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El imperio de las masas

 por Antonio Cañellas, historiador

     El cierre en falso de la Primera Guerra Mundial en 1918 conllevó dos efectos inmediatos. Por un lado, la conciencia intelectual de que la cultura moderna había entrado en crisis. Y, por otro, el surgimiento de nuevos movimientos políticos y corrientes de pensamiento que intentaron enderezar aquella situación. Con estos precedentes se inauguró el llamado período de entreguerras hasta el estallido del segundo gran conflicto a escala planetaria en 1939. Era la hora de la revancha y de saldar las cuentas pendientes que, cual memorial de agravios, algunos venían contabilizando desde hacía lustros. La caída de los regímenes liberales en buena parte de Europa y su sustitución por sistemas autoritarios, el triunfo de la revolución bolchevique en Rusia o la puesta en escena del nazismo, fueron las consecuencias empíricas de aquel malestar generalizado.

            La progresiva superación del Estado mínimo de la burguesía liberal −atenta a sus negocios− por un sistema cada vez más intervencionista y ajustado a las demandas de una socialización creciente en el acceso a los bienes y servicios, derivó en ocasiones hacia el extremo del Estado totalitario. Se trataba de regímenes políticos –que todavía coletean− en el que un partido o movimiento se imponía a los demás, erigiéndose en organización única y apoderándose del control exclusivo del Estado y de todos sus resortes. Esta monopolización de la vida política se extrapolóXI ideal de la URSS para la Eurocopa si no se hubiera separado | Sopitas.com también al plano social, económico y cultural. De forma absoluta en la Rusia comunista, y relativa −en distinto grado− en la Italia fascista o la Alemania nazi. Este proceso paulatino de anulación del individuo en favor de la colectividad, encuadrada en este caso de un modo jerárquico por aquellos Estados, fue el objeto de las denuncias de varios intelectuales.

            Con la publicación de La rebelión de las masas en 1930, José Ortega y Gasset planteó un tema siempre recurrente en su obra. En realidad, el filósofo madrileño se alineaba con otros autores que apuntaban el mismo problema, asociándolo a la propia decadencia de la cultura occidental. La visión cíclica de la historia presentada La rebelión de las masas - José Ortega y Gasset | Planeta de Librospor Oswald Spengler para explicar el auge y declive de Occidente, comparándolo con las distintas etapas biológicas del ser humano, no significaba una renuncia a sentar las bases para un renacimiento. Una vez constatada la defunción de toda una civilización, había que preparar el camino para que surgiera otra mejor. Por eso pensó el profesor alemán que Hitler estaría llamado a imprimir en la cultura germana el viejo espíritu de dirección y disciplina prusiano como método para contener y aun neutralizar el dominio del hombre-masa. Según Ortega, la caracterización de este tipo humano se habría originado con motivo de un crecimiento económico continuado y la participación general en sus beneficios. La convicción de que el progreso carecería de límites, alimentaría una mentalidad vulgar, poco formada en inteligencia y virtudes, como el deber, la autoexigencia o el servicio. De ahí la vindicación de élites que, con independencia de su procedencia social, estuvieran culturalmente formadas en el sentido más pleno de la palabra. Es decir, de un modo integral: conforme a la virtud personal y a la unidad del saber. El propósito era análogo al expuesto porBiografía de Oswald Spengler. Quién es, vida, historia, bio resumida Spengler. Esto es: que aquellas minorías se alzaran verdaderamente con la dirección de los asuntos públicos para regir y orientar debidamente al resto. Dicho de otro modo, despojar al pretendido derecho a la vulgaridad de su consideración de virtud para reducirla a su verdadera condición de defecto. La implantación de un sistema de certezas, fundado sobre el criterio objetivo de la razón, constituiría el medio para poder alcanzar esa meta.  De ahí la inspiración en las enseñanzas de aquellos clásicos greco-latinos que reconocerían la realidad misma de la naturaleza humana y de sus distintas dimensiones, abogando por su equilibrio y armonía.

            Sin embargo, a juicio de los citados autores, la tendencia socializante y populista de los totalitarismos −coincidentes en su origen socialista− dificultaría que sus cuadros directores (más preocupados por perpetuarse en el poder) aplicaran los debidos correctivos para liberar a la masa de su condición amorfa y vulgar. El primer paso consistiría en que éstas se mostraran dóciles a la guía de las minorías rectoras. Una diferencia, la existente entre dirigidos y dirigentes, implícita a la propia diversidad (en talento, posición, veteranía, virtud, etc) de la naturaleza humana.

