por Antonio Cañellas, historiador
No es ninguna novedad la contradicción que memoria e historia pueden plantear cuando se asocian. El interés por construir una visión del pasado, acorde con las pautas mentales e ideológicas del momento, ha sido una constante más o menos incisiva a lo largo del tiempo. Esta intencionalidad no se ha desvanecido con el progreso de los regímenes democráticos, que supuestamente reconocen la diversidad ideológica y de pensamiento. Según el análisis de algunos politólogos, es propio de las ideologías su tendencia a la sacralización y al dogmatismo. Dicho de otro modo, tienden a monopolizar y uniformizar la opinión pública. En la actualidad, se evidencia nuevamente este fenómeno, patrocinado por el poder político con la correspondencia ideológica de algunos historiadores. Se trata de un proceso que, como bien apuntó René Rémond
en su artículo La Historia y la ley, amenaza la objetividad del enfoque histórico, poniendo en riesgo la independencia de la historia como ciencia. De este modo, el historiador se vería desplazado en su misión de indagar la verdad del pasado por el detentador del poder político, que subyugaría la historia a su exclusivo interés. De aquí -añade este miembro de la Academia Francesa- la tendencia a tergiversar el pasado y a fiscalizar la labor de los historiadores, tan propia de los sistemas totalitarios. Esta es la razón del peligro que éste advierte para el conjunto de los ciudadanos, al privárseles de un conocimiento profesional de la historia que empobrece o anula la libre opinión y el debate público. Por el contrario, para Rémond el historiador puede suscitar la articulación de una conciencia histórica sobre el pasado más reciente, ahondando con rigor en su saber integral frente a la subjetividad de la memoria [1]. Lo opuesto implica una instrumentalización por parte de quienes alientan una memoria interesada –su memoria− acerca de la interpretación del pasado con fines presentistas. Su propósito radicaría entonces en lograr unos reconocimientos ventajosos y exclusivos, alejados por completo de la verdad histórica.
Desde que en España se promulgara la Ley de Memoria Histórica en 2007 hemos asistido a una creciente manipulación del pasado. El homenaje a quienes lucharon por la República del Frente Popular o fueron represaliados por los vencedores de la guerra civil esconde una intención de mayor alcance. No se trata únicamente de recuperar a las víctimas de un bando y restituir algunos de sus derechos ciudadanos, como viene haciendo la legislación desde el tránsito a los años setenta, de acuerdo con el espíritu de reconciliación que intentó activarse. Ciertamente, es de justicia que en un régimen fundado en el pluralismo ideológico los familiares de cualquier caído puedan disponer de sus restos para sepultarlos como es debido, amén de otras gratificaciones sociales. El problema reside en el maniqueísmo de dicha ley, que reduce todo y sin matices a dos bandos opuestos de “malos y buenos”. A medida que se homenajea a la izquierda republicana se desprecia a sus contrarios, haciendo tabla rasa de su recuerdo con la demolición de cruces y lápidas en su memoria. Se financian exhumaciones de los represaliados republicanos, pero se ignoran aquéllas que todavía acogen los restos de la otra trinchera. Es claro que existe una doble vara de medir ajena a lo que debiera ser el sentido de una conciencia histórica común. Precisamente por las circunstancias que originaron la violencia fratricida de la guerra, se requiere de una generosidad compartida de perdón sincero −que olvida la afrenta−, como ya lo entendieron algunas destacadas personalidades del exilio –conscientes de sus errores durante la República− y de aquellos vencedores que vislumbraban otra fórmula política de entendimiento[2]. De lo contrario, como de hecho ocurre, se tiende a espolear una confrontación entre españoles que parecía superada, quebrando con ello el pacto de concordia articulado durante la Transición. En el trasfondo ideológico de la Ley de Memoria subyace el intento de algunos de sus promotores de incitar paulatinamente un cambio de régimen político. Al enmendar en su totalidad el sistema político del Movimiento Nacional, se dispara de soslayo en la línea de flotación de la Monarquía, restaurada por un acto legal de aquel ordenamiento jurídico. De poco vale el papel reformista desempeñado por la Corona y la estabilidad que sigue aportando a nuestro modelo constitucional. Ciertos sectores de la izquierda atizan para la pronta proclamación de la República, concebida como una reedición de la de 1931 con sus correspondientes sectarismos.
