por Luis Suárez, Real Academia de la Historia
Antes de comenzar este breve análisis, cabe distinguir la palabra progreso de su derivado progresismo. La primera se refiere a un adelanto o perfeccionamiento humano, pues se trata de una facultad propia de nuestra especie. La segunda consiste en una formulación ideológica surgida en las postrimerías del siglo XVIII, que concibe ese avance o progreso de una determinada manera. Desde la Ilustración, muchos científicos, confiando exclusivamente en las potencialidades de la razón −que consideraban infinitas−, imaginaron que serían capaces de liberar
a la humanidad de sus pasadas angustias y temores, conduciéndola a la felicidad. Un término muy habitual durante los siglos XVIII y XIX, recogido en las declaraciones de derechos y en textos constitucionales. De ahí que se asociara el progreso y la felicidad en una suerte de maridaje indisoluble. Sin embargo, este progreso se entendió como el desarrollo de la mente humana ordenada sólo al bien material. Los adelantos en el conocimiento permitirían la erradicación de enfermedades y del consiguiente dolor, así como el aprovechamiento y eficaz distribución de la riqueza hasta lograr el pleno bienestar, fundando la sociedad perfecta y definitiva. Que no se alcanzaran esos objetivos de forma inmediata iba de suyo. Sólo se llegaría a la meta mediante una progresión paulatina, resultado de una serie imparable de descubrimientos. Esto explica la diversidad de ideologías que a lo largo del tiempo confluyen en dicha idea: el positivismo, el marxismo o, más recientemente, el transhumanismo son los relieves de una misma efigie progresista.
En su caso, el positivismo parte de la tesis que esbozara Voltaire: es el hombre el que inventa a Dios a su imagen y semejanza (Si Dieu n´existait pas, il faudrait l´inventer). La religión se reducía así a
un artificio humano con el que se intentarían explicar ciertos fenómenos importantes en las etapas primitivas del desarrollo humano; una inicial, de carácter politeísta seguida de una segunda monoteísta hasta concluir en una tercera −la positiva−, capaz de prescindir de lo sobrenatural o religioso para dar respuestas con arreglo a causas naturales que obedecerían a leyes estrictamente científicas. La humanidad habría progresado entonces presentando al ser humano como verdadero dios de sí mismo y de la naturaleza (el famoso seréis como Dios del Libro del Génesis). Las dificultades que pudieran presentarse en este proceso se imputaban a la resistencia ejercida por la religión, calificada de retrógrada y propia de mentes anquilosadas o supersticiosas. De aquí que, según el positivista, el remedio gravite en el barrido de cualquier metafísica para acelerar el progreso científico y conseguir la felicidad absoluta.
Con todo y a pesar de que no se han cumplido las previsiones del positivismo, entre las que se cuentan un acceso pleno de la humanidad a los bienes materiales y del conocimiento o el alargamiento indefinido de la existencia humana, sus seguidores continúan instalados en sus presupuestos. Desde la segunda mitad del siglo XIX hasta nuestros días han quedado patentes sus contradicciones. Ni todo el mundo ha podido acceder a la riqueza, también porque la acumulación ilimitada de bienes de consumo sólo se alcanza privando de ellos a muchas otras personas, ni se ha erradicado el dolor ni la enfermedad, como vemos ahora con un mundo en jaque por la crisis del coronavirus. Esa pretendida felicidad deja posos de amargura e insatisfacción, conforme apuntan las estadísticas sobre la creciente ingesta de ansiolíticos o el mayor índice de suicidios.
