por Álvaro Sureda, historiador
En el verano de 1914 estalló en Europa una guerra en la que entrechocarían realidades y valores antiguos con otros que anunciaron la modernidad.
La Gran Guerra (1914-1918) es uno de los dos grandes conflictos bélicos que eclosionaron a nivel planetario en el siglo XX. Es cierto que la Segunda Guerra Mundial aumentó el número de víctimas y concedió al armamento un poder destructivo muy superior. No obstante, fue la de 1914 la que reunió por primera vez proporciones de conflagración global, con millones de víctimas y con tácticas y tecnología de combate que revestían una auténtica novedad. Asimismo, supuso un cambio radical de mentalidad que configuraría buena parte del siglo XX con el surgimiento rompedor de las vanguardias y el nacimiento de los totalitarismos.
Esta Guerra implicó una transformación de tal grado que ni los propios combatientes fueron conscientes de las consecuencias. Recurriendo a las fuentes documentales de la época, puede
observarse que las campañas militares se enfocaron como cualquier otra hasta la fecha: una suerte de duelo entre los contendientes. La idea de que para Navidad ya estaremos de vuelta era una constante generalizada en ambos bandos. No se había previsto ni su prolongación ni la desaparición de estructuras políticas y sociales completas como la de los Imperios centrales (Prusia y Austria) o la caída definitiva de los zares en Rusia después del triunfo de los bolcheviques.
En efecto, la Gran Guerra estuvo marcada por muchos factores. Primero, por el psicológico. La convicción inicial de que los litigantes se encontraban ante una refriega que dirimirían con brevedad, según el sistema de alianzas heredado de la diplomacia bismarkiana, supuso un trauma al prolongarse la guerra y enredarse en un clima cada vez más inhumano: bombardeo de poblaciones, uso del gas mostaza, la tensión acumulada en las trincheras a la espera de la orden de ataque campo a través contra el fuego enemigo, etc. En este sentido, es ilustrativo el ejemplo que Erich Maria Remarque despliega en su libro Sin novedad en el frente, cuando reproduce la cita de un maestro de escuela persuadido de que Alemania participaría en la guerra y vencería a sus enemigos antes de Navidad. Sin embargo, pronto percibieron que se habían involucrado en un conflicto largo y costoso.
Si analizamos las fuentes documentales de la época podemos ver una evolución muy radical sobre la visión acerca de la evolución del conflicto. Stefan Zweig nos comenta cómo en 1914 y en 1915 era demasiado pronto todavía y la guerra parecía demasiado lejana a los hombres de la retaguardia[1].
El honor es también otro rasgo psicológico que se ve reflejado en la venganza que Austria-Hungría toma contra Serbia ante el magnicidio de su heredero. Como nos transmite Stefan Zweig en el libro El mundo de ayer: memorias de un europeo el sucesor al trono
imperial no era un personaje querido; es más, tenía una fama opuesta al buen nombre del viejo emperador Francisco José. De hecho, tras su asesinato, el heredero pronto cayó en el olvido. Fue el honor lo que provocó que un mes más tarde el Imperio Austro-Húngaro declarase la guerra al país de los Balcanes. El honor, además del intento de la supremacía sobre otras potencias, fue lo que incitó a Rusia a la movilización de sus tropas cuando Austria-Hungría invadió Serbia. Ese mismo honor motivó que Alemania defendiera a su aliado y siguiera luchando hasta el hundimiento del II Reich que proclamara Otto von Bismarck en 1871. También por el honor mucha gente se enrolaría en el ejército para servir a su emperador, como bien nos describen algunos autores contemporáneos[2]. Un honor que surge a través de la ideología nacionalista y la política colonialista que, a su vez, fueron las causantes de los conflictos que acabaron detonando la Gran Guerra.
