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Horizonte político en España

            De nuevo los partidos se disponen a alzarse con la palma de la victoria electoral el próximo 26 de junio. Esta segunda vuelta nada tiene que ver con la institucionalizada en otros países, donde compiten las dos candidaturas más votadas con el declarado propósito de consolidar el bipartidismo. Un sistema que demuestra ser el menos contraproducente para preservar la estabilidad política. No se entiende entonces el jolgorio con que algunos reciben el retroceso del bipartidismo si no es porque les beneficia directamente. ¿Qué sacamos de la atomización parlamentaria? La respuesta es clara: la imposibilidad de formar gobierno. Cosa distinta es que el debilitamiento del bipartidismo se deba a sus carencias y defectos. Poco ayuda la organización cerrada de los partidos que, pese a la autoproclamada democracia, son los que menos la ejercen en su régimen interno. Habrá quien señale que la apelación al militante puede originar un Donald Trump para manifestar su inconveniencia, mientras otros aleguen su oportunidad justamente por eso mismo. El problema es que para que un sistema funcione requiere de la aristocracia, es decir, de la toma de conciencia de las minorías dirigentes del país para servir con rectitud al bien integral de la sociedad. El deterioro de la cultura, del que resulta un confusionismo generalizado, no favorece este proceso. Nos encontramos entonces ante la fragmentación política, reflejo de la propia división social. Ya habló Felipe González de una italianización de la vida política española al estilo de lo acontecido en el país vecino hace décadas.

            El comportamiento de los partidos españoles es similar al de la Italia de los sesenta. La pérdida de la mayoría parlamentaria de la Democracia Cristiana, obligó a un complejo juego de alianzas para evitar que la segunda fuerza –el Partido Comunista Italiano− se hiciera con el poder. Es lo que se llamó la apertura a la izquierda: la Democracia Cristiana, sacrificando algunos de sus principios, se prestó al pacto con los socialistas en calidad de tercera fuerza. El objetivo era neutralizar un frente de izquierdas que amenazara la permanencia de Italia en el Mercado Común y en la OTAN.

            En España no ha cuajado todavía esta solución. La diferencia estriba en que el PSOE no ha sido desplazado, por el momento, a un tercer puesto del arco parlamentario. Pero, si como apuntan todas las encuestas, la coalición Podemos-IU logra ese objetivo la situación puede cambiar por completo. Tendremos una fuerza de inspiración comunista como primer partido de la izquierda, muy crítica con Bruselas y con el libre mercado. Es entonces cuando resultaría más factible un pacto a la italiana. Un PP, que haría las veces de la Democracia Cristiana, tendiendo de nuevo la mano a los socialistas para que no fueran fagocitados por Podemos-IU. Una operación avalada por la Unión Europea para salvar sus propios intereses. El terreno ya está trillado ¿cómo se explica si no –además de otros factores, comunes en Occidente−, la renuncia del PP a buena parte de su ideario? La aceptación de la ley del aborto, la consagración del llamado “matrimonio homosexual”, el mantenimiento de la carga tributaria sobre las pequeñas empresas y la propiedad, son muestras de apertura hacia un consenso con los socialistas que valida su modelo de sociedad. Parece cristalizar una suerte de pensamiento único en el que el bipartidismo (alternancia entre dos proyectos) deriva hacia el monopartidismo.

            El recurso a este tipo de medidas manifiesta el deterioro en el que se ha sumido Europa. Las tensiones internas en Gran Bretaña, el ascenso del populismo en Italia y de la derecha nacionalista en Francia y ahora también en Alemania, reflejan la hondura y el alcance de la crisis. Estamos ante un cambio de época, consecuencia de las mutaciones de una civilización que parece generar otro ciclo histórico, distinto al que hemos conocido. En este sentido, el recurso a las grandes alianzas institucionales es un intento por sobrevivir al embate y enmendar la plana al populismo. Se trata de acometer las reformas imprescindibles para aplacar la virulencia de esos grupos emergentes y salvar así la estabilidad del sistema. Que eso se haga desatendiendo los principios fundamentales en los que se asienta la dignidad de la persona −la defensa de la vida en todos sus estadios, de la familia y del pleno reconocimiento a la libre iniciativa−, ha de repercutir necesariamente en perjuicio de la justicia social como elemento vertebrador de las sociedades. La crisis del bipartidismo la han generado sus propios actores.

Antonio Cañellas, doctor en Historia.

Publicado en el periódico El Mundo/El Día de Baleares (21/06/2016).

