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Significación del Camino de Santiago

 por Luis Suárez, Real Academia de la Historia

     La ocupación de la mayor parte de la Península Ibérica por los musulmanes del Califato Omeya a partir del 711 generó pequeños núcleos de resistencia en el norte. Éstos fueron capaces de dar continuidad a la obra del III Concilio de Toledo, que integró las aportaciones germánicas con la herencia romana. La adResultado de imagen de san isidoroaptación de la legislación visigótica al código de Teodosio II, emperador romano del Oriente; el uso del latín y la asunción del catolicismo como credo de la monarquía y del reino, fueron los ejes que procuraron preservarse como elementos de unión de una misma comunidad −social y política−, ahora dispersa en distintos reinos. En este sentido, las enseñanzas de San Isidoro de Sevilla ejercieron una gran influencia en la conformación de las doctrinas políticas que se desarrollaron a partir de la noción agustiniana de la civitas christiana. Para Isidoro, Hispania encarnaba la continuidad del legado de la Roma cristiana, armada luego por los godos, custodios –en último término− de aquel patrimonio.

     El desplazamiento de muchos mozárabes (cristianos que vivían junto a los árabes) al norte peninsular, libre del dominio islámico, permitió –también por el número de monjes− la instalación de bibliotecas en monasterios con ejemplares de la obra isidoriana. Estas comunidades eran conscientes de que, tras la tolerancia islámica, aleteaba el propósito de erradicar el cristianismo entre los súbditos de Al-Andalus. Y es que los mahometanos no estaban en disposición de lograr un relevo efectivo de la población autóctona. De ahí que consintieran su presencia, sabiendo que esa coexistencia religiosa debería cesar más pronto que tarde.

     En este contexto fueron definiéndose dos grandes modos de concebir la fe cristiana: una más condescendiente en el sur, bajo el poder del Islam; y otra en el norte, sin concesiones con el invasor. Desde la leyenda que rodea la batalla de Covadonga se nos presenta a un prelado toledano que figura entre los principales enemigos Resultado de imagen de don pelayocristianos de don Pelayo. Ciertamente, en el sínodo celebrado en Sevilla en el 784 se propuso la modificación del Credo. Para los musulmanes, el misterio de la Trinidad era un motivo de escándalo porque parecía incidir en el politeísmo, acusándose en este sentido a los mozárabes. Debido a estas presiones, el sínodo dispuso que no pudiera decirse que las dos naturalezas (divina y humana) se identificaran en la segunda Persona de la Trinidad: Cristo habría “adoptado” la carne como una especie de revestimiento, nada más, sin quebrantar en modo alguno la unicidad divina. La Iglesia del norte, en cambio, reaccionó apelando al rey Alfonso II de Asturias para que, a su vez, intercediera ante el emperador Carlomagno en la convocatoria de un Concilio, presidido por los legados del Papa. Había que clarificar el contenido de una doctrina que muchos consideraban falsa o herética. Por su lado, el obispo de Toledo, Elipando, replicó menospreciando a sus adversarios del norte; sobre todo al conocer que uno de los más combativos era un modesto monje –de origen mozárabe−, de nombre Beato, instalado en la pequeña población de Liébana, enclavada entre los montes cántabros. Éste replicó con su personal Comentario del Apocalipsis, redactado hacia el 780, pero que ya anticipaba aquel problema doctrinal. Según Beato y de acuerdo con la Tradición (desde la época de Dionisio el Exiguo), España tenía un origen apostólico, ya que Santiago el Zebedeo, hermano del Evangelista Juan, había viajado hasta ella para predicar la Buena Nueva. A su vuelta a Jerusalén sería decapitado por Herodes, como atestigua el Libro de los Hechos de los Apóstoles (He, 12. 1-2). Sus discípulos –conforme narra la leyenda− habrían trasladado su cuerpo a Hispania para darle sepultura. Una noticia que parece acreditada después de las excavaciones en la catedral de Santiago con el hallazgo de una tumba con una inscripción que apunta, según las informaciones antiguas, al nombre de uno de los seguidores del Apóstol que acompañó sus restos.

     Sea como fuere, la validez concedida al relato implicaba una superioridad moral, muy arraigada en la Iglesia primitiva, que reconocía el alto valor que representaba cualquier fundación apostólica, tal como recoge la Sagrada Escritura: Ya no sois extranjeros ni huéspedes, sino miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles. La piedra angular de este edificio es Cristo Jesús (Ef 2. 19-20). Una idea que se afianzaría en las primeras décadas del siglo IX, al divulgarse la noticia de lo que entonces se presentó como el hallazgo del sepulcro de Santiago Apóstol. En el llamado campus stellae (campo de la estrella) -raíz latina de compostela, que remite a los astros como guía del camino que llevan hasta allí-, se erigió un templo cerca de la antigua localidad romana de Iria Flavia que albergaría las reliquias, luego veneradas por los fieles. Con el tiempo se convertiría en lugar de peregrinaje para reparar las culpas personales y renacer a la vida nueva en Cristo. El Camino se concibe así como un ascenso, un progreso en las etapas espirituales del ser humano que, desvalido, se alza con la ayuda de la Gracia, pudiendo regresar a las raíces mismas del bautismo representado en la meta compostelana. Fue este el origen de la Gran Perdonanza.

     Antes, en su famoso Comentario del Apocalipsis, Beato de Liébana dio una interpretación acorde con las circunstancias del momento (siglo VIII). La lucha entre la Bestia y el Ángel estaría ahora encarnada, respectivamente, por el Califato de Córdoba (Imperio musulmán) y por los santos y mártires, que representarían la resistencia de la cristiandad, sin claudicaciones (como la Iglesia del norte), que finalmente triunfaría. Ese combate entre la Bestia y el Ángel se materializaría en la Reconquista, en el que el Bien (los seguidores de Cristo) se impondrían al Mal: los adversarios, tanto interiores (dentro de la Iglesia) como exteriores del Hijo de Dios.

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   La devoción a San Juan, Apóstol y Evangelista, cuyos textos enfatizan la divinidad real de Cristo como Verbo de Dios hecho Hombre (Jn 1. 1-18), animó a Beato de Liébana a impulsar el culto a los Zebedeos. De este modo, España, lo mismo que Roma, tendría un origen apostólico (tierras que acogen los restos de dos Apóstoles, del grupo de los predilectos de Cristo: Santiago y Pedro, respectivamente). Al esgrimir esta razón, se podría apelar más firmemente a la comunión con la sede de Pedro (Roma) para combatir la herejía surgida dentro de la comunidad cristiana de la época con el adopcionismo profesado por el obispo Elipando de Toledo y el sínodo de Sevilla. Con sus armas teológicas Beato de Liébana pudo alegar razones para que el Concilio de Francfort, convocado finalmente por el emperador Carlomagno y con presencia de legados papales, condenara el adopcionismo (considerar a Cristo únicamente como hijo adoptivo de Dios y no encarnación real de la divinidad) como error doctrinal inadmisible en la Iglesia.

     La fidelidad a Roma, de una tierra apostólica a otra, exigía la verdad de la fe frente a concesiones que la adulteraban. De ahí la necesidad de poner por obra la sentencia que proclamara el Apóstol Pedro ante el Sanedrín: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (He 5. 29). Esta adhesión íntegra a la enseñanza apostólica albergaba la promesa recogida por Beato en su Comentario del Apocalipsis: el Bien acabaría imponiéndose. Esto conllevaba la esperanza firme en la victoria final por parte de los godos. La restauración del reino visigodo, tan cara a los monjes de origen mozárabe como Beato de Liébana, sintetizaba la idea que en su día considerara San Isidoro en su Laus Hispaniae. Debía prevalecer el sentido de imperium como poder y autoridad, que se arrogaría Alfonso III de Asturias (Adefonsus Hispaniae imperator) en la defensa del común patrimonio romano-germánico de España. Con ello se buscaba aunar los distintos núcleos de resistencia y restaurar así la cristiandad en plenitud frente a la herejía y el Islam.

