por Guillermo Arquero, historiador
La Edad Media es un periodo fundamental en la configuración de Occidente. El historiador británico Tom Holland llega a afirmar que, en verdad, no somos herederos de Grecia y Roma, sino de la Edad Media[1]. No hay que malinterpretar estas palabras: sin duda, Occidente es incomprensible sin la cultura grecolatina, pero lo que nos ha llegado de ésta es lo que se conservó y cultivó en el Medievo; fueron las personas de esta época las que no sólo copiaron los textos antiguos, sino que los seleccionaron, ordenaron y emplearon según sus criterios y valores. Es por ello, por ejemplo, que muchos filósofos de la posmodernidad (Nietzsche, Vattimo, Oñate y Zubía…) hayan tratado de recuperar el saber de Grecia “descontaminándolo” de la tradición cristiana multisecular, aunque cabe preguntarse en qué medida es una vuelta a los orígenes o una reinterpretación en clave de sus propios valores e inquietudes.

De griegos y romanos hemos heredado, entre otras muchas cosas, una valiosa tradición educativa, como suponen la paideia griega, las obras de Quintiliano, la institución escolar, etc. Sin embargo, fue en la Edad Media cuando se sistematizaron las instituciones y métodos de enseñanza que perduran hasta el día de hoy (la Universidad, el sistema de evaluación de conocimientos, la organización de las enseñanzas en cursos…), aunque aquélla es deudora de la Antigüedad clásica en muchas cuestiones. Quizá ya no seamos creyentes, a diferencia de, por ejemplo, los novicios de una escuela monástica medieval, pero muchos de los valores que allí se aprendían pueden ser rescatables para el tiempo actual. Si a eso añadimos la fe que muchos todavía profesamos, la pertinencia es aún mayor.
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Hoy en día se sigue defendiendo, en el campo cognoscitivo y educativo, la unidad de la tríada verdad-bien-belleza, si bien hay detractores desde posturas posmodernas (por ejemplo, Ernesto Castro), algo lógico en un tiempo en que estas tres ideas han perdido la solidez que antaño tuvieron. En este sentido, releer a los escolásticos medievales puede ayudarnos a reforzar esta interrelación para el desarrollo integral de la persona (como ser racional, ético y afectivo). Ya en la Hispania visigoda se exhortaba a los eclesiásticos a formarse bien en virtud de la estrecha relación entre la formación intelectual y la moral:
La ignorancia es la madre de cuantos errores existen, y debe evitarse, sobre todo, por los sacerdotes de Dios, quienes han asumido el deber de enseñar a los pueblos. En efecto, que se inste a los sacerdotes a leer las Santas Escrituras, como decía el apóstol Pablo a Timoteo: vuélcate en la lectura, en la exhortación, en la doctrina, permanece siempre en ellas. Por lo tanto, que los sacerdotes conozcan las Santas Escrituras y los cánones, para que todo su trabajo se fundamente en la predicación y la doctrina, y para que, a todos cuantos traten, edifiquen tanto con la ciencia de la fe como la disciplina de las obras[2].
Vemos aquí la idea socrática de la ignorancia como madre de todos los errores, aunque el cristianismo incidiría también en la importancia de la voluntad, herida por la concupiscencia. También hemos de apreciar del texto la idea de que los pastores de la Iglesia debían edificar a su grey tanto por la ciencia como por la disciplina. Este binomio entre entendimiento y voluntad nos remite al binomio entre verdad y bien, que en el aspecto estético nos lleva a la belleza, resultado del kósmos u orden armónico de las cosas y la bondad intrínseca de la creación de Dios. De esta manera, la verdad nos hace libres, pues conociendo el ser de las cosas podremos saber qué fines debemos alcanzar en la vida, y cómo conseguirlo.

Por lo tanto, en esta tradición cristiana medieval, la educación debe cumplir con el objetivo de enseñar la verdad (mediante conocimientos fiables y métodos rigurosos) y conocer el bien para vivirlo. En efecto, para enseñar el bien, según esta tradición, hay que vivir correctamente, de modo que cualquiera que desee preciarse de maestro deba conducirse con altura moral y ejemplaridad. Esta idea ya existía en la Antigüedad y se recogió en el Derecho Romano:
Es conveniente que los maestros de estudios y los doctores sobresalgan en primer lugar por sus costumbres, y en segundo por su facundia. Mas como yo mismo no puedo estar en cada una de las ciudades, mando, que el que quiera enseñar no se lance repentina y temerariamente a esta profesión, sino que aprobado a juicio del orden obtenga un decreto de los curiales, concurriendo el consentimiento de los mejores[3].