En estas circunstancias, el ejecutivo socialista de Pedro Sánchez ha dado otra vuelta de tuerca para desenterrar al general Franco del Valle de los Caídos. Es muy preocupante observar cómo un Estado que se dice garantista ha constreñido el derecho que asiste a la familia del difunto para apelar judicialmente la resolución del gobierno o de impedir que, en cumplimiento de la misma, pueda trasladar sus despojos a la sepultura de su propiedad, ubicada en la cripta de la catedral de La Almudena. Es verdad que la idea inicial de los impulsores del complejo arquitectónico del Valle fue perpetuar la memoria de los «héroes y mártires de la Cruzada», conforme a la disposición del decreto del 1 de abril de 1940. Sin embargo, con la progresiva inspiración de las leyes civiles en los postulados de la tradición católica se produjo un cambio de planteamiento. Ya Pío XII en su radiomensaje a los fieles
de España del 16 de abril de 1939 había invitado a una política de pacificación acorde con los principios inculcados por la Iglesia, en el que se garantizara una benévola generosidad para con los equivocados. Según el Pontífice debían iluminarse las mentes de los engañados por el materialismo, proponiendo el camino de una justicia individual y social que, contenida en el Evangelio, asegurara la paz y prosperidad de la nación[3]. Este intento por estructurar la convivencia social en plena euforia posbélica de los vencedores encauzó el proyecto de la basílica de Cuelgamuros hacia unos derroteros más integradores, a pesar de las resistencias de algunos. Según el decreto del 23 de agosto de 1957, que establecía la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, se dispuso que el monumento sirviera como memorial de los combatientes católicos de ambos bandos fallecidos en la guerra. Sus restos serían acogidos bajo el signo pacificador de la cruz y custodiados por la Orden de San Benito –procedente del Monasterio de Santo Domingo de Silos−, encargada del culto y de sostener un Centro de Estudios Sociales. Éste debería promover el análisis y resolución de problemas relacionados con la materia para evitar conflictividades como las acaecidas en los años treinta[4]. La victoria de 1939 vino a administrarse -en palabras del propio Franco en la inauguración del Valle veinte años después- en favor de toda la nación y de su unidad. Sobre los principios inspiradores del denominado Movimiento Nacional, nuevamente reivindicados, debía articularse «ese ambiente que haría fructífero el desarrollo del progreso económico-social, afianzando un clima de entendimiento y unidad que ya no admitiría el viejo espíritu de banderías»[5]. Conforme a aquella visión, la Santa Sede atendió las peticiones del Abad para elevar el templo a la dignidad de Basílica Menor por medio de la Carta Apostólica Salutiferae Crucis firmada por el Papa Juan XXIII en 1960.
No cabe duda de que el proyecto es difícil de entender fuera de las coordenadas de la fe católica. Sin embargo, artistas como Juan de
Ávalos –depurado en 1942 por su militancia socialista− pudo comprenderlo hasta convertirse en el principal escultor del Valle. Fue él uno de los que también insistió en dar al complejo un tono despolitizado si en verdad quería materializarse aquel deseo de hermandad. Dicho empeño engarzaba con el sentir de aquellas palabras finales de José Antonio Primo de Rivera, sepultado a los pies del altar mayor: ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. De hecho, en el interior de la basílica sólo se hallan imágenes y representaciones religiosas con el fin de alentar el sentimiento de perdón que impone el mensaje evangélico, a decir del decreto de 1957. Su propósito reconciliador y funerario quedan bien perfilados[6]. No se precisa, por tanto, reivindicar una significación que ya de por sí posee.
El hecho de que el cuerpo de Franco haya reposado en la basílica hasta su forzada exhumación, respondía a la costumbre inmemorial de sepultar en los templos a sus principales
benefactores. Así lo entendió el gobierno de Carlos Arias de acuerdo con el príncipe, luego rey Juan Carlos, según el protocolo previsto en la operación Lucero ante el inminente deceso de Franco. No cabe duda de que levantar un cadáver de un recinto sagrado, menospreciando el parecer de la comunidad benedictina que lógicamente ha de secundar la voluntad de los familiares, es una conculcación del derecho particular. Para obviarlo, el Tribunal Supremo lo ha presentado como un asunto público que trasciende el derecho de los familiares[7]. Es entonces el gobierno quien se arroga la plena facultad de decisión, con el correspondiente agravante para el ejercicio efectivo de las libertades individuales. Con este proceder no se favorece la construcción de una conciencia colectiva, sino únicamente una memoria parcial, que desvanece un clima de pacto y concordia.