Cuando se constató que aquellos prometidos bienes se alejaban, agudizando las diferencias sociales con la explotación laboral de miles de personas, surgió otra vía complementaria, pues tampoco prescindía de la raíz materialista del positivismo. En efecto, el marxismo, ideología que toma el nombre de su inspirador –el filósofo alemán Karl Marx− postuló en El Manifiesto Comunista (1848) la formulación de una ley que, a su juicio, viene a gobernar la historia de la humanidad: la lucha de clases. El motor de la historia, la causa de su avance temporal, es el odio o el combate permanente entre oprimidos y opresores. De ahí que sólo pueda
abrazarse la felicidad en el momento que se supere esa dialéctica prescindiendo de la propiedad, generadora de las injusticias sociales. Para llegar al término de una sociedad comunista, ya sin diferencias, donde reine el igualitarismo como el estado de vida ideal, se requiere un paso previo: la dictadura del proletariado. La clase obrera debe primero derrocar a los capitalistas e implementar por la fuerza su programa. También aquí la religión estorba, porque actúa como opio –así la calificó el propio Marx− al frenar las conciencias en ese camino hacia el paraíso socialista. No hace falta insistir. La historia, que –en palabras de Cicerón− es maestra de la vida, ha verificado las secuelas de esta utopía. La conculcación de los derechos fundamentales de la persona (la vida, la libertad y la propiedad) ha sido una constante en los sistemas comunistas. La URSS y sus Estados satélites en Europa del Este son un ejemplo claro. Que todos ellos se evaporaran con el triunfo global de la economía capitalista no significa, sin embargo, la extinción de la ideología, adaptada a las nuevas circunstancias. El feminismo actualmente predominante supone la extrapolación de la antigua lucha de clases a la lucha de sexos. El patriarcado y no la propiedad es ahora
la causa de todos los males y el objeto a batir. De ahí que haya de implementarse una suerte de dictadura feminista que conduzca al igualitarismo sexual. No estamos hablando de igualdad en deberes y derechos con arreglo a una dignidad humana compartida por los distintos sexos, sino de una especie de masculinización –en el menos elogioso de los sentidos− por parte de la mujer, que renuncia así a su insustituible personalidad.
Esta espiral de contienda permanente, fundada en la autosuficiencia de cada uno, aspira a desplazar por superación las corrientes citadas traspasando definitivamente la condición humana mediante la técnica. Es lo que se conoce por transhumanismo; otro peldaño más de la escala imparable del progreso. Se trataría aquí de mejorar conscientemente la especie y
crear un nuevo tipo humano más allá de su misma naturaleza. La experimentación genética para lograr cualquier fin o el estímulo de una inteligencia artificial perfecta, sobrepuesta a la humana, permitiría vencer sus limitaciones intrínsecas. Esta idea viene a recuperar el concepto del superhombre a modo de dios omnipotente sobre su destino y el del universo, resultado de aquella vieja estela positivista.
No obstante, ¿realmente la felicidad radica en la trasposición, a veces violenta, de nuestra identidad como personas? Según su origen, el vocablo persona podría remitir a la expresión latina per se sonas, es decir, aquel que habla por sí mismo; esto es, un individuo que posee una naturaleza racional. Es esta razón la que nos debiera descubrir la realidad de la cosas para adecuarnos a ella y andar de este modo en la verdad. Sólo así apreciaríamos que existe un equilibro innato en la naturaleza que debemos preservar; también porque formamos parte de él. Esto entraña el respeto al orden moral. Por nuestra conciencia, esto es, el conocimiento certero de la realidad, sabemos de la existencia del bien y del mal. En efecto, los actos humanos trascienden el mero instinto
situándose en un plano superior al del mundo animal. Por eso nos realizamos cuando la conducta se identifica con el bien, tal como refiriera Aristóteles: es el hombre virtuoso –el que ama el bien por sí mismo− lo que hace feliz a la persona. He aquí la definición del amor. La solución a las grandes dificultades del mundo presente pasa por una afirmación o abundancia de bien que, necesariamente, nos remite a su causa primera, al que es por sí mismo: Dios, reconocido por la observación sensible y revelado por iniciativa propia hasta su materialización en Jesucristo. Todo en la persona obliga a trascenderse y si ese movimiento no se carga de amor, la misma persona se torna incomprensible. La experiencia demuestra que si el conocimiento no se pone al servicio de la naturaleza del hombre atenta a su dignidad y le degrada, aun
cuando se apela a su liberación, que se prueba falsa. Aquí está justamente la clave que obliga el amor a los demás. Esto implica animar al otro al esfuerzo para conducirse al bien, conforme al querer inserto en la Creación, y rehuir cualquier amago o empeño autodestructivo. El porvenir del género humano radica precisamente en recuperar su humanidad, es decir, volver a su esencia. Sólo de este modo podrá participar de la dicha del bien por vínculos cada vez más fuertes de solidaridad y dirigir a cada persona a la consecución del bien eterno de Dios.

