por Guillermo Arquero, historiador
La tolerancia es uno de los valores que más se destacan en las sociedades que se consideran libres y democráticas, como un sinónimo de respeto o incluso aprecio a la diversidad de credos y posicionamientos, que garantiza la convivencia y el entendimiento entre los miembros de la comunidad política pese a sus diferencias. Esto ha propiciado, también, cierta proyección hacia el pasado, queriéndose ver en diversos momentos de la historia este valor con el deseo de potenciarlo en el presente. Ejemplo de ello lo tenemos en la llamada España de las tres culturas, que ha dado lugar a la ficción de que hubo un tiempo de convivencia pacífica y cordial entre musulmanes, judíos y cristianos en armonía y libertad, especialmente en al-Ándalus. Así, cuando, en 2009, Barack Obama quiso impulsar una relación entre Estados Unidos y el mundo musulmán, pronunció en la Universidad de El Cairo un discurso en el que ponía en valor el pasado de tolerancia en la España islámica como precedente a seguir: “El Islam tiene una orgullosa tradición de tolerancia. Lo vemos en la historia de al-Ándalus (Andalusia) y Córdoba durante la Inquisición”[1].
Lo más llamativo de estas palabras es la alusión a la Inquisición, como si esta fuese un periodo histórico o un régimen político, o que garantizase dicha tolerancia, de modo que el público se queda con la incógnita de qué quería decir exactamente quien redactó ese discurso. Pero cabe llamar la atención sobre otra cuestión, y es qué entendía el autor por la palabra “tolerancia”. Si seguimos el resto del discurso, Obama defiende la necesidad de que en los países y estados del mundo se respete otros credos religiosos distintos al que profesa la mayoría, y que “la libertad de religión (freedom of religion) es fundamental para la capacidad de los pueblos para vivir juntos”. Y aquí parece que se comete un error, y es equiparar tolerancia con libertad.
La Real Academia de la Historia define, en la segunda acepción del término “tolerancia” como el “respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”, y esto está en consonancia con la idea del discurso del presidente norteamericano. Pero la primera definición de la RAE es “acción y efecto de tolerar” y, si nos vamos al verbo, éste se define como: 1) llevar con paciencia; 2) permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente; 3) resistir, soportar, especialmente un alimento o una medicina. Sólo en cuarto lugar se repite “respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”.
En efecto, tolerar tiene más que ver con sufrir o aceptar algo que no gusta o se considera malo o erróneo en aras de un bien mayor (la convivencia pacífica, la posibilidad de que la persona equivocada tenga tiempo para comprender el error en el que vive…). Es por ello que, a muchas personas que se les llena la boca con la tolerancia y la diversidad, no toleran realmente, porque cuando hablan de “tolerancia” en realidad están pensando más en el “respeto” o la aquiescencia solamente hacia aquello que se acerca a sus propias posturas o valores, y no a aquello que los contradice o los confronta. Son los que han puesto de moda la paradoja de Popper, y hacen boicoteos o escraches invocando la “intolerancia contra los intolerantes”, cuando realmente se convierten en aquellos sobre los que advertía el pensador austríaco, pues, como indica Alexandra Arévalo: “Para Popper, el límite está en la violencia, mientras las ideas u opiniones intolerantes pudieran contrarrestarse a través de herramientas discursivas o educativas -lo que él llamaba argumentos racionales- éstas no debían ser censuradas. La coacción y la violencia son entonces el límite de la tolerancia, ya que en libertad, el diálogo, el debate y el respeto siempre están en primer plano.”[2]
Así pues, actualmente en una sociedad libre la tolerancia consiste en reconocer el derecho de otros a defender y exponer posturas ideológicas, religiosas o morales que nos desagradan, basándonos en el reconocimiento del derecho del otro a pensar de esa manera, siempre que no coarte, agreda o vulnere los derechos de sus conciudadanos. En definitiva, la tolerancia es una consecuencia del respeto hacia la persona y sus derechos inalienables, y lo que debe tolerarse no es a la persona en sí (merecedora de algo más), sino sus creencias.
