio de las facultades que se preparan para recibir el alimento que les proporciona la belleza. Como apunta la autora, cuando se está frente a lo bello «todas las facultades del alma permanecen en silencio y se disponen para aprehender esa cosa perfectamente bella, cada una a su manera. La inteligencia entre otras; no encuentra nada que afirmar o negar, solo se alimenta»[14].

            La belleza, además de alimentar espiritualmente, mueve a quien la contempla a una transformación de sí y a un mejoramiento moral. Asimismo, revela el don de amor de Dios que deja su huella en este mundo. Esto es, «por amor, la materia recibe la huella de la Sabiduría divina y se vuelve bella». Lo anterior muestra, en definitiva, que la belleza comporta una unidad entre la naturaleza y la gracia, a la vez que es «la marca de un intercambio de amor entre el Creador y la creación»[15].

 

[1] S. Weil, “Collectivité-Personne-Impersonnel-Droit-Justice”, [1943], en Œuvres complètes, t. V vol. 1, Gallimard, Paris, p. 231. En adelante se usará la abreviatura OC, tomo, volumen y página.

[2] S. Weil, “Formes de l’amour implicite de Dieu”, [1942], OC, IV 1, p. 304.

[3] S. Weil, “Cahier VI”, [1942], OC, VI 2, p. 384.

[4] Para Simone Weil el “amor implícito a Dios” tiene tres objetos inmediatos o tres amores: “las ceremonias religiosas, la belleza del mundo y el prójimo”. S. Weil, “Formes de l’amour implicite de Dieu”, [1942], OC, IV 1, p. 286.

[5] Cf. S. Weil, “Cahier VII”, [1942], OC, VI 2, p. 485.

[6] S. Weil, “Lettres à Antonio”, [1941-42], en Cahiers Simone Weil, VII/3, septembre 1984, p. 203.

[7] S. Weil, “Collectivité-Personne-Impersonnel-Droit-Justice”, [1943], OC, V 1, p. 231.

[8] S. Weil, “Formes de l’amour implicite de Dieu”, [1942], OC, IV 1, p. 304.

[9] S. Weil, “Formes de l’amour implicite de Dieu”, [1942], OC, IV 1, p. 304.

[10] S. Weil, “Cahier IV”, [1941], OC, VI 2, p. 65.

[11] S. Weil, “L’Enracinement”, [1943], OC, V 2, p. 186.

[12] S. Weil, “Cahier VI”, [1942], OC, VI 2, p. 393.

[13] S. Weil, “Cahier XI”, [1942], OC, VI 3, p. 343.

[14] S. Weil, “Cahier VI”, [1942], OC, VI 2, p. 348.

[15] S. Weil, “Cahier XIV”, [1942], OC, VI 4, p. 182.

Mente y cerebro en la vida humana

 por Fernando Riofrío, filósofo

            Es muy fácil observar la influencia predominante que tiene en nuestra época la postura filosófica dualista mente/cuerpo de Descartes. Ciertamente, estamos convencidos de que el cerebro es un mecanismo que obedece a causas mecánicas y que la mente es otra realidad, diferente del cerebro. Desde este punto de vista, la mente realiza actividades psíquicas que no son atribuibles al sistema corporal orgánico cerebro/espinal; siendo un misterio el hecho deRené Descartes - El Viejo Topo que las actividades mentales estén coordinadas con el sistema nervioso del cerebro y sus actividades somáticas propias. Este punto de vista cartesiano está recogido en la definición de mente que ofrece el Oxford English Dictionary, que describe la mente o facultad psíquica como: el lugar de la conciencia, el pensamiento, la volición y el sentimiento; fenómenos y potencias cognitivas y emocionales que constituyen un sistema de control específicamente opuesto a la materia.[1]

            Aunque esta postura está fuertemente enraizada en el sentido común contemporáneo, recientemente ha sufrido fuertes ataques originados por los nuevos descubrimientos de la neurociencia[2]. Éstos han planteado dudas acerca de la concepción de la mente que hemos recibido de Descartes, quien concibió la mente y sus actividades psíquicas como un sistema específicamente separado de la materia, que desde fuera podía tener una influencia sobre el cuerpo. La evidencia experimental de la neurociencia indica que las actividades psíquicas están fuertemente involucradas en el sistema orgánico cerebro/espinal y la red de circuitos eléctricos neurales, que son el requisito de cualquier actividad mental.

            Estos nuevos conocimientos han conducido a repensar el plexo mente-cerebro y explorar nuevos caminos distintos del camino seguido por la tradición dualista mente/cerebro de Descartes. Uno de los caminos que los científicos y el público general se ha sentido tentado de explorar es el del monismo materialista contemporáneo, que reduce la realidad del plexo mente-cerebro solamente al sistema orgánico cerebro/espinal y sus circuitos eléctricos neurales, que serían realidades puramente materiales explicables Sobre el cerebro humano - CogniFitexclusivamente en términos mecánicos. Esta posición es un reduccionismo porque cierra acríticamente el camino de la búsqueda científica, debido a que asume la convicción de que el sistema cerebro/espinal es una realidad que sólo ejecuta actividades explicables mecánicamente y exclusivamente por reacciones químicas. El reduccionismo mecanicista rechaza sin ningún fundamento que exploremos otro tipo de causalidad que explique la existencia de actividades mentales dependientes también de una causalidad no-mecánica, como ocurre con la actividad abstractiva del entendimiento.

            Ni el dualismo cartesiano ni el reduccionismo mecanicista ofrecen principios básicos consistentes y libres de aporías a la neurociencia. Pero si estas dos posturas filosóficas no son capaces de aclarar los principios sobre los que se basa la neurociencia, habrá que buscar una tercera vía. ¿Cuál es la corriente filosófica que puede recorrerla? El neoaristotelismo, inspirado en la doctrina hilemórfica de Aristóteles. Éste, al igual que Descartes, está convencido de la intelectualidad y espiritualidad de la mente. Sin embargo, Aristóteles, a diferencia de Descartes y su maestro Platón, piensaAristóteles, el pensador polifacético que la mente, el principio vital e intelectivo del hombre, es simultáneamente el principio especificador y esencialmente determinante del cuerpo. El espíritu humano que puede subsistir en sí mismo después de la muerte, es también el principio causal que hace de una materia un cuerpo peculiar y específicamente configurado como un cuerpo. En consecuencia, la mente, la Psiké noética del hombre, es la causa determinante y el principio esencial que especifica y configura el sistema cerebro/espinal como una entidad somática y orgánica, sin dejar de ser el espíritu mismo del hombre.

