por Juan Bagur, filósofo
Introducción
José Ortega y Gasset (1883-1955) fue el pensador más importante e influyente del siglo XX en España, y uno de los más conocidos más allá de nuestras fronteras. Ha sido, y es, reivindicado a través de posturas ideológicas y filosóficas muy diversas: por católicos y ateos, socialistas y conservadores, o europeístas y regionalistas. En los últimos tiempos, incluso por ecologistas y transhumanistas (y detractores de esto último). Puede parecer que todo ello supone un intento de apropiación de su pensamiento, distorsionándolo para que se adapte a la intención particular de cada uno. Pero más allá de esta postura siempre acechante, lo que evidencia es la fecundidad del pensamiento orteguiano en tanto que filosofía primera en el sentido clásico de la palabra, que aporta unas bases para meditar sobre “el tema de nuestro tiempo”. Con esta expresión, que dio lugar al libro homónimo que publicó en 1923, aludía Ortega a la necesidad de dar respuesta al gran problema filosófico que, según afirmaba también Julián Marías, existía en Occidente desde finales del siglo XIX: la conciliación entre las categorías de razón y vida.
Ortega ya se había adentrado en este problema en su primer libro, Meditaciones del Quijote (1914), donde anunció su propuesta de compromiso a través de la fórmula “yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Así contestaba a Unamuno, que había manifestado la imposibilidad de lograr la síntesis cuando escribió Del sentimiento trágico de la vida (1912). No me extenderé, por falta de espacio, en el análisis de la fórmula, pero sí indicaré que la noción de “circunstancia” es la clave del pensamiento de Ortega. En los años treinta, esta idea le llevaría a formular otra sentencia, que no es la más conocida, pero sí la más repetida por el autor. Por ello, la que mejor resume su pensamiento: “el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene…historia”. La razón y la vida no se encuentran en contradicción, porque la primera es histórica, se deriva de una circunstancia concreta que se puede conocer. Por ello, habló de Razón histórica.
El tema de nuestro tiempo
¿Qué tiene que ver todo lo anterior con “el tema de nuestro tiempo”? En mi opinión, muchas cosas que hoy en día se debaten apasionada aunque no siempre rigurosamente, como la importancia de los vínculos humanos, la soberanía estatal, la necesidad de superar los utopismos….y también otro aspecto que, como profesor, considero capital: la deshumanización del hombre a través de la tecnología mal utilizada. Y resalto lo de mal utilizada porque Ortega no era tecnófobo, pues consideraba al hombre un “centauro ontológico”, en tanto que una consecuencia de su condición histórica sería precisamente la importancia de la técnica como un órgano vital[1].
Para entender esta cuestión conviene recordar las tesis que mostró en Ensimismamiento y alteración. Fue la primera parte de un curso que ofreció en Buenos Aires en 1939, y que ese mismo año se publicó junto con Meditación de la técnica. Constituyó además una exploración en el terreno de la sociología, que creía que no estaba “a la altura de los tiempos”, y por ello también es una de las fuentes con las que pretendió dar respuesta a ese vacío: El hombre y la gente, publicado de forma póstuma en 1957.
Llegar al mundo interior para encarar la realidad
Ortega sostenía que el animal vive pendiente de los estímulos externos, atado a la circunstancia que le rodea. Ya sea por el miedo que pueda generar un depredador, o por el apetito que provocan otros alicientes, se encuentra siempre más allá de sí, “alterado”. Esto es, no vive de “sí mismo” sino de “lo otro” (alter): “el animal vive siempre alterado, enajenado” porque “su vida es constitutiva alteración”. Por el contrario, el hombre puede superar esta situación de alteración perpetua. No porque pueda dejar de estar en el mundo, sino en tanto que puede ejecutar una habilidad que, con gran precisión, define la lengua española: “ensimismarse”. Esto es, entrar “en sí mismo”, viajando a otro lugar: el “mundo interior”. Un mundo que es el de las ideas, en el que el hombre puede meditar y pensar para, así, reaccionar después a lo que le rodea. Es decir, no para evadirse de la realidad, sino para tomar conciencia de ella y desarrollar su “plan de ataque a las circunstancias”, aprovechando lo que ofrecen para darles sentido. Esta es según Ortega la diferencia “constitutiva” entre el hombre y el animal: el segundo es “pura alteración”, pero el primero puede ensimismarse[2]. Con esta interpretación, Ortega traduce a su lenguaje filosófico la distinción clásica entre “contemplación” y “acción”, y no es por eso baladí que, a pesar de su agnosticismo, mostrase en varias ocasiones su interés por San Agustín. El Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore hominis habitat veritas es una forma de ensimismamiento, expresada en una frase que marcó a dos personas que influyeron notablemente en él: Ángel Ganivet y Edmund Husserl[3].
Esta interpretación muestra la relación entre el yo y la circunstancia, propio del hombre, pero también por qué afirma Ortega que el hombre no tiene naturaleza, sino historia. No desprecia la corporalidad ni la biología, sino que plantea, también como en la tradición clásica, que existe en el hombre una segunda naturaleza doblemente histórica: primero, en tanto que el ensimismamiento permite dar sentido a la propia biografía; y segundo, dado que al incluir cada circunstancia una sociedad con usos y costumbres, somos por esencia herederos de los ensimismamientos de quienes nos han precedido.
Actualidad de la tesis orteguiana
Explicado lo anterior, vuelvo a la cuestión que suscitó este artículo, esto es, por qué la tesis del ensimismamiento y la alteración es tan pertinente para el tiempo que nos ocupa. Según creo, porque nos ayuda a diagnosticar un síntoma producido por la sobreexposición a la tecnología que padecemos, a saber: un proceso de “deshumanización” a través de la “animalización” del hombre. La hiperconectividad aísla, no ensimisma, pues la saturación de datos de todo tipo no invita a la reflexión, sino que la anula. Hace años, Carr publicó un interesante libro que evidenciaba cómo, siendo el cerebro humano plástico, sus habilidades están siendo modificadas por la tecnología mal utilizada[4]. Una muestra de que, como se decía más arriba, el hombre es un “centauro ontológico” porque su naturaleza es modificada por la tecnología. Aquí, conforme al vicio en vez de la virtud.
En este sentido, si en la época de Ortega existían estímulos constantes que dificultaban el ensimismamiento -motivo por el que recomendaba a sus alumnos que dedicasen todos los días un momento para meditar-, mucho más ocurre hoy en día. No hace falta leer estadísticas o informes, sino que basta mirar a nuestro alrededor. Quienes somos profesores vemos que nuestros alumnos, en gran medida, viven “alterados”, pendientes de lo externo y con gran dificultad para entrar en sí mismos y así poder arraigarse en la calma que permite atender. La atención es más que nunca el campo de batalla de la educación actual, lo que diferencia al estudiante con éxito del fracasado[5], pues no es posible una vida de carácter noble sin el ensimismamiento entendido en sentido orteguiano. Recuérdese que la etimología de attendere remite a tensar un arco hacia un blanco. Es una metáfora aristotélica que Ortega también utilizó para definir lo humano: la vida es proyecto, porque la historia que parte de la circunstancia se dirige hacia un fin, como el proyectil hacia su blanco. Vivir sin esta capacidad, que las humanidades ayudan a cultivar, significa acercar al hombre a la condición del animal, si asumimos que lo que define al segundo es la alteración en tanto que fundamento existencial. Frente a ello, urge reivindicar la contemplación precedente a la acción, pues permite aprovechar toda circunstancia como ocasión para una vida virtuosa.
[1] Sobre esta cuestión, vid.: Alonso, Marcos: Ortega y la técnica, CSIC y Plaza & Valdés, 2021.
[2] Ortega y Gasset, José: “Ensimismamiento y alteración”, en Obras completas. Tomo V (1932-1940), Madrid, Taurus y Fundación Ortega-Marañón, 2006, pp. 529-550.
[3] Natal Álvarez, Domingo: “La lectura de San Agustín en Ortega y Gasset”, en Estudio agustiniano: Revista del Estudio Teológico Agustiniano de Valladolid, vol.22, fasc 1-3, 1987, pp. 311-345, p.320.
[4] Nicholas George Carr, Superficiales: ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, Madrid, Taurus, 2017.
[5] Gregorio Luri, uno de los pedagogos más importantes del panorama actual, insiste mucho en esta cuestión. Lo resume con una frase que repite continuamente: “la atención es el nuevo cociente intelectual del siglo XXI”. Vid.: Gregorio Luri, Academia Euclides: https://www.youtube.com/watch?v=BunybCjEhAo



por Antonio M. Moral Roncal, historiador
el rey con Marañón, Ortega, Pío Baroja y otras figuras del mundo intelectual. Al salir en la conversación el tema de las Hurdes, la cuestión interesó profundamente a don Alfonso, que aceptó ir personalmente “a recorrerlo todo y a remediar lo que se pueda”. Y es que el rey había realizado numerosos viajes para conocer España y sus habitantes, por lo que se mostró interesado especialmente por realizar un periplo diferente: no habría cenas de gala, ni arcos de triunfo ni festejos de inauguración. Este viaje a las Hurdes sería diferente.