Por otro lado, según fue evolucionando el conflicto, se aprecia cómo los propios soldados ignoraban las causas profundas del conflicto y cuál de las naciones en lucha era poseedora de la razón. Esta es la imagen que, tanto en la película como en la novela de Sin Novedad en el frente, se nos refleja en varias ocasiones; como cuando uno de los personajes, Paul, pasa la noche junto al cadáver del francés que acaba de batir, o en algunas conversaciones del relato:
Nosotros estamos aquí para defender nuestra patria, pero también los franceses defienden la suya. ¿Quién tiene razón? – Quizá unos y otros – afirmó sin convicción. – Es cierto – dice Albert, y leo en su cara que quiere meterme en un callejón sin salida -, pero los profesores, los pastores y los periódicos nos dan la razón a nosotros, mientras que los profesores, pastores y los periódicos franceses pretenden ser ellos los que tienen razón. ¿Cómo te explicas eso?[3]
Queda claro entonces que durante la Primera Guerra Mundial la psicología jugó un papel determinante en muchos ámbitos sociales, pero de manera especial entre la juventud; no sólo en el campo de la desmoralización del enemigo sino en otros como el de la influencia de los mayores durante el conflicto. La ridiculización de toda clase de situaciones o la propagación de la locura cerrarían dicho cuadro[4]. Un ejemplo de ello en la iconografía del momento es el famoso cartel del Tío Sam y la de los soldados de una generación que no ven a su vida otra salida que la del combate, porque es lo único que conocen.
El episodio de las trincheras y su posible causa en la génesis de algunas patologías psíquicas, fue descrita con precisió por Eva Díez: las razones de la neurosis de combate habría que explicarlas por las particularidades que imponía esta guerra con sus nuevos disfraces de muerte. Los soldados no se enfrentaban físicamente al enemigo, sino que aguardaban en la trinchera como conejos asustados dentro de una madriguera, a la espera de que llegara el fusil o el obús que los destrozaba literalmente o que lo hacía con el que luchaba al lado. Muchos soldados afectados por el shock de trinchera (‘shell shock’) se quedaban inmóviles sin poder reaccionar al ver que el compañero se convertía en una mezcla informe de fango y sangre[5]. Una vez traspasada la barrera de la
crueldad, de la deshumanización -en definitiva-, parece más “sencillo” comprender cómo a lo largo del siglo XX y en el actual siglo XXI el ser humano ha sido capaz de cometer atrocidades como la masacre sistemática de los judíos perpetrada por los nazis, el genocidio de hambruna ordenado por Stalin contra Ucrania o los bombardeos químicos producidos en la guerra de Siria.
La trama del relato El busto del emperador[6] es muy llamativa, porque el autor nos muestra las dificultades de la generación anterior a la guerra de asimilar los cambios operados en el continente. No se imaginan que ya no exista un emperador; que un millonario rico pueda estar jugando con las coronas de los Imperios centrales, o que la estructura social haya mudado casi por completo. En el fondo, esas transformaciones experimentadas por la “nueva” Europa, con una grave crisis de autoridad, fueron difíciles de digerir para las personas ya maduras durante y después del conflicto, más ancladas en las formas y los modos decimonónicos. En su biografía Stefan Zweig nos desvela cómo tras la Primera Guerra Mundial Europa cae en una crisis
terrible, no sólo económica sino también de identidad: una crisis ética y moral manifestada en la relajación de las costumbres (sobre todo en el ámbito sexual) y en la exaltación ideológica. Un punto de coincidencia con la Europa actual, cada vez más replegada sobre sí, es decir, instalada en los hábitos propios del señorito satisfecho -en palabras de Ortega y Gasset- que le impiden recobrar su vitalidad trascendente. Cabe superar entonces una simple ética de los valores como la que formulara Max Scheler después de la Gran Guerra -subjetiva, al fin y al cabo; esto es, dependiente de la consideración individual de cada uno-, y recobrar la objetividad de una vida plenamente virtuosa que armonice el plano humano y sobrenatural de la existencia.
[1] Stefan Sweig, Memorias de un Europeo, p. 136.
[2] Joseph Roth en su novela El busto del emperador es un claro defensor de este factor, además de otros autores como Stefan Zweig o Erich Maria Remarque
[3] Erich Maria Remarque, Sin novedad en el Frente, p.184.
[4] Al comienzo de la guerra los cuadros neuróticos de pérdida del habla, trastorno del sueño, convulsiones musculares, inexplicables espasmos faciales, ceguera histérica y otras afecciones no fueron considerados como patologías. Primero se creyó que era consecuencia del ruido de las explosiones e interpretado como simple fatiga de combate, pero los síntomas fueron empeorando conforme la guerra se estancaba sin solución y el campo de batalla se convertía en una trituradora de jóvenes que morían sin sentido. Eva Díaz Pérez en https://www.elmundo.es/especiales/primera-guerra-mundial/vivencias/locura-de-trinchera.html
[5] https://www.elmundo.es/especiales/primera-guerra-mundial/vivencias/locura-de-trinchera.html
[6] Roth, Josspeh, El busto del emperador, ed. Acantilado 4, Barcelona, 2003.

distinguent la nature et la grâce, ils ne séparent pas ces deux ordres. Ni Augustin ni S. Weil sont des naturalistes qui nient la grâce, ni des surnaturalistes qui méprisent la nature, ils pensent une nature humaine en tant qu’ouverte au surnaturel
salut. À ce propos, dans la perspective de S. Weil et d’Augustin, l’assentiment humain, son ouverture et disponibilité, sa réponse à l’appel de la grâce sont aussi des facteurs importants, mais pas déterminants pour que la grâce soit donnée. De la même manière que la grâce ne s’impose pas à la liberté humaine en tant que cette dernière répond librement à son appel, la grâce ne peut être en aucun cas conditionnée par le désir de la nature humaine : elle est un don gratuit d’amour.


e en ocasiones permitían controlar amplios tramos de la costa y se realizaron (en parte también en la fase aragonesa) los sistemas de defensa de las ciudades más importantes, tanto marítimas como del interior.
tillo Real de la Almudaina, el de Bellver, el de Alaró, el de Santueri (Felanitx) y el des Rei (Pollença). Pese a todo y a excepción del de Bellver (construido por Jaime II), todos eran anteriores a la conquista cristiana de Jaime I de Aragón
ie núcleos costeros: Capdepera, Alcúdia o Santanyí, en Mallorca; Ciutadella y Mahón, en Menorca. Se construirá el conocido castillo de Bellver, célebre por su estructura circular. Se llevarán a cabo reformas en las fortificaciones, se reforzarán los muros de las mismas y se apostará una guarnición permanente. Los Caballos Armados mantendrán su cometido.
ataque a la isla, con la participación del Gran i General Consell

En este sentido, las enseñanzas de San Isidoro de Sevilla ejercieron una gran influencia en la conformación de las doctrinas políticas que se desarrollaron a partir de la noción agustiniana de la civitas christiana. Para Isidoro, Hispania encarnaba la continuidad del legado de la Roma cristiana, armada luego por los godos, custodios –en último término− de aquel patrimonio.


que catapultó al país entre los principales rotativos de la prensa internacional. El precio de la revuelta fue de 229 personas ejecutadas, 3.000 muertos en combate, 211.000 exiliados, 26.000 procesados, 26.621 condenados y 13.000 internados en campos de concentración. Estos hechos son los que forjaron el espíritu de resistencia magiar. Cuando el comunismo húngaro cayó y retornó la democracia al país danubiano, de entre la intelectualidad opositora destacó un estudiante de Derecho de la Universidad Eötvös Loránd (ELTE) de Budapest, Viktor Orbán. El joven veinteañero fundó con otros jóvenes la Federación de Jóvenes Demócratas en 1988 (Fidesz), que defendía un discurso democrático, europeísta y anticomunista. Después de una estancia en la Universidad de Oxford, en 1993 Orbán fue elegido presidente del partido. En 1998 el joven político ganó las elecciones y consiguió la adhesión de Hungría a la Unión Europea y la OTAN. En aquel mandato apostó por la reducción de impuestos, ayudar a las pequeñas y medianas empresas y reforzar la protección social de los más débiles. También respaldó la concesión de la nacionalidad húngara a las personas de etnia magiar en el extranjero, siempre que pudieran probar su descendencia de húngaros y su conocimiento del idioma. Entre el 2002 y el 2010 fue el jefe de la oposición a los gobiernos socialistas, retornando al poder en el inicio de la actual década con una aplastante mayoría absoluta en el parlamento. Orbán obtuvo el 52,73% de los votos. Durante estos dos últimos mandatos se reformó la ley electoral, reduciendo el número de parlamentarios de 386 a 199, y también la constitución, ya que la existente tenía origen en la comunista de 1949, que fue dictada por los asesores soviéticos. La nueva constitución magiar recobró la tradición cristiana que ha estado presente en la historia del pueblo húngaro.