El modelo europeo de Viktor Orban

 por José Luis Orella, historiador

          Hungría es un país de vieja existencia desde sus inicios como reino cristiano en el siglo X. Todavía habría que esperar hasta enero de 1522 para ver a una princesa española, María de Habsburgo, hermana de Carlos V, casada con el rey Luis II de Hungría, quien murió cuatro años después defendiendo su reino de la invasión turca. Desde entonces, Hungría ha tenido que defender su soberanía, también frente a las intromisiones del emperador austriaco. El Imperio dual que nació en 1867 con Francisco José, salvó al Imperio de su desaparición y posibilitó el resurgir de la identidad nacional magiar, que fue derrotada, pero no extinguida en 1848. Tras la Primera Guerra Mundial, y el Tratado de Trianon, surgió la actual Hungría, mutilada de más de la mitad de su territorio histórico, y con un tercio de su población étnica formando minorías en sus países vecinos. Fue una historia de supervivencia, pasando de la traumática experiencia de la república de los soviets, a la regencia del almirante Miklós Horthy; de aquí al protectorado nazi de los cruces flechadas y, finalmente, al sometimiento comunista de la República Popular del stalinista Mátyás Rákosi. El nuevo régimen ejecutó a 2.000 personas y encarceló a otras 100.000 personas. El hecho más relevante fue el proceso contra el cardenal Jozsef Mindszenty, detenido en diciembre de 1948. El 23 de octubre de 1956, en Budapest, 155.000 manifestantes quisieron homenajear a los militares húngaros eliminados por los rusos en 1848, destruyendo una enorme estatua de Stalin e iniciando una rebelión Resultado de imagen de primaver de budapest 1956que catapultó al país  entre los principales rotativos de la prensa internacional. El precio de la revuelta fue de 229 personas ejecutadas, 3.000 muertos en combate, 211.000 exiliados, 26.000 procesados, 26.621 condenados y 13.000 internados en campos de concentración. Estos hechos son los que forjaron el espíritu de resistencia magiar. Cuando el comunismo húngaro cayó y retornó la democracia al país danubiano, de entre la intelectualidad opositora destacó un estudiante de Derecho de la Universidad Eötvös Loránd (ELTE) de Budapest, Viktor Orbán. El joven veinteañero fundó con otros jóvenes la Federación de Jóvenes Demócratas en 1988 (Fidesz), que defendía un discurso democrático, europeísta y anticomunista. Después de una estancia en la Universidad de Oxford, en 1993 Orbán fue elegido presidente del partido. En 1998 el joven político ganó las elecciones y consiguió la adhesión de Hungría a la Unión Europea y la OTAN. En aquel mandato apostó por la reducción de impuestos, ayudar a las pequeñas y medianas empresas y reforzar la protección social de los más débiles. También respaldó la concesión de la nacionalidad húngara a las personas de etnia magiar en el extranjero, siempre que pudieran probar su descendencia de húngaros y su conocimiento del idioma. Entre el 2002 y el 2010 fue el jefe de la oposición a los gobiernos socialistas, retornando al poder en el inicio de la actual década con una aplastante mayoría absoluta en el parlamento. Orbán obtuvo el 52,73% de los votos. Durante estos dos últimos mandatos se reformó la ley electoral, reduciendo el número de parlamentarios de 386 a 199, y también la constitución, ya que la existente tenía origen en la comunista de 1949, que fue dictada por los asesores soviéticos. La nueva constitución magiar recobró la tradición cristiana que ha estado presente en la historia del pueblo húngaro.

          Los resultados electorales tan positivos de Fidesz-MPSz lo convertía en uno de los más sólidos del Grupo Popular Europeo hasta su reciente expulsión. En cualquier caso, su actual alianza electoral con el Partido Cristiano Demócrata (KDNP, Kereszténydemokrata Néppárt) le ayuda a retener un electorado de centro sin competencia. Por otro lado, ha ido sumando a los democristianos otras tradiciones políticas. En el 2011 se disolvía el Foro Democrático Húngaro (MDF Magyar Demokrata Fórum) que había representado el mundo conservador, nacionalista y  anticomunista durante la transición, absorbiendo no sólo a su electorado, sino también su discurso político. Dos años después, otra sigla histórica de la reciente historia democrática, la Alianza de los Demócratas Libres (SZDSZ, Szabad Demokraták Szövetsége), que compartía el mensaje liberal con Fidesz, desapareció en el 2013 por sus malos resultados. Estos hechos han favorecido a una figura como Viktor Orbán, histórico disidente contra el comunismo, que ha ido sumando a sus siglas a sus antiguos compañeros de protesta. En frente suyo una oposición plural y dividida dibuja opciones diferentes. El Partido Socialista Húngaro (MSZP, Magyar Szocialista Párt) heredero de la tradición comunista y descabezado por la colaboración con la policía política de algunos de sus dirigentes; el movimiento Jobbik, nacionalista y nostálgico de la idea de la Gran Hungría y el partido Verde, son los portavoces de una visión crítica del ejecutivo de Fidesz.

          Sin embargo, el mapa actual de Hungría nos aclara muchos interrogantes. A nivel interno, el trato a las minorías históricas se ve reflejado en la celebración del Año de la Conmemoración del Holocausto Húngaro en el 2014, donde se destacó la importante contribución judía al país. Del mismo modo, la declaración del 19 de enero como día del recuerdo para los alemanes étnicos detenidos y deportados de Hungría: sesenta y cinco mil conciudadanos fueron enviados a campos de trabajos forzados en Siberia. En el momento actual, las escuelas alemanas se han multiplicado por cinco, y el número de sus estudiantes se ha triplicado. La comunidad húngara alemana ha crecido hasta doscientas mil personas. Con respecto a los gitanos, una comunidad que vive en situación de pobreza, se ha aumentado en un 50 % el número de sus jóvenes que acceden a la educación superior.

          En cuanto a los datos económicos del país, la situación heredada de la administración socialista fue de un profundo endeudamiento por el alto déficit público y, a nivel social, por el compromiso de préstamos en moneda extranjera contraído por muchos particulares. Desde el 2010 los créditos en divisas foráneas casi se han eliminado, el consumo está aumentando y las tasas de interés han caído drásticamente. El déficit del gobierno fue del 1,9 por ciento del PIB y la relación deuda/PIB va declinando. Según los datos del crecimiento del PIB de la Oficina Central de Estadística húngara, la economía húngara creció un 4 % en el 2017; un dato que no se había alcanzado en los últimos doce años. Esta mejora de la economía ha redundado en un aumento salarial del 12.8 %, que supone un 54 % superior a lo que se cobraba de media en 2010. Del millón de puestos de trabajo prometidos en el 2010 por el Fidesz, se han creado 736.000, reduciendo el desempleo a un mínimo histórico del 3,8 %. La población ha aumentado en setenta mil personas por el incremento demográfico. Los matrimonios han aumentado un 46 % por la mejor situación laboral. Los magiares han dejado de emigrar y la necesidad de mano de obra está atrayendo a ucranianos y balcánicos en gran número. Con respecto a la fuerte presencia internacional desde la privatización tras la caída del comunismo, más de la mitad de los medios de comunicación son propiedad de capital magiar y del mismo modo las entidades bancarias, eliminando el problema del endeudamiento en otra moneda.

         A nivel exterior, el gobierno magiar es proeuropeo y es favorable a tener una fuerza de defensa común, pero es fiel al espíritu fundacional europeo nacido en el Tratado e Roma de 1957 y que fue defendido por los presidentes De Gaulle y Adenauer, estableciendoImagen relacionada una Europa basada en una alianza de naciones libres que tienen en común su herencia cristiana. El 78% de los magiares son favorables a defender la cultura y tradición cristiana de su nación. En una decisión difícil por la presión de la Unión Europea sobre la política de llegada de refugiados, el gobierno realizó en el 2016 un referéndum que daba respaldo social a la decisión del gobierno de reforzar el control de fronteras del país ante la llegada masiva de millones de refugiados.  El ejecutivo se mostró favorable a revertir competencias a los Estados soberanos para un control más democrático y eficaz de la gestión. Este punto de vista coincide con el resto de los miembros del grupo de Visegrado (Hungría, Polonia, Eslovaquia y República Checa) que es la región que más ha crecido económicamente de la Unión Europea y que más ha reducido los niveles de pobreza; además de conjurar hasta la fecha todo intento de atentado yihadista. Palabras como Patria, familia, trabajo, y sentido común siguen formando parte de su vocabulario político. Estas naciones coinciden en la recuperación de su libertad en 1989, en el deseo de vivir su democracia política y en defender la herencia cultural de sus antepasados.