Como vemos, el profesor debe ser ejemplar en su modo de vida antes que en su ciencia, aunque ésta es también esencial. Esta idea estaría muy presente en la mente de los escolásticos medievales. Por citar solo un ejemplo, lo vemos en el Libro de las Confesiones de Martín Pérez (texto que hemos adaptado respecto al castellano medieval):
Pregunta, también, si fue negligente para con los discípulos en tres maneras: Si no les enseñó la ciencia como debía, sin considerar cómo podrían mejor aprovechar en aquello que les enseñaba, pues muchos no procuran sino leer muchas lecciones por acabar los libros; otros quieren leer lecciones oscuras y muy escondidas, quieren leer también por palabras afectadas y extrañas y no las entienden los escolares; otros quieren más holgar y leer poco para volver luego a casa y hacen muchas vagancias, y así pierden los escolares su tiempo, también con los que mucho leen a vanagloria, como con los que poco leen por pereza. La otra negligencia es si no los adoctrinó en buenas costumbres, quiero decir en servir a Dios, temerlo y guardar sus mandamientos. La otra negligencia es si no los apremió castigándolos con disciplina. En cualquier de estas maneras que el maestro fue negligente, dile que gran cuenta ha de dar a Dios, y muchas lágrimas necesitará para ganar perdón por tanto daño[4].
Hay en este texto elementos que al hombre de hoy pueda resultar ajeno o extraño, como la enseñanza de “servir a Dios y temerlo y guardar sus mandamientos” (aunque en los muchos centros escolares religiosos existentes hoy en día es un principio que tiene, o debería tener, vigencia). No obstante, también podemos traducir esto a la enseñanza de valores morales y formación ética de la persona
. El franciscano Juan de Gales exaltaba la filosofía como saber supremo, pues era “el arte de las artes, la disciplina de las disciplinas […] la filosofía es el conocimiento de las cosas humanas y divinas, con el empeño de vivir bien”[5]. De nuevo vemos que el saber debe llevar al “empeño de vivir bien” (studio bene vivendi). Así, Díaz de Montalvo consideraba que los estudiantes podían ser reprobados no solamente por la falta de conocimiento (propter defectum scientie) sino también por falta moral (propter defectum morum)[6].
Todo esto tiene su eco en el día de hoy en la enseñanza competencial, con el fomento de competencias que no se limitan al conocimiento objetivo de las materias, sino a la reflexión personal y el desarrollo de una actitud crítica y constructiva respecto de la realidad. Ciertamente, no parece deseable la imposición de una determinada forma de pensar y comportarse en el día de hoy, y quizá la educación actual deba centrarse en los aspectos de la instrucción y dejar a las familias el desarrollo moral de los jóvenes. No obstante, si el deseo de las familias se canaliza, por ejemplo, en la elección de un centro educativo con ciertos valores, encontramos aquí una recuperación del ideal educativo que no limita la formación de la persona a la adquisición de una serie de conocimientos útiles, sino a la formación en su integridad.
En este sentido, es interesante la distinción entre el saber útil y el saber necesario que hacían en el Medievo. Así para Antonino de Florencia, las artes del quadrivium (lo que hoy llamaríamos “ciencias
naturales”) eran útiles, pero la gramática (que en aquel entonces incluía el saber humanístico en general) era el conocimiento “necesario”, por lo que era una ciencia de la “piedad”[7] (es decir, que llevaba a la edificación de la persona). En un tiempo como el actual, en el que se suele confundir la verdad y el valor de algo con su utilidad cuasi inmediata, y se desecha fácilmente el cultivo del espíritu, estas ideas adquieren especial valor, pues a toda persona y a toda sociedad no le basta con un conocimiento útil y un desarrollo de lo material, sino que, para una verdadera prosperidad humana, han de cultivarse las facultades espirituales del ser humano (en eso consiste, en última instancia, la cultura o cultivo del alma).
En este sentido, en el Medievo también se tenía conciencia del valor de la educación para la prosperidad de la Nación. Así, Alfonso X el Sabio, en el último título de la II Partida, dedicado a los centros universitarios, comenzaba diciendo: “Y porque de los hombres sabios los reinos y las tierras se aprovechan y se guardan y guían por el consejo de
ellos, queremos al final de esta Partida hablar de los estudios”, algo que los compiladores de este código hubieron de tomar casi directamente del Privilegium Scholasticum de Federico I (“consideramos oportuno que aquellos lugares, desde los cuales las tierras son iluminadas por la ciencia para obedecer a Dios y a Nos, su ministro, sean amparados con nuestra alabanza y protección a los que obran bien, para que la vida de los súbditos sea formada, y para que los defendamos, con especial afecto, de toda injusticia”[8]).