            Pero, ¿es posible que Aristóteles sostenga que el principio intelectivo del hombre es también el principio que especifica el cuerpo humano material sin caer en inconsistencia? Platón y Descartes prefirieron separar el cuerpo material de la mente. En cambio Aristóteles no ve ningún problema en admitir que la mente, el alma intelectiva noética, sin dejar de ser espiritual e intelectual en todo derecho, es, a la vez, la causa determinante que hace que una materia sea hecha un cuerpo y una sustancia biológica determinada.

            Dado que Aristóteles piensa que el alma es una entidad simple, por ser un acto, la cuestión que emerge frente a sus reflexiones es si efectivamente el alma en su simplicidad sin partes puede simultáneamente cumplir dos funciones tan diferentes, de un lado, especificando y configurando somáticamente el cuerpo, y, del otro lado, especificando biológica, racional e intelectivamente el hombre como sustancia biológica, racional e intelectual.

            Aristóteles no ve ningún impedimento en que el alma desempeñe estas dos funciones porque demuestra que ninguna forma es lo mismo que la materia, y, por esto mismo, tampoco el alma, pues para él el alma es una forma (eidos). El alma no es ninguno de los elementos materiales de las cosas físicas, ni tampoco es un grupo de elementos materiales integrantes de la sustancia corpórea, sino que es más bien el orden mismo que dispone y configura los El "susto": cuando el alma abandona el cuerpo - La Mente es Maravillosaelementos materiales. Esto resulta evidente porque, una vez muerta una sustancia biológica, permanecen todos los elementos que la integran, pero no la causa que ordena internamente y configura específicamente la sustancia biológica. Esta causa es lo que los griegos llamaron Psiké y nosotros alma. Esta causa, que es la mente o alma configura esencialmente la sustancia biológica no solamente como un cuerpo, sino como un cuerpo dotado de vida. El hombre es, pues, un cuerpo dotado de vida, pero que cuenta con la clase de vida más alta, que es la vida racional.

            Ahora bien cualquier cuerpo es una sustancia y como tal es un ser que existe en sí mismo en el mundo físico autónomamente, sin ser propiedad de otras cosas. Aristóteles se refiere a los organismos biológicos como cuerpos dotados de vida. Todo cuerpo, sea biológico o no biológico, tiene dos componentes básicos, uno de ellos es la materia y el otro la forma. En el caso de los organismos biológicos es más fácil identificar estos dos componentes, porque poseen un carácter peculiar que no poseen los cuerpos inertes, a saber, la vida. En los organismos biológicos, la materia corporal biológica es la materia y el alma es la forma[3].

            Aristóteles afirma que el cuerpo del organismo biológico tiene vida en potencia. Cosa que no podemos afirmar de los restos de un organismo biológico muerto. La materia corporal de un cadáver no tiene vida en acto, esto es, alma, pero tampoco tiene vida en potencia, porque la materia corporal del cadáver no es apta para estar unida al alma, que es la vida misma en acto, y por esto la materia corporal del cadáver ni siquiera tiene potencia para vivir. La novela Frankenstein no es más que un mito imposible. Si la materiaFRANKENSTEIN (NOVELA GRAFICA). SHELLEY MARY. Libro en papel. 9786071429148 Librería El Sótano de un cadáver tuviera potencia para vivir, el hombre jamás habría muerto, ni su alma habría dejado de determinar su cuerpo, desde su interior. Pero, puesto que efectivamente ha muerto la persona, es evidente que esto ha ocurrido porque sus componentes materiales han dejado de tener la sutil organización que deben tener para albergar en su interior la vida en acto, esto es, el alma, y, por tanto, al sobrevenir la muerte, los materiales corporales han dejado de tener vida en potencia, esto es, capacidad para tener el acto de la vida, o sea, el alma.

            Ahora bien, ¿cómo es que la materia corporal del organismo biológico pierde su capacidad para tener el alma? La razón es porque la materia corporal del viviente ha dejado de ser orgánica. Podría alguien aducir que un milésimo de segundo después de la muerte los órganos corporales son útiles materialmente para un trasplante. Y, en efecto, esto es verdad. Sin embargo la preservación de la estructura molecular de un riñón de una persona fallecida y de su capacidad de reacción físico-química no es suficiente para que ese riñón esté materialmente capacitado para ser vivificado por el principio vital actual, que es el alma.

            La vida es pues un acto o actualidad que perfecciona al organismo biológico, haciendo que éste tenga tanta actualidad por encima de la pasividad de la materia. De ahí que el hombre completo sea el sujeto ejecutor de las operaciones vitales; esto es, el compuesto de mente y cuerpo y de mente y cerebro. Es tan radical la unidad que hay de mente y cuerpo que juntos constituyen una sola sustancia, que es el ser humano. Y esta sustancia completa, que es el hombre mismo, es el sujeto que realiza y al que pertenecen las actividades psíquicas. En otra entrega abordaremos el fundamento de esta unidad sustancial.

[1] Citado por Paul Schimmel: “Mind over matter? I: philosophical aspects of the mind–brain problem”, Australian and New Zealand Journal of Psychiatry, 2001; 35: 481–487.

[2] Mark Reimers: “The Speed of Thought. What the Revolution in Neuroscience will mean for Humanism.” March-April 2017, I THE HUMANIST, 27.

[3] Aristotle, De Anima Book II, ed. Christopher Shields, Oxford University Press, 2016, chapter 1, 412a, 16-22, p. 22.

La familia, célula básica de la sociedad

  por Lelia Díaz, jurista

   Afirmar que “la familia es la célula básica de la sociedad”, que es la “primera sociedad” o el “campo de semillas del Estado” -a decir de Cicerón-, pareciera que en el siglo XXI ya no tiene significado. Más bien, se la cataloga como la responsable de impedir el desenvolvimiento personal de las personas, a libre disposición. Se piensa también que la familia está en crisis y que para no extinguirse debe replantear su dinamismo y apostar por el “pluralismo de familias”. Es decir, el término “familias” debe, en su constitución, albergar una serie de grupos sociales sin identidad propia, ya que la familia es una realidad social y como tal debe amoldarse a los cambios sociales.

   Para responder a estas cuestiones es necesario construir reflexiones que tengan sustento racional. Es importante preguntarnos ¿qué es aquello que hace ser familia y no otra forma social?, ¿se puede hacer familia?, ¿cuáles son los rasgos que sustentan que la familia es la base de la sociedad y del progreso común? La familia no es una entidad que viene de la nada. Es la expresión de una naturaleza social de las personas. En primer lugar, analizaremos la dimensión social del ser humano en términosLa familia romana - Derecho Romano jurídicos romanos: “caput” y “persona”. En segundo lugar, corresponde precisar que, por la naturaleza social de las personas, no se vive de manera aislada, sino en familia. Por tanto, fundar una familia es también una consecuencia connatural al ser humano. En tercer lugar, se explicará en qué consiste hacer familia, cómo surge y cuál es su raíz.

   La familia es una institución del futuro, no sólo del pasado[1], porque tiene unas bases naturales que la sostienen siempre. El pilar fundamental de la familia está en la naturaleza humana, en aquella doble dimensión: interna (razón) y externa (relacional). Una realidad observable es que la familia está constituida por “personas”. Y la persona, como lo diría Boecio, es una sustancia individual de naturaleza racional, pero también social. Porque “toda persona humana posee la innata tendencia a compartir con otras personas los bienes más elevados, y no sólo los meramente materiales[2]. En ese sentido, se puede afirmar que la familia “goza de un genoma social propio”[3].

   Para explicar esa dimensión interna, racional; y esa dimensión externa, social, veamos cómo lo entendían los juristas romanos. El término “persona” procede de la conjunción de “caput” y “persona[4]. El primero hace referencia a la cabeza y el segundo a la máscara (metáfora que hacía alusión a las obras de teatro). La cabeza es interna, lo que cubre la máscara. Y ésta es externa, lo que expresa el personaje, lo que está representando. Extrapolando ese significado Qué atrae a las mujeres de los hombres (según la ciencia)al plano antropológico-jurídico, “caput” es la naturaleza humana, el ser, la individualidad, la racionalidad. “Persona” es la manifestación externa, social, es la personalidad que toca “representar” a cada uno o el modo de vivir. Ambos términos, o dimensiones del ser humano, conforman una unidad absoluta. El primero es la esencia, inmanente a cada ser humano; es lo que compartimos todos los humanos. Pero esa individualidad trasciende, se expresa en las relaciones intersubjetivas, en el plano social. Por tanto, el término persona que deriva del verbo “personare”, cuya raíz está en el término “persona”, significa “personarse”. Es decir, estar en presencia del otro con un nombre propio, con “voz”, presencia silenciosa[5].

   Como puede entreverse, se puede afirmar que la persona tiene una naturaleza individual, esencia común a todo ser humano, que se complementa de modo absoluto y forma una unidad, con su dimensión social. De acuerdo con su dimensión social o esencial naturaleza sociable, la persona puede asumir una serie de roles o distintas personalidades. Es decir, todo hombre es necesariamente una persona para otro hombre –homo homini persona-, ya que no puede haber relación sin la correspondiente personalidad; “pero un mismo hombre puede tener distintas personalidades, según sean sus relaciones con otros hombres«[6]. Que pueden variar de acuerdo a la cultura, a la edad, al estatus familiar. Es decir, la persona puede ser hijo, padre, cónyuge, ciudadano, socio, etc. la naturaleza social es aquello que “le lleva a formar grupos comunitarios o societarios, además de una familia»[7].

   En ese sentido, «por su naturaleza, el hombre (en su expresión varón y mujer) no puede vivir sin relación con otros. Es sociable por una exigencia natural de su existencia” [8]. Esto presupone que el hombre, por esa nota característica, es capaz de formar una familia y de constituir otras instituciones públicas y privadas más amplias, que también son conforme al derecho natural.

   La familia al ser un grupo natural por excelencia, a diferencia de otros grupos sociales, para existir no necesita de personalidad jurídica. Por ello, se puede decir que es una realidad pre-legal[9], es una realidad anterior al derecho[10]. Aunque en su seno tiene rasgos de “juridicidad”. No obstante, por atender al bien, se justifica tener personalidad[11]. Tener personalidad para generar “seguridad jurídica” en las relaciones intersubjetivas dentro de la propia familiaLa colaboración familia-escuela: un ideal a veces difícil de ... y frente a los demás en el plano social y político. En ese sentido, todo hombre es hijo y nunca deja de serlo; puede llegar a ser ciudadano político y puede dejar de serlo. “Ser hijo es incluso más radical que ser varón o mujer, porque indica el modo de originarse uno mismo: nacer. Todos nacemos, no de la tierra, sino de unos padres concretos. Nacer significa que uno se encuentra existiendo, no como un ser arrojado al mundo, en soledad, sino como hijo de alguien. La mayoría de los hombres se han encontrado a sí mismos […] se nace para ser hijos […] nos hemos encontrado a nosotros mismos en brazos de nuestros padres”[12].

   Se decía que la familia en su constitución singular expresa rasgos de juridicidad, conforme al derecho natural, porque en su seno se desarrollan posiciones jurídicas. Una de ellas es la filiación. Se es hijo de unos padres concretos, no se puede ocultar, así como tampoco se puede cambiar. Es una realidad absoluta e inmanente. Se vuelve a repetir, es “otra característica radical de la persona […] Filiación significa mi origen como persona con otras personas”. El hombre nace de alguien […] Ser hijo significa pertenecer a una familia entendida como una comunidad de personas ligadas por una unidad de origen. La correspondencia física de esta comunidad íntima de personas es la casa, el hogar. Lo natural es que éste pertenezca a la estirpe, y no a un sólo núcleo familiar reducido[13].

   ¿Cuándo existe, cuándo es real la familia? ¿Cuándo hay una relación específicamente familiar? ¿Cómo se expresa?

   Desde el punto de vista sociológico, la familia es un hecho emergente que se distingue de todas las demás relaciones sociales por el hecho de tener algunas connotaciones propias. Una de ellas es su relación “original. Es decir, una relación sui generis que tiene forma y rasgos propios. No es una realidad primaria, básica del Estado, cualquiera que sea. Es una relación de género propio, que corresponde a exigencias funcionales y supra-funcionales no sustituibles por otras relaciones sociales. Además, en su constitución, la familia guarda unos criterios de valor: la sexualidad generativa y la descendencia generacional[14].

   Referente a este sentido, conviene conectar esta realidad de la familia con otra realidad social natural: el matrimonio. Ambas comparten unos fines. El de cuidar la perpetuidad de la especie humana. De esa “dualidad de sexos” tiene origen la familia[15]. De esa unión concertada entre un varón y una mujer surge el matrimonio[16]. Como puede observarse, estas realidades forman una unidad relacional y absoluta. Que podría llamarse familia legítima porque de cara a la sociedad es visible y tiene mucho que aportar para el progreso y desarrollo social.

   En esa correlacionalidad entre el matrimonio y la familia, existe una conexión entre cuatro dimensiones: una intencionalidad (engendrar) [17], un medio (la sexualidad de pareja), una normatividad (la reciprocidad), un valor moral (el don)[18]. Es decir, se forma una familia cuando dos personas se dan (donan) recíprocamente, reactivan este don a través de la norma de la reciprocidad, y engendran (tienen hijos o al menos los desean). Los matrimonios civiles durante el coronavirus solo se realizarán ...Engendran a través de su sexualidad. Esta polidimensionalidad se muestra dentro de la familia como su realidad constitutiva, hasta el punto de identificar un código simbólico específico. Ese código es el amor, que una y otra vez se entiende como don, reciprocidad, generación, manifestación sexual. En la familia, el amor se manifiesta como cuidado particular de los bienes relacionales que solo la familia asegura, porque provienen de “esa relación” y no de otras[19].

   Por otro lado, la familia es una relación primordial, que existe al principio y desde el principio. Porque «la sociedad pertenece al ámbito de la cultura, mientras que la familia es la emanación, a nivel social, de los requisitos naturales sin los que la sociedad no podría ser”[20]. Por ello es de imperiosa necesidad reconocer a la familia como la fuente de virtudes sociales. Además, en el modo de construir familia, se perciben la distinción de sexos y la posibilidad de florecer en valores. Esto es lo que marca su distinción con todas las demás relaciones humanas y sociales. Porque la pérdida de la distinción entre varón y mujer provoca profundas crisis de identidad. Si no se perciben las virtudes sociales de la familia, la sociedad pierde su “capital humano y social”, y al final colapsa[21]. En el seno de la familia se “producen” “bienes relacionales, como son el bien común, la justicia, la solidaridad, la subsidiaridad, la paz”[22].

   Como ideas finales, siguiendo a Donati, la forma natural de la familia corresponde a su «genoma», que no es biológico, sino social. Porque no se pueden engendrar hijos y desvincularse de ellos; sino que generar hijos implica una sociabilización familiar. Darles acogida, protección, cuidado, etc. Si ese genoma es alterado, esa forma social –la familia− ya no es familia, sino otra forma social. Es semejante a lo que sucede con el genoma humano. Si es alterado hasta el extremo de generar otros seres, esos seres ya no son propiamente humanos[23]. En estos tiempos difíciles de pandemia, de “aislamiento social obligatorio”, la persona encuentra dentro del seno de su familia el único lugar para crecer, para cambiar. Florecer, crecer, fortalecerse; y cuando “la realidad se normalice” las familias podrán cristalizar sus acciones virtuosas en el plano social, más amplio y extenso. Aunque la solidaridad y otras virtudes sociales, en este estado de aislamiento global no se han suspendido, han encontrado su modo de emerger más intensamente, muchas veces expresándose de diferentes maneras, desde dentro de las familias para sí y para afuera, con otras familias y con el Estado.

   La familia no está en crisis, es necesario elaborar una cultura de la familia que sepa encarar los actuales desafíos y dé razones por las que “la familia” es y seguirá siendo la fuente y el origen (fons et erigo) de la sociedad. Es decir, del bien común, del que depende también la felicidad de las personas singulares. La familia sigue siendo la raíz de la sociedad[24].

[1] DONATI, Pierpaolo. La famiglia. Il denoma che fa vivere la società. Traducido por PÉREZ, José. Biblioteca de inicación teológica 11. Madrid: Rialp, 2014, p. 13.

[2] GARCIA. José A. Antropología filosófica: Una introducción a la filosofía del hombre. Quinta edición. Pamplona: EUNSA. Primera reimpresión. 2011, p. 169.

[3] DONATI. Op cit, p. 14.

[4] D’ORS, Álvaro. “Caput y persona”, en https://dadun.unav.edu/bitstream/10171/5922/1/ALVARO%20D%C3%93RS.pdf , visitada el 25 de mayo de 2020, pp. 251-252.

[5] DORS. Op cit. Caput y persona, p . 251.

[6] D’ORS, Álvaro. Derecho y sentido común: Siete lecciones de derecho natural como límite del derecho positivo. 3ª ed. Madrid: Civitas, 2001, p. 118.

[7] D’ORS. Op cit. Derecho y sentido común: Siete lecciones de derecho natural como límite del derecho positivo, p. 79.

[8] Íbidem.

[9] Íbidem, pp. 119-120.

[10] ACEDO, Ángel. Derecho de Familia. 2da Ed. Madrid: Dykinson, 2016, p. 22.

[11] D’ORS. Op cit. Derecho y sentido común: Siete lecciones de derecho natural como límite del derecho positivo, p. 121.

[12] YEPES, Ricardo. Fundamentos de antropología: Un ideal de la excelencia humana. Sexta Edición. Colección filosófica 139. Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra, 2019, p. 215.

[13] Íbidem.

[14] DONATI. Op cit, p. 41.

[15] D’ORS,. Op cit, p. 140.

[16] ADAME, Jorge. ¿Qué es el matrimonio? su naturaleza ética y jurídica. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2017. p. 11.

[17] ACEDO, Ángel. Derecho de Familia. 2da Ed. Madrid: Dykinson, 2016. p. 22.

[18] DONATI. Op cit, p. 43-44.

[19] Ídem.

[20] LEVI-STRAUSS, Claude en DONATI, op cit, p. 42.

[21] DONATI. Op cit. 16-17.

[22] Íbidem, p. 227.

[23] Íbidem, pp. 13-14

[24] Íbidem, p. 16.

Propiedad y progreso social en América

 por Víctor Zorrilla, filósofo

   Como otras obras de José Vasconcelos, la Indología se nutre copiosamente de la experiencia vital y la imaginación del autor[1]. Publicado en 1926, el libro nace de una serie de conferencias dictadas por el pensador mexicano en algunas ciudadesResultado de imagen de jose vasconcelos iberoamericanas tras autoexiliarse de su país. El subtítulo promete una “interpretación de la cultura ibero-americana”. Como en su momento señalara José Carlos Mariátegui, el contenido del libro sobrepasa lo indicado en este rótulo, pues se trata no solo de una interpretación sino del planteamiento de un proyecto. Como había señalado poco antes en su Raza cósmica, Vasconcelos considera a la América Latina como la sede del mestizaje universal que habría de dar lugar a la raza humana definitiva y a una nueva civilización mundial. Estos motivos son retomados y desarrollados creativamente en Indología.

   Con todo y su componente romático, Indología no rehúye el enfrentamiento con los temas más escabrosos de la realidad social, política y económica del mundo iberoamericano. El doloroso contraste entre los atrasados países hispánicos y la triunfante Norteamérica es tema frecuente de las reflexiones vasconcelianas, como lo es también el prepotente intervencionismo estadounidense —algunas conferencias fueron dictadas en el recién invadido Puerto Rico—. Aun así, el espíritu generoso de Vasconcelos le permite tratar estos lacerantes temas del momento con ecuanimidad y actitud ecuménica: la cultura anglosajona, junto con la latina, va incluida en el proyecto civilizador que él vislumbra para el continente.

   En esta entrega y las subsiguientes, tocaré algunos puntos de interés de este libro, que mantiene su poder sugestivo a casi cien años de su composición.

   Primeramente, merece destacarse el recuento y la valoración que Vasconcelos hace del proceso de dominación y aprovechamiento de las tierras americanas. Como en el resto de las zonas civilizadas del planeta, tras un largo periodo primitivo de caza y recolección, se establece en América la agricultura. Con ella, se genera un bien que nunca había gozado el salvaje, dependiente siempre de los ciegos ciclos naturales: los excedentes de producción. Estos permiten, según Vasconcelos, la creación de la cultura propiamente dicha. Al filo del trabajo agrícola se desarrolla una incipiente organización social. Dado que la cría de animales domésticos casi no floreció en América, Vasconcelos omite la época pastoril y se centra en las dos principales civilizaciones agrícolas que existían al tiempo de la Resultado de imagen de montezumallegada de los españoles: los aztecas y los incas. Los aztecas tenían establecido lo que hoy llamaríamos un régimen político-militar: el soberano debía su poder a la victoria de las armas; las tierras le pertenecían bien por dominio directo, bien a través del tributo impuesto a los súbditos. Al parecer, cierto comunismo primitivo subsistía en las márgenes de los poblados, pero las mejores tierras pertenecían a grandes señores, allegados del monarca, militares de alto rango y cortesanos. Como en toda autocracia, el derecho de propiedad, así como el de vida o muerte, estaba sujeto —al igual que todo lo demás— al capricho del déspota.

   Sin embargo —y a diferencia de lo que ocurre en nuestro mundo tecnológico hiper-vigilado—, en aquel contexto ni el tiempo podía alcanzar a un hombre para molestar a todos sus súbditos. De ahí que —según Vasconcelos— los pueblos que no pueden o no quieren darse un gobierno propio prefieran concentrar todo el poder en un solo hombre a quien —repartiendo entre muchos la carga— se puede cebar con lujos palaciegos —manjares, mujeres— para que estorbe lo menos posible la vida de la población trabajadora. Esto hicieron los aztecas con Moctezuma y, aparentemente, también los peruanos con sus obesos emperadores.

   La existencia de un régimen de propiedad basado en el derecho hubo de esperar a la llegada de los españoles, quienes introdujeron un sistema derivado de la tradición romana. Las zonas comunales se reservaron para los pueblos de indígenas, mientras que las demás tierras se incorporaron al régimen de propiedad individual. Sin embargo, la interpretación española del derecho romano otorgó la propiedad originaria a la Corona, haciendo depender la propiedad privada de la merced real. Esta variante española del régimenResultado de imagen de conquista española de mejico romano de propiedad —señala Vasconcelos— poseía caracteres “antieconómicos y feroces” que habían sido ya casi del todo superados en Europa. De entrada, la encomienda dio lugar a un régimen efectivo de esclavitud encubierta. Además, derivar todo dominio de una merced real era una práctica degradante que producía servilismo o rebeldía, pero en ningún caso podía, según Vasconcelos, generar un estado fuerte.

   Así, el régimen de propiedad se convierte para Vasconcelos en poderoso factor explicativo —ya que no el único— del atraso de los países latinoamericanos respecto al vecino del norte. En Estados Unidos nunca hubo un rey que concediese mercedes. Cada cual pagaba el precio de su tierra y no ocupaba sino la extensión que podía cultivar. Así, en lugar de encomiendas hubo cultivos, y en vez de una aristocracia guerrera y agrícola, con timbres de turbio abolengo real, abolengo cortesano de abyección y homicidio, se desarrolló en el Norte una aristocracia de la aptitud, que es lo que se llama democracia, una democracia que en sus comienzos no reconoció más preceptos que los del lema francés: libertad, igualdad, fraternidad.[2]

   Los colonos del norte conquistaron la selva, pero no permitieron que el capitán victorioso se apoderase de grandes extensiones. Estas tampoco quedaban a merced del monarca para repartirlas a su arbitrio, creando con ello una “nobleza de doble condición moral: lacayuna ante el soberano e insolente y opresora del más débil”[3].