una Europa basada en una alianza de naciones libres que tienen en común su herencia cristiana. El 78% de los magiares son favorables a defender la cultura y tradición cristiana de su nación. En una decisión difícil por la presión de la Unión Europea sobre la política de llegada de refugiados, el gobierno realizó en el 2016 un referéndum que daba respaldo social a la decisión del gobierno de reforzar el control de fronteras del país ante la llegada masiva de millones de refugiados. El ejecutivo se mostró favorable a revertir competencias a los Estados soberanos para un control más democrático y eficaz de la gestión. Este punto de vista coincide con el resto de los miembros del grupo de Visegrado (Hungría, Polonia, Eslovaquia y República Checa) que es la región que más ha crecido económicamente de la Unión Europea y que más ha reducido los niveles de pobreza; además de conjurar hasta la fecha todo intento de atentado yihadista. Palabras como Patria, familia, trabajo, y sentido común siguen formando parte de su vocabulario político. Estas naciones coinciden en la recuperación de su libertad en 1989, en el deseo de vivir su democracia política y en defender la herencia cultural de sus antepasados.
energía barata para su economía, como es el convenio firmado para la construcción de una central nuclear. También ha estrechado relaciones con países como Israel, Singapur o China, de fuerte crecimiento económico y con los cuales mantiene acuerdos de cooperación estables. El potencial turístico magiar y la protección de su rico legado cultural han convertido Hungría en un país atractivo, puerta de entrada a la región centroeuropea.

ntes del tiempo que les llevaría, y entendían que iniciaban algo que debía perdurar. Tenían una visión distinta del tiempo y de la historia humana, donde no hay sólo una comunicación con las personas coetáneas, sino del pasado y del futuro. Ello tiene mucho que ver con la visión de la ciencia histórica de Marc Bloch, que, lejos de concebir la historia como ciencia del pasado, la veía como el análisis de la realidad humana en su desarrollo en el tiempo, de manera que se une el estudio del mundo de los que ya vivieron y murieron con el presente de los vivos en un mismo estudio 
tiempo de perplejidad. Síntoma de ello es un reciente artículo titulado “La modernidad está acabada”. Se trata de una entrevista al intelectual Bruno Latour, donde el autor (hablando de ecología) señala, al referirse a Europa, que “aquí hemos conservado la familia, los paisajes, las ciudades, los árboles… [Europa] consiste en cultivar y extender estos valores. Y sí, estamos volviendo, el hombre hoy busca sus raíces por todas partes”


su estancia de formación en los Estados Unidos se imbuyó de las tesis planificadoras del New Deal y de la visión comunitarista nortemanericana. Según ésta, el principio de cooperación –libre y voluntario− de los particulares, organizados en comunidad, resultaba beneficioso para la democracia moderna por cuanto estimulaba el compromiso cívico en la toma concreta de decisiones desde la misma base social. Este ejercicio de los deberes y derechos en el seno de dichas comunidades (culturales, religiosas, profesionales, etc.) alentaría virtudes como la prudencia, la laboriosidad o el servicio a los demás
menores irían incorporándose a las superiores de una manera espontánea (por un proceso de socialización connatural a la condición humana), de tal forma que los límites entre ellas establecieran una garantía mutua de derechos y deberes, manteniendo así las propias libertades. Los denominados cuerpos inferiores tendrían su núcleo primero en la familia que, una vez agrupadas, darían origen a los municipios, seguidos de las comarcas y regiones. De este modo se configuraría la soberanía social, nacida de aquellos fundamentos para ordenar y perfeccionar la convivencia de dichas entidades. Esta jerarquización natural precisaba, no obstante, una autoridad que dirimiera posibles conflictos. Por eso la necesidad del Estado que, identificado con la soberanía política, velaría por la autonomía de estas expresiones soberanas con un contrapeso de poderes que las coordinara armónicamente en beneficio de todos


