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Civilización y barbarie en Hispanoamérica (2ª parte)

   por Víctor Zorrilla, filósofo

Como dejamos dicho en el artículo anterior, para Domingo Faustino Sarmiento la alternativa en la que se debate la República Argentina es la de la civilización o la barbarie. La primera, representada por las ciudades, el comercio, las instituciones civiles y, en general, los valores de la cultura occidental[1]. La segunda, representada por el desierto o la pampa, esa enorme extensión —mucho mayor aún en la primera mitad del siglo XIX— vacía y agreste.

La pampa no carece del todo de habitación humana: además de surcarla la solitaria caravana, acechada por fieras y tribus salvajes[2], se encuentran en ella las estancias ganaderas de los gauchos. Estas no constituyen, bajo casi ningún concepto, una comunidad propiamente dicha y mucho menos una sociedad civil. La gigantesca distancia que separa una habitación familiar de otra —que suele extenderse varias leguas— impide la conformación de instituciones: la educación escolar y la vida política —aun la del cabildo municipal— se hacen imposibles. No solo carece el gaucho de estas instituciones de la vida social sedentaria, sino que también echa en falta, por lo mismo que él es sedentario, la sociedad de la tribu nómada. Así, aun siendo pastor, no goza del beneficio de la comunidad trashumante. La pampa es el reverso del municipio romano: en este, los ciudadanos se organizaban en torno a un núcleo urbano y de ahí salían a trabajar las tierras; en la pampa, la extensión impide esta organización. Se asemeja a la comunidad despótica tradicional de los esclavones, en Croacia, con la diferencia de que esta era agrícola y, por tanto, más susceptible de gobierno: la población no se hallaba tan desparramada. Lo más parecido a la pampa sería, quizá, la sociedad feudad de la Edad Media, en la que la nobleza vivía en el campo recluida en sus castillos; pero, a diferencia de la Edad Media, aquí no hay castillos ni nobles. En suma, la sociedad en la pampa es nula. En tales condiciones resulta imposible formar un gobierno, tratar asuntos públicos, hacer justicia y promover el desarrollo moral[3].

En la soledad de la campaña se desarrolla, eso sí, el tipo de gobierno despótico y absoluto que suele surgir espontáneamente en tales escenarios: el capataz de la caravana impone su autoridad a los subordinados —cuya insolencia ha de reprimir él solo en el desamparo del desierto— por medio de su temible audacia y la superior destreza con la que sabe manejar el cuchillo[4]. El juez de campaña —un famoso de tiempo atrás a quien la edad o la familia han llamado a la vida ordenada— administra una justicia arbitraria y sin formalidades que se acata sin contestación alguna. Todo esto forma ideas en el pueblo sobre el poder de la autoridad. De ahí resulta que el caudillo, una vez que se eleva, posee un poder terrible y sin contradicción[5].

El gaucho, por su parte, lleva una vida caracterizada por la dejadez. La crudeza de su vida y las inevitables privaciones traen consigo la rudeza y la incuria[6]: el gaucho —observa Sarmiento— “es feliz en medio de su pobreza y de sus privaciones, que no son tales para el que nunca conoció mayores goces, ni extendió más alto sus deseos”[7]. Si bien es posible levantar un palacio en un lugar desierto, en la pampa no se da la necesidad de mostrarse dignamente que surge en las ciudades. Así, la falta de estímulo marca la la vida del gaucho y la dota de las manifestaciones exteriores de la barbarie[8]. Resulta muy elocuente la comparación que hace Sarmiento de las colonias europeas de Buenos Aires con las villas campestres de la pampa:

Da compasión y vergüenza en la República Argentina comparar la colonia alemana o escocesa del Sur de Buenos Aires, y la villa que se forma en el interior: en la primera las casitas son pintadas, el frente de la casa siempre aseado, adornado de flores y arbustillos graciosos; el amueblado sencillo, pero completo, la vajilla de cobre o estaño reluciente siempre, la cama con cortinillas graciosas; y los habitantes en un movimiento y acción continuo. Ordeñando vacas, fabricando mantequilla y quesos, han logrado algunas familias hacer fortunas colosales y retirarse a la ciudad a gozar de las comodidades. La villa nacional es el reverso indigno de esta medalla: niños sucios y cubiertos de harapos viven en una jauría de perros; hombres tendidos por el suelo en la más completa inacción, el desaseo y la pobreza por todas partes, una mesita y petacas por todo amueblado, ranchos miserables por habitación, y un aspecto general de barbarie y de incuria los hacen notables.[9]

En realidad, el gaucho no precisa la laboriosidad: sus ganados se reproducen solos, con lo que el aumento del patrimonio no requiere de su iniciativa ni su industria. Tampoco puede emplear provechosamente las energías que economiza de esta manera, pues no hay asociación, artes ni cosa pública en que ocuparse[10]. Esta disolución de la sociedad, explica Sarmiento, “radica hondamente la barbarie por la imposibilidad y la inutilidad de la educación moral e intelectual”[11].

Sarmiento no niega, por lo demás, que la vida gaucha tenga sus propias instituciones y su modo de cultura, que él admira y describe con detalle. La educación de los varones gira en torno a la equitación y el manejo del ganado, actividades en las cuales el gaucho alcanza un nivel casi inverosímil de destreza. Una buena parte del día se dedica a las correrías por placer, al juego y a las demostraciones de habilidad ecuestre, en las que el gaucho a veces se juega la vida[12]. El valor varonil, la fuerza y la destreza constituyen los máximos, por no decir los únicos valores del gaucho[13]. Los niños aprenden a ensillar, a montar y a usar el lazo y las boleadoras apenas saben andar. Algo más adelante, se ejercitan en el campo esquivando madrigueras y salvando precipicios. En la pubertad prueban sus fuerzas domando potros salvajes. Al alcanzar la primera juventud han terminado su eduación y acceden a la completa independencia y la desocupación. El trabajo doméstico, que constituye casi la totalidad del trabajo en la pampa, corre por cuenta exclusivamente de las mujeres[14].

Huelga decir que el gaucho ve con compasivo desdén al hombre de la ciudad, que puede haber leído muchos libros, pero no sabe derribar y matar a un toro bravo, proveerse de caballo a campo abierto ni defenderse de un tigre en el desierto[15]. En el fondo, esta oposición entre el gaucho y el hombre de ciudad[16] refleja la fisura más profunda en la sociedad argentina desde antes de la independencia, que Sarmiento describe en estos términos:

Había antes de 1810 en la República Argentina dos sociedades distintas, rivales e incompatibles; dos civilizaciones diversas; la una española europea culta, y la otra bárbara, americana, casi indígena; y la revolución de las ciudades [= la guerra de independencia] sólo iba a servir de causa, de móvil, para que estas dos maneras distintas de ser de un pueblo se pusiesen en presencia una de otra, se acometiesen y después de largos años de lucha, la una absorbiese a la otra[17].

[1] “La ciudad es el centro de la civilización argentina, española, europea; allí están los talleres de las artes, las tiendas del comercio, las escuelas y colegios, los juzgados, todo lo que caracteriza, en fin, a los pueblos cultos. La elegancia en los modales, las comodidades del lujo, los vestidos europeos, el frac y la levita tienen allí su teatro y su lugar conveniente. [A]llí están las leyes, las ideas de progreso, los medios de instrucción, alguna organización municipal, el gobierno regular”. D. F. Sarmiento, Facundo, p. 66.
[2] D. F. Sarmiento, Facundo, pp. 56-57.
[3] D. F. Sarmiento, Facundo, pp. 68-69. La composición racial del gaucho es variada y va desde la raza española hasta la indígena pura, con todos los matices intermedios. D. F. Sarmiento, Facundo, p. 63.
[4] D. F. Sarmiento, Facundo, p. 62.
[5] D. F. Sarmiento, Facundo, p. 101-102.
[6] “[D]esde la infancia están habituados a matar las reses, y […] este acto de crueldad necesaria los familiariza con el derramamiento de sangre y endurece su corazón contra los gemidos de las víctimas. La vida del campo […] ha desenvuelto en el gaucho las facultades físicas, sin ninguna de las de la inteligencia. Su carácter moral se resiente de su hábito de triunfar de los obstáculos y del poder de la naturaleza: es fuerte, altivo, enérgico. Sin ninguna instrucción, sin necesitarla tampoco, sin medios de subsistencia como sin necesidades”. D. F. Sarmiento, Facundo, pp. 73-74.
[7] D. F. Sarmiento, Facundo, p. 74.
[8] D. F. Sarmiento, Facundo, p. 68.
[9] D. F. Sarmiento, Facundo, p. 64.
[10] D. F. Sarmiento, Facundo, pp. 69-70.
[11] D. F. Sarmiento, Facundo, p. 74.
[12] D. F. Sarmiento, Facundo, pp. 96-97, 100.
[13] D. F. Sarmiento, Facundo, p. 98.
[14] D. F. Sarmiento, Facundo, pp. 71-72.
[15] D. F. Sarmiento, Facundo, pp. 72-73.
[16] “Saliendo del recinto de la ciudad todo cambia de aspecto: el hombre del campo lleva otro traje, que llamaré americano por ser común a todos los pueblos; sus hábitos de vida son diversos, sus necesidades peculiares y limitadas: parecen dos sociedades distintas, dos pueblos extraños uno de otro. Aún hay más; el hombre de la campaña, lejos de aspirar a semejarse al de la ciudad, rechaza con desdén su lujo y sus modales corteses; y el vestido del ciudadano, el frac, la silla, la capa, ningún signo europeo puede presentarse impunemente en la campaña. Todo lo que hay de civilizado en la ciudad está bloqueado allí, proscrito afuera; y el que osara mostrarse con levita, por ejemplo, y montado en silla inglesa, atraería sobre sí las burlas y las agresiones brutales de los campesinos.” D. F. Sarmiento, Facundo, pp. 66-67.
[17] D. F. Sarmiento, Facundo, p. 104.

La filosofía como coherencia de pensamiento y vida

foto-sol  por María del Sol Romano, filósofa

Simone Weil (1909-1943), al igual que los grandes pensadores del mundo antiguo, practicó una filosofía existencial, entendida como una vocación por encarnar el propio pensamiento en la vida y simultáneamente como una reflexión sobre lo que la experiencia hace vivir. Su deseo de verdad y de justicia no permanecen en el plano intelectual, S. Weil reflexiona a partir de una filosofía entendida como sabiduría, como una inagotable búsqueda de verdad y bien. Por esta razón consagró su pensamiento y su acción para encontrar un remedio a los problemas que aquejan a la humanidad y que causan la desdicha humana, como es el caso de la opresión social y la barbarie. S. Weil muestra de este modo que la filosofía no solamente se relaciona con la parte reflexiva del ser humano, sino también, con su sensibilidad y con su acción: “una filosofía es una cierta manera de concebir el mundo, los hombres y a sí mismo. Ahora bien, una cierta manera de concebir implica una cierta manera de sentir y una cierta manera de actuar”[1].

     De acuerdo a esto, S. Weil no puede considerarse como una intelectualista que elabora teorías abstractas o que reflexiona fríamente sobre la cuestión de la condición humana. Tampoco puede ser vista como vitalista, en tanto que no busca exaltar la vida olvidándose de la verdad. La autora tiene simultáneamente una inclinación anti-intelectualista y anti-vitalista, puesto que propone una filosofía que mantiene un equilibrio entre el ámbito del pensamiento y de la experiencia; lo que posibilita la armonía entre el pensamiento y la vida sin mezclarlos ni confundirlos y dando su justo sitio a cada uno.

     Una filosofía entendida como una unidad entre el pensamiento y la vida, hace que quien la practique comprenda mejor el mundo y vea de otra manera la realidad y, al mismo tiempo, ayuda a realizar una transformación no solo del propio pensamiento, sino también de la vida, con el fin de comprometerse en el mundo. Para que la reflexión filosófica sea auténtica debe encarnarse en la experiencia, en esta vida, pues –como subraya Simone Weil– tiene “por objeto una manera de vivir, una mejor vida, no en otro lugar, sino en este mundo y enseguida”[2].

     Por lo tanto, la filosofía –como la concibe Simone Weil– no consiste en una pura “adquisición de conocimientos” sino en un “cambio de toda el alma”[3]. La filosofía no es solamente reflexionar y contemplar, sino también, es mejorarse a sí mismo. La filosofía debe aspirar a una transformación de todas las dimensiones del ser humano. Como afirma la autora, “no hay reflexión filosófica sin una transformación esencial en la sensibilidad y en la práctica de la vida, transformación que tiene igual alcance respecto a las circunstancias más ordinarias y más trágicas de la vida”[4]. La existencia debe estar encaminada hacia una continua transformación, hacia un constante cambio de sí. Como lo manifiesta Simone Weil: “Existir, para mí, es actuar (…) actuar no es otra cosa para mí más que cambiarme a mí misma, cambiar lo que sé o lo que siento”[5].

     Por consiguiente, la filosofía debe ser –siguiendo a S. Weil– una “búsqueda de la sabiduría” y, al mismo tiempo, una virtud que consiste –según los términos de Platón– en un “cambio de toda el alma”[6], en una “transformación del ser”[7]. La filosofía es pues un ejercicio en donde el filósofo hace un trabajo sobre sí mismo uniendo su pensamiento y vida con la finalidad de transformarse. La transformación a la que conduce la filosofía expresa su enfoque ético y el progreso moral que hace experimentar a quien la practica. Este progreso moral que tiene su origen en un deseo natural de verdad y bien inscrito en todo hombre, implícitamente es una respuesta al amor de Dios que es la Verdad y Bien absoluto. Cuando este deseo es auténtico inspira a quien lo experimenta a unir su pensamiento y vida, y más particularmente, a hacer descender el espíritu de verdad y de justicia en el mundo.

 

[1] S. Weil, “Cahier inédit I”, [1940], en Œuvres complètes, t. VI vol. 1, Gallimard, Paris, 1994, p. 176. En adelante se usará la abreviatura OC, tomo, volumen y página.

[2] S. Weil, “Quelques réflexions autour de la notion de valeur”, [1941], OC, IV 1, p. 58.

[3] S. Weil, “Quelques réflexions autour de la notion de valeur”, [1941], OC, IV 1, p. 57.

[4] S. Weil, “Quelques réflexions autour de la notion de valeur”, [1941], OC, IV 1, p. 57.

[5] S. Weil, “Du temps”, [1929], OC, I, p. 142.

[6] Platón, República, VII, 518 c.

[7] S. Weil, “Cahier inédit I”, [1940], OC, VI 1, p. 174.

An Evidence-based Family Perspective

After the world leaders adopted the new 2030 Agenda for Sustainable Development, the United Nations Development Programme will support governments around the world in tackling the 17 new Sustainable Development Goals (SDGs). The SDGs aim to end poverty, hunger and inequality, take action on climate change and the environment, improve access to health and education, build strong institutions and partnerships, and more.

During decades, the UN has proven to be the main empowering institution to protect Human Rights, improve the world’s women role and foster the next generation through the work on youth. Within the SDGs, a family approach is an step forward to the long-standing efforts of the UN intended to remove all barriers and ensure the active participation of families in society, especially including decisions on investments in health, housing and education.

“As basic and essential building blocks of societies, families have a crucial role in social development. They bear the primary responsibility for the education and socialization of children as well as instilling values of citizenship and belonging in the society. Families provide material and non-material care and support to its members, from children to older persons or those suffering from illness, sheltering them from hardship to the maximum possible extent. The very achievement of development goals depends on how well families are empowered to contribute to the achievement of those goals. Thus, policies focusing on improving the well-being of families are certain to benefit development.”[1] . Henceforward, to most effectively reach the SDGs and ensure that no one is left behind, we are arguing that we will have to do a better job in leaving no family behind.

Promoting cohesive families

The IFFD has been working persistently in this family approach and has recently organized its 19th International Family Congress in Mexico City on October, 2015. The Congress hosted 1,836 delegates from 43 countries. In the final Declaration, the delegates emphasized that families have a crucial role in social development and confirmed their commitment to helping families worldwide and to contributing to universal peace and respect of human rights through Family Enrichment Courses and other programmes.[2]

In the final Declaration it’s also appreciated the work fulfilled worldwide since the article 16 of the Universal Declaration of Human Rights. The article set a starting point for any consideration of family-related issues. Where, the mere language and symbolism of family “has the potential to proffer the middle ground from which compromise and consensus can emerge on even the most polarizing and divisive issues.”[3] Therefore, a family impact approach has built consensus in various resolutions and decisions on this matter by the United Nations General Assembly and other international bodies.

The mentioned Declaration was finally stated in February 2016 at the 54th Commission for Social Development and fully explained in a side-event themed precisely “Leaving no family behind” at the UN Headquarters. The IFFD delegates welcomed the recognition within the SDGs, specially 1 to 5, that the very design, development, implementation and monitoring of family-oriented policies and programmes are essential for the success of the 2030 Sustainable Development Agenda. “Family can contribute to eradicating poverty and hunger, achieving universal primary education, promoting gender equality and empowering women, reducing child mortality, improving maternal health and combating HIV/AIDS, malaria and other diseases”.[4]

Various suggestions included on the Declaration help to achieve SDG1 and SDG2 when considering the family as a unit in which the well-being of their individual members is promoted while a breakdown can be both a root cause and an effect of poverty. A range of family-oriented policies play a vital role tackling with the intergenerational transmition of poverty, which also includes children´s health, development in nutrition and families’ finantial resources and behaviours.

A family approach also helps to ensure healthy lives and promoting well-being at all ages (SDG3) when the family facilitates intergenerational solidarity. Therefore, appropriate policies should be directed to promote equitable access to resources that strengthen family ties, such as family enrichment courses, positive parenting classes or mentoring programmes, and encourage volunteering of older persons in schools and offering community service requirements for high-school students, requiring young people to help older persons with their daily activities.

Again, on the SDG4 family approach is reinforced by mentioning “cohesive families” for the first time ever. Cohesive families are said to provide “a nurturing environment to children and youth, for the full realization of their rights and capabilities”.[5] They also are a meeting point for generations offering “inclusive and equitable quality education at all levels for all people, irrespective of sex, age, race, ethnicity, and including persons with disabilities, all migrants, indigenous peoples, especially those in vulnerable situations”[6].

Furthermore, addressing cohesive families promotes gender equality and empowerment of women by recognizing the value of unpaid care, domestic work and economic dimension of their activity (SDG5). It is in such environment where girls and boys are treated equally and parents share care and household responsibilities. Policymakers may find in cohesive families a potential way to contribute to the achievement of several sustainable development goals and targets.

Evidence-Based Family Perspective

All the efforts made to protect human rights on women and young people could be enriched by adding the family as a political priority. A family approach would represent a logical step forward to ensure no one is left behind, specially women and young people who are naturally part of the family and proven to be the most vulnerable. This family empowerment would promote policies at the national, regional and international levels by removing social, political, legal and economic barriers to their active participation in society. Such a step forward would enable families to assert greater control over their resources and life choices and by providing instruments to recognize the time, effort and money that committed families invest in their children.

Due to policymakers may encounter difficulties valuing families and people, the IFFD is promoting the project “Making Families a Cornerstone in Policymaking: A Global Guide for Policymakers on Family Impact”. In this project the family impact lens pays attention to relationships between people and the fact that “family policies are most effective when targeting the family unit and its dynamic as a whole, rather than focusing on the needs of individual family members”.[7] Yet this conceptual distinction is often overlooked in policy discourse and decision-making. According to the Secretary General of the United Nations, policies too often ignore the family unit and continue to target individuals.[8]

The value of elevating families in policymaking is supported by a solid body of research evidence that endorses families as a fundamental component of a strong and vital society. Families are a cornerstone for generating the productive workers a sound economy demands and for rearing the caring, committed citizens a strong society requires. For example, researchers have documented the valuable contribution families make in promoting their members’ academic success, economic productivity, emotional well-being, and social competence among other outcomes of interest.[9] In addition, professionals who educate, administer, or deliver services to families espouse the desirability and viability of family-focused approaches for more effectively and efficiently achieving program goals.[10]

Additionally, dialogue and partnerships between social policy makers and relevant stakeholders, including families, family associations, the business sector, trade unions and employers should be enhanced to develop and improve family-friendly policies and practices in the workplace. This should include both housework and care, because, in reality, both are a form of care, housework having important implications for the well-being of all members of the family.

How can this be achieved? A proposal includes three very clear recommendations: policies to promote education about freedom and rights; information and advice regarding responsibility and duties; and legislation on both these areas. Sound family policies must be based on adequate research and analysis. Family policy monitoring and evaluation is also indispensable to advance policy development; continue policies that work and discontinue those that have proven ineffective. Support data collection and research on family issues and the impact of public policy on families and invest in family-oriented policies and programme design, implementation and evaluation[11].

Well-Being Indicators

According to the resolutions from the Commission for Social Development and Commission for Population Development an evidence-based approach is definitive to policy development, monitoring, review and follow up. It will never be a family perspective without measurement tools. That is why we promote the definitition of evidence-based quantification of family impact according to Global Well-Being Indicators. The scope should be both narrow and broad. Telescopic focusing on families. Kaleidoscopic examining both (1) family policies intentionally designed to improve family functions (e.g., early childhood care and education, positive parenting, caregiving of the aging, reconciliation of work and family life) and prevent dysfunctions (e.g., child exploitation, domestic violence, family poverty) and (2) any policy that inadvertently influences family functioning and decision-making (e.g., education, gender equality, health care, sustainable economic development, urban growth). In a nutshell, we will promote the concept that families are what to think about and that the family impact lens is how to think in a more holistic way that recognizes the importance of commitment to others, which is first learned and practiced in families.[12]

Evidence-based Global Family Well-Being indicators are projected to be an outcome of a research-based method that critically examines the past, present, or probable future effects of a policy on family relationships, family stability, family members’ ability to carry out their responsibilities, and so forth.[13] Analysis of family impact can help policymakers better grasp how strong families support societies and how societies can support strong families. The goal is to turn family rhetoric into reality. To use the family impact lens to shift the current rhetoric from merely appreciating families in the abstract to substantively viewing families in more pragmatic, accurate, and effective ways.

Our initial thinking is outlined below on how we plan to encourage the world’s decision makers to view policies through family-colored glasses, that is, developing policies that create the conditions for families to thrive and that consider any policy for its impact on families.

  • Develop culturally appropriate principles and indicators that will serve as the core for a family impact checklist that builds on the knowledge and experience of family experts from around the world; we will begin with (but not be limited to) principles such as family responsibility, family stability, family relationships, family diversity, and family engagement.
  • Our work will target family policies designed to promote the best interests of families. Also, we will focus on other policies that may not specifically address family interests, yet may have inadvertent consequences for them. For example, we will conduct family impact analysis on three or four 2015 sustainable development goals. We will strive to incorporate these findings into the UN’s capacity building efforts and communicate these findings to the policymakers who are developing implementation plans.
  • Pilot test different methods for bringing the family impact lens to policy and practice with our partners in academia and civil society in different countries around the world in those jurisdictions where family policies are made; because policymakers typically seek out information in the context of trusted relationships, pilot tests will focus on jurisdictions where our partners have established trusting relationships with policymakers.
  • Produce brief, accessible publications targeted to the issues and decisions policymakers face in their jobs such as why family impact is important, how policymakers can examine family impacts of policy decisions, in what ways the family impact lens has benefited policy decisions around the world, and so forth.
  • Develop a toolkit that can be used as a prototype to encourage more widespread adoption of the family impact framework and methods.
  • Evaluate whether our efforts are reaching our goals of encouraging policymakers to view issues through the lens of family impact, incorporate family considerations into their jobs, and take steps to build better public policies for families.
  • Plan for dissemination through the development of resources, both written and video, that capture how much can be accomplished and what can be learned in the pilot tests and evaluations.
  • Build on what is learned to vision what strategies and leadership are needed to promote widespread global adoption of the family impact framework.[14]

If we really want to leave no family behind, we need to define the right well-being indicators to asses the impact needed for implementing a family perspective. From a Universal Human Rights perspective, it is also needed that these indicators should be globally pertinent in the definition but locally appropriate in the application.

José Alejandro Vazquez is PhD Researcher and the International Federation for Family Development Representative to the United Nations, New York.

[1] Cf. A/66/62-E/2011/4.

[2] Cf. IFFD Written Statement for the CSocD54, E/CN.5/2016/NGO/32.

[3] Bogenschneider, 2014.

[4] E/2014/99.

[5] Transforming our World: the 2030 Agenda for Sustainable Development” (A/RES/70/1), para.25.

[6] Transforming our World: the 2030 Agenda for Sustainable Development” (A/RES/70/1), target 2.3.

[7] Cf. Report of the UN Secretary General, 2014, A/68/61–E/2013/3.

[8] Cf. A Global Guide for Policymakers on Family Impact, IFFD, 2015.

[9] Cf. Bogenschneider & Corbett, 2010.

[10] Cf. Dunst, Trