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La guerra de Cuba (1898)

     A finales del siglo XIX, seremos testigos del despegue de una nueva potencia, EEUU, a costa de un viejo Imperio que firmará su finiquito en 1898.

Desde el descubrimiento del Nuevo Mundo en 1492, España y Portugal forjarán sus respectivos imperios con la conquista de la mayor parte de América, desde el sur de Río Grande hasta el Río de la Plata. El dominio de la corona española sobre aquellas tierras (a excepción de la inmensa área del Brasil) fue notable hasta finales del siglo XVIII. Sin embargo, con la revolución de las 13 Colonias de la América inglesa (futuros Estados Unidos) que declararon su independencia en 1776 y la revolución en Francia (1789), las aspiraciones españolas habrían de desvanecerse. La falta de una política clara por parte de Carlos IV, que legó el gobierno en manos de Manuel Godoy, y el ascenso al trono de José Bonaparte en 1808, fueron los prolegómenos de las guerras de emancipación en la mayor parte de Hispanoamérica. Unos episodios que tal vez podrían haberse aletargado sin el golpe de Estado del Coronel Riego en la metrópoli. Colombia, Méjico, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay y Costa Rica, se independizarán entre 1810 y 1825.

Después de todas estas pérdidas, el Imperio de Ultramar quedaba reducido a los territorios de Cuba, Puerto Rico, las Filipinas, las Carolinas, las Palaos, las Marianas y Santo Domingo. Ésta última abandonada en 1865, durante el gobierno de Narváez, tras años de idas y venidas como parte de la soberanía española.

Tras las independencias hispanoamericanas, la Hacienda española declaró la bancarrota. Y es que aquellos enormes ingresos provenientes de los territorios de Ultramar fueron reducidos a los que producía Cuba y Puerto Rico. España había sabido adaptarse a su nueva situación, pero nuevas insurrecciones volverían a reverdecer.

Así llegamos a la Guerra hispano-estadounidense de 1898. Aunque ya era del todo conocido el posicionamiento de los norteamericanos a favor de una Cuba no española, que no libre e independiente, será la detonación del Maine, la chispa definitiva. Durante la primera revuelta cubana producida entre 1868 y 1878, los intereses económicos de los yanquis en la Antilla Mayor eran de sobra conocidos. El monopolio comercial español en Cuba se había esfumado, y tanto norteamericanos como algunos criollos cubanos tenían fuertes intereses en que esa situación predominara. Ya en esos momentos, gran parte de las exportaciones se dirigían a los Estados Unidos.

Durante la última década del siglo XIX, tanto en las Antillas como en las Filipinas, los movimientos separatistas volverán a fortalecerse. El Grito independentista de Baire se producirá en febrero de 1895, y tras ello estallarán insurrecciones a lo ancho y largo de Cuba con líderes como Quintín Banderas, Máximo Gómez o Antonio Maceo.

El Capitán General de Cuba, Martínez Campos, no conseguirá apaciguar la situación. Es entonces cuando entrará en escena Valeriano Weyler y Nicolau. En enero de 1896 será nombrado Capitán General de Cuba y General en Jefe del Ejército en las Antillas. Weyler estaba decidido a responder a la guerra con la guerra. Sus primeras medidas endurecieron la legislación y reorganizaron el Ejército. Quería acabar con la insurrección por zonas, aprovechando la geografía de la isla, para ir aislando a los independentistas mediante líneas fortificadas que partían la isla de Norte a Sur, e impedían a los cubanos moverse libremente por el territorio. A continuación concentraría sus tropas en un determinado sector hasta conseguir el exterminio del enemigo. La reconcentración [1] intentaba privar a los rebeldes del apoyo que recibían de los campesinos. Tras conseguir un considerable control de las provincias occidentales, Weyler esperaba poder acabar con la insurrección en Oriente (1897-8), tras eliminar al caudillo Antonio Maceo.

El General también sabía que existía un enemigo potencial más peligroso que los mambises: la política del destino que impulsaba el imperialismo estadounidense. La nacionalidad norteamericana se concedía fácilmente a los independentistas cubanos y cuando se detenía a alguno de ellos se protestaba oficialmente por el encarcelamiento de ciudadanos norteamericanos. Los estadounidenses también suministraban armas y todo tipo de material a los insurrectos. De este modo, España no tenía sólo que combatir contra los cubanos independentistas, sino también intentar que dichos suministros no llegasen a manos enemigas.

La estrategia militar utilizada por Weyler asustó a los independentistas, pero también a los norteamericanos, que iniciaron una insistente campaña propagandística contra el General; ejemplo de ello fueron los periódicos The World y el New York Journal.

Weyler se convirtió en el centro de ataques sistemáticos que lo presentaron como un monstruo, torturador de los patriotas. En el Congreso y en el Senado norteamericano, las simpatías pro cubanas avanzaron, aunque el presidente Cleveland se negó a enfrentarse con España. Así y todo, querían prevalecer sus intereses económicos en las Antillas frente a cualquier otro ideal.

En España, las mentiras norteamericanas también hicieron mella, por ejemplo Miguel Unamuno se mostró antibelicista. En Zaragoza, Barcelona, Valencia, Logroño se produjeron alborotos contra el envío de tropas a Cuba. Los republicanos también rechazaban la Guerra. Los periódicos La Justicia, El Heraldo de Madrid, El Imparcial, El Correo, El Siglo Futuro, El Correo Español y El Ejército Español, también eran proclives al pacifismo. 

En aquellos momentos, agosto de 1897, el Marqués de Tenerife parecía convencido que la rebelión estaba “a tal punto sofocada que no debe hacerse esperar su último latido” [2] En consecuencia, Weyler consideraba lógico que se le mantuviese en el mando el tiempo justo para realizar una nueva y definitiva campaña militar.

El asesinato del Presidente Antonio Cánovas del Castillo (agosto de 1897), truncó la pacificación de la Isla. La formación de un gobierno liberal presidido por Práxedes Mateo Sagasta, con Segismundo Moret al frente del Ministerio de Ultramar, allanó el terreno a las pretensiones norteamericanas[3]. La destitución de Weyler (octubre de 1897) y la concesión de autonomía a Cuba no saciaron los deseos imperialistas norteamericanos [4].

Ante esta injustificada destitución, numerosas personalidades de La Habana, enviaron diversos telegramas a Sagasta para que Weyler continuase en Cuba.

Gran parte de la prensa de la Habana dio soporte a la Campaña desarrollada por Weyler. Uno de los diarios más destacados en ese aspecto fue La Lucha, de tendencia republicana.

Desaparecido Weyler, los estadounidenses tenían vía libre para sus intereses imperialistas sobre Cuba, Puerto Rico y las Filipinas.

El sospechoso hundimiento del Maine, en el que tan sólo dos oficiales del ejército norteamericano perecieron y en el que todos los datos evidenciaban una explosión interna, ha sido y puede seguir siendo material de primera para todo tipo de especulaciones. El nuevo presidente de EEUU William McKinley necesitaba un pretexto para declarar la Guerra a España.

Juan Carlos Rodríguez, historiador.

[1] La llamada reconcentración constituyó el eje de la política militar Weylerista y ocasionó un debate de alcance internacional. Los estadounidenses lo criticaron, le apodaron “tigre de Manigua” y “carnicero”, cosa como mínimo chocante para quienes utilizaron el mismo método en la Guerra de Civil Americana, y posteriormente en la Guerra contra las Filipinas.

[2] Véase Weyler y Nicolau, Valeriano: Mi mando en Cuba. Cinco tomos. Madrid, 1910 y 1911.

[3] Años más tarde, uno de los acompañantes de Sagasta y Moret afirmó haber visto un telegrama oficial del embajador norteamericano, ofreciendo el no seguir protegiendo a los insurrectos a cambio de la sustitución de Weyler. Véase en pág. 60-61, Santaner Marí, Joan: General Weyler. Biografies de Mallorquins. Ajuntament de Palma, 1985.

[4] Marimón Riutort, Antoni: El General Weyler, gobernador de la isla de Cuba. Col.lecció de Balears i Amèrica/12. Palma de Mallorca, 1992.

El malestar de Occidente

Los sucesos históricos rara vez nos cogen «históricamente preparados». A veces es un avión acercándose a la ventana de nuestra oficina mientras trabajamos, la detonación de un explosivo en el tren que nos lleva al trabajo, la bala de una ametralladora que pone fin a un concierto en un club nocturno, o un camión de 19 toneladas que nos arrolla mientras observamos distraídamente los fuegos artificiales en una cálida noche veraniega.

Es comprensible que ataques como los descritos anteriormente sorprendan a Occidente con la guardia baja. Es también entendible que Occidente tarde en percatarse de las profundas implicaciones que conlleva un acto de este tipo. Lo que resulta llamativo es que tras quince años de ataques terroristas Occidente siga perdido y confuso ante cada nuevo atentado.

Una década y media en la que Occidente todavía sigue sin una estrategia clara para hacer frente al fenómeno terrorista (algo no de extrañar teniendo en cuenta que los líderes occidentales, con Obama a la cabeza, todavía no se ponen de acuerdo siquiera sobre la naturaleza de dichos atentados: las palabras «islam» y «musulmán» siguen proscritas en cualquier discurso público). Frente a una religión ideologizada que alimenta el odio a Europa y América en el mundo musulmán, Occidente no ha ofrecido más respuesta que eslóganes vacuos («Todos somos Charlie», «el islam es una religión de paz»…), bombardeos esporádicos y conmemoraciones emotivas (eso sí, neutros hasta el extremo de quedar libres de cualquier contenido y significancia).

¿Qué sociedad representamos? ¿Merece la pena luchar, matar y morir por defender esa sociedad? ¿Estamos dispuestos a sacrificarnos por nuestros ideales? ¿Qué encaje ofrecemos a los cientos de miles de inmigrantes musulmanes que llegan a Europa? ¿Qué proyecto de futuro estamos construyendo?

A día de hoy las respuestas no son muy alentadoras: desde hace cincuenta años ya no se da un consenso en Occidente sobre qué es Occidente y cuáles son nuestros valores (y sí merece la pena conservarlos o han de ser enterrados). También, desde hace setenta años, ya poca gente está dispuesta a sacrificarse por su país o los ideales sobre los que se fundamenta nuestra civilización (de ahí que de una manera patológica América y Europa inviertan enormes sumas de dinero en desarrollar formas de combatir que posibiliten un mínimo despliegue de tropas sobre el terreno como los drones o misiles guiados). En cuanto a la inmigración y a la cuestión de la creciente minoría musulmana en nuestra sociedad, las políticas han sido erráticas (políticas de acogida y puertas abiertas seguidas de cierres de fronteras y apresurados retornos forzosos) y carentes de cualquier visión a largo plazo (cómo se va a integrar a una considerable población de refugiados cuyas creencias y formas de entender el hombre y la sociedad están en las antípodas de las que imperan en los países que los acogen). Y cuando hablamos de integración y proyecto a largo plazo, visto lo visto, no debería incumbir sólo a esta generación de refugiados, sino a la de sus hijos, nietos y bisnietos.

«Nosotros amamos la muerte más de lo que vosotros deseáis la vida». La bravuconada islamista contiene una verdad esencial del conflicto en el que vivimos. Hay un bando (etéreo, disperso) que está dispuesto a todo. Este bando está firmemente unido por unas creencias religiosas y unos claros objetivos políticos (el que sean ilusorios o apocalípticos no resta claridad al objetivo). Por otro lado, tenemos a unas sociedades divididas, hedonistas, ricas, decadentes y, por ahora, poderosas. La ausencia de motivación y creencias lo suplen con su ventaja tecnológica (que en el plano militar les da una ventaja aplastante sobre los islamistas). Unas sociedades decididas a no afrontar el conflicto en el que llevan inmersas durante quince años. Confiando su paz y bienestar a eslóganes de buena voluntad y guerras por control remoto en lugares lejanos.

Pero los hechos históricos, aunque fastidiosos, son ineludibles. Más allá de una bomba o de un hombre fuera de sí con un hacha, lo que revelan estos sucesos es una profunda transformación en el mundo musulmán que inevitablemente implica a Occidente. Esos hechos no son más que temblores, reflejo del movimiento de las placas tectónicas de la historia. En este caso el de un mundo musulmán confrontado con la modernidad y su impotencia. El de un Occidente en declive y envejecido haciendo frente a poblaciones jóvenes y empobrecidas (de Oriente Medio y el norte de África) y a nuevas potencias que reniegan del estatus quo mundial (Rusia y China).

Y así pasa el tiempo, con nuestra sociedad hastiada y buscando entretenerse ajena a estos problemas. Buscando refugio en cosas fugaces e instantáneas, como los fuegos artificiales. Maravillándose en ello ajena al camión que se acerca rápidamente llevándose todo por delante.

photo  Javier Gil, doctor en Historia.

La política de Obama en Oriente Medio

Quienes sostienen que un mundo sin un papel activo de EEUU  sería un mundo más pacífico, acostumbran a señalar la controvertida invasión de Irak de 2003 como botón de muestra del papel desestabilizador estadounidense. Esta noción, común en Europa una vez los americanos libraron al continente del nazismo y el comunismo, parece haber entrado finalmente en la Casa Blanca de la mano de Barack Obama. El presidente norteamericano ha venido utilizando el ejemplo de Irak como un mantra a la hora de justificar su actitud pasiva ante los conflictos de Oriente Medio. Intervenir, viene a señalar, sería echar más leña al fuego. Sin embargo, uno puede preguntarse cómo una intervención podría avivar más las llamas. Al fin y al cabo, si las cosas siguen su curso, dentro de poco ya no quedará nada por arder.  Tras cinco años de guerra en Siria, las consecuencias de la no intervención americana en Siria han sido peores que las consecuencias de la intervención en Irak.

Conviene recordar algunas cifras y hechos: la invasión ordenada por Bush en Irak causó el derrocamiento de Sadam Hussein, pero a la larga supuso un conflicto en el que perecieron 130.000 iraquíes. El ejemplo es citado por Obama para alertar de los riesgos catastróficos de una intervención militar. Sin embargo, su política de abstención en Siria ha traído como resultado la muerte de 500.000 sirios y la continuidad en el poder del presidente Bashar al-Ásad. Por muy fallida que fuera la intervención en Irak, al menos supuso la caída de Hussein y las muertes causadas por el conflicto iraquí palidecen en comparación con el sirio. ¿Puede estar Obama satisfecho con su legado? Es cierto que hay una diferencia sustancial: mientras que el conflicto en Irak es resultado directo de una decisión de Bush, el conflicto sirio es resultado de un proceso interno ajeno a Obama. Pero puede afirmarse que la inhibición de Obama ha supuesto una prolongación innecesaria de la guerra que ha permitido al régimen autoritario de al-Ásad mantenerse y a grupos como el Estado Islámico prosperar al amparo del caos y el abandono internacional.  Obama no puede pretender camuflar su legado en Oriente Medio señalando constantemente la invasión de Irak de 2003. Su dejadez ha avivado las llamas de un conflicto del que inicialmente no era responsable. El resultado es que sus ocho años de Gobierno han sido muchísimo más sangrientos y desestabilizadores en la región que los ocho de Bush. Y esto en gran parte es el resultado de su política de retirada militar de Oriente Medio. Más que pacificar, retirar las tropas y mantener un perfil bajo en el terreno diplomático y militar ha resultado en la apertura de las compuertas que a duras penas contenían las divisiones, odios y rivalidades de la región. La muy criticada presencia militar y diplomática de EEUU en la región, más que una fuente de inestabilidad, era precisamente la frágil estructura que impedía que todo se desmoronase como un castillo de naipes. El resultado: un incremento de las guerras por terceros entre Arabia Saudí e Irán que amenaza con llevarse por delante países como Yemen, Irak, Siria y Líbano así como un ahondamiento en la espiral de anarquía que amenaza Libia, Egipto, Pakistán y Afganistán.

Obama, no obstante, permanece impasible, repitiendo sin cesar que la responsabilidad no puede recaer en EEUU ya que no es un país que deba ni pueda hacerse cargo de los problemas que azotan la región. El problema es que EEUU debe y puede, pero lo que ocurre es que Obama no quiere. Y para acallar el coro de voces críticas, Obama saca de nuevo el fantasma de la invasión de Irak de 2003. «¿Es eso lo que quieren?», interpela maliciosamente. Pero su pregunta encierra dos falsedades: la primera es que hay un gran abanico de posibilidades de intervenir. La idea de dos únicas opciones es falsa: no todo es no hacer nada o intervenir como en 2003. Entre medias hay multitud de alternativas y posibilidades. Pero Obama no está interesado en ellas, tan solo en defender su pasividad y aislacionismo.  La segunda falsedad es que el espectro de la invasión de Irak no es más que un recurso para ocultar el monstruo provocado por su política de no intervención en Siria. Más bien habría que preguntarle cuantas sirias son necesarias para hacer cambiar el rumbo de su política.

Javier Gil, doctor en Historia.

Hablemos del Islam

Otra matanza. Una vez más, los terroristas no eran amish o metodistas. Los medios de comunicación tardaron horas en confirmar la obviedad: que los atacantes eran musulmanes y que se habían inmolado al grito de “¡Alá es grande!” Y para seguir con el patrón habitual en estos trágicos sucesos (cada vez más frecuentes), los políticos- salvo en el caso de Francois Hollande y Manuel Valls- , en sus declaraciones, pasaron de puntillas la identidad y motivación de los terroristas. Como colofón, como viene siendo habitual, el coro de ciudadanos, periodistas y políticos que bajo los lemas “el Islam es una religión de paz” o “el terrorismo no conoce religión,” se apresuran a absolver al Islam de cualquier conexión (por muy remota que pudiera ser) con los atentados. En otros tiempos, cabe suponer que éstos mismos sujetos, tan activos en las redes sociales, habrían defendido hasta quedarse sin aliento la ausencia de relación entre la gallina y el huevo.

Bueno, para ser sinceros, sí que se suelen enunciar ciertas raíces para explicar el fenómeno del terrorismo islámico: la política de Occidente en Oriente Medio, Israel, la opresión bajo la que viven muchos árabes, la miseria económica… No hace mucho Obama llegó a afirmar que el fundamentalismo islámico podría solucionarse con políticas de empleo en Oriente Medio. Sin embargo, hay desempleo en muchas partes del mundo, hay déspotas oprimiendo regiones o países en diversos continentes y Occidente  se ha ganado la enemistad de muchos pueblos y regiones, no sólo en Oriente Medio. Si la lógica es la opresión política… ¿por qué no vemos tibetanos budistas masacrar viandantes en Hong Kong o Londres? Si es un problema de desigualdad económica y pobreza… ¿Dónde están los suicidas congoleños provocando el caos en Bruselas? ¿Y por qué no hay terroristas tailandeses vengando la explotación que ciertas empresas occidentales llevan a cabo en su país?

Como vemos, en los tiempos en que vivimos no todos los pueblos y culturas reaccionan de forma igual ante situaciones dramáticas o injustas. Unos protestan, otros hacen huelgas de hambre y otros ametrallan los clientes de un café parisino. Pensemos por un momento los principales conflictos armados que están teniendo lugar en estos momentos: Mali, Nigeria, Libia, Somalia, Yemen, Siria, Irak, Afganistán… en todos ellos el denominador común es la presencia de una insurgencia de carácter fundamentalista islámico. Ahora mismo, el único conflicto de importancia en el que no hay musulmanes de por medio es el caso de Ucrania y quizás por ello mucha gente no termina por comprenderlo.

Por supuesto, hay un hecho incontestable: en un mundo en el que viven 1,300 millones de musulmanes no se explica que el Islam sea una religión propensa a la violencia. Si así fuera, los atentados serían constantes y las víctimas, millones por semana. Es innegable que la gran mayoría de musulmanes conciben su fe de forma pacífica y no albergan la más mínima intención de atentar o suicidarse. De hecho, muchos de ellos son las principales víctimas de los terroristas. El Islam no es un fenómeno monolítico, sino increíblemente plural y fragmentado. Hay innumerables escuelas de interpretación y tradiciones. La mayoría, pacíficas. Otras, no tan numerosas pero lo suficientemente influyentes, no lo son.

Muy a pesar de los defensores de la religión de paz y otros eslóganes vacuos, en el Corán y en la vida de Mahoma hay sobrados ejemplos de incitación a la violencia y al odio. Y como todo musulmán sabe, el Corán es la palabra de Dios y Mahoma la perfecta encarnación de lo que debería ser un buen musulmán. Y esto, como no podría ser de otra forma, es una fuente de problemas y equívocos. No es asunto menor que Alá en el Corán prometa una recompensa mayor a aquel que lucha en la guerra santa contra el infiel, ni que Mahoma liderase en repetidas ocasiones un ejército en el campo de batalla.

No obstante, hay muchos otros pasajes en el Corán que predican la tolerancia y el bien, así como bastantes ejemplos en la vida de Mahoma en los que el profeta se comportó con bondad y predicando un mensaje de paz y armonía. Pero mientras no se trate de forma crítica aquellos pasajes en el Corán y en la vida de Mahoma que contradicen el mensaje de paz y tolerancia no podrá darse ningún progreso en la lucha contra el radicalismo religioso. Más que negar la existencia de ningún problema, habría que reconocer la realidad y tratarla. En lo que aquí concierne, mediante una nueva exégesis del Corán y de la vida del profeta que destierre los aspectos más problemáticos mediante una lectura no tan literal y aislada de las fuentes.

Así que empecemos por hablar del Islam.

Javier Gil es doctor en Historia

Publicado originalmente en el periódico ABC (22/11/2015).