          El respaldo que sus diásporas tuvieron durante la guerra fría por los Estados Unidos hace que en política exterior Hungría tenga buenas relaciones con la primera potencia del mundo, formando parte de la OTAN desde 1999; pero también con Rusia, garante deImagen relacionada energía barata para su economía, como es el convenio firmado para la construcción de una central nuclear. También ha estrechado relaciones con países como Israel, Singapur o China, de fuerte crecimiento económico y con los cuales mantiene acuerdos de cooperación estables. El potencial turístico magiar y la protección de su rico legado cultural han convertido Hungría en un país atractivo, puerta de entrada a la región centroeuropea.

         Sin embargo, la actual política migratoria de la UE ha provocado una situación problemática con el país danubiano. Como se ha dicho, en una decisión difícil por la presión de la Unión Europea sobre la política de llegada de refugiados, el gobierno realizó en el 2016 un referéndum que daba respaldo social a la decisión del gobierno de reforzar el control de las fronteras.  No obstante, en septiembre de 2018, con 448 votos a favor, 197 en contra y 48 abstenciones, el parlamento europeo daba cobertura a las instituciones europeas para que activasen por primera vez el artículo 7 contra Hungría, un estado miembro de la UE. El informe elaborado por una europarlamentaria holandesa, Judith Sargentini, cuya formación proviene del viejo Partido Comunista, que en 1956 animó la intervención militar soviética en Hungría. A pesar de todo, el veto polaco sirvió para evitar la necesaria unanimidad de todos los países miembros. En marzo el Partido Popular Europeo decidía a dos meses de las elecciones europeas, suspender el estado de miembro del Fidesz.Resultado de imagen de la UE contra Orban

          Estamos ante dos visiones distintas de Europa: la de aquellos países leales al espíritu fundacional de 1957 y la de quienes han renunciado al mismo por patrones ideológicos opuestos. Esta mutación, gestada en los años setenta del siglo pasado, ha ido agravando las tensiones entre muchos Estados, además de acelerar una burocratización de las instituciones europeas que ha contribuido al rechazo de muchos ciudadanos. De ahí la actual crisis de la Unión Europea, resultado de una desnaturalización vinculada a los cambios experimentados por las sociedades de la Europa occidental.

Volver a los fundamentos de occidente

 por Guillermo Arquero, historiador

       Que la cultura occidental está en crisis parece fuera de toda duda. Europa se encuentra en el epicentro de este declive. El caso de la cultura occidental resulta peculiar a tenor del carácter endógeno de su crisis; mientras otras culturas han atravesado momentos dramáticos o decadentes como consecuencia de la irrupción de otras civilizaciones o del colapso y agotamiento de la misma, en Occidente esta crisis se ha producido por la autocrítica y la negación de algunos de sus fundamentos, además del desarrollo de determinadas ideas que la han llevado a un callejón sin salida. Es ante todo un problema de ideas y valores, que luego ha llevado a otro de índole biológico, incluso. En efecto, las bajas tasas de natalidad europeas responden, en buena medida, a una crisis moral –ligada a una concepción antropológica desvinculada de la naturaleza real de la persona− en la que la institución de la familia ha sido la mayor perjudicada.

        Aunque muchos no lo quieran reconocer, la civilización europea es de matriz cristiana (no tiene ello que ver directamente con que un europeo sea creyente o no), si bien la sociedad actual se ha separado de esta raíz. El filósofo francés Michel Onfray (muy alejado de planteamientos cristianos) afirma que “la civilización judeocristiana europea se encuentra en fase terminal”, y añade[1]:

La potencia de una civilización casa siempre con la potencia de la religión que la legitima. Cuando la religión está en fase ascendente, la civilización lo está igualmente; cuando se encuentra en fase descendente, la civilización decae; cuando la religión muere, la civilización fallece con ella. El ateo que soy ni se ofusca ni se alegra por ello: lo constato, como lo haría un médico con una descamación o una fractura, un infarto o un cáncer.

         Onfray hace un paralelismo entre este proceso y la construcción de la Sagrada Familia de Barcelona. Para él, es el mejor símbolo de lo que sucede en nuestra civilización: ha quedado inacabada, no se ha podido terminar, ya no hay fuerza vital para ello.

       Sin embargo, se le pueden poner muchos reparos al filósofo francés, entre ellos que ignora el valor de toda la tradición europea, ve su historia como si fuera la vitrina de un vetusto museo, lo analiza desde el presentismo Si no, se daría cuenta de que las grandes catedrales góticas de su Francia natal, por ejemplo, tardaron decenios, cuando no siglos, en concluirse. Sus constructores eran conscieImagen relacionadantes del tiempo que les llevaría, y entendían que iniciaban algo que debía perdurar. Tenían una visión distinta del tiempo y de la historia humana, donde no hay sólo una comunicación con las personas coetáneas, sino del pasado y del futuro. Ello tiene mucho que ver con la visión de la ciencia histórica de Marc Bloch, que, lejos de concebir la historia como ciencia del pasado, la veía como el análisis de la realidad humana en su desarrollo en el tiempo, de manera que se une el estudio del mundo de los que ya vivieron y murieron con el presente de los vivos en un mismo estudio [2].

         El problema no es sólo religioso, sino que la racionalidad de Occidente ha entrado en crisis. Eso ha llevado al hombre actual a vivir en un estado de perplejidad, según dice el filósofo Jorge Úbeda, al no haber conseguido la cultura occidental, desde la Ilustración, llegar al proyecto que ésta tenía de conocer y comprender absolutamente la verdad mediante la razón. Según este pensador, no es necesariamente la razón humana la que ha fracasado, sino la concepción del tiempo como matriz para la consecución de los objetivos y metas de la humanidad[3]. Lo que hace Onfray a propósito de la Sagrada Familia.

        Visto así, aunque es innegable la crisis (y que se avecinan tiempos de profundos cambios, si no inmediatos, ya se verá en dos o tres generaciones), Occidente bebe de unas fuentes que no se acaban: la cultura clásica y el cristianismo. No son cuestiones del pasado (concepto tan mal entendido, como enseñaba Marc Bloch), sino que están muy vivas. El problema es que, en cierta manera, nos negamos a beber de sus aguas. Pero no nos queda más remedio. Volver a las fuentes no significa retrotraernos a épocas ya pasadas, sino afrontar nuestra época renovando aquello que nos ha conformado, partiendo de esas raíces, como bien recodara Juan Pablo II el 9 de noviembre de 1982 en Santiago de Compostela [4]:

Desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo.

         Europa y Occidente, si bien están en crisis, tienen en sí el germen de la renovación, gracias a sus hondas raíces. Hay quienes no concuerdan en absoluto con esto, aunque reconocen que Occidente se funda en el mundo griego. Es muy elocuente el título de la profesora Teresa Oñate Los orígenes de la filosofía en Grecia: viaje al inicio de Occidente (Dykinson, 2004). Ciertamente, esta filósofa difiere mucho de lo que aquí se plantea, pues para ella el pitagorismo, el platonismo y el monoteísmo judeocristiano malograron la aportación de los primeros filósofos griegos (incluyendo Aristóteles, que habría sido tergiversado en los siglos de la Cristiandad).

        Sin embargo, ha sido la descristianización de la cultura occidental (y previamente la llamada deshelenización del cristianismo planteada por la Reforma Protestante desde el XVI, que alumbró la Modernidad) lo que la ha llevado a un callejón sin salida, a un desequilibrio, como se desequilibra una silla a la que se le arranca una de sus patas. Volver la vista a la cultura cristiana medieval para tomar ideas y valores en el tiempo presente (con los aportes positivos de los últimos siglos) puede llevarnos a solucionar este Resultado de imagen de bruno latourtiempo de perplejidad. Síntoma de ello es un reciente artículo titulado “La modernidad está acabada”. Se trata de una entrevista al intelectual Bruno Latour, donde el autor (hablando de ecología) señala, al referirse a Europa, que “aquí hemos conservado la familia, los paisajes, las ciudades, los árboles… [Europa] consiste en cultivar y extender estos valores. Y sí, estamos volviendo, el hombre hoy busca sus raíces por todas partes”[5]. Aunque la conservación de la familia se nos presente como bastante discutible, el hecho de la vuelta a las raíces se manifiesta notorio. En efecto, del mismo modo que se puede regenerar la biosfera frente a los desastres de un crecimiento descontrolado e injusto, se puede regenerar la cultura.

             El lector se dará cuenta de la enormidad de esta cuestión, y de la imposibilidad de tratarlo en el presente artículo. Por dejar al menos un planteamiento que sea interesante, cabe traer a colación el aporte de dos intelectuales: Giovanni Reale y Vicente Rodríguez Casado. Sobre el primero, sobran las palabras de presentación. En el caso del segundo, me gustaría resaltar la visión que dio a la historia como “legado”. Para la docencia que impartió en la Universidad de Piura (donde dejó un gran recuerdo)[6] escribió tres libros, cada uno de ellos sobre una etapa histórica, que llevan por título El legado de la Antigüedad, El legado de la Cristiandad y El legado de la Modernidad. Responden sin duda a una visión sintética de la historia. Lo que tienen en común Reale y Rodríguez Casado es la importancia dada al proceso de la Modernidad (ya muerta según Latour y en realidad para casi todo el mundo, al hablar de la Posmodernidad) como inicio de una crisis que hoy vivimos de lleno.

        Giovanni Reale tiene una visión opuesta a la de Teresa Oñate. Para él, Sócrates y Platón supusieron una revolución que llevó a sentar importantes pilares de lo que luego se conocería como Europa[7], con un cambio en el orden epistemológico y moral. Siguiendo a Gadamer, Reale plantea que filosofía y ciencia no se pueden separar (como demuestra en una de sus últimas obras[8]), precisamente lo que se ha hecho en nuestra contemporaneidad. En efecto, frente a esta unidad que se daba desde Grecia, a partir de la revolución científica del XVII se ha tendido a confundir la ciencia con la técnica y la verdad con la utilidad. Y ello no está en la raíz de la propia revolución, pues pensemos que Galileo, antes que nada, se consideraba un filósofo, como bien demostraba en escritos tales como Il saggiatore o la Lettera a Madama Cristina di Lorena granduchessa di Toscana. Es evidente, leyendo a Reale, que se debería volver a la unidad de la ciencia que teorizó el Círculo de Viena y una vuelta la metafísica, que hoy, por desgracia, “cuando no incita a la cólera, suscita risas sarcásticas”[9].

          Por su parte, Vicente Rodríguez Casado planteó en una conferencia pronunciada en el Palacio Municipal de la ciudad de Piura, el 16 de agosto de 1974, titulada Técnica y nuevo humanismo Resultado de imagen de vicente rodríguez casadosocial, una serie de ideas muy relevantes para el caso que nos ocupa. Más centrada en la historia que en la filosofía, su visión del proceso de transformación de la cultura europea es cercana a la de Reale. El caso de Galileo fue para el historiador un momento en el que, desde los planteamientos católicos, no se supo salvar aquella contradicción –sólo aparente− entre razón y fe.

            Ciertamente, era sólo un espejismo, pues a día de hoy podemos decir que el caso Galileo es bien conocido. Se trató de un error del tribunal que lo condenó, no de la Iglesia, ni mucho menos de la cultura cristiana. Recientemente, Carmelo López-Arias ha publicado un artículo sobre el análisis del converso Frank Sherwood Taylor respecto a este caso, que es totalmente iluminador[10]. Sin embargo, no hubo una respuesta satisfactoria ante las novedades de la ciencia. Rodríguez Casado indica cómo el pensamiento católico de la Modernidad resultó en parte baldío frente a la vía abierta por la Reforma protestante y Descartes “al no llegar los pensadores católicos de la segunda mitad del siglo XVII y del XVIII a la talla de los nuevos adversarios”[11].

           Occidente, como mostró José Luis Comellas en su obra El último cambio de siglo: gloria y crisis de Occidente 1870-1914, (Ariel, 2000) ya percibió las contradicciones (sobre todo en el campo científico) de una ciencia devenida en técnica, un mito del progreso (esa indebida concepción del tiempo al que aludía Úbeda) y un aparente fracaso de la razón que ha llevado a la perplejidad actual. En nuestros tiempos “la absolutización de la ciencia (aquella que declarara el propio Galileo)[12] y de la técnica ha alimentado en el hombre su ilusión de dominio; pero el hombre no ha sabido crecer espiritualmente en la misma proporción”[13]. Habiendo hecho el diagnóstico, lejos de entregarnos al pesimismo podemos plantear una renovación cultural y un progreso positivo sin volver la espalda a las fuentes de la tradición clásica y cristiana. Espero, en futuras entregas, profundizar en distintos campos de este enorme horizonte.

[1] “Michel Onfray, el filósofo superventas que irrita y fascina a Francia”, por Marc Bassets en El País, (28/02/2018) consultado en www.elpais.org en febrero de 2019.

[2] BLOCH, M., Introducción a  la Historia, México: Fondo de Cultura Económica, 1952, capítulo 1, punto 7.

[3] Úbeda Gómez, Jorge, La infancia y el filósofo. Entrada y salida de la perplejidad presente, Madrid: Ediciones Encuentro, 2012

[4] Citado en el artículo “Europa, vuelve a encontrarte, sé tú misma”, publicado en Aceprensa el 8 de noviembre de 2012, consultado en www.aceprensa.com en febrero de 2019.

[5] Entrevista de Elena Pita a Bruno Latour, publicada en El Mundo, en su edición digital, el 19 de febrero de 2019, consultado ese mismo día.

[6] Para un conocimiento más exhaustivo de este autor, recomendamos Cañellas, Antonio; Olivera, César, Vicente Rodríguez Casado. Pensamiento y acción de un intelectual (1918-1990), Madrid, Ediciones 19, 2018.

[7] Vid. el capítulo  “La mentalidad especulativa de Grecia como  primer fundamento de Europa”, en Reale, Giovanni, Raíces culturales y espirituales de Europa, Barcelona: Herder, 2005, pp. 88 ss.

[8] Storia del pensiero filosofico e scientifico (2012)

[9] Reale, Giovanni, Raíces culturales y espirituales de Europa, Barcelona: Herder, 2005, p. 200.

[10] “Frank Sherwood Taylor, el científico agnóstico que quiso ser católico tras estudiar el caso Galileo”, publicado en Religión en Libertad el 7 de febrero de 2019, consultado en febrero de 2019.

[11] Ibid, p. 18.

[12] Véase el artículo del profesor Luis Suárez Fernández en https://www.larazon.es/historico/3348-el-error-de-galileo-por-luis-suarez-OLLA_RAZON_464536

[13] Reale, Giovanni, Raíces culturales y espirituales de Europa, Barcelona: Herder, 2005, p. 183

Democracia sin partidos

 por Antonio Cañellas, historiador

            Este año se conmemora el setenta aniversario de la publicación del libro Fines y fin de la política, luego titulado Democracia sin partidos (edición de 1952) de Adriano Olivetti. Hijo del fundador de la primera fábrica italiana de máquinas de escribir, continuó con la empresa familiar hasta convertirla en un referente internacional. EnResultado de imagen de democrazia senza partiti su estancia de formación en los Estados Unidos se imbuyó de las tesis planificadoras del New Deal y de la visión comunitarista nortemanericana. Según ésta, el principio de cooperación –libre y voluntaria− de los particulares, organizados en comunidad, resultaba beneficioso para la democracia moderna por cuanto estimulaba el compromiso cívico en la toma concreta de decisiones desde la misma base social. Este ejercicio de los deberes y derechos en el seno de dichas comunidades (culturales, religiosas, profesionales, etc.) alentaría virtudes como la prudencia, la laboriosidad o el servicio a los demás[1]. A partir de aquí Olivetti trazaría una concepción del Estado capaz de integrar los valores solidarios del socialismo con la defensa e impulso de la dignidad humana. En este aspecto destacó la influencia de los pensadores cristianos de la filosofía personalista; tanto Emmanuel Mounier como Jacques Maritain contribuyeron a perfilar su idea de comunidad. El intento por superar el individualismo autosuficiente y las tendencias despersonalizadoras de los totalitarismos de la época, empeñados en reducir al hombre a un instrumento en manos del Estado, constituiría el rasgo más sobresaliente de su propuesta. De ahí que la vindicación de la trascendencia humana como vehículo de apertura a la vida en común desde cada individualidad conformara el eje vertebrador de su esquema de pensamiento[2]. Así las cosas, la reforma orgánica del Estado exigiría de un equilibrio entre su función directiva con el respeto a la autonomía propia de las comunidades sociales. Éstas habrían de articularse a modo de agrupaciones humanas territorialmente estables, con poderes amplios y organizados en el campo de la cultura y del trabajo, con el propósito de encarar eficazmente su autogestión[3].