Es por ello que los estudios universitarios fueron defendidos desde el punto de vista legal, porque se consideraba que contribuían con su presencia y acción, al bien común de la sociedad. Es bien sabido que la palabra universitas aludía, en un inicio, no al centro educativo en sí (el Studium Generale), sino a la congregación o corporación de los estudiantes y los maestros. Para el jurista Baldo degli Ubaldi, esta asociación en defensa de los intereses de los escolares era lícita porque está orientada “por naturaleza” (naturaliter) a la virtud, la prudencia y la justicia[9]. El ya citado Alfonso X, que siempre fue reacio a aceptar la formación de corporaciones dentro de su reino, sin embargo hacía una excepción con el caso de los estudiantes y maestros “porque ellos se juntan con intención de hacer bien”[10]. Frente a una mera lógica de mercado, por un lado, y una supeditación a los intereses ideológicos, por otro, el espíritu de la universidad debe mantener este ideal de la búsqueda de la verdad y del bien al servicio de la comunidad política como un rasgo esencial de la institución.
Esta cuestión del valor moral de la educación en el Medievo merecería mucha más extensión, pero esperamos que estas líneas sirvan para valorar la herencia recibida y tomar conciencia de la necesidad de no perder o (si se ha perdido) retomar la profunda dimensión ética de la educación, no ya sólo por lo que en ella se pueda enseñar, sino por su propia esencia y dimensión moral.
[1] Vid. “Tom Holland: «No somos herederos de Roma, sino de la Edad Media cristiana»”, artículo de César Cervera en ABC (05/03/2020), en www.abc.es, consultado en diciembre de 2024.
[2] Canon 25 del IV Concilio de Toledo (año 633 d.C.)
[3] Codex Iuris Civilis, Liber XI: Titulum XVIII (XIX).
[4] Martín Pérez, Libro de las Confesiones, Madrid: B.A.C., 2002, pp. 439-440.
[5] Juan de Gales, Summa Collationum, pars quinta, distinctio prima, cap. I
[6] Glosa de Alonso Díaz de Montalvo al título XXXI de la II Partida.
[7] Vid. Antonino de Florencia Summa theologica, pars tertia, titulus V, cap. I
[8] Friderici Secundi Romanorum Imperatoris, Jerusalem et Siciliae regis Historia diplomatica, vol. IV, parte I (1852), p. 408.
[9] Vid. Baldo de Perusio, Super quarto codicis Iustiniani libris commentaria, § Ne filius pro patre neque pater pro filio
[10] Código de las Siete Partidas: Partida II, Título XXXI, ley VI.
por Víctor Zorrilla, filósofo
al progreso científico. Muestra, por el contrario, cómo la ciencia moderna sólo pudo surgir en Europa occidental gracias la peculiar cosmovisión cristiana, la cual concibe a un Dios personal que, al crear el mundo, le imprime su racionalidad. Históricamente, algunas cosmovisiones religiosas, como la grecorromana, han considerado una multiplicidad de pequeños dioses —más bien, superhombres— incapaces de crear algo. Otras —como el taoísmo— han entendido a la divinidad como una esencia o principio impersonal y remoto. Todavía otras, como el Islam, han conocido a un Dios poderoso, pero arbitrario y caprichoso. De ahí que estas tradiciones cultivaran diversos saberes, mientras que la ciencia, en sentido estricto, únicamente haya surgido en Occidente. Muchas culturas practicaron la alquimia y la astrología, pero sólo en Europa estas se transformaron, respectivamente, en química y en astronomía.
de Aquino— como Entendimiento genera la convicción de que la creación se rige por leyes y principios racionales que pueden ser investigados y comprendidos. El primer paso del Itinerario del alma a Dios de San Buenaventura —otro gran escolástico del siglo XIII— consiste en descubrir las huellas de Dios en la naturaleza, que ha sido creada con armonía, orden, belleza y proporción. Un abismo media entre este tipo de concepciones religiosas medievales y las del Lejano Oriente, cuya mística suele promover el desapego y la desconexión respecto del mundo.
que la naturaleza es similar a un libro que debe ser leído y comprendido. Stark demuestra que las ideas modernas de estos autores no son —como se asumió en otro tiempo— una reacción en contra de la especulación escolástica de la Edad Media, sino más bien su maduración lógica y natural.
sino un fruto de la doctrina cristiana. Dios, siendo perfecto y sapientísimo, creó la naturaleza de acuerdo a principios inmutables. Usando sus potencias racionales y su capacidad de observación, el ser humano puede descubrir estos principios para honrar y amar más a Dios, al reconocerlo en las maravillas de su creación.
por Antonio Manuel Moral Roncal, historiador
que debía aumentar el bienestar, creaba armas con una capacidad destructiva cada vez mayor, produciendo heridas nunca vistas por los cirujanos anteriormente. El alejamiento de Dios favorecía pensamientos supremacistas, racistas y preparaba el camino para los totalitarismos (comunismo, fascismo y nazismo). El historiador católico José Luis Comellas analizó hace años esa época en su libro El último cambio de siglo. Gloria y crisis de Occidente (Ariel, 2004).
dadaísta Hugo Ball en 1916 admitió que el arte está más cerca de la religión que de la ciencia. Y así comenzó una lucha cultural -sobre la que hoy deberían reflexionar quienes quieren responder a la actual crisis del modelo de vida occidental- donde el catolicismo fue revalorizado en los medios intelectuales y artísticos. Ese renacimiento cultural católico en Europa tuvo su motor en Francia desde donde se irradió, apareciendo fenómenos paralelos en Gran Bretaña, Alemania y España, como bien ha observado Enrique Sánchez Costa en su libro
fenómeno que casi era único en Europa. K. Ch. F. Krause fue un filósofo alemán que no tuvo mucha importancia en su país, pero que fue impulsado por algunos liberales españoles que crearon el krausismo como un complejo movimiento intelectual, religioso y político que agrupó a la izquierda cultural. Si bien parecía que adoptaban un universo moral cristiano, lo vaciaron deliberadamente del dogma. Krause y Renan consideraron a Jesucristo como un líder religioso importante pero negaron su divinidad. Su doctrina resultaba interesante solamente por su enseñanza moral.
religiones políticas para apoyar la idea de que la humanidad fuera Dios y se salvase a sí misma, pero con ayuda de un líder mesiánico, indiscutible, apoyado en un partido único. Y fue paralela su reivindicación de la violencia como legítima y necesaria herramienta para la conquista del poder y la preparación de la nueva modernidad. En España también aparecieron profetas ligados al hermetismo, el ocultismo, el espiritismo y la teosofía, que tuvieron su época dorada en el periodo de entreguerras.
mantener la esperanza y hacer partícipes a sus lectores de la Nueva Buena. Su experiencia introspectiva le condujo a la defensa del patrimonio cultural y espiritual español, frente a las influencias francesas y europeístas. De esa manera, en su obra se aprecia su amor por lo español y castizo y fustiga a los españoles por sus carencias espirituales que derivan en la envidia, la pereza mental, clericalismo obtuso y el ateísmo irracional.
al socialismo y el materialismo, apostó por una regeneración que no pasaba por modificar solo los factores de producción sino que también abría los ojos a una concepción espiritual y cordial que tenía en cuenta el factor religioso. Sin embargo, sus dudas, su pesimismo -contradictorio con la esperanza en la fe- aumentó su desprecio y su soberbia con el paso de los años, enfrentándose con todos los proyectos políticos y con todo hasta su muerte. Sin embargo, su obra destaca por su exaltación del hijo de Dios en El Cristo de Velázquez (1920) o aquellos poemas donde se reza como himno de la Hora Intermedia del domingo de la tercera semana de la Liturgia de las Horas.
opinión, la salud de la sociedad no residía sino en la familia y en cada persona. Lo que importaba realmente en la vida era la lucha moral de cada hombre o mujer, el cultivo de la libertad interior y la responsabilidad que llevaba aparejada. Si no se educaba antes a cada persona, si no se lograba dilatar su espíritu para que pudiera acoger un sistema político más igualitario, toda cambio sería artificial, automático, visto por los ciudadanos como algo impuesto desde el exterior, y condenado a morir por ello. Y el papel de la religión resultaba parte esencial de su proceso educativo. Negó la existencia de una Cristiandad -en pleno auge de la Historia positivista y crítica con el pasado- pues nunca la había habido en la Historia humana, ni siquiera en la Edad Media -plena de violencia y desigualdad-, pues lo que había existido realmente era la Iglesia, una comunidad peregrinante de creyentes. Pero no se encerró en sus pensamientos y en sus cuartillas pues, ante el problema social existente, Maragall solicitó a los católicos de su tiempo que no volvieran a cerrar las puertas al pobre y que retornasen al fervor de la Iglesia primitiva, perseguida por el poder pero libre y ardiente de amor. Y, como dijo San Agustín, «ama y haz lo que quieras».
sociales y su relación con diplomáticos extranjeros, como el cubano Ramón Estalella. Miembro de la bohemia madrileña, conoció a la mayoría de aspirantes a escritores y artistas del reinado de Alfonso XIII. Participó en la creación de La Gaceta Literaria que fue la revista más emblemática de la vanguardia española y publicó en medios intelectuales como Revista de Occidente, La Vie des peuples o Le Mouton blanc.
biografías como Riesgo y ventura del duque de Osuna (1930). Al dominar el inglés, escribió en The Criterion, el órgano más famoso de la intelectualidad británica, y se posicionó a favor de la «nueva crítica» francesa que postulaba la misma como parte del arte y la literatura. Era necesario criticar orientando en sentido afirmativo para dotar al lector de un órgano visual más perfecto. La crítica asumía así los contornos de una atenta dirección espiritual, que no debía conformar al otro según el criterio del director, sino potenciar aquello que existía mejor en él y que, por estar todavía en ciernes, esperaba su plena realización.
Garrigues, escribiendo en ella miembros de las generaciones de 1914 y 1927. Sin embargo, su núcleo esencial fueron intelectuales católicos que se sintieron alejados del confesionalismo y se manifestaron a favor de una apertura a todos los valores del espíritu. En consecuencia, Bergamín no fue afín a postulados tradicionalistas y así lo declararon los editores de la revista, que quisieron hacer cruz y raya sobre las soluciones aportadas por el siglo XIX: el liberalismo individualista y el tradicionalismo.
espirituales desde 1907. Su retorno al catolicismo se produjo ya en 1916, camino que desembocó en su obra La crisis del humanismo (1919). Maeztu revalorizó la Edad Media frente a la ética renacentista que había perdido al ser humano al impulsarle a no sentirse pecador. Sus ideas políticas cambiaron al admitir que la autoridad se debía basar en el servicio de valores a la comunidad.
Celestina (1926) y fundó, junto a Eugenio Vegas Latapié, Acción Española, una revista quincenal de notable influencia en los medios monárquicos y tradicionales. Precisamente, varios de sus artículos en la misma formaron su Defensa de la Hispanidad (1934), donde amparó un conjunto de valores espirituales y culturales que, procedentes del tronco católico hispánico, se habían desarrollado en el árbol común hispanoamericano. Reivindicó así la España imperial de los Austrias porque había sido la España más pura y con más valores, había expandido el catolicismo y la cultura por el mundo y su semilla era evidente. Al igual que Bergamín y muchos otros, Maeztu terminó radicalizando su pensamiento y convirtiéndose, según algunos biógrafos, en un nacionalista español.
por Luis Suárez, Real Academia de la Historia
monjes Beda y Eghinardo, allá por los siglos VIII y IX d. C. En efecto, ellos la interpretarían como un espacio específico de cultura, arraigada fundamentalmente en el cristianismo, que ampliaba los antiguos límites de la latinidad, cuyo legado pretendió asumir el proyecto imperial de Carlomagno. Alrededor de esas fechas Europa mudaría su nomenclatura por el de Cristiandad, con su doble dimensión de comunidad formada por fieles bautizados y en la búsqueda del bien común. Sólo en el siglo XV y por iniciativa de un Papa humanista como Pío II se restauraría el título original de Europa. Con ello quería indicarse que, en aquella época de nuevos descubrimientos, había ya poblaciones cristianas dignas de tal nombre fuera de aquel ámbito geográfico, sin resultar, por tanto, exclusivo de un lugar concreto.
un mundo que había presenciado la caída del Imperio romano en Occidente, invadido por los pueblos germánicos. Toda la zozobra generada por ese cambio de época no exigía, según Benito, ninguna revolución social; ni siquiera una modificación de las estructuras externas, sino la reforma del hombre interior, único camino para una mejora sincera y auténtica de la sociedad. Para lograrlo debía asentarse el principio de que sólo la verdad (identificada con Dios) libera al hombre y le proporciona la plena libertad. Las virtudes y el desprendimiento aparecen así como indispensables para adherirse a ella. De esta manera, la pobreza, la castidad y la obediencia forman tres dimensiones. En la primera, los bienes materiales actúan como medios y no fines para la vida humana. De igual modo no se repudia la sexualidad, sino que se ordena como expresión de ese amor agapé, comprometido y entregado, prefigurando la dimensión del Cielo, en el caso de los monjes, donde «ellos serán como ángeles» (Mt, 22, 30); o en la reciprocidad conyugal, reflejo de la imagen de Cristo y su Iglesia. En cuanto a la obediencia, los monjes fueron conscientes de que la libertad de cada persona depende de que todos cumplan con lo que es debido: el deber. Éste consiste en la libre asunción de una «deuda» que se ha de retribuir (el bien que se ha recibido), afirmándose así la libertad como servicio y el derecho que se deriva para el individuo y la comunidad (social, monástica…). No extraña, pues, que los monjes dieran el título de abad a su superior, tomándolo del arameo abbá (papaíto), tal como lo utilizara cariñosamente Jesús para dirigirse a Dios (Mc 14. 36). La exigencia del deber permitiría a los europeos descubrir, por encima de la simple fidelidad, la virtud de la lealtad. Pues aquélla obliga a seguir al mando sin preguntarse por la justicia de su causa, mientras que la lealtad sirve a esa autoridad aconsejando rectamente −según se debe− para evitar incurra en injusticia.
por José Luis Orella, historiador
Mundial, bajo la invasión de las tropas germano-austrohúngaras. Sin embargo, en diciembre de 1922, Ucrania quedará incluida en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La región sufrirá la fuerte hambruna que asoló el sur de la URSS y durante la Segunda Guerra Mundial muchos de sus habitantes recibieron a los alemanes como liberadores, colaborando con ellos. Tras el triunfo de los aliados, volvió a pertenecer a la URSS, incluyendo la región del Lvov que siempre fue polaca o austro-húngara. La disolución de la URSS provocó la aparición de una Ucrania independiente. En esta nueva fase, los resultados de las elecciones presidenciales confirmaron la partición del país. Las provincias occidentales y la capital, Kiev, como zonas más próximas a Occidente y deseosas de formar parte de la Unión Europea. Por el contrario, la zona de Donbass, la región vertebral de las provincias orientales, zonas industriales, afectadas por el cierre de las minas y rusoparlante, territorios que nunca habían dejado de pertenecer a Rusia desde siglo X, y cuyas ciudades fueron fundadas por Catalina la Grande en el siglo XVIII.
Ucrania, en la cual, de momento, sólo se ven dos claros vencedores. Por una parte EEUU, que gracias a su presidente ha conseguido que la Unión Europea retire su subordinación del gas ruso para depender ahora de la fórmula licuada estadounidense, mucho más cara, y transportada en barcos metaneros. Además, la compra de armas estadounidenses se ha multiplicado en la región, y la guerra de Ucrania ha provocado una fuerte demanda de sus productos en stocks.
manteniendo a una sociedad empobrecida y a un país ya entregado a los intereses chinos para sobrevivir. China es la gran ganadora, al erigirse en la única alternativa económica de Rusia. Por el contrario, la Unión Europea pierde una vez más una oportunidad de ser potencia, volviendo a su posición de mercado receptor de los productos estadounidenses.
por José Luis Orella, historiador
incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres. Este artículo viene relacionado con el art. 7 TUE que impone sanciones en el supuesto de que se constate la existencia de una violación grave y persistente de los derechos humanos por algún gobierno europeo. Lo más sorprendente es que a Polonia y Hungría se les quiera aplicar unas sanciones precisamente por defender art. 2 TUE, que es malintencionadamente interpretado por las instituciones europeas.
después de ser presionada por las instituciones magiares, ante la falta de referencia de una universidad en su país de origen, en este caso, los Estados Unidos. La entidad en realidad se ha dedicado a la formación de activistas para la desestabilización política de países balcánicos y de Asia Central y no a la formación académica, a la que se debe un centro académico superior.
al artículo octavo sobre el derecho al respeto de la vida privada y familiar, que establece que «toda persona tiene derecho al respeto de su vida privada y familiar, su domicilio y su correspondencia». Polonia ha tenido que sufrir el acoso del embajador estadounidense, quien lideró por segundo año un manifiesto suscrito por los diplomáticos europeos occidentales a favor del colectivo LGTB y en contra del Tribunal Constitucional Polaco, que dictaminó que el aborto por malformaciones fetales graves era contrario a la Constitución.
ministra de Justicia de la República de Hungría, Judit Varga, explicaba que la Ley de protección infantil, atacada por las instituciones europeas como discriminatoria, en realidad se enfocaba en garantizar los derechos de los padres a proteger a los menores de edad para que no accediesen a contenidos que pudiesen contradecir los principios educativos que sus padres eligieron enseñarles hasta que ellos mismos se conviertan en adultos. Sin embargo, el derecho de los padres a proteger a sus hijos de amenazas, como la pederastia, no fue reconocida.

los que suscitaron mayor aprecio; sobre todo tratándose de una valoración por parte de quienes desarrollaron estas artes. El mismo Platón infravaloró los oficios manuales, calificando a sus agentes de banausus. Una palabra que podría estar en la raíz del vocablo banal; dicho de aquello trivial, sin importancia o de escaso interés. Es por eso que las minorías intelectuales del mundo griego preferían atribuir a los bárbaros los inventos técnicos, reservándose para ellos las ciencias especulativas como la filosofía en su empeño por alcanzar la sabiduría.
grupos sociales de la Roma Antigua eran los plebeyos quienes se dedicaban a la artesanía, al comercio y a la inversión; que ensalzaron y presentaron como un valor para la sociedad. Mientras tanto, los patricios o nobles mostraron su menosprecio. Seguían las enseñanzas de los clásicos griegos, que atribuían a los oficios un impedimento para el progreso de la virtud, necesaria para los llamados a gobernar. De este modo, la reserva hacia los trabajos manuales no era generalizada y, en todo caso, se fundaba no tanto en el rechazo a esa actividad propiamente dicha como al vínculo de dependencia que podía generar para la subsistencia de muchos.
glesia interpretaron el texto sagrado desde una doble óptica. La primera incidiría en el acto creador de Dios destinado al bien del hombre, que lo guardaría en su Providencia trabajando para su salvación. La segunda, mucho más recurrente, subrayaría la misión de la persona humana en la custodia del universo, revirtiendo en beneficio propio al preservarle de la ociosidad y de las pasiones desordenadas. En este sentido, las primeras comunidades monásticas no dudaron en tomar la agricultura −catalogada como el más servil de los trabajos− como uno de los menesteres de los monjes en esa tarea de garantizar el sustento físico (el alimento) y espiritual (fomento de la virtud frente a los vicios de la desocupación). De este modo, siguiendo el ejemplo de Jesús de Nazaret (Dios hecho hombre), que aprendió el oficio de carpintero que le enseñara quien ejerciera como padre −José− hasta el inicio de su predicación, los monjes también venían a declarar el valor y dignidad de cualquier trabajo que se insertara
dentro del plan divino. Es por este motivo que en la regla de la orden religiosa que fundara san Benito en el siglo VI, iba a subyacer la divisa ora et labora (reza y trabaja) que la hiciera conocida por todos; sobre todo con la reforma del Císter. La vida del claustro anticipaba así la imagen celestial en la que la oración y el trabajo manual se armonizarían conforme a la obra creadora de Dios.
puntaban a la necesaria rentabilidad. En el mundo hispánico, los principales ilustrados (Feijóo, Campomanes y Jovellanos) aceptaron los principios de la ciencia moderna sin por ello renunciar a los basamentos católicos. Es más, todos éstos anteponen los presupuestos morales –el cultivo de la virtud (incluida la de religión)− como fundamento para conseguir la felicidad humana y causa que habrá de estimular el desarrollo ordenado de la ciencia y el progreso. En este nuevo contexto, Feijóo −monje benedictino y profesor en la Universidad de Oviedo− divulgó una de las ideas nucleares de su Orden, según la cual todo trabajo humano resultaría honorable u honroso; no por su naturaleza manual o intelectual, sino en tanto conducente al servicio de Dios (cooperando en su obra creadora) y, en segundo término, al provecho de la nación. Por su parte, Campomanes −formado en esos parámetros− incidiría en los aspectos prácticos al fomentar la industria mediante la liberalización del sector para estimular su competitividad y dinamismo. En continuidad con esta línea, Jovellanos propondría cambios en la
propiedad agraria con los mismos fines. No se trataba tanto de enajenar los bienes de la nobleza ni de la Iglesia, como de acabar con los señoríos, es decir, permitir que sus titulares pudieran disponer de ellos para su venta en lo que se necesitara para garantía de su rentabilidad. De este modo, la legitimidad o fuerza moral de la nobleza debía residir en el mérito y la virtud, demostrada en el trabajo de inversión económica del que derivaría el beneficio para su propio linaje, al tiempo que servía al progreso del país.
Muy recientemente el Papa Francisco ha insistido en ello: no se atiende ya a las personas como un valor primario que hay que respetar y amparar, especialmente si no son “útiles” para la sociedad o la economía, obsesionadas por reducir costes. Ciertamente, no estamos hablando de objetos. En este sentido, el trabajo debe ser realmente un medio para dignificar a las personas que lo realizan y a quienes se dirige. Ésta ha sido una de las grandes contribuciones del catolicismo a la cultura occidental, especialmente acreditada por su magisterio reciente. Por eso, no cabe considerar como trabajo aquellas ocupaciones que degradan a la persona (apartándola de la virtud), por mucho que entren en la dinámica de la oferta y la demanda.

que catapultó al país entre los principales rotativos de la prensa internacional. El precio de la revuelta fue de 229 personas ejecutadas, 3.000 muertos en combate, 211.000 exiliados, 26.000 procesados, 26.621 condenados y 13.000 internados en campos de concentración. Estos hechos son los que forjaron el espíritu de resistencia magiar. Cuando el comunismo húngaro cayó y retornó la democracia al país danubiano, de entre la intelectualidad opositora destacó un estudiante de Derecho de la Universidad Eötvös Loránd (ELTE) de Budapest, Viktor Orbán. El joven veinteañero fundó con otros jóvenes la Federación de Jóvenes Demócratas en 1988 (Fidesz), que defendía un discurso democrático, europeísta y anticomunista. Después de una estancia en la Universidad de Oxford, en 1993 Orbán fue elegido presidente del partido. En 1998 el joven político ganó las elecciones y consiguió la adhesión de Hungría a la Unión Europea y la OTAN. En aquel mandato apostó por la reducción de impuestos, ayudar a las pequeñas y medianas empresas y reforzar la protección social de los más débiles. También respaldó la concesión de la nacionalidad húngara a las personas de etnia magiar en el extranjero, siempre que pudieran probar su descendencia de húngaros y su conocimiento del idioma. Entre el 2002 y el 2010 fue el jefe de la oposición a los gobiernos socialistas, retornando al poder en el inicio de la actual década con una aplastante mayoría absoluta en el parlamento. Orbán obtuvo el 52,73% de los votos. Durante estos dos últimos mandatos se reformó la ley electoral, reduciendo el número de parlamentarios de 386 a 199, y también la constitución, ya que la existente tenía origen en la comunista de 1949, que fue dictada por los asesores soviéticos. La nueva constitución magiar recobró la tradición cristiana que ha estado presente en la historia del pueblo húngaro.
una Europa basada en una alianza de naciones libres que tienen en común su herencia cristiana. El 78% de los magiares son favorables a defender la cultura y tradición cristiana de su nación. En una decisión difícil por la presión de la Unión Europea sobre la política de llegada de refugiados, el gobierno realizó en el 2016 un referéndum que daba respaldo social a la decisión del gobierno de reforzar el control de fronteras del país ante la llegada masiva de millones de refugiados. El ejecutivo se mostró favorable a revertir competencias a los Estados soberanos para un control más democrático y eficaz de la gestión. Este punto de vista coincide con el resto de los miembros del grupo de Visegrado (Hungría, Polonia, Eslovaquia y República Checa) que es la región que más ha crecido económicamente de la Unión Europea y que más ha reducido los niveles de pobreza; además de conjurar hasta la fecha todo intento de atentado yihadista. Palabras como Patria, familia, trabajo, y sentido común siguen formando parte de su vocabulario político. Estas naciones coinciden en la recuperación de su libertad en 1989, en el deseo de vivir su democracia política y en defender la herencia cultural de sus antepasados.
energía barata para su economía, como es el convenio firmado para la construcción de una central nuclear. También ha estrechado relaciones con países como Israel, Singapur o China, de fuerte crecimiento económico y con los cuales mantiene acuerdos de cooperación estables. El potencial turístico magiar y la protección de su rico legado cultural han convertido Hungría en un país atractivo, puerta de entrada a la región centroeuropea.

ntes del tiempo que les llevaría, y entendían que iniciaban algo que debía perdurar. Tenían una visión distinta del tiempo y de la historia humana, donde no hay sólo una comunicación con las personas coetáneas, sino del pasado y del futuro. Ello tiene mucho que ver con la visión de la ciencia histórica de Marc Bloch, que, lejos de concebir la historia como ciencia del pasado, la veía como el análisis de la realidad humana en su desarrollo en el tiempo, de manera que se une el estudio del mundo de los que ya vivieron y murieron con el presente de los vivos en un mismo estudio 
tiempo de perplejidad. Síntoma de ello es un reciente artículo titulado “La modernidad está acabada”. Se trata de una entrevista al intelectual Bruno Latour, donde el autor (hablando de ecología) señala, al referirse a Europa, que “aquí hemos conservado la familia, los paisajes, las ciudades, los árboles… [Europa] consiste en cultivar y extender estos valores. Y sí, estamos volviendo, el hombre hoy busca sus raíces por todas partes”

por Víctor Zorrilla, filósofo
Uno de los principales filósofos chilenos, Millas fue profesor en la Universidad de Chile y en la Universidad Austral. Hizo estudios de posgrado en filosofía y psicología en Estados Unidos. Fue profesor visitante en la Universidad de Columbia y miembro de varias sociedades académicas. Algunas de sus obras son: Idea de la individualidad (1943), Goethe y el espíritu del Fausto (1949), Ensayos sobre la historia espiritual de Occidente (1960), El desafío espiritual de la sociedad de masas (1962), Idea de la filosofía (1970) y La violencia y sus máscaras (1978). Entre sus principales influencias se cuentan Bergson, Husserl, William James y Ortega y Gasset.
propuesto, en un contexto diferente, una concepción del poder de raigambre tomista que, a la par que suscribía la doctrina de la soberanía popular, dejaba a salvo la validez del poder político legítimamente establecido. Tal concepción se basaba en una idea fundamental que proporciona a la reflexión política su cimiento metafísico: la del origen natural de la sociedad humana y, por tanto, del poder político erigido para gobernarla. De esta manera, Vitoria consiguió impugnar tanto el absolutismo monárquico como los movimientos de carácter anarquizante surgidos al filo de las reformas protestantes