Antiguamente, o allá donde existe la confesionalidad del Estado, la tolerancia es una gracia que se concede a una minoría ajena al credo o postulados de la mayoría de la comunidad política, y por ello puede retirarse cuando se considere conveniente (como ocurrió con los judíos en las coronas de Castilla y Aragón en 1492). No es lo mismo, volviendo al discurso de Obama, la libertad religiosa que la tolerancia religiosa. Esta última se da en un país en el que hay una religión oficial y hegemónica y se permite, con una serie de restricciones, el ejercicio público o privado de otras minoritarias. En este sentido dado a la tolerancia, ésta ya no tiene un valor tan positivo de acuerdo a los valores del Occidente contemporáneo. Podía tenerlo antaño, pues se partía del axioma de que había una verdadera fe a la que debían adecuarse todos los miembros de la comunidad política, y no se contemplaba un derecho a disentir libre y públicamente de esa verdad. Por ello, se puede decir que esas concesiones eran un avance. Así, cuando en el año 711 los musulmanes entraron en España, contaron con la bienvenida y cooperación de los judíos, quienes eran enormemente hostigados por los gobernantes del reino visigodo. En efecto, los musulmanes les concedieron mucha mayor libertad y respeto, pero no en pie de igualdad a ellos.
Así pues, dicha tolerancia no dejaba de ser una concesión de la autoridad política y religiosa, y estas minorías sólo podían vivir su fe y sus costumbres de una forma restringida y siempre subordinada, tanto en los territorios islámicos como cristianos. Esta noción de tolerancia como coexistencia (a veces difícil) lo explica muy bien el historiador Joseph Pérez en su libro Los judíos en España, mencionando para ello al pastor protestante Jean Paul Rabaut Saint-Étienne quien, en los albores de la Revolución Francesa, demandaba que sus correligionarios franceses no fuesen tolerados, sino que se les considerara en pie de igualdad al resto de sus compatriotas católicos:
Así, señores, los protestantes son favorables a la patria, y la patria los trata con ingratitud; la sirven como ciudadanos; son tratados como proscritos; la sirven como hombres que habéis hecho libres; son tratados como esclavos. Pero existe, en fin, una nación francesa, y es a ella a la que apelo, en favor de dos millones de ciudadanos útiles que reclaman hoy su derecho como franceses. No le hago la injusticia de pensar que ella pueda pronunciar la palabra “intolerancia” […] Pero, señores, no es ni siquiera la tolerancia lo que reclamo, es la libertad. ¡La tolerancia! ¡el padecimiento! ¡el perdón! ¡la clemencia! Ideas soberanamente injustas para con los disidentes, hasta tal punto que será verdad que la diferencia de religión, que la diferencia de opinión no es un crimen. ¡La tolerancia! Pido que sea proscrita; a su vez menospreciará esta palabra injusta que no nos presente como ciudadanos dignos de piedad, como culpables a los que se perdona, los que, a menudo, el azar y la educación han llevado a pensar de otra manera que nosotros. El error, señores, no es un crimen: el que lo profesa, lo toma por la verdad; es la verdad para él; está obligado a profesarla, ningún hombre, ninguna sociedad tiene el derecho de precaverlo[3].
De esta manera, la tolerancia en la España medieval no debe entenderse como una actitud cuasi fraternal pese a las mutuas diferencias, como tiende a entenderse (erróneamente a mi entender) hoy en día. La diferencia que existe entre aquella tolerancia y la actual (fundada, en buena medida, sobre los postulados inmanentistas de la Ilustración) es que ésta se basa en el principio de igualdad y libertad individual, que admite el derecho a vivir conforme a la propia fe o moral y defenderla públicamente, siempre que no atente contra el bien común de una forma flagrante. Dicho presupuesto ha sido sintetizado en expresión que recoge la actitud de Voltaire: «No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo«.
En la España cristiana medieval, sin usar la palabra “tolerancia”, se tenía claro en qué consistía y, así, Alfonso X en las Patidas decía que: judíos son una manera de homes, que como quier que non creen la fe de nuestro señor Jesucristo, pero los grandes Señores de los cristianos siempre sufrieron [consintieron] que viviessen entre ellos[4]. Otro tanto ocurría en la contraparte musulmana, donde judíos y cristianos eran dimmíes, es decir, “protegidos” contra la intolerancia que se aplicaría a otras minorías, aunque vivían subordinados y con unas libertades y derechos restringidos.
¿Cuáles eran los argumentos para la tolerancia en el mundo cristiano? El principal de ellos lo daba en su Summa el fraile Angelo di Chivasso:
Por otro lado, ¿han de tolerarse sus ritos? Respondo que […] se permite que los infieles pequen en sus ritos; pero solo pueden ser tolerados, sin caer en pecado, en virtud de dos cosas: o por un bien que proviene de ellos (como en los ritos de los judíos, en los que tenemos este bien, porque en tales ritos nuestra fe tiene en ellos testimonio, en los que la prefiguraban) o, en segundo lugar, pueden ser tolerados sin pecado en virtud de evitar un mal, el escándalo o discordia que se pueda prevenir, o el impedimento de su salvación, porque siendo tolerados de tal manera sean convertidos poco a poco a la fe. En virtud de lo primero ha de tolerarse a los judíos, en virtud de lo segundo solo a otros infieles, no otras cosas [5].
En conclusión, la palabra “tolerancia” ha ido adquiriendo matices en su significado conforme ha pasado el tiempo. En el Medievo, como vemos, significaba una cosa que se aleja bastante de lo que hoy entendemos (o queremos entender), y de ahí la precaución que ha de tenerse a la hora de estudiar el valor de la tolerancia en el pasado y aun en el presente.
[1] “Islam has a proud tradition of tolerance. We see it in the history of Andalusia and Cordoba during the Inquisition”; disponible en https://obamawhitehouse.archives.gov/the-press-office/remarks-president-cairo-university-6-04-09 consultado en enero de 2026.
[2] https://www.freiheit.org/es/mexico/los-limites-de-la-tolerancia-la-paradoja-de-popper, consultado en enero de 2026.
[3] Rabaut Saint-Étienne, Jean Paul, Opinion de M. Rabaut de Saint-Étienen surr l´amonition suivante de M. Le Comte de Castellane: Nulle homme ne peut être inquiété pour ses opinions, ni troublé dans l´exercise de sa Religion, París, 1789. pp. 8-9.
[4] Las Siete Partidas del rey don Alfonso el Sabio, Partida VII, título XXIV, ley I, edición de la Real Academia de la Historia, 1807
[5] Angelis de Clavasio, Summa Angelica de casibus conscientialibus, (con anotaciones de Iacoppo Ungarelli); Venecia, 1578, tomo I, pp. 644-645.





por Antonio M. Moral Roncal, historiador








por Álvaro Sureda, historiador






por Gregorio Alayón, jurista





por Víctor Zorrilla, filósofo
dieran una solución distinta a la de Santo Tomás. En realidad, ellos no se plantearon ni se habrían planteado siquiera semejante problema. Aristóteles consideraba al comercio antinatural, innecesario e incompatible con la virtud, alegando, además, que no debía permitirse a jornaleros y campesinos entrar al ágora salvo que un magistrado los convocase. Así como el trabajo físico era asunto de esclavos, el comercio en la Grecia clásica era coto de extranjeros
vida cristiana
adquirían nuevas tierras. Los monasterios educaban a los talentos más aptos para desempeñar los cargos directivos y administrativos clave, seleccionándolos de entre su abundante y altamente motivado capital humano. Al final, los monasterios brindaron el modelo de negocio que habrían de seguir las grandes firmas y bancos italianos de la Edad Media, que fueron las primeras empresas capitalistas multinacionales de la historia
natural o una guerra, hay gran carestía de alimentos. Organizándose con otros mercaderes, él empaca trigo en costales o petacas, prepara a sus animales de carga y emprende el viaje. Como a sus compañeros, lo anima el deseo de aventura, el afán de lucrar, el impulso de socorrer al necesitado, la curiosidad del viaje. Poco a poco, sin embargo, los compañeros se van rezagando. Uno se demora visitando a un pariente. A otro le arredran las incomodidades y peligros del viaje. Otros más se entretienen en las tabernas. Nuestro protagonista, en cambio, duerme seis horas, se levanta de madrugada y se arma para defenderse de los salteadores. Despreciando las dificultades, y recordando al hijo enfermo que ha dejado en casa, emprende cada día el camino antes de despuntar el alba. Gracias a su diligencia y tesón, llega al destino justo a tiempo para salvar a un niño, un enfermo o un anciano que, de no recibir el alimento que él trae, habría muerto de inanición.
como Santo Tomás y muchos otros habitantes de la Europa medieval— de un régimen de libertad
pierda abiertamente y de repente. Resulta mucho más probable que ésta se erosione poco a poco entre brillantes promesas y expresiones de nobles ideales”




por Luis Suárez, Real Academia de la Historia
el alejamiento de esta supuesta fuente con resultados que, muchas veces, precipitan divisiones y enfrentamientos. En este sentido, la idea de pacto que hemos abordado cede a la del pacto social, planteado en el siglo XVIII, expresado por la voluntad general ˗sinónimo de mayoritaria˗ como criterio de verdad, incluso en aspectos sustanciales. Es aquí donde se pierde su valor absoluto y decaen las certezas para un auténtico entendimiento y desarrollo de la comunidad política.
por Álvaro Sureda, historiador
políticas exteriores de los Reyes Católicos, en concreto con las uniones matrimoniales de sus hijos, se estuvo muy cerca de conseguir de nuevo la unificación de ambos territorios bajo un mismo monarca. Miguel de la Paz, nieto de los Católicos, será el destinado a ocupar el trono, pero con sólo dos años de edad morirá, haciendo que la unión no sea posible hasta más tarde en la persona de Felipe II.
llegó en 1578, cuando el monarca de Portugal, Sebastián, murió en una campaña suicida en Alcazarquivir. El soberano portugués intentó la conquista de Marruecos con el objetivo de convertir a los musulmanes al cristianismo. Sin embargo, la falta de experiencia, el calor abrasador y la falta de suministros, convirtieron la campaña en un desastre. No sólo se perdió al monarca, que no dejaba un heredero a la corona, sino que el gran número de nobles que fueron capturados hizo que la economía portuguesa se viera bastante resentida. “Fue sucedido por su tío-abuelo el cardenal Enrique, el último hijo legítimo superviviente de Manuel I; el reinado de este anciano epiléptico no podía pasar de ser un compás de espera, mientras el problema sucesorio seguía por resolver.”
comparación con los realizados por Felipe. Si bien algunos sectores de la sociedad lusa no querían saber nada de un monarca español en el trono portugués, otra parte considerable mostró un gran interés, sobre todo desde el punto de vista económico, por la idoneidad de su candidatura. Además, el empeño del cardenal Enrique por asegurar la liberación de la nobleza apresada tras Alcazarquivir significaba todavía una desprotección de las defensas lusas ante posibles amenazas exteriores. Una vez preparado el terreno al monarca Habsburgo sólo le quedaba esperar la defunción del cardenal. Un acontecimiento que ocurrirá en febrero del año 1580.
el cual se administraba todo el Imperio. Tal y como prometió, quizá por el temor a una oposición o porque creía que era mejor mantener un sistema descentralizado al tratarse de tan vastos territorios, Felipe conservó una administración distinta a los otros reinos españoles. Como cabía esperar, situará al frente de la administración a portugueses que sean más cercanos a su causa, como fue el caso de Moura.
alteró la fisonomía institucional de aquellos territorios, preservando sus características propias. Esta unión en la diversidad se habría de plasmar después con la conquista de Mallorca y de Valencia por parte del rey Jaime I. Los territorios ganados a los musulmanes conservaron su estatus de reino con derechos y privilegios particulares que los distinguían de las fórmulas jurídicas e instituciones imperantes en Cataluña. No se trató, por tanto, de una anexión o asimilación a Cataluña, sino de una incorporación al mosaico regido por el Casal de Barcelona.
resultar factible, se establecía el principio de que mediante ellas se contribuiría a ejercer plenamente el poder legislativo con la participación de los tres estamentos sociales. Por consiguiente, la potestad regia ˗aun teniéndola˗ no podría desempeñarse por simple y personal iniciativa del monarca, que estaba obligado a atender las otras instancias del reino.
tomado. Éstos últimos y sus sucesores ˗copartícipes en la conquista˗ poseerían las correspondientes proporciones salvando la fidelidad y homenaje al rey, su señor. Dicho modelo, basado en las dimensiones características de un reino, con un territorio definido, unas leyes y unas Cortes propias, no anulaba el contenido absoluto de la soberanía de los reyes; esto es, independiente de cualquier autoridad política superior. La ley moral, procedente de Dios, y la civil, promulgada por el rey con la asistencia de los representantes del reino, fijaban los límites del poder.
que debía aumentar el bienestar, creaba armas con una capacidad destructiva cada vez mayor, produciendo heridas nunca vistas por los cirujanos anteriormente. El alejamiento de Dios favorecía pensamientos supremacistas, racistas y preparaba el camino para los totalitarismos (comunismo, fascismo y nazismo). El historiador católico José Luis Comellas analizó hace años esa época en su libro El último cambio de siglo. Gloria y crisis de Occidente (Ariel, 2004).
dadaísta Hugo Ball en 1916 admitió que el arte está más cerca de la religión que de la ciencia. Y así comenzó una lucha cultural -sobre la que hoy deberían reflexionar quienes quieren responder a la actual crisis del modelo de vida occidental- donde el catolicismo fue revalorizado en los medios intelectuales y artísticos. Ese renacimiento cultural católico en Europa tuvo su motor en Francia desde donde se irradió, apareciendo fenómenos paralelos en Gran Bretaña, Alemania y España, como bien ha observado Enrique Sánchez Costa en su libro
fenómeno que casi era único en Europa. K. Ch. F. Krause fue un filósofo alemán que no tuvo mucha importancia en su país, pero que fue impulsado por algunos liberales españoles que crearon el krausismo como un complejo movimiento intelectual, religioso y político que agrupó a la izquierda cultural. Si bien parecía que adoptaban un universo moral cristiano, lo vaciaron deliberadamente del dogma. Krause y Renan consideraron a Jesucristo como un líder religioso importante pero negaron su divinidad. Su doctrina resultaba interesante solamente por su enseñanza moral.
religiones políticas para apoyar la idea de que la humanidad fuera Dios y se salvase a sí misma, pero con ayuda de un líder mesiánico, indiscutible, apoyado en un partido único. Y fue paralela su reivindicación de la violencia como legítima y necesaria herramienta para la conquista del poder y la preparación de la nueva modernidad. En España también aparecieron profetas ligados al hermetismo, el ocultismo, el espiritismo y la teosofía, que tuvieron su época dorada en el periodo de entreguerras.
mantener la esperanza y hacer partícipes a sus lectores de la Nueva Buena. Su experiencia introspectiva le condujo a la defensa del patrimonio cultural y espiritual español, frente a las influencias francesas y europeístas. De esa manera, en su obra se aprecia su amor por lo español y castizo y fustiga a los españoles por sus carencias espirituales que derivan en la envidia, la pereza mental, clericalismo obtuso y el ateísmo irracional.
al socialismo y el materialismo, apostó por una regeneración que no pasaba por modificar solo los factores de producción sino que también abría los ojos a una concepción espiritual y cordial que tenía en cuenta el factor religioso. Sin embargo, sus dudas, su pesimismo -contradictorio con la esperanza en la fe- aumentó su desprecio y su soberbia con el paso de los años, enfrentándose con todos los proyectos políticos y con todo hasta su muerte. Sin embargo, su obra destaca por su exaltación del hijo de Dios en El Cristo de Velázquez (1920) o aquellos poemas donde se reza como himno de la Hora Intermedia del domingo de la tercera semana de la Liturgia de las Horas.
opinión, la salud de la sociedad no residía sino en la familia y en cada persona. Lo que importaba realmente en la vida era la lucha moral de cada hombre o mujer, el cultivo de la libertad interior y la responsabilidad que llevaba aparejada. Si no se educaba antes a cada persona, si no se lograba dilatar su espíritu para que pudiera acoger un sistema político más igualitario, toda cambio sería artificial, automático, visto por los ciudadanos como algo impuesto desde el exterior, y condenado a morir por ello. Y el papel de la religión resultaba parte esencial de su proceso educativo. Negó la existencia de una Cristiandad -en pleno auge de la Historia positivista y crítica con el pasado- pues nunca la había habido en la Historia humana, ni siquiera en la Edad Media -plena de violencia y desigualdad-, pues lo que había existido realmente era la Iglesia, una comunidad peregrinante de creyentes. Pero no se encerró en sus pensamientos y en sus cuartillas pues, ante el problema social existente, Maragall solicitó a los católicos de su tiempo que no volvieran a cerrar las puertas al pobre y que retornasen al fervor de la Iglesia primitiva, perseguida por el poder pero libre y ardiente de amor. Y, como dijo San Agustín, «ama y haz lo que quieras».
sociales y su relación con diplomáticos extranjeros, como el cubano Ramón Estalella. Miembro de la bohemia madrileña, conoció a la mayoría de aspirantes a escritores y artistas del reinado de Alfonso XIII. Participó en la creación de La Gaceta Literaria que fue la revista más emblemática de la vanguardia española y publicó en medios intelectuales como Revista de Occidente, La Vie des peuples o Le Mouton blanc.
biografías como Riesgo y ventura del duque de Osuna (1930). Al dominar el inglés, escribió en The Criterion, el órgano más famoso de la intelectualidad británica, y se posicionó a favor de la «nueva crítica» francesa que postulaba la misma como parte del arte y la literatura. Era necesario criticar orientando en sentido afirmativo para dotar al lector de un órgano visual más perfecto. La crítica asumía así los contornos de una atenta dirección espiritual, que no debía conformar al otro según el criterio del director, sino potenciar aquello que existía mejor en él y que, por estar todavía en ciernes, esperaba su plena realización.
Garrigues, escribiendo en ella miembros de las generaciones de 1914 y 1927. Sin embargo, su núcleo esencial fueron intelectuales católicos que se sintieron alejados del confesionalismo y se manifestaron a favor de una apertura a todos los valores del espíritu. En consecuencia, Bergamín no fue afín a postulados tradicionalistas y así lo declararon los editores de la revista, que quisieron hacer cruz y raya sobre las soluciones aportadas por el siglo XIX: el liberalismo individualista y el tradicionalismo.
espirituales desde 1907. Su retorno al catolicismo se produjo ya en 1916, camino que desembocó en su obra La crisis del humanismo (1919). Maeztu revalorizó la Edad Media frente a la ética renacentista que había perdido al ser humano al impulsarle a no sentirse pecador. Sus ideas políticas cambiaron al admitir que la autoridad se debía basar en el servicio de valores a la comunidad.
Celestina (1926) y fundó, junto a Eugenio Vegas Latapié, Acción Española, una revista quincenal de notable influencia en los medios monárquicos y tradicionales. Precisamente, varios de sus artículos en la misma formaron su Defensa de la Hispanidad (1934), donde amparó un conjunto de valores espirituales y culturales que, procedentes del tronco católico hispánico, se habían desarrollado en el árbol común hispanoamericano. Reivindicó así la España imperial de los Austrias porque había sido la España más pura y con más valores, había expandido el catolicismo y la cultura por el mundo y su semilla era evidente. Al igual que Bergamín y muchos otros, Maeztu terminó radicalizando su pensamiento y convirtiéndose, según algunos biógrafos, en un nacionalista español.