            Después de la experiencia fascista, la constitución italiana de 1948 consagró un sistema de partidos como herramienta para asegurar la confluencia libre y democrática de los ciudadanos en la vida política del país. Sin embargo, el control paulatino de las instituciones del Estado –hasta el punto de coparlas− por parte de las distintas formaciones, acabó generando una crítica severa contra dichas prácticas. La llamada partitocracia o gobierno de los partidos, cada vez más focalizados en satisfacer sus anhelos de poder en detrimento del interés general, propició una serie de respuestas de diversa índole. Todas ellas se orientaron a limitar su influencia o ajustarla conforme al principio del bien común.

            El debate no era nuevo. Ya en la Europa de entreguerras se había producido la crisis del parlamentarismo con el surgimiento de regímenes autoritarios. Fue el momento del auge de las tesis corporativistas como alternativa política al sistema de partidos. En España, una parte de aquellas corrientes se identificaron con el regeneracionismo brotado a raíz de la crisis de 1898. Al postularse una fórmula que diera voz a las corporaciones de la sociedad se aspiraba a contener la mediatización de los partidos; además de autentificar un sufragio premeditadamente manipulado por la componenda bipartidista de progresistas y conservadores en un país con altos índices de analfabetismo. En su caso, Joaquín Costa abogó por la participación de las cámaras de comercio en la vida política. Su republicanismo federal propugnaba la implicación de todos los ciudadanos en los quehaceres públicos, comenzando por la base de la sociedad hasta trabar un ente comunitario en el que residiría la soberanía y, por tanto, la libertad de agruparse a más altos niveles con fines solidarios. Otros pensadores, vinculados a la tradición católica, diferenciaron dos tipos de soberanías complementarias dentro de la sociedad. Según Juan Vázquez de Mella, las sociedades Resultado de imagen de juan vázquez de mellamenores irían incorporándose a las superiores de una manera espontánea (por un proceso de socialización connatural a la condición humana), de tal forma que los límites entre ellas establecieran una garantía mutua de derechos y deberes, manteniendo así las propias libertades. Los denominados cuerpos inferiores tendrían su núcleo primero en la familia que, una vez agrupadas, darían origen a los municipios, seguidos de las comarcas y regiones. De este modo se configuraría la soberanía social, nacida de aquellos fundamentos para ordenar y perfeccionar la convivencia de dichas entidades. Esta jerarquización natural precisaba, no obstante, una autoridad que dirimiera posibles conflictos. Por eso la necesidad del Estado que, identificado con la soberanía política, velaría por la autonomía de estas expresiones soberanas con un contrapeso de poderes que las coordinara armónicamente en beneficio de todos[4].

            Aunque estas premisas teóricas no cuajaran entonces, sentaron los cimientos para un ensayo posterior, al que también contribuiría Salvador de Madariaga durante la II República. Inserto en la herencia liberal y krausista, contempló la oportunidad de un Estado corporativo para un mejor desarrollo de las libertades ciudadanas. En su obra Anarquía o Jerarquía (1934) aludió a la existencia de una psicología nacional que, en el ámbito hispánico, tendería a un apasionamiento demagógico que recomendaba sustituir el multipartidismo por un sistema que calificaría de democracia orgánica:

La imagen de la República que buscamos es una democracia orgánica unánime, que se proponga sinceramente el bienestar y la libertad de los ciudadanos poniendo a su disposición el ambiente adecuado para su desarrollo. En esta República ideal, las diferencias de opinión quedarán reducidas a un mínimo relativo tan sólo a cuestiones de método, y que será como el reflejo de las diferencias de temperamento entre los ciudadanos[5].

            Pese al contexto general de agitación, con una sociedad europea fuertemente dividida por facciones y grupos de pensamiento, resultaba muy arduo instituir ese modelo sin una previa labor desideologizadora orquestada desde el mismo poder. De hecho, todas las pruebas dispuestas a tal fin (véase el caso de Italia, Portugal, Austria o España) tuvieron que decantarse por gobiernos autoritarios que, por lo demás, se apoyarían en estructuras de partido único más o menos acentuadas para perpetuar un sistema que devino imposible. Quizá sus fundadores confiaban en alumbrar una nueva Era, distinta a la inaugurada a partir de la Revolución Francesa en 1789. Sin embargo, el tránsito de una Edad marcada por la unidad de pensamiento en las cuestiones fundamentales de orden religioso, moral, filosófico o político a otra caracterizada por un pluralismo ideológico creciente, en el que todo es relativo y objeto de discusión[6], revela ese obstáculo cultural (un auténtico choque con la mentalidad imperante) para forjar modelos sociopolíticos de aquel estilo. Así lo percibieron algunos intelectuales y estadistas que, aun siendo conscientes de la división provocada por los partidos en ciertos períodos, prefirieron cavilar fórmulas más conciliables con el sentir de la época, pero sin renunciar a los correctivos necesarios.

            Fue Charles De Gaulle quien, en línea con el legado bonapartista, hizo de los partidos el objeto de sus censuras a causa de los inmensos poderes que habían acumulado en el ordenamiento constitucional de la IV República francesa desde 1946. Para el antiguo líder de la resistencia, la soberanía de la nación −en cuanto unidad histórica− pertenecía al pueblo siempre que se expresara de manera conjunta y directa. Por tanto, no admitía que aquélla pudiera trocearse entre los diferentes intereses representados por los partidos. En su opinión, éstos debían encauzar el contraste de pareceres de la ciudadanía con la elección de los diputados en el Parlamento, pero sin que la continuidad de los gobiernos (poder ejecutivo) dependiera de ellos, como había sido la tónica habitual. El gabinete ministerial debería provenir de un poder suprapartidista (por encima de los partidos) que, en su caso, encarnaría la Jefatura del Estado como exponente de la permanencia y unidad de la nación[7]. Todo un programa contenido en la constitución francesa de 1958, todavía vigente en su armazón fundamental[8].

            Hasta esa fecha, la inestabilidad de la política francesa, agravada por la atomización política de los partidos, fue un fenómeno también experimentado por Italia. La evolución del sistema hacia la partitocracia precipitó que algunos enarbolaran la bandera del presidencialismo, a ejemplo de París. Aunque no llegara a materializarse la vía comunitarista de Olivetti −fallecido en 1960−, otros autores como Lorenzo Caboara (profesor en la Universidad de Génova) abogaron por una apertura del régimen partidos que facilitara una participación integral de los ciudadanos, también de las corporaciones sociales, en la vida política[9]. Esta pretensión de pergeñar una democracia menos mediatizada por los partidos con arreglo a un criterio técnico, más apoyado en el Estado de razón que en ciertos sinsentidos ideológicos, recibió la acogida de otras voces eminentes. En España, Julián Marías o Camilo José Cela Resultado de imagen de camilo jose cela. senadoraplaudieron el acceso de la sociedad civil a las instituciones representativas sin necesidad de adscripción o concurrencia en las filas de un partido[10]. La figura de los senadores de libre designación real, contemplada hace años por la ley[11], con el nombramiento de personalidades destacadas por su valía humana, intelectual o profesional; o la elección de representantes de los Colegios Profesionales, las Academias, las Cámaras de Comercio, etc. entre sus propios miembros, podría contribuir a enriquecer el debate público y a mejorar la obra legislativa. El conocimiento y la especialización en materias variadas quizá aportarían perspectivas más razonadas, aminorando la demagogia a la que acostumbra la refriega partidista. Probablemente la política ganaría en credibilidad e intensificaría su cometido en la promoción efectiva del bien común.