   Los defectos del sistema de propiedad español —continuación, acaso mitigada, de los autocráticos regímenes precolombinos— persistieron en las repúblicas independientes a través de los sombríos regímenes de los caudillos. Los líderes originales de las independencias hispanoamericanas —Sucre, Bolívar, Hidalgo, San Martín— sucumben en la lucha o son retirados del gobierno a pocoAntonio Lopez de Santa Anna c1853 (cropped).png de terminada la campaña. Al final, el mando recae en oportunistas que al principio arriesgaron poco o nada y que, movidos por la ambición, se montaron después al carro del éxito. Así, los gobiernos militares que surgieron de las revoluciones de independencia —Rosas en Argentina, López de Santa Anna en México— no hicieron más que continuar el viejo sistema de las mercedes reales. Los caudillos terminaron como hacendados.

   Vasconcelos deplora que, aun en el México de su época, los líderes de la Revolución Mexicana (1910-1921), una revolución autodenominada “agraria”, se hayan convertido en latifundistas —“Cresos usando el antifaz de Espartaco”[4]—. No era esa, sin embargo, la intención original de la revolución de 1910 ni de las Leyes de Reforma (1855-1860) del gobierno de Juárez. Ambos movimientos intentaron, según Vasconcelos, evitar la trampa del falso progreso, consistente en aumentar el mero volumen de las exportaciones mientras los campesinos y jornaleros languidecían en el atraso y la miseria. Vasconcelos lamenta que, además de vencer las dificultades interiores señaladas, en su época la reforma agraria tenga que vencer la resistencia del imperialismo económico norteamericano, “moderno equivalente de la antigua encomienda colonial”. Mientras no se resuelva el problema agrario con la debida solvencia técnica y en vistas al bien común —advierte—, se saboteará el progreso y se repetirá la experiencia mexicana, con revoluciones y brotes sangrientos en las regiones de Latinoamérica donde prevalezca la injusticia.

   Mariátegui insinúa que el socialismo es la solución que Vasconcelos propone para resolver el problema agrario. Si bien es cierto que, en la Indología, Vasconcelos se autodenomina “socialista” en un par de ocasiones, en el tratamiento del problema de la tierra no hay mención alguna del socialismo. Ciertamente, el autor considera, como se ha visto, que un régimen de propiedad que favorece la acumulación y el monopolio está en la raíz de los males sociales y económicos que han aquejado a los países latinoamericanos desde antiguo:

Consiste este régimen en que las tierras más extensas y más ricas pertenezcan […] no al cultivador, ni al pequeño propietario, sino al encomendero, al concesionario y en los tiempos que corren al trust. De esta suerte pasan los siglos y los sistemas de cultivo mejoran y se introduce el arado de motor y las grandes maquinarias […], pero el peón y el bracero no dejan de ser esclavos de su miseria; […] de allí resulta la situación inhumana de que mejoran los implementos y se enriquece más el propietario y aun las mismas bestias de labranza engordan, pero el campesino asalariado sigue tan oprimido y tan paria, como en los días del desembarco del primer conquistador; como en los días de Moctezuma o del Inca, cuya presencia hacía temblar.[5]

   En lugar del latifundismo, Vasconcelos propone el establecimiento no del socialismo sino de un régimen de pequeña propiedad: “Sin una colmena de pequeños propietarios no se concibe, no se consolida la grandeza de los Estados”[6]. Fiel al carácter de su obra, Resultado de imagen de tierras parceladasse abstiene de entrar en detalles técnicos. Desde luego, podría replicarse que la moderna agricultura industrial, con sus rendimientos superiores, requiere de fuertes inversiones en maquinaria e infraestructura —como el mismo Vasconcelos reconoce en el pasaje citado—, las cuales, al suponer grandes extensiones, resultan inviables en un mosaico de pequeñas propiedades (que se reducirían, por necesidad, a una agricultura de subsistencia). Vasconcelos es consciente de que la compejidad del asunto supone que cada caso deba estudiarse y manejarse con una sofisticación técnica que excede el ámbito de su trabajo, reconociendo que el problema requiere en ocasiones de grandes inversiones de capital y a veces solamente de “leyes y arreglos inteligentes”. Con todo, se sostiene el clamor vasconceliano por una situación secular que ha enriquecido casi exclusivamente al gran propietario —tlatoani, encomendero, hacendado o empresario capitalista— mientras relega al campesino a la marginación y la miseria.

   La consideración vasconceliana del problema de la tierra no se reduce a sus aspectos históricos ni técnicos. Consciente de que no puede ser vigoroso ni completo un ideal que persiga solo fines materiales, Vasconcelos señala que la tierra, además de proporcionarle sustento, permite al hombre —en cuanto escenario y paisaje— ensanchar la vida a través de la contemplación y la exaltación de la personalidad: “de la tierra nos viene […] esa especie de energía mística que nos deleita y nos envuelve en el todo y acrecienta nuestro anhelo de superar la existencia”. De ahí la necesidad de liberar al paisaje del dolor humano que carcome su entraña para que este se nos manifieste “purificado, sonoro y luminoso, vibrante de un anhelo que contagie y fortalezca nuestra propia aspiración de subir”[7]. Las reflexiones de Vasconcelos se constituyen, así, en una invitación a procurar, ju3nto con el progreso económico, un auténtico desarrollo social que permita sentar las bases de un crecimiento humano integral. Ello nos dirige hacia otro importante tema tratado por Vasconcelos en la Indología como en otras obras suyas, la educación, que será objeto del siguiente artículo de esta serie.