iberoamericanas tras autoexiliarse de su país. El subtítulo promete una “interpretación de la cultura ibero-americana”. Como en su momento señalara José Carlos Mariátegui, el contenido del libro sobrepasa lo indicado en este rótulo, pues se trata no solo de una interpretación sino del planteamiento de un proyecto. Como había señalado poco antes en su Raza cósmica, Vasconcelos considera a la América Latina como la sede del mestizaje universal que habría de dar lugar a la raza humana definitiva y a una nueva civilización mundial. Estos motivos son retomados y desarrollados creativamente en Indología.
romano de propiedad —señala Vasconcelos— poseía caracteres “antieconómicos y feroces” que habían sido ya casi del todo superados en Europa. De entrada, la encomienda dio lugar a un régimen efectivo de esclavitud encubierta. Además, derivar todo dominio de una merced real era una práctica degradante que producía servilismo o rebeldía, pero en ningún caso podía, según Vasconcelos, generar un estado fuerte.
se abstiene de entrar en detalles técnicos. Desde luego, podría replicarse que la moderna agricultura industrial, con sus rendimientos superiores, requiere de fuertes inversiones en maquinaria e infraestructura —como el mismo Vasconcelos reconoce en el pasaje citado—, las cuales, al suponer grandes extensiones, resultan inviables en un mosaico de pequeñas propiedades (que se reducirían, por necesidad, a una agricultura de subsistencia). Vasconcelos es consciente de que la compejidad del asunto supone que cada caso deba estudiarse y manejarse con una sofisticación técnica que excede el ámbito de su trabajo, reconociendo que el problema requiere en ocasiones de grandes inversiones de capital y a veces solamente de “leyes y arreglos inteligentes”. Con todo, se sostiene el clamor vasconceliano por una situación secular que ha enriquecido casi exclusivamente al gran propietario —tlatoani, encomendero, hacendado o empresario capitalista— mientras relega al campesino a la marginación y la miseria.

la actuación de la conciencia personal del sabio –la minoría dirigente− debiera estar integrada en el destino colectivo de las personas para impulsar la consecución efectiva del bien común. Eso exigiría la imprescindible fraternidad; la correspondencia de los sabios al servicio de los demás. No extraña entonces que algunos pensadores recientes hayan tomado esta hermandad como núcleo para sostener una noción de solidaridad, fundada en la razón natural: la amistad o el amor que alcanza a todo el género humano habría de inspirar así la ayuda mutua de los que integran el cuerpo social. Para Cicerón, la naturaleza sociable de toda persona miraría al bien compartido con los demás. Aunque dicha observación aludiera necesariamente a las potencias espirituales como fuerza motriz para el desempeño de la virtud, interpretaciones posteriores prescindirían de toda metafísica a la hora de explicar los lazos de la fratría humana.
desde una perspectiva serena y majestuosa. La imperturbabilidad de ánimo resultaría de la aceptación del propio destino sin acritud ni aspavientos ante las dificultades. La vida buena consistiría en el dominio de sí, actuando como premisa para irradiar bondad y nobleza de espíritu, indispensables para la paz personal y colectiva. Por medio de la razón, presentada como cualidad divina, la sociedad humana habría de mostrarse hermanada en torno a unos mismos anhelos de felicidad. De ahí la mutua y necesaria colaboración con los semejantes.


procedimiento científico. De este modo, la metodología se inserta dentro de un fenómeno mucho más complejo, ligado a las distintas facetas y dimensiones de la vida humana, incluida la espiritual. De ahí que los sucesos históricos sólo puedan comprenderse insertos en un conjunto de significados debidamente interpretados por el historiador. La insistencia de Ranke en que todo sistema social y político sólo resulta inteligible dentro de su contexto temporal
El pensamiento liberal ya había calado en amplios sectores de las clases dirigentes. Desde entonces se inició una tensión constante entre los remisos al cambio de época y los que deseaban acometerlo abruptamente. Pronto pudo comprobarse esa dicotomía que, de un lado y otro, aspiraba a una mejora de las sociedades en modo y grado desigual. Las oleadas revolucionarias de 1820 manifestaron ese frenesí transformador que intentaba contener el viejo orden. Doscientos años más tarde sigue prolongándose esta divergencia con sus respectivas variantes. El instinto de conservación compite con el afán de novedad y de progresión ilimitada.
Santo Oficio y de la Compañía de Jesús (la segunda desde que Carlos III expulsara a sus miembros en 1767) confirmaron la voluntad de primacía de la autoridad civil; además de prescindir de dos instituciones acusadas de apuntalar el Antiguo Régimen de manera sistemática. Las medidas también intentaban salvar la unidad de los liberales, dando satisfacción a las demandas de los exaltados frente a la creciente oposición de los contrarrevolucionarios.
políticos moderados procedentes del campo tradicionalista y liberal. Por múltiples circunstancias, el rey se apercibió –en palabras de un historicista− de la consumación de aquel tiempo histórico, vista la realidad imparable del tránsito alborada en el ocaso del siglo XVIII. Esta actitud eminentemente pragmática, interesada por la continuidad de la Corona en su hija Isabel, acosada políticamente por los realistas exacerbados y despreciada inicialmente por el liberalismo extremo, fue la esgrimida en el plano ideológico −esto es, más allá de la coyuntura− por la vía renovadora que representara Gaspar Melchor de Jovellanos alrededor de 1808. Es decir, la capacidad de conjugar la tradición histórica de España, asociada a la catolicidad como norma informante de su cultura y del orden institucional, con la moda de cada época. Se trataba, en definitiva, de la difícil labor de ensamblar una moral radicada en las verdades permanentes, forjadoras del derecho y las costumbres del reino, con las novedades contingentes de la historia. La opción por los maximalismos debía desterrarse sin caer por ello en posicionamientos relativistas que, en última instancia, resultarían igualmente desgarradores para el desarrollo de los individuos y de las sociedades en su conjunto. Esta perspectiva, que remitía a la fuerza del espíritu –la religión− como medio vivificador por el cual se habría de desenvolver equilibradamente la libertad humana, sorteando el desborde de las pasiones o de los intereses privativos, planteaba así la sutura con los ingenios vertidos en las diferentes etapas de la historia.
De la misma forma que no podía caerse en el error estacionario de anquilosarse en el tiempo, tampoco debía incurrirse en el equívoco innovador de la perfectibilidad indefinida (el progreso material como panacea de todos los males) a modo de culmen igualmente inmóvil; precisamente porque la naturaleza humana supone crecimiento dentro de su caducidad
por Álvaro Sureda, historiador
observarse que las campañas militares se enfocaron como cualquier otra hasta la fecha: una suerte de duelo entre los contendientes. La idea de que para Navidad ya estaremos de vuelta era una constante generalizada en ambos bandos. No se había previsto ni su prolongación ni la desaparición de estructuras políticas y sociales completas como la de los Imperios centrales (Prusia y Austria) o la caída definitiva de los zares en Rusia después del triunfo de los bolcheviques.
imperial no era un personaje querido; es más, tenía una fama opuesta al buen nombre del viejo emperador Francisco José. De hecho, tras su asesinato, el heredero pronto cayó en el olvido. Fue el honor lo que provocó que un mes más tarde el Imperio Austro-Húngaro declarase la guerra al país de los Balcanes. El honor, además del intento de la supremacía sobre otras potencias, fue lo que incitó a Rusia a la movilización de sus tropas cuando Austria-Hungría invadió Serbia. Ese mismo honor motivó que Alemania defendiera a su aliado y siguiera luchando hasta el hundimiento del II Reich que proclamara Otto von Bismarck en 1871. También por el honor mucha gente se enrolaría en el ejército para servir a su emperador, como bien nos describen algunos autores contemporáneos
crueldad, de la deshumanización -en definitiva-, parece más “sencillo” comprender cómo a lo largo del siglo XX y en el actual siglo XXI el ser humano ha sido capaz de cometer atrocidades como la masacre sistemática de los judíos perpetrada por los nazis, el genocidio de hambruna ordenado por Stalin contra Ucrania o los bombardeos químicos producidos en la guerra de Siria.
terrible, no sólo económica sino también de identidad: una crisis ética y moral manifestada en la relajación de las costumbres (sobre todo en el ámbito sexual) y en la exaltación ideológica. Un punto de coincidencia con la Europa actual, cada vez más replegada sobre sí, es decir, instalada en los hábitos propios del señorito satisfecho -en palabras de Ortega y Gasset- que le impiden recobrar su vitalidad trascendente. Cabe superar entonces una simple ética de los valores como la que formulara Max Scheler después de la Gran Guerra -subjetiva, al fin y al cabo; esto es, dependiente de la consideración individual de cada uno-, y recobrar la objetividad de una vida plenamente virtuosa que armonice el plano humano y sobrenatural de la existencia.

distinguent la nature et la grâce, ils ne séparent pas ces deux ordres. Ni Augustin ni S. Weil sont des naturalistes qui nient la grâce, ni des surnaturalistes qui méprisent la nature, ils pensent une nature humaine en tant qu’ouverte au surnaturel
salut. À ce propos, dans la perspective de S. Weil et d’Augustin, l’assentiment humain, son ouverture et disponibilité, sa réponse à l’appel de la grâce sont aussi des facteurs importants, mais pas déterminants pour que la grâce soit donnée. De la même manière que la grâce ne s’impose pas à la liberté humaine en tant que cette dernière répond librement à son appel, la grâce ne peut être en aucun cas conditionnée par le désir de la nature humaine : elle est un don gratuit d’amour.