[1] Russell Kirk, ¿Qué significa ser conservador?, Ciudadela, Madrid, 2009, pp. 48-49.

[2] Adriano Olivetti, Democrazia senza partiti, Edizioni di Comunità, 2013, p. 53.

[3] Ibid., p. 47.

[4] Juan Vázquez de Mella, Regionalismo y Monarquía, Rialp, Madrid, 1957, pp. 112-113.

[5] Salvador de Madariaga, Anarquía o Jerarquía, Aguilar, Barcelona, 1934, p. 163.

[6] Véase la introducción de José Luis Comellas a su Historia breve de España Contemporánea, Rialp, Madrid, 1989, pp. 20, 23.

[7] Charles De Gaulle, Memorias de esperanza. La renovación, Taurus, Madrid, 1970, p. 14.

[8] Para un estudio acerca de sus reformas parciales, Andoni Pérez Ayala, «Revisiones constitucionales y reformas institucionales en la V República francesa», Revista de Estudios Políticos, nº 148, 2010, pp. 105-157.

[9] Lorenzo Caboara, Los partidos políticos en el Estado moderno, Ediciones iberoamericanas, Madrid, 1967, pp. 94-96.

[10] Entrevista televisada de Jesús Hermida a Camilo José Cela en el programa Su turno de TVE (10/05/1983).

[11] Art. 2. 3 de la Ley para la Reforma Política. BOE 1/1977.

 

Alcance de los derechos humanos

 por Luis Suárez, Real Academia de la Historia

        En nuestro último artículo sobre los derechos humResultado de imagen de estatua francisco de vitoria. onuanos https://cidesoc.com/2018/05/24/raices-de-los-derechos-humanos/ apuntamos la contribución de la Escuela de Teólogos de Salamanca (s. XVI) a su reconocimiento y desglose. Ciertamente, los derechos naturales inherentes a la condición humana (la vida, la libertad y la propiedad) fueron estudiados en su alcance y repercusión por intelectuales como Francisco de Vitoria o Domingo de Soto.

            Para estos pensadores, el derecho a la vida sería un don de Dios y, por tanto, inalienable; “todos somos nacidos” y en ello no interviene la voluntad, como cantó Jorge Manrique en su obra literaria −¡Oh mundo! que nos matas, fuera la Vida que diste toda vida[1]. Por consiguiente, la vida humana debe ser respetada en conformidad con el carácter inmutable del derecho natural. No obstante, esta norma universal se distinguió de la mutabilidad propia del derecho de gentes, a pesar de funcionar como complemento de aquélla. En efecto, de acuerdo con la escolástica tomista, los maestros salmantinos señalaron la relajación o dispensa que éste permitía si, atendiendo a los perjuicios ocasionados por la fragilidad moral de los hombres, se ordenaba a procurar el bien necesario en cada circunstancia para el correcto desenvolvimiento de la sociedad. Según este planteamiento, el derecho de gentes conviene en admitir, con el derecho natural, la privación justificada de la vida en algunos casos; bien en un acto lícito de defensa personal o como recurso de la autoridad legítima para perservar la paz y la seguridad de la res publica.

            El derecho al libre albedrío debería conformarse con la voluntad. Algo que negó radicalmente Lutero y que en nuestros días es objeto de confusión, porque se identifica la libertad con la autosuficiencia humana. Esto permite realizar lo que no está prohibido por las leyes políticas con independencia del orden moral objetivo inscrito en la misma naturaleza.

            Finalmente se subrayó el derecho de propiedad, que es el que incluye todos los recursos necesarios para garantizar la existencia como las rentas y el empleo. Podemos entender este último punto acudiendo al caso de los campesinos o payeses de remensa Resultado de imagen de isabel la catolicacatalanes, a quienes se ofreció abandonar la tierra que cultivaban a cambio de liberarlos del estado de servidumbre. Hubieron de rechazar la propuesta porque esos campos eran su único sustento. Fue Isabel la Católica quien resolvió el problema al facilitarles la compra de la tierra, elevando así su condición a súbditos libres de la Corona.

            Los maestros de Salamanca acudieron a una expresión importante que es el derecho de gentes, como ya hemos dicho. De este modo se lograba un avance en los logros alcanzados por el judaísmo y el cristianismo. Según ellos, todos los seres humanos sin distinción tenían que ser considerados y tratados como criaturas venidas del Amor de Dios y, por tanto, llamados a participar en el camino de Salvación como beneficio supremo de la humanidad. Poco antes de su muerte la reina Isabel incluyó en su testamento una cláusula -que adquirió carácter de norma fundamental- por la cual se obligaba a los magistrados a tratar con justicia y libertad a todos los moradores de las tierras descubiertas en el Nuevo Mundo:

Por ende suplico al Rey… y encargo y mando a la dicha Princesa mi hija y al dicho Príncipe su marido, que así lo hagan y cumplan y que éste sea su principal fin y que en ello pongan mucha diligencia y no consientan ni den lugar:

— que los indios vecinos y moradores de las dichas Islas y Tierra Firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, sino que manden que sean bien y justamente tratados;

— y (que) si algún agravio han recibido, que lo remedien y provean por manera que no se exceda en cosa alguna lo que por las letras apostólicas nos es infundido y mandado[2].

            Estas expresiones son suficientemente claras, pues al referirse a los indios con las mismas palabras que a los habitantes de Castilla: «vecinos y moradores», se estaba reconociendo la legitimidad de las comunidades locales que ya tenían establecidas. La garantía en cuanto a la integridad personal y a los bienes materiales apuntaba a los dos derechos naturales básicos de libertad y propiedad, según el sentir de los teólogos de la época. Hacía años que otra ley elaborada en Guadalupe había prohibido la esclavitud. Sólo podían considerarse esclavos los que hubiesen sido comprados en mercados ajenos, recordando –sin embargo− que la liberación era una acto altamente virtuoso.

            Pese a todo, las noticias de los daños ocasionados en la Antillas por parte de la administración colombina obligaron a intervenir al rey Fernando después de la muerte de su esposa. Decidió reunir una Junta en Burgos para abordar la cuestión. Algunos consejeros abogaban por librar a la Corona del compromiso contraído a raíz de los descubrimientos, dejando la empresa en manos de los particulares. No obstante, el argumento del Padre Ginés de Sepúlveda fue contundente: si se delegaba el proceso en la iniciativa privada se produciría un daño mucho mayor. Por eso la monarquía tenía que asumir la dirección de aquella industria. De ahí que, por primera vez, se estableciera un ordenamiento para el gobierno de aquellas tierras. Cuando México y Perú, verdaderos reinos, se incorporaron a la monarquía hispánica, Carlos I y Felipe II sustituyeron aquel ordenamiento por un cuadro global conocido como las Leyes de Indias, convirtiendo en súbditos a todos los aborígenes que gozarían en adelante de plena libertad, como había sido el deseo de la reina Isabel. Fue ésta una de las principales aportaciones de España a las Américas.

            El Concilio de Trento (1563) integró a toda la catolicidad en las enseñanzas de la Escuela de Salamanca. También el holandés Hugo Gorcio recogió estas doctrinas para elaborar su tesis del mare liberum, sentando las bases del Derecho marítimo internacional para que todos los países pudieran navegar y comerciar libremente por los océanos. Y es que pensadores de muy diversas naciones se inspiraron en el magisterio salmantino para articular sus propuestas. Incluso las palabras del preámbulo de la declaración de independencia de los Estados Unidos de 1776 denotan esa influencia al sentenciar que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, que entre éstos está la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad[3], incorporándose como pauta fundamental del ordenamiento jurídico.

            Sería muy recomendable que nuestros políticos tuvieran esto en cuenta, estudiando las raíces sobre las que se asienta la verdadera libertad, para servir mejor al bien de nuestras sociedades.

 

[1] Jorge Manrique, “¡Oh mundo que nos matas” en Obra completa. 