                La Segunda Guerra Mundial y el escenario surgido de sus cenizas no variaron tampoco el ascenso del hombre-masa, acondicionado a las nuevas circunstancias. Es más, con la era del desarrollismo económico a partir de los años cincuenta y la configuración de los modernos Estados sociales en Occidente, caracterizados por amplísimas posibilidades en la promoción del progreso, generarían −en frase de Ortega− graves deformaciones y Del consumo al consumismo by Clandesta Ediciones - issuuvicios en el existir humano. La sobreabundancia, el consumo desenfrenado, la falta de sobriedad y de dominio de sí, darían al traste con la auténtica formación del hombre. El mismo que, llegado el caso, habría de convencerse de las potencialidades ordenadas de su inteligencia, sociabilidad y libertad, para orillar cualquier caricatura representada por el hombre vulgar y chabacano, ligada a la imagen del “niño mimado” (prototipo psicológico del hombre-masa). El capricho, el arbitrio, el sentimiento versátil o la apetencia voluble prevalecerían entonces frente a la pauta objetiva, ceñida a lo razonable dentro de cada contexto.

            La civilización, entendida como el acierto en el vivir considerando el bien de los demás, habría de introducir su antítesis con la transgresión de los valores y de los principios morales. Se inauguraría así un cambio de ciclo histórico en el que las minorías dirigentes se adecuarían al querer de la masa; cuando no, se confundirían con ella al proceder de su misma entraña. Esta realidad apuntada por Ortega −convertido en auténtico visionario− encontraría su máxima expresión a partir de los años sesenta. La revolución cultural de 1968 supondría el colofón de ese dominio creciente de las masas. Mayo del 68. Cincuenta años después…. Algunos elementos de análisis -  Viento Sur La democracia como norma de derecho político −que debiera garantizar la ordenada representatividad del pueblo con miras al bien común según los márgenes de la libertad responsable−, degeneraría entonces en plebeyismo. Esto es, en el intento de trocar la igualdad de los hombres ante la ley (resultado, a decir de los filósofos escolásticos, de la esencia espiritual, racional, libre y social de la naturaleza humana creada por Dios, que constituiría el fundamento de su dignidad) por la imposición del igualitarismo nivelador en todos los órdenes de la vida. Una tendencia que, en la práctica, arrumbaría cualquier principio elemental de justicia. Y es que si ésta consiste en dar a cada persona lo que en derecho le corresponde, se infiere que −en lo contingente− las circunstancias y necesidades de cada cual son bien distintas y no pueden tratarse de la misma manera ni utilizarse igual medida.

            El convencimiento de que la voluntad de la mayoría es criterio de verdad −más allá de parámetros objetivos− en un contexto de deformación cultural, ha introducido una nueva forma de colectivismo totalitario. Los comportamientos individualistas actúan entonces como válvula de escape, generando –en último término− otro problema añadido para la sana convivencia social. La voz selecta y egregia de algunos nombres propios, cede al predominio de la zafiedad, de la soez o del mal gusto en un marco de frívola y general superficialidad que sobrevalora la imagen −el cuidado por lo mediático−, sin atender la verdadera importancia del contenido. Es la sesera vacía y febril espoleada por el modelo consumista. El mismo que acostumbra a considerar a las personas como objetos o instrumentos propios de consumo hasta deshumanizar al hombre. Esta degradación, plasmada en nuestro quehacer diario, fue la que diagnosticó Ortega hace ya casi un siglo. Poco a poco ocupa terreno la peor de las tiranías, echando por la borda los principios de la lógica y del buen sentido. Que nos adentremos en una nueva Edad Media −como señalara NicolaiNicolas Berdiaeff - Babelio Berdiaeff−, capaz de regenerar la cultura (informadora de las mentalidades y las costumbres) desde las mociones de la inteligencia y del espíritu cristiano hasta alumbrar un auténtico renacimiento, dependerá de muchos factores. Si las minorías integralmente formadas no toman conciencia de su misión −acorde con una correcta concepción antropológica− aunándose con valor para llevarla a cabo, difícilmente se producirá esta perentoria vertebración. Preservar y perfeccionar la civilización exige una labor de enderezamiento constante capitaneada por los mejores. En esto Ortega acertó de lleno.

El malestar de Occidente

Los sucesos históricos rara vez nos cogen «históricamente preparados». A veces es un avión acercándose a la ventana de nuestra oficina mientras trabajamos, la detonación de un explosivo en el tren que nos lleva al trabajo, la bala de una ametralladora que pone fin a un concierto en un club nocturno, o un camión de 19 toneladas que nos arrolla mientras observamos distraídamente los fuegos artificiales en una cálida noche veraniega.

Es comprensible que ataques como los descritos anteriormente sorprendan a Occidente con la guardia baja. Es también entendible que Occidente tarde en percatarse de las profundas implicaciones que conlleva un acto de este tipo. Lo que resulta llamativo es que tras quince años de ataques terroristas Occidente siga perdido y confuso ante cada nuevo atentado.

Una década y media en la que Occidente todavía sigue sin una estrategia clara para hacer frente al fenómeno terrorista (algo no de extrañar teniendo en cuenta que los líderes occidentales, con Obama a la cabeza, todavía no se ponen de acuerdo siquiera sobre la naturaleza de dichos atentados: las palabras «islam» y «musulmán» siguen proscritas en cualquier discurso público). Frente a una religión ideologizada que alimenta el odio a Europa y América en el mundo musulmán, Occidente no ha ofrecido más respuesta que eslóganes vacuos («Todos somos Charlie», «el islam es una religión de paz»…), bombardeos esporádicos y conmemoraciones emotivas (eso sí, neutros hasta el extremo de quedar libres de cualquier contenido y significancia).

¿Qué sociedad representamos? ¿Merece la pena luchar, matar y morir por defender esa sociedad? ¿Estamos dispuestos a sacrificarnos por nuestros ideales? ¿Qué encaje ofrecemos a los cientos de miles de inmigrantes musulmanes que llegan a Europa? ¿Qué proyecto de futuro estamos construyendo?

A día de hoy las respuestas no son muy alentadoras: desde hace cincuenta años ya no se da un consenso en Occidente sobre qué es Occidente y cuáles son nuestros valores (y sí merece la pena conservarlos o han de ser enterrados). También, desde hace setenta años, ya poca gente está dispuesta a sacrificarse por su país o los ideales sobre los que se fundamenta nuestra civilización (de ahí que de una manera patológica América y Europa inviertan enormes sumas de dinero en desarrollar formas de combatir que posibiliten un mínimo despliegue de tropas sobre el terreno como los drones o misiles guiados). En cuanto a la inmigración y a la cuestión de la creciente minoría musulmana en nuestra sociedad, las políticas han sido erráticas (políticas de acogida y puertas abiertas seguidas de cierres de fronteras y apresurados retornos forzosos) y carentes de cualquier visión a largo plazo (cómo se va a integrar a una considerable población de refugiados cuyas creencias y formas de entender el hombre y la sociedad están en las antípodas de las que imperan en los países que los acogen). Y cuando hablamos de integración y proyecto a largo plazo, visto lo visto, no debería incumbir sólo a esta generación de refugiados, sino a la de sus hijos, nietos y bisnietos.

«Nosotros amamos la muerte más de lo que vosotros deseáis la vida». La bravuconada islamista contiene una verdad esencial del conflicto en el que vivimos. Hay un bando (etéreo, disperso) que está dispuesto a todo. Este bando está firmemente unido por unas creencias religiosas y unos claros objetivos políticos (el que sean ilusorios o apocalípticos no resta claridad al objetivo). Por otro lado, tenemos a unas sociedades divididas, hedonistas, ricas, decadentes y, por ahora, poderosas. La ausencia de motivación y creencias lo suplen con su ventaja tecnológica (que en el plano militar les da una ventaja aplastante sobre los islamistas). Unas sociedades decididas a no afrontar el conflicto en el que llevan inmersas durante quince años. Confiando su paz y bienestar a eslóganes de buena voluntad y guerras por control remoto en lugares lejanos.

Pero los hechos históricos, aunque fastidiosos, son ineludibles. Más allá de una bomba o de un hombre fuera de sí con un hacha, lo que revelan estos sucesos es una profunda transformación en el mundo musulmán que inevitablemente implica a Occidente. Esos hechos no son más que temblores, reflejo del movimiento de las placas tectónicas de la historia. En este caso el de un mundo musulmán confrontado con la modernidad y su impotencia. El de un Occidente en declive y envejecido haciendo frente a poblaciones jóvenes y empobrecidas (de Oriente Medio y el norte de África) y a nuevas potencias que reniegan del estatus quo mundial (Rusia y China).

Y así pasa el tiempo, con nuestra sociedad hastiada y buscando entretenerse ajena a estos problemas. Buscando refugio en cosas fugaces e instantáneas, como los fuegos artificiales. Maravillándose en ello ajena al camión que se acerca rápidamente llevándose todo por delante.

photo  Javier Gil, doctor en Historia.