 

[1] A propósito de la Indología, José Carlos Mariátegui dirá que el “pensamiento de Vasconcelos afronta los riesgos de los más intrépidos vuelos; pero se complace siempre en retornar a la naturaleza y a la vida, de las cuales extrae su energía”. José Carlos Mariátegui, “‘Indología’ por José Vasconcelos”, https://www.marxists.org/espanol/mariateg/oc/temas_de_nuestra_america/paginas/indologia.htm. Esta página consigna la publicación original de este texto de Mariátegui en “Variedades, Lima, 22 de Octubre de 1922”. Sin embargo, en sus escritos autobiográficos, el mismo Vasconcelos afirma haber publicado la Indología en 1926. Las ediciones de la época carecen de fecha.

[2] José Vasconcelos, Indología. Una interpretación de la cultura ibero-americana, Agencia Mundial de Librería, Barcelona, s/d [1926], p. 58.

[3] Ibid.

[4] Vasconcelos, Indología, p. 60.

[5] Vasconcelos, Indología, p. 60-61.

[6] Vasconcelos, Indología, p. 62.

[7] Vasconcelos, Indología, p. 64.

Ética y fraternidad en la Roma antigua

 por Edison Tabra, jurista

             Desde una perspectiva contemporánea puede presentarse el concepto de fraternidad desarrollado por algunos autores latinos como uno de los antecedentes de la actual acepción de solidaridad. Ciertamente, sin recurrir a dicho término, Séneca, Cicerón y Marco Aurelio ahondaron en cuestiones referidas al deber in solidum de hacerse responsable de una realidad compartida con otro. De ahí la importancia ética de la amistad, concebida como virtud indispensable para el desarrollo personal y de la convivencia humana.

            Séneca hizo de la providencia –disposición que mira a la consecución de un fin− y de la fortuna el motor de la existencia de la res publica, esto es, lo que atañe a todos en el modo de articular las relaciones y organización de la sociedad. De ahí que mencionara queResultado de imagen de Séneca la actuación de la conciencia personal del sabio –la minoría dirigente− debiera estar integrada en el destino colectivo de las personas para impulsar la consecución efectiva del bien común. Eso exigiría la imprescindible fraternidad; la correspondencia de los sabios al servicio de los demás. No extraña entonces que algunos pensadores recientes hayan tomado esta hermandad como núcleo para sostener una noción de solidaridad, fundada en la razón natural: la amistad o el amor que alcanza a todo el género humano habría de inspirar así la ayuda mutua de los que integran el cuerpo social. Para Cicerón, la naturaleza sociable de toda persona miraría al bien compartido con los demás. Aunque dicha observación aludiera necesariamente a las potencias espirituales como fuerza motriz para el desempeño de la virtud, interpretaciones posteriores prescindirían de toda metafísica a la hora de explicar los lazos de la fratría humana.

            El hecho de que la afirmación y superioridad de lo eterno –a decir de Aristóteles− resultara inalcanzable para la persona desde un plano de igualdad y trato recíproco (no sería equiparable lo humano y lo divino) en la relación de amistad (entendida como búsqueda y promoción del bien del otro); llevó a ciertos teóricos a desentenderse por completo del ámbito sobrenatural para explicar los vínculos solidarios o de hermandad. Así las cosas, ésta se cimentaría sobre el deseo mutuo por materializar la fraternidad entre las personas a modo de altruismo o filantropía a partir de la formación de la conducta −ethos− dentro de su aspiración natural a la felicidad.

            Con esta pretensión, en el siglo IV a. C se había iniciado un movimiento filosófico centrado en una búsqueda activa y pragmática del bien moral, asociado a la consecución efectiva de la vida dichosa. El estoicismo espoleó una comprensión del hombre con el universo a partir de su propio razonamiento con el que habría de desplegar una vida coherente y apropiada a ese objeto. En este sentido, Marco Aurelio, emperador de Roma entre 161 y 180 d. C, consignó en sus Meditaciones los presupuestos de dicha filosofíaResultado de imagen de marco aurelio desde una perspectiva serena y majestuosa. La imperturbabilidad de ánimo resultaría de la aceptación del propio destino sin acritud ni aspavientos ante las dificultades. La vida buena consistiría en el dominio de sí, actuando como premisa para irradiar bondad y nobleza de espíritu, indispensables para la paz personal y colectiva. Por medio de la razón, presentada como cualidad divina, la sociedad humana habría de mostrarse hermanada en torno a unos mismos anhelos de felicidad. De ahí la mutua y necesaria colaboración con los semejantes.

            Como señala Duvignaud, Marco Aurelio destaca la pasión existente por la condición humana, porque genera un pensamiento conforme a la regla general del universo, y de la cual formamos parte debido a realidades como el amor al prójimo, la veracidad, la conciencia y la creencia. Asimismo, refiere el deseo de una “humanidad solidaria” sujeta a una sustancia universal, aunque se disperse en mil cuerpos individuales.

            De estas ideas se deduce que este emperador moldeó un concepto de solidaridad (en términos modernos) basado en una naturaleza del hombre tendente a la colaboración de unos con otros. Con ello observamos una clara coincidencia de los autores romanos a la hora de apreciar los basamentos perennes de la vida comunitaria. Tanto para Cicerón como para Marco Aurelio, la solidaridad se anuda con el principio de reciprocidad al procurarse el bien del todo. Un presupuesto asumido por la tradición cristiana y elevado al plano metafísico al sortear el obstáculo que percibían los clásicos griegos en la relación limitada del ser humano con la eternidad intangible de Dios mediante la persona de Jesucristo, Dios encarnado y manifestado a la humanidad. Desde esta óptica, la amistad del hombre con Dios sería posible, adquiriendo la fraternidad un sentido más sublime: una común filiación con la divinidad. De esta manera, la solidaridad se fundamentaría en la donación gratuita del amor, despojado de todo interés a imitación de Cristo.

            Se concluye entonces un avance cualitativo en la cooperación y unión entre las personas con un intercambio mayor de los bienes que se prestan –al incorporar el valor de la trascendencia y la virtud de la religión− en orden a un servicio integral de los particulares que, de este modo, constituyen y definen una realidad social más predispuesta a la excelencia.

Nature humaine et grâce divine

par María del Sol Romano, philosophe

     Augustin d’Hippone (354-430) ce saint, éminent père et docteur de l’Église, philosophe et théologien, partage avec Simone Weil (1909-1943) une conception de la philosophie comme sagesse et souci du salut de l’âme. Bien qu’ils soient d’époques différentes et de cultures différentes, ils sont, au sens augustinien, des «cœurs inquiets». Tous les deux éprouvent un incessant désir de vérité et du bien et ils expérimentent tout d’abord, et en des termes weiliens, un «amour implicite de Dieu», pour parvenir ensuite, avec profondeur et une ardente ferveur, à la rencontre avec le Christ. Cette rencontre les amène à l’intensification non seulement de leur vie spirituelle, mais aussi, à expérimenter une transformation radicale au cœur de leur existence.

     Augustin et S. Weil en dépit de toutes les divergences que l’on puisse trouver dans leur pensée[2], sont tous les deux hors de toute perspective d’exclusion ou de rupture entre le domaine de la nature et celui de la grâce. C’est-à-dire, tant S. Weil qu’Augustin conçoivent le rapport entre la nature humaine et la grâce divine sans les identifier ni les confondre. Et dans ce rapport, bien qu’ilsResultado de imagen de san agustín distinguent la nature et la grâce, ils ne séparent pas ces deux ordres. Ni Augustin ni S. Weil sont des naturalistes qui nient la grâce, ni des surnaturalistes qui méprisent la nature, ils pensent une nature humaine en tant qu’ouverte au surnaturel[3] et qui a une vocation pour un bien absolu. Ceci nous amène à dire que chez ces deux penseurs nous pouvons très proprement appliquer le concept blondélien de «transnaturel», que le philosophe d’Aix arrive effectivement à appliquer à l’Évêque d’Hippone en disant: «Augustin […] implique constamment notre état concret, qui n’est ni nature pure et se suffisant intrinsèquement ni surnature naturalisable, mais état “transnaturel”[4]». Le transnaturel manifeste la vocation et la nécessité d’un bien absolu présentes en tout homme, la nécessité, selon les termes blondéliens, «d’union de la créature avec Dieu et de béatitude multipliée[5]».

     Si cela ne serait pas vrai, si l’homme était nature pure, il n’aurait pas en lui un inépuisable désir d’un bien absolu qui l’appelle de manière incessante et qu’il ne parvient pas, par ses propres moyens naturels, à combler. Car, si c’était ainsi, il serait complètement satisfait des biens de ce monde et il serait totalement autosuffisant. Bien que l’homme soit un être doté d’intelligence, de volonté et d’une liberté, qui le font être au-dessus de tous les autres êtres créés, il est en même temps un être limité et imparfait, il est incapable de s’autosuffire. Il désire sans cesse un bien absolu que lui-même ne peut pas se procurer et cherche toujours quelque chose qui comble ce désir. Pour nos auteurs, la grâce est l’appel et la réponse à ce désir du bien qui brûle au cœur de la nature humaine. Elle est la seule capable d’apaiser cette perpétuelle inquiétude du cœur qui n’arrêtera jusqu’à se reposer en un bien suprême, en Dieu en tant que summum bonum, car, comme le manifeste Augustin : «vous nous avez faits pour vous, et notre cœur est inquiet jusqu’à ce qu’il repose en vous[6]».

     De cette position découle un autre point commun chez nos auteurs: ainsi que «Dieu répand continuellement sa grâce d’une manière absolument égale sur tous[7]»; la vocation surnaturelle, l’appel vers un bien absolu est ouvert à tous, il est universel. Il s’agit d’un élément présent en tout homme, au cœur de la condition humaine, c’est quelque chose de vital et d’expérimental. Plus encore, sans importer son époque, ses origines, son contexte culturel ou social, tout être humain désire le bien et est appelé envers lui. De la même manière, les concepts d’amour, de rédemption et de salut sont universaux. L’homme atteint le salut «par un surcroît d’amour divin, par une grâce nouvelle [qui] l’appelle, le prévient, le soutient, le libère, le purifie, l’éclaire, le relève et l’élève[8]», mais en même temps, la coopération humaine est également nécessaire pour parvenir au Resultado de imagen de simone weilsalut. À ce propos, dans la perspective de S. Weil et d’Augustin, l’assentiment humain, son ouverture et disponibilité, sa réponse à l’appel de la grâce sont aussi des facteurs importants, mais pas déterminants pour que la grâce soit donnée. De la même manière que la grâce ne s’impose pas à la liberté humaine en tant que cette dernière répond librement à son appel, la grâce ne peut être en aucun cas conditionnée par le désir de la nature humaine : elle est un don gratuit d’amour.

Le texte qui suit constitue un extrait de notre article “Nature et grâce : Simone Weil et Augustin d’Hippone”, publié dans : Cahiers Simone Weil, t. XLI, n. 3, septembre 2018, pp. 267-287.

[2] Dans notre article original, nous avons tenté de montrer –même si sommairement et d’une façon sûrement pas exhaustive–, quelques convergences et divergences entre S. Weil et Augustin.

[3] Ce point nous rappelle le concept weilien de « raison surnaturelle », une raison qui est ouverte à l’amour : « Il y a une raison surnaturelle. C’est […] la connaissance de la Vérité dont le souffle est envoyé par le Père ». S. Weil, “Cahier XIII”, [1942], OC, VI 4, p. 139.

[4] Maurice Blondel, « Saint Augustin, l’unité originale et la vie permanente de sa doctrine philosophique », dans Revue de Métaphysique et de Morale, XXXVII/4, 1930, p. 468.

[5] Maurice Blondel, « Saint Augustin, l’unité originale et la vie permanente de sa doctrine philosophique », op. cit., p. 469.

[6] Augustin, Confessiones, I, 1, 1.

[7] S. Weil, “Cahier XVII”, [1942], OC, VI 4, p. 345.

[8] Maurice Blondel, « Saint Augustin, l’unité originale et la vie permanente de sa doctrine philosophique », op. cit., p. 465.