[2] Véase el testamento de la reina en, https://es.wikisource.org/wiki/Testamento_de_Isabel_la_Cat%C3%B3lica

[3] Declaración de independencia de los Estados Unidos de América (1776).

La memoria histórica como problema

  por Antonio Cañellas, historiador

            No es ninguna novedad la contradicción que estos términos –memoria e historia− pueden plantear cuando se asocian. El interés por construir una visión del pasado acorde con las pautas mentales e ideológicas que imperan en el presente viene siendo la tónica habitual en los últimos años. Como bien apuntó René Rémond, laImagen relacionada labor del historiador debe consistir en establecer la importancia de los hechos pasados, explicándolos dentro de su contexto sin emitir juicios de valor. Éstos, en todo caso, deberían corresponder a los particulares dentro de los márgenes naturales de la libre opinión. Al revelar la complejidad del pasado en su totalidad, ajustándose siempre a la verdad de lo acontecido, el historiador puede suscitar la articulación de una memoria colectiva sobre el pasado más reciente (por las implicaciones de orden sociopolítico que éste genera) que responda a un principio inequívoco de integralidad. Esto es, dar razón rigurosa, completa y no sesgada de la historia[1]. Lo contrario implica una instrumentalización por parte de quienes alientan una memoria parcial –su memoria− acerca de la interpretación interesada del pasado con fines presentistas. Su propósito radicaría entonces en lograr unos reconocimientos ventajosos y exclusivos, bien de carácter político, social o económico.

            Desde que en España se promulgara la Ley de Memoria Histórica en 2007 hemos asistido a una creciente tergiversación del pasado. El homenaje a quienes lucharon por la República del Frente Popular o fueron represaliados por los vencedores de la guerra civil esconde una intención de mayor alcance. No se trata únicamente de recuperar a las víctimas de un bando y restituir algunos de sus derechos ciudadanos, como viene haciendo la legislación desde los años setenta, de acuerdo con el espíritu de reconciliación que intentó activarse. Ciertamente, es de justicia que en un régimen fundado en el pluralismo ideológico los familiares de cualquier caído puedan disponer de sus restos para sepultarlos como es debido, amén de otras gratificaciones sociales. El problema reside en el maniqueísmo de dicha ley, que reduce todo y sin matices a dos bandos opuestos de “malos y buenos”. A medida que se homenajea a la izquierda republicana se desprecia a sus contrarios, haciendo tabla rasa de su recuerdo con la demolición de cruces y lápidas en su memoria. Se financian exhumaciones de los represaliados republicanos, pero se ignoran aquéllas que todavía acogen los restos de la otra trinchera. Es claro que existe una doble vara de medir ajena a lo que debiera ser el sentido de una memoria común. Precisamente por las circunstancias históricas que originaron la violencia fratricida de la guerra, se requiere de una generosidad compartida de perdón sincero −que olvida la afrenta−, como ya lo entendieron algunas destacadas personalidades del exilio –conscientes de sus errores durante la República− y de aquellos vencedores que vislumbraban otra fórmula política de entendimiento[2].  De lo contrario, como de hecho ocurre, se tiende a espolear una confrontación entre españoles que parecía superada, quebrando con ello el pacto de concordia articulado durante la Transición. En el trasfondo ideológico de la Ley de Memoria subyace el intento de algunos de sus promotores de incitar paulatinamente un cambio de régimen político. Al enmendar en su totalidad el sistema político del Movimiento Nacional, se dispara de soslayo en la línea de flotación de la Monarquía, restaurada por un acto legal de aquel ordenamiento jurídico. De poco vale el papel reformista desempeñado por la Corona y la estabilidad que sigue aportando a nuestro modelo constitucional. Ciertos sectores de la izquierda atizan para la pronta proclamación de la República, concebida como una reedición de la de 1931 con sus correspondientes sectarismos.

            En estas circunstancias, el ejecutivo socialista de Pedro Sánchez da otra vuelta de tuerca para forzar la exhumación del general Franco del Valle de los Caídos. Es muy preocupante observar cómo un Estado que se dice garantista constriñe el derecho que asiste a la familia para apelar judicialmente la resolución del gobierno o de impedir que, en cumplimiento de la misma, pueda trasladar los restos del difunto a la sepultura de su propiedad, ubicada en la cripta de la catedral de La Almudena. Es verdad que la idea inicial de los impulsores del complejo arquitectónico del Valle fue perpetuar la memoria de los «héroes y mártires de la Cruzada», conforme la disposición del decreto del 1 de abril de 1940. Sin embargo, con la progresiva inspiración de las leyes civiles en los postulados de la tradición católica se produjo un cambio de planteamiento. Ya Pío XII en su radiomensaje a los fielesImagen relacionada de España del 16 de abril de 1939 había invitado a una política de pacificación acorde con los principios inculcados por la Iglesia, en el que se garantizara una benévola generosidad para con los equivocados. Según el Pontífice debían iluminarse las mentes de los engañados por el materialismo, proponiendo el camino de una justicia individual y social que, contenida en el Evangelio, asegurara la paz y prosperidad de la nación[3]. Este intento por estructurar la convivencia social en plena euforia posbélica de los vencedores encauzó el proyecto de la basílica de Cuelgamuros hacia unos derroteros más integradores, a pesar de las resistencias de algunos. Según el decreto del 23 de agosto de 1957, que establecía la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, se dispuso que el monumento sirviera como memorial de los combatientes católicos de ambos bandos fallecidos en la guerra. Sus restos serían acogidos bajo el signo pacificador de la cruz y custodiados por la Orden de San Benito –procedente del Monasterio de Santo Domingo de Silos−, encargada del culto y de sostener un Centro de Estudios Sociales. Éste debería promover el análisis y resolución de problemas relacionados con la materia para evitar conflictividades como las acaecidas en los años treinta[4]. Por todo ello y a petición del Abad, el templo fue elevado a la dignidad de Basílica Menor en 1960 por el Papa Juan XXIII en la Carta Apostólica Salutiferae Crucis.

            No cabe duda de que el proyecto es difícil de entender fuera de las coordenadas de la fe católica. Sin embargo, artistas como Juan de Resultado de imagen de juan de ávalosÁvalos –depurado en 1942 por su militancia socialista− pudo comprenderlo hasta convertirse en el principal escultor del Valle. Fue él uno de los que también insistió en dar al complejo un tono despolitizado si en verdad quería materializarse aquel deseo de hermandad. Dicho empeño engarzaba con el sentir de aquellas palabras finales de José Antonio Primo de Rivera, sepultado a los pies del altar mayor: ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. De hecho, en el interior de la basílica sólo se hallan imágenes y representaciones religiosas con el fin de alentar el sentimiento de perdón que impone el mensaje evangélico, a decir del decreto de 1957. Su propósito reconciliador y funerario quedan bien perfilados[5]. No se precisa, por tanto, vindicar una significación que ya de por sí posee.

            El hecho de que el cuerpo de Franco repose en la basílica responde, asimismo, a la antigua tradición cristiana de enterrar en el templo a quienes fueron sus benefactores. Pretender levantar unResultado de imagen de tumba de franco cadáver de un recinto sagrado menospreciando el parecer de la comunidad benedictina, que lógicamente ha de secundar la voluntad de los familiares, es una conculcación temeraria del derecho. Con este proceder, que en verdad sufraga los dispendios de las alianzas políticas del gobierno, no se favorece la construcción de una memoria colectiva, sino únicamente parcial, que erosiona un clima de entendimiento y concordia.

            El Valle debe ser un lugar destinado exclusivamente a la oración y al culto. Aquí estriba uno de los aciertos de la Ley de Memoria después de que algunos –quizá igualmente desconocedores del proyecto final de Cuelgamuros− lo convirtieran en lugar de exaltación política. Si se pierde este sentido religioso se altera la significación de la basílica. El poder político quizá debería asumir responsablemente aquel histórico mensaje del Presidente de la República en el exilio, Claudio Sánchez Albornoz, conocedor de los errores que implica la mutua incomprensión. Fue él -historiador- quien al regresar a España abogó por el entendimiento de todos en un régimen de libertad que desterrara antiguos odios y rencores. Sólo desde esta premisa puede conformarse una memoria de todos que conjure discordias y procure el bien común.