El Valle debiera ser un lugar destinado exclusivamente a la oración y al culto. Aquí estriba uno de los aciertos de la Ley de Memoria después de que algunos –quizá igualmente desconocedores del proyecto final de Cuelgamuros− lo convirtieran en lugar de exaltación política. Si se pierde este sentido religioso se altera la significación de la basílica. El poder político quizá debería
haber asumido responsablemente aquel histórico mensaje del Presidente de la República en el exilio, Claudio Sánchez Albornoz, conocedor de los errores que implica la mutua incomprensión. Fue él -historiador- quien al regresar a España abogó por el entendimiento de todos en un régimen de libertad que desterrara antiguos odios y rencores. Sólo desde esta premisa puede conformarse una conciencia histórica que conjure discordias y procure el bien común.
(Texto publicado en diciembre de 2018 y actualizado en noviembre de 2019).
[1] Véase la entrevista televisada a René Rémond (1918-2007) en Collection Paroles d’historien (publicada por ina.fr en 2018).
[2] Santos Juliá, «Año de memoria». El País. (31/12/2006).
[3] Radiomensaje de Pío XII a los fieles de España (16/04/1939).
[4] Véase el Decreto-ley de 23 de agosto de 1957 por el que se establece la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.
[5] Discurso de Franco en la inauguración del Valle de los Caídos (02/04/1959).
[6] Juan XXIII, Carta Apostólica Salutiferae Crucis (1960).
[7] Sentencia del Tribunal Supremo sobre la exhumación de los restos mortales de Francisco Franco de la Basílica del Valle de los Caídos (24/09/2019).
por Víctor Zorrilla, filósofo
Uno de los principales filósofos chilenos, Millas fue profesor en la Universidad de Chile y en la Universidad Austral. Hizo estudios de posgrado en filosofía y psicología en Estados Unidos. Fue profesor visitante en la Universidad de Columbia y miembro de varias sociedades académicas. Algunas de sus obras son: Idea de la individualidad (1943), Goethe y el espíritu del Fausto (1949), Ensayos sobre la historia espiritual de Occidente (1960), El desafío espiritual de la sociedad de masas (1962), Idea de la filosofía (1970) y La violencia y sus máscaras (1978). Entre sus principales influencias se cuentan Bergson, Husserl, William James y Ortega y Gasset.
propuesto, en un contexto diferente, una concepción del poder de raigambre tomista que, a la par que suscribía la doctrina de la soberanía popular, dejaba a salvo la validez del poder político legítimamente establecido. Tal concepción se basaba en una idea fundamental que proporciona a la reflexión política su cimiento metafísico: la del origen natural de la sociedad humana y, por tanto, del poder político erigido para gobernarla. De esta manera, Vitoria consiguió impugnar tanto el absolutismo monárquico como los movimientos de carácter anarquizante surgidos al filo de las reformas protestantes

El valor de la ejemplaridad tiene una gran fuerza cuando nos movemos en el ámbito de los valores. Difícilmente una persona puede ser un auténtico ejemplo de vida para el resto si no actúa en coherencia entre el ser y el hacer. Cada uno de los miembros del Ejército debe aspirar a ser tenido como modelo de soldado y ciudadano. El mando debe ser un anexo de ejemplaridad, en palabras del filósofo José Ortega y Gasset.

edio lo es entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto, y también por no alcanzar en un caso y sobrepasar en otro el justo límite en las pasiones y acciones, mientras que la virtud encuentra y elige el término medio. Por eso, desde el punto de vista de su entidad y de la definición que enuncia su esencia, la virtud es un término medio, pero desde el punto de vista de lo mejor y del bien.


entonces la demanda de las minorías selectas, especialmente instruidas para el liderazgo del país en todos sus ámbitos, formulada por José Ortega y Gasset en su España invertebrada de 1921. Fueron muchas las coincidencias de Miguel Maura con el filósofo madrileño, hasta el punto de ensayar un intento de colaboración política durante la República que finalmente no cuajó.
por Fernando Riofrío, filósofo y jurista
consistía en una crisis del conocimiento. Es decir, una crisis en el espíritu que altera o perjudica la confianza en el poder de nuestro entendimiento para conocer la realidad. Este problema radica en los cambios de mentalidad del siglo XX cuando se produjo un rechazo acusado de la tradición. Había que encontrar nuevos conocimientos, al margen de la tradición y las costumbres que guiaban a la comunidad. A esto se sumó el creciente relativismo militante de finales de la centuria.
Esta seguridad sólida y cierta se basa en la necesidad que tiene la cosa conocida fuera de la mente, y no en la actividad del sujeto pensante. En efecto, el entendimiento humano recibe el conocimiento de las cosas. Y, como dice Aristóteles, las cosas son la causa del conocimiento que tenemos de ellas. Son la causa de la verdadera estimación que el entendimiento tiene de las cosas mismas.
artes pensó que la ciencia universal debía ser una ciencia que partiese de cero; mediante una duda universal, que él llamó duda metódica. Descartes pretendió dudar de todo, y escogió como método para iniciar su ciencia universal, una duda universal, que, según él le condujo a admitir la existencia del sujeto cognoscente.