La política de Obama en Oriente Medio

Quienes sostienen que un mundo sin un papel activo de EEUU  sería un mundo más pacífico, acostumbran a señalar la controvertida invasión de Irak de 2003 como botón de muestra del papel desestabilizador estadounidense. Esta noción, común en Europa una vez los americanos libraron al continente del nazismo y el comunismo, parece haber entrado finalmente en la Casa Blanca de la mano de Barack Obama. El presidente norteamericano ha venido utilizando el ejemplo de Irak como un mantra a la hora de justificar su actitud pasiva ante los conflictos de Oriente Medio. Intervenir, viene a señalar, sería echar más leña al fuego. Sin embargo, uno puede preguntarse cómo una intervención podría avivar más las llamas. Al fin y al cabo, si las cosas siguen su curso, dentro de poco ya no quedará nada por arder.  Tras cinco años de guerra en Siria, las consecuencias de la no intervención americana en Siria han sido peores que las consecuencias de la intervención en Irak.

Conviene recordar algunas cifras y hechos: la invasión ordenada por Bush en Irak causó el derrocamiento de Sadam Hussein, pero a la larga supuso un conflicto en el que perecieron 130.000 iraquíes. El ejemplo es citado por Obama para alertar de los riesgos catastróficos de una intervención militar. Sin embargo, su política de abstención en Siria ha traído como resultado la muerte de 500.000 sirios y la continuidad en el poder del presidente Bashar al-Ásad. Por muy fallida que fuera la intervención en Irak, al menos supuso la caída de Hussein y las muertes causadas por el conflicto iraquí palidecen en comparación con el sirio. ¿Puede estar Obama satisfecho con su legado? Es cierto que hay una diferencia sustancial: mientras que el conflicto en Irak es resultado directo de una decisión de Bush, el conflicto sirio es resultado de un proceso interno ajeno a Obama. Pero puede afirmarse que la inhibición de Obama ha supuesto una prolongación innecesaria de la guerra que ha permitido al régimen autoritario de al-Ásad mantenerse y a grupos como el Estado Islámico prosperar al amparo del caos y el abandono internacional.  Obama no puede pretender camuflar su legado en Oriente Medio señalando constantemente la invasión de Irak de 2003. Su dejadez ha avivado las llamas de un conflicto del que inicialmente no era responsable. El resultado es que sus ocho años de Gobierno han sido muchísimo más sangrientos y desestabilizadores en la región que los ocho de Bush. Y esto en gran parte es el resultado de su política de retirada militar de Oriente Medio. Más que pacificar, retirar las tropas y mantener un perfil bajo en el terreno diplomático y militar ha resultado en la apertura de las compuertas que a duras penas contenían las divisiones, odios y rivalidades de la región. La muy criticada presencia militar y diplomática de EEUU en la región, más que una fuente de inestabilidad, era precisamente la frágil estructura que impedía que todo se desmoronase como un castillo de naipes. El resultado: un incremento de las guerras por terceros entre Arabia Saudí e Irán que amenaza con llevarse por delante países como Yemen, Irak, Siria y Líbano así como un ahondamiento en la espiral de anarquía que amenaza Libia, Egipto, Pakistán y Afganistán.

Obama, no obstante, permanece impasible, repitiendo sin cesar que la responsabilidad no puede recaer en EEUU ya que no es un país que deba ni pueda hacerse cargo de los problemas que azotan la región. El problema es que EEUU debe y puede, pero lo que ocurre es que Obama no quiere. Y para acallar el coro de voces críticas, Obama saca de nuevo el fantasma de la invasión de Irak de 2003. «¿Es eso lo que quieren?», interpela maliciosamente. Pero su pregunta encierra dos falsedades: la primera es que hay un gran abanico de posibilidades de intervenir. La idea de dos únicas opciones es falsa: no todo es no hacer nada o intervenir como en 2003. Entre medias hay multitud de alternativas y posibilidades. Pero Obama no está interesado en ellas, tan solo en defender su pasividad y aislacionismo.  La segunda falsedad es que el espectro de la invasión de Irak no es más que un recurso para ocultar el monstruo provocado por su política de no intervención en Siria. Más bien habría que preguntarle cuantas sirias son necesarias para hacer cambiar el rumbo de su política.

Javier Gil, doctor en Historia.

Hablemos del Islam

Otra matanza. Una vez más, los terroristas no eran amish o metodistas. Los medios de comunicación tardaron horas en confirmar la obviedad: que los atacantes eran musulmanes y que se habían inmolado al grito de “¡Alá es grande!” Y para seguir con el patrón habitual en estos trágicos sucesos (cada vez más frecuentes), los políticos- salvo en el caso de Francois Hollande y Manuel Valls- , en sus declaraciones, pasaron de puntillas la identidad y motivación de los terroristas. Como colofón, como viene siendo habitual, el coro de ciudadanos, periodistas y políticos que bajo los lemas “el Islam es una religión de paz” o “el terrorismo no conoce religión,” se apresuran a absolver al Islam de cualquier conexión (por muy remota que pudiera ser) con los atentados. En otros tiempos, cabe suponer que éstos mismos sujetos, tan activos en las redes sociales, habrían defendido hasta quedarse sin aliento la ausencia de relación entre la gallina y el huevo.

Bueno, para ser sinceros, sí que se suelen enunciar ciertas raíces para explicar el fenómeno del terrorismo islámico: la política de Occidente en Oriente Medio, Israel, la opresión bajo la que viven muchos árabes, la miseria económica… No hace mucho Obama llegó a afirmar que el fundamentalismo islámico podría solucionarse con políticas de empleo en Oriente Medio. Sin embargo, hay desempleo en muchas partes del mundo, hay déspotas oprimiendo regiones o países en diversos continentes y Occidente  se ha ganado la enemistad de muchos pueblos y regiones, no sólo en Oriente Medio. Si la lógica es la opresión política… ¿por qué no vemos tibetanos budistas masacrar viandantes en Hong Kong o Londres? Si es un problema de desigualdad económica y pobreza… ¿Dónde están los suicidas congoleños provocando el caos en Bruselas? ¿Y por qué no hay terroristas tailandeses vengando la explotación que ciertas empresas occidentales llevan a cabo en su país?

Como vemos, en los tiempos en que vivimos no todos los pueblos y culturas reaccionan de forma igual ante situaciones dramáticas o injustas. Unos protestan, otros hacen huelgas de hambre y otros ametrallan los clientes de un café parisino. Pensemos por un momento los principales conflictos armados que están teniendo lugar en estos momentos: Mali, Nigeria, Libia, Somalia, Yemen, Siria, Irak, Afganistán… en todos ellos el denominador común es la presencia de una insurgencia de carácter fundamentalista islámico. Ahora mismo, el único conflicto de importancia en el que no hay musulmanes de por medio es el caso de Ucrania y quizás por ello mucha gente no termina por comprenderlo.

Por supuesto, hay un hecho incontestable: en un mundo en el que viven 1,300 millones de musulmanes no se explica que el Islam sea una religión propensa a la violencia. Si así fuera, los atentados serían constantes y las víctimas, millones por semana. Es innegable que la gran mayoría de musulmanes conciben su fe de forma pacífica y no albergan la más mínima intención de atentar o suicidarse. De hecho, muchos de ellos son las principales víctimas de los terroristas. El Islam no es un fenómeno monolítico, sino increíblemente plural y fragmentado. Hay innumerables escuelas de interpretación y tradiciones. La mayoría, pacíficas. Otras, no tan numerosas pero lo suficientemente influyentes, no lo son.

Muy a pesar de los defensores de la religión de paz y otros eslóganes vacuos, en el Corán y en la vida de Mahoma hay sobrados ejemplos de incitación a la violencia y al odio. Y como todo musulmán sabe, el Corán es la palabra de Dios y Mahoma la perfecta encarnación de lo que debería ser un buen musulmán. Y esto, como no podría ser de otra forma, es una fuente de problemas y equívocos. No es asunto menor que Alá en el Corán prometa una recompensa mayor a aquel que lucha en la guerra santa contra el infiel, ni que Mahoma liderase en repetidas ocasiones un ejército en el campo de batalla.

No obstante, hay muchos otros pasajes en el Corán que predican la tolerancia y el bien, así como bastantes ejemplos en la vida de Mahoma en los que el profeta se comportó con bondad y predicando un mensaje de paz y armonía. Pero mientras no se trate de forma crítica aquellos pasajes en el Corán y en la vida de Mahoma que contradicen el mensaje de paz y tolerancia no podrá darse ningún progreso en la lucha contra el radicalismo religioso. Más que negar la existencia de ningún problema, habría que reconocer la realidad y tratarla. En lo que aquí concierne, mediante una nueva exégesis del Corán y de la vida del profeta que destierre los aspectos más problemáticos mediante una lectura no tan literal y aislada de las fuentes.

Así que empecemos por hablar del Islam.

Javier Gil es doctor en Historia

Publicado originalmente en el periódico ABC (22/11/2015).