Segura de las Torres- la expedición hubo de continuar a caballo, ya que no existían carreteras aptas para coches. En Casar de Palomero se incorporó el obispo de Coria, Segura, cuyo trabajo e interés por los hurdanos apreció don Alfonso. Dejando atrás la Alberca, el rey visitó los pueblos de Pinofranqueado, Mensegal, Calabazas, Vega de Coria, Cambrocano, Nuño Moral y otros más. En la tarde del día 24, y ya desde Béjar, en tierras salmantinas, se inició la vuelta a la capital.
lugares de la geografía hurdana los recursos más necesarios para cumplir su misión de regeneración. La segunda acción fue la puesta en marcha de acciones para luchar contra el analfabetismo de la zona. Por ello se organizó una Misión pedagógica, con un maestro director, una maestra subdirectora -encargada de la organización de una escuela maternal y el internado de las niñas- y de tres maestros responsables de las escuelas de los niños, que se establecieron en las factorías. Además, se construyeron doce escuelas en diversos pueblos, con dinero público y donaciones privadas, como las 200.000 pesetas que aportó el marqués de Valdecilla. Para abastecer de comida a las escuelas -que tuvieron cocina y comedor para los niños y casa-habitación para los maestros- el Patronato Real concedió subvenciones a algunas cantinas.
durante el resto del siglo XX en distintos tiempos y grados. Pero cuando el escritor republicano Vicente Blasco Ibáñez lanzó un panfleto denigratorio contra el rey en 1924, los hurdanos no lo dudaron y firmaron un álbum que, aún hoy, se conserva en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid con el título A S.M. el Rey Don Alfonso XIII en testimonio de gratitud y respetuoso cariño los hurdanos, 23 enero 1925.


los caballeros andantes
crecimiento −personal y colectivo− que, por oposición, deriva en parálisis o estancamiento ante la vida. La pregunta clave para este representante de la razón vital reside en el propósito u objeto al que, una vez aplicada la inteligencia, fijamos nuestra atención a la hora de encarar la existencia. En caso de desenfoque, por omisión –falta de optimismo vital− o por equivocación −al errar en la finalidad; bien por presunción de medios o por ausencia de ideales justos y buenos− la vida humana carece de la debida articulación, pues «caminará desvencijada, sin tensión y sin forma. […] perdida en el laberinto de sí misma por no tener a qué entregarse»
también al plano social, económico y cultural. De forma absoluta en la Rusia comunista, y relativa −en distinto grado− en la Italia fascista o la Alemania nazi. Este proceso paulatino de anulación del individuo en favor de la colectividad, encuadrada en este caso de un modo jerárquico por aquellos Estados, fue el objeto de las denuncias de varios intelectuales.
por Oswald Spengler para explicar el auge y declive de Occidente, comparándolo con las distintas etapas biológicas del ser humano, no significaba una renuncia a sentar las bases para un renacimiento. Una vez constatada la defunción de toda una civilización, había que preparar el camino para que surgiera otra mejor. Por eso pensó el profesor alemán que Hitler estaría llamado a imprimir en la cultura germana el viejo espíritu de dirección y disciplina prusiano como método para contener y aun neutralizar el dominio del hombre-masa. Según Ortega, la caracterización de este tipo humano se habría originado con motivo de un crecimiento económico continuado y la participación general en sus beneficios. La convicción de que el progreso carecería de límites, alimentaría una mentalidad vulgar, poco formada en inteligencia y virtudes, como el deber, la autoexigencia o el servicio. De ahí la vindicación de élites que, con independencia de su procedencia social, estuvieran culturalmente formadas en el sentido más pleno de la palabra. Es decir, de un modo integral: conforme a la virtud personal y a la unidad del saber. El propósito era análogo al expuesto por
Spengler. Esto es: que aquellas minorías se alzaran verdaderamente con la dirección de los asuntos públicos para regir y orientar debidamente al resto. Dicho de otro modo, despojar al pretendido derecho a la vulgaridad de su consideración de virtud para reducirla a su verdadera condición de defecto. La implantación de un sistema de certezas, fundado sobre el criterio objetivo de la razón, constituiría el medio para poder alcanzar esa meta. De ahí la inspiración en las enseñanzas de aquellos clásicos greco-latinos que reconocerían la realidad misma de la naturaleza humana y de sus distintas dimensiones, abogando por su equilibrio y armonía.
La democracia como norma de derecho político −que debiera garantizar la ordenada representatividad del pueblo con miras al bien común según los márgenes de la libertad responsable−, degeneraría entonces en plebeyismo. Esto es, en el intento de trocar la igualdad de los hombres ante la ley (resultado, a decir de los filósofos escolásticos, de la esencia espiritual, racional, libre y social de la naturaleza humana creada por Dios, que constituiría el fundamento de su dignidad) por la imposición del igualitarismo nivelador en todos los órdenes de la vida. Una tendencia que, en la práctica, arrumbaría cualquier principio elemental de justicia. Y es que si ésta consiste en dar a cada persona lo que en derecho le corresponde, se infiere que −en lo contingente− las circunstancias y necesidades de cada cual son bien distintas y no pueden tratarse de la misma manera ni utilizarse igual medida.
Berdiaeff−, capaz de regenerar la cultura (informadora de las mentalidades y las costumbres) desde las mociones de la inteligencia y del espíritu cristiano hasta alumbrar un auténtico renacimiento, dependerá de muchos factores. Si las minorías integralmente formadas no toman conciencia de su misión −acorde con una correcta concepción antropológica− aunándose con valor para llevarla a cabo, difícilmente se producirá esta perentoria vertebración. Preservar y perfeccionar la civilización exige una labor de enderezamiento constante capitaneada por los mejores. En esto Ortega acertó de lleno.