e en ocasiones permitían controlar amplios tramos de la costa y se realizaron (en parte también en la fase aragonesa) los sistemas de defensa de las ciudades más importantes, tanto marítimas como del interior.
tillo Real de la Almudaina, el de Bellver, el de Alaró, el de Santueri (Felanitx) y el des Rei (Pollença). Pese a todo y a excepción del de Bellver (construido por Jaime II), todos eran anteriores a la conquista cristiana de Jaime I de Aragón
ie núcleos costeros: Capdepera, Alcúdia o Santanyí, en Mallorca; Ciutadella y Mahón, en Menorca. Se construirá el conocido castillo de Bellver, célebre por su estructura circular. Se llevarán a cabo reformas en las fortificaciones, se reforzarán los muros de las mismas y se apostará una guarnición permanente. Los Caballos Armados mantendrán su cometido.
ataque a la isla, con la participación del Gran i General Consell

En este sentido, las enseñanzas de San Isidoro de Sevilla ejercieron una gran influencia en la conformación de las doctrinas políticas que se desarrollaron a partir de la noción agustiniana de la civitas christiana. Para Isidoro, Hispania encarnaba la continuidad del legado de la Roma cristiana, armada luego por los godos, custodios –en último término− de aquel patrimonio.


que catapultó al país entre los principales rotativos de la prensa internacional. El precio de la revuelta fue de 229 personas ejecutadas, 3.000 muertos en combate, 211.000 exiliados, 26.000 procesados, 26.621 condenados y 13.000 internados en campos de concentración. Estos hechos son los que forjaron el espíritu de resistencia magiar. Cuando el comunismo húngaro cayó y retornó la democracia al país danubiano, de entre la intelectualidad opositora destacó un estudiante de Derecho de la Universidad Eötvös Loránd (ELTE) de Budapest, Viktor Orbán. El joven veinteañero fundó con otros jóvenes la Federación de Jóvenes Demócratas en 1988 (Fidesz), que defendía un discurso democrático, europeísta y anticomunista. Después de una estancia en la Universidad de Oxford, en 1993 Orbán fue elegido presidente del partido. En 1998 el joven político ganó las elecciones y consiguió la adhesión de Hungría a la Unión Europea y la OTAN. En aquel mandato apostó por la reducción de impuestos, ayudar a las pequeñas y medianas empresas y reforzar la protección social de los más débiles. También respaldó la concesión de la nacionalidad húngara a las personas de etnia magiar en el extranjero, siempre que pudieran probar su descendencia de húngaros y su conocimiento del idioma. Entre el 2002 y el 2010 fue el jefe de la oposición a los gobiernos socialistas, retornando al poder en el inicio de la actual década con una aplastante mayoría absoluta en el parlamento. Orbán obtuvo el 52,73% de los votos. Durante estos dos últimos mandatos se reformó la ley electoral, reduciendo el número de parlamentarios de 386 a 199, y también la constitución, ya que la existente tenía origen en la comunista de 1949, que fue dictada por los asesores soviéticos. La nueva constitución magiar recobró la tradición cristiana que ha estado presente en la historia del pueblo húngaro.
una Europa basada en una alianza de naciones libres que tienen en común su herencia cristiana. El 78% de los magiares son favorables a defender la cultura y tradición cristiana de su nación. En una decisión difícil por la presión de la Unión Europea sobre la política de llegada de refugiados, el gobierno realizó en el 2016 un referéndum que daba respaldo social a la decisión del gobierno de reforzar el control de fronteras del país ante la llegada masiva de millones de refugiados. El ejecutivo se mostró favorable a revertir competencias a los Estados soberanos para un control más democrático y eficaz de la gestión. Este punto de vista coincide con el resto de los miembros del grupo de Visegrado (Hungría, Polonia, Eslovaquia y República Checa) que es la región que más ha crecido económicamente de la Unión Europea y que más ha reducido los niveles de pobreza; además de conjurar hasta la fecha todo intento de atentado yihadista. Palabras como Patria, familia, trabajo, y sentido común siguen formando parte de su vocabulario político. Estas naciones coinciden en la recuperación de su libertad en 1989, en el deseo de vivir su democracia política y en defender la herencia cultural de sus antepasados.
energía barata para su economía, como es el convenio firmado para la construcción de una central nuclear. También ha estrechado relaciones con países como Israel, Singapur o China, de fuerte crecimiento económico y con los cuales mantiene acuerdos de cooperación estables. El potencial turístico magiar y la protección de su rico legado cultural han convertido Hungría en un país atractivo, puerta de entrada a la región centroeuropea.