El hombre y el conocimiento: divergencias y convergencias entre la Biblia y el Corán

      No hay mejor manera de esclarecer la idea acerca de la naturaleza del hombre que alberga una religión más que consultando los relatos sagrados acerca de su creación y origen. Las religiones abrahámicas, siguiendo la tradición judía, comparten a rasgos generales un mismo relato acerca de la creación del hombre y el mundo. Tanto cristianos como musulmanes son educados en la idea de Adán como primer hombre, creado por Dios como culminación de una proceso de seis días que dio lugar al universo, la tierra y la vida. Musulmanes como cristianos profesan una misma fe en la idea de la caída del hombre tras sucumbir a la tentación del demonio. En ambos casos, el hecho de la ruptura del hombre con Dios y la creación queda plasmado en el árbol prohibido y la expulsión del paraíso.

      Hasta aquí las similitudes, pero un análisis más exhaustivo presenta una gran divergencia en los detalles que en última instancia nos lleva a una idea bien distinta acerca del hombre por parte de cristianos y musulmanes. Para empezar, en el Corán se explicita que los ángeles fueron creados a partir del fuego y el hombre a partir del barro. (Corán, VII, 12)[1] En la Biblia Dios crea al hombre a partir del polvo de la tierra y le insufla directamente la vida. (Génesis 2, 6-9) Al contrario que en el Corán, la Biblia presenta Dios personalmente dando la vida al hombre, marcando así la diferencia con la creación del resto de seres vivos que pueblan la tierra. En concreto, se dice que el hombre fue creado a “imagen y semejanza” de Dios. (Génesis 1, 26) En el Corán no hay ninguna aseveración semejante. Aunque el hombre es presentado como la culminación del proceso de creación de la tierra y la vida, el hombre nunca es elevado a la categoría que hace la Biblia.

      Ambos textos sagrados inciden el predominio del hombre en la tierra. “Ha creado para vuestro uso todo cuanto hay sobre la Tierra.” (Corán, II, 27) En la Biblia, al hombre se le da dominio sobre la creación, convidándole a “someter” la tierra y todo cuanto habita en ella. (Génesis 1, 27) Sin embargo, aquí nos encontramos con una pequeña diferencia muy reveladora: Mientras que en el Corán Dios es quien da nombre a todas las criaturas de la tierra y así se lo enseña a Adán (Corán, II, 29), en la Biblia es Dios quien invita a Adán a designar a todos los animales, reuniéndolos ante él para que les de nombre. (Génesis 2, 19-20). Este punto señala una profunda divergencia en torno a la idea del conocimiento del hombre. Mientras que en el Corán tanto Adán como los ángeles son incapaces de conocer y nombrar a los animales (admitiendo su ignorancia ante Dios e implorándole que les revele la ciencia de la creación: “Nosotros sólo tenemos los conocimientos que nos vienen de ti. La ciencia y la sabiduría son tus atributos.”), (Corán, II, 30) en la Biblia Dios deja la puerta abierta a la autonomía del hombre y le anima a conocer por sí mismo. En el Corán, la capacidad del hombre de conocer y razonar autónomamente queda explícitamente negada. “Yo sé lo que vosotros no sabéis.” (Corán, II, 28) “Su ciencia es la única que abarca todo el universo.” (Corán, II, 27) Sólo lo que Dios revela puede ser conocido. La especulación queda como un acto de arrogancia.

      En el Corán, el hombre es tan ignorante que ni siquiera sabe cómo implorar perdón a Dios una vez que ha comido del fruto prohibido. Es Dios mismo quien tiene que enseñar a Adán como pedirle perdón. (Corán, II, 35) La ignorancia del hombre y los ángeles es reafirmada por la “arbitrariedad” del comportamiento de Dios. Los ángeles eran superiores al hombre, pues así los había creado Dios, sin embargo, en el Corán, Dios ordena a los ángeles que se postren ante Adán. Algunos de ellos, con Eblis al frente, se niegan a adorar al hombre, ya que sólo Dios es digno de su adoración. (Corán, II, 32) Son éstos los llamados ángeles caídos, quienes rehusaron humillarse ante una criatura inferior a ellos por orden de Dios.

      Mientras que en la Biblia se hace un ejercicio por “razonar” o al menos presentar coherentemente las acciones de Dios y sus mandamientos, en el Corán se incide en su arbitrariedad. Sólo aquel que dándose cuenta que van contra su razón se pliega ante ellos es quien pasa la prueba.

Javier Gil es doctor en Historia.