progresado como lo hizo sin las sabias y minuciosas investigaciones de Marie Curie. Tres ejemplos sobresalientes, concordantes a un tiempo con sus maridos (Fernando de Aragón, Manuel Murguía y Pierre Curie, respectivamente), que acabó por favorecer el auge recíproco de su obra pública y familiar con un equilibro bastante logrado.
marxista que preconizara Simone de Beauvoir en 1962. La maternidad, lejos de elogiarse, se percibe como una muestra de debilidad frente al varón
Ordenado sacerdote de la Diócesis de Mallorca (España) en 2007, mosén Mercant es miembro de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino. Desde 2017 es Doctor con Premio Extraordinario en Estudios Tomísticos por la Universidad Abat Oliba CEU (Barcelona), especializado en la metafísica y la gnoseología tomistas. Su tesis doctoral, publicada íntegramente en esta voluminosa edición de 1069 páginas, fue dirigida por el prestigioso tomista Rvdo. Dr. Ignacio Andereggen. También ha publicado
a este teólogo de Freiburg, es menester analizarlo desde sus fundamentos filosóficos. Con el presente libro, Mn. Jaime Mercant Simó, haciendo un análisis pormenorizado de Geist in Welt (Espíritu en el mundo), demuestra cómo el doctor Rahner, mediante su Erkenntnismetaphysik (metafísica del conocimiento), tergiversa los principios de la metafísica y la gnoseología tomistas prácticamente en su totalidad, llevando el cogito cartesiano hasta sus últimas consecuencias, identificando en el hombre el ser, el conocer y el ser conocido.
Martín Heidegger, el cual entiende al hombre como un Dasein (ser ahí) arrojado en el mundo, siendo este mundo meramente un existenciario. Rahner es infiel a su maestro al entender al hombre, al modo hegeliano, como espíritu, pero es fiel a la filosofía existencial de Heidegger cuando considera al hombre como ser en el mundo (In-der-Welt-sein) y como ser en el tiempo (In-der-Zeit-sein).
políticas o jurídicas, siempre las consideraban como hacía santo Tomás de Aquino, es decir, sub ratione Dei. El problema que se padece hoy en día dentro del ámbito de la filosofía cristiana ―y aquí incluyo a muchos tomistas― es que se ha olvidado que la filosofía debe servir a la teología y que no puede hacerse ninguna metafísica o teoría del conocimiento sin tener en cuenta a Dios; el pretenderlo es ir ―sic et simpliciter― en contra del pensamiento y de las intenciones del Aquinate, lo cual, como es natural, va en detrimento del tomismo mismo, pues éste queda terriblemente debilitado ante el pensamiento secularizante que existe fuera, pero también dentro de la Iglesia. La escolástica hispana del Siglo de Oro no fue en ningún caso pusilánime. La modernidad tuvo éxito en los países protestantes o en Francia que, a pesar de ser católica, presentaba frecuentes disensiones y muchos síntomas de confusión que ahora no hay tiempo de explicar, pero que la historia de los siglos posteriores se ha encargado de mostrarnos las nefastas consecuencias que sufrió todo el Occidente cristiano.
encontramos el germen de la modernidad. Esto es cierto y yo mismo lo recuerdo en mi tesis doctoral. También hago una crítica de la influencia que Rahner recibió de la escolástica suarista que le enseñaron los profesores jesuitas en sus años de formación. Sin embargo, este suarismo formalista va más allá de Suárez mismo, aunque es bien cierto que, en lo esencial, Rahner sigue los principios de la metafísica del Doctor Eximio. En particular, hay que mencionar la reducción del ser (esse) ―acto y perfección― a la existencia ―presencia fáctica en la realidad―; la identificación de esta misma existencia con la esencia; y el cambio de concepción de la teoría del acto y la potencia, entendiendo la misma potencia como un non ens simpliciter. Evidentemente, Rahner extrema los principios suaristas aplicándolos a la filosofía idealista y existencialista. Según Rahner, la concienticidad es, a la vez, la esencia y la existencia del hombre. Sin embargo, no podemos afirmar que Rahner sea suarista en el sentido de que siga ad pedem litterae la metafísica de Suárez. Es más, me atrevo a decir que si Rahner hubiera sido fiel a Suárez, no hubiera llegado a enseñar las aberrantes doctrinas filosóficas y teológicas que tanto daño hicieron a la Iglesia en la época postconciliar.

(F. 1)
(F. 2)