 

[1] Véase la entrevista televisada a René Rémond (1918-2007) en Collection Paroles d’historien (publicada por ina.fr en 2018).

[2] Santos Juliá, “Año de memoria”. El País. (31/12/2006).

[3] Radiomensaje de Pío XII a los fieles de España (16/04/1939).

[4] Véase el Decreto-ley de 23 de agosto de 1957 por el que se establece la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

[5] Juan XXIII, Carta Apostólica Salutiferae Crucis (1960).

Los valores de la milicia

  por Juan Carlos Rodríguez, historiador

            Creo que en ciertos momentos de nuestras vidas nos hemos identificado con alguno de esos soldados que aparecen en películas célebres de la historia del cine; sobre todo por los valores que encarnaban. Films como Los últimos de Filipinas (1945), Cateto a Babor (1970), Salvar al soldado Ryan (1998),  Black hawk derribado (2001), Zona Hostil (2017), Dunkerque (2017), y un largo etcétera, pueden ser buen ejemplo de ello. Reclutas como Alfredo Landa en elResultado de imagen de cateto a babor papel de Miguel Cañete, un humilde labrador que debe incorporarse al servicio militar y afrontar no pocas vicisitudes, puede despertar en cualquiera de nosotros ese momento en el que nos separamos de nuestra zona de confort y damos nuestros primeros pasos como hombres o mujeres adultos, con independiencia de que se haya prestado o no el servicio de las armas. A pesar de las primeras dudas que pueden aparecer en los albores de esa transición, no se duda de la importancia de la misma y  con el mayor empeño posible, se intenta estar a la altura de las circunstancias.

En buena medida, el Ejército representa esa vivencia de valores que puede desarrollar una persona. Compañerismo, disciplina, ejemplaridad, espíritu de sacrificio, servicio, excelencia profesional, honor, lealtad, sentido del deber y amor a la patria, están presentes en un buen soldado.

El compañerismo es el vínculo que se establece entre compañeros que forman parte de un grupo o comunidad, en este caso, del Ejército, con todas y cada una de sus unidades. Es el compromiso que impulsa a entregarse mutuamente, con generosidad y desinterés en beneficio del prójimo: Dos son mejores que uno; porque tienen una buena recompensa por su trabajo. Porque si caen, uno levantará a su compañero: pero qué desgracia para aquél que no tiene a otro que lo ayude a levantar (Eclesiastés 4:9-10).

La palabra disciplina deriva del latín discipulus, que significa discípulo, quien recibe una enseñanza de otro. La disciplina está definida como la manera ordenada y sistemática de hacer las cosas, siguiendo un conjunto de reglas y normas. Los militares no se cuestionan dicho valor, ya que de él dependerá el éxito de la misión. La disciplina conlleva obedecer con diligencia y exactitud las órdenes de los superiores, pero también, la responsabilidad de los mandos con las decisiones por éstos tomadas, siendo modelos de disciplina para la tropa. A pesar de que en los últimos tiempos este valor está en declive, en la escuela, en la familia y en la sociedad en general, debido a un mal planteamiento de la modernización del sistema pedagógico, no podemos renunciar a él, si queremos lograr los mejores resultados en un ambiente ordenado. La disciplina conlleva respeto mutuo y cooperación, con firme dignidad y acatamiento como base para la enseñanza de las experiencias y destrezas en la vida.

Resultado de imagen de la rendición de bredaEl valor de la ejemplaridad tiene una gran fuerza cuando nos movemos en el ámbito de los valores. Difícilmente una persona puede ser un auténtico ejemplo de vida para el resto si no actúa en coherencia entre el ser y el hacer. Cada uno de los miembros del Ejército debe aspirar a ser tenido como modelo de soldado y ciudadano. El mando debe ser un anexo de ejemplaridad, en palabras del filósofo José Ortega y Gasset.

El espíritu de sacrificio antepone el cumplimiento del deber a las comodidades, los intereses y las aspiraciones personales. Educa al militar en la austeridad, le hace más resistente frente a las dificultades y esfuerzos prolongados, y le ayuda a superar las adversidades. Todos deberemos sacrificarnos para lograr algo en la vida. Debemos educar enseñando a sacrificarse, a privarse, a sacar partido del tiempo y de los talentos dados, vencer nuestros defectos e incorporar virtudes. El espíritu de sacrificio debiera generar un estilo de vida de pequeñas pero múltiples renuncias en gustos, ataduras, compromisos… siempre en beneficio de un bien superior.

El espíritu de servicio es el amor, entusiasmo y alegría por servir a los demás. Algo que se necesita mucho en las familias, las empresas y la sociedad en general. Disposición permanente para anteponer siempre el bien común al propio o particular, dando a nuestra vida un sentido de compromiso desinteresado en beneficio de los demás. El espíritu de servicio es uno de los componentes principales de la vocación militar. Exige abnegación en el cumplimiento del deber y se manifiesta en una actitud de permanente disponibilidad y compromiso. Se ejerce sin esperar nada a cambio y la recompensa que se recibe es la satisfacción del deber cumplido.

La excelencia profesional va ligada al espíritu de superación, la iniciativa y el afán de mejora continua. Como el resto de los valores, no es exclusivo de las milicias, sino que es compartido por muchos otros profesionales. En las Fuerzas Armadas es esencial, si se quiere estar a la altura de los ejércitos más preparados y cumplir con eficacia las misiones asignadas. La formación y la actualización de los conocimientos, prácticas y medios, son imprescindibles.

El honor es la cualidad moral que obliga al hombre al más estricto cumplimiento de sus deberes consigo mismo y con los demás. Es un sentimiento inspirado en la lealtad que nos lleva a demostrar una conducta coherente. El honor es un valor esencial para el militar porque actúa como guía de su conducta y como motor que le impulsa a obrar siempre bien en el cumplimiento del deber. Es un símbolo de la vida virtuosa y un elemento esencial de la dignidad humana.

El mundo actual, si se siguen los dictámenes de la moda, no parece lugar para hombres de honor. El hombre del siglo XXI no piensa a largo plazo, se reduce a la inmediatez. La integridad, la caballerosidad, la justicia y la honradez, son conceptos anacrónicos, denostados principalmente por las ideologías de tendencia “progresista” o liberaloide, que buscan el éxito inmediato aunque sea a costa o en perjuicio del bien común de la nación. De ahí esa conocida sentencia de Otto Von Bismarck: el político piensa en la próxima elección; el estadista, en la próxima generación. Por eso el buen ciudadano y estadista es como el buen militar.

La lealtad trata básicamente de cumplir con lo que hemos prometido y de asistir al bien del otro, incluso cuando las circunstancias son adversas. La lealtad es una virtud, y como tal debemos desarrollarla desde nuestra conciencia. Ser leal con otra persona es una obligación moral que tenemos con un familiar, un amigo, una pareja, etc. Junto al honor es otra cualidad en declive. El compromiso asusta y la deslealtad está más que extendida en el mundo occidental. El militar leal mantiene sus valores y sus obligaciones para consigo mismo y en servicio de los otros, por encima de la conveniencia y de la adversidad.

El sentido del deber va más allá de la mera obligación forzosa. Nace del espíritu militar, del amor al servicio y del compromiso personal con el Ejército y con todos los compatriotas. Los deberes se relacionan con actitudes que se esperan de todos los seres humanos, para asegurar formas comunitarias con igualdad de derechos para toda la humanidad. El deber es la otra dimensión del derecho, son aliados íntimos, ya que para disponer de ciertos derechos debemos cumplir con  una serie de obligaciones. Como decía Inmanuel Kant en su libro Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, el deber del hombre no depende de los propios hombres, sino que es algo universal y necesario (válido para todos y en cualquier situación), es decir, a priori.

Hemos dejado para el final, el valor del amor a la patria. Éste aparece reflejado en el servicio al pueblo, en la defensa del territorio o sencillamente en el respeto a unos símbolos patrios. Sin patria no tiene sentido el Ejército. Su misión fundamental es defenderla, mejorarla, pero sobre todo, amarla.  Bien lo aseveró Ramiro de Maeztu en una de sus reflexiones: en el amor a la Patria se acumulan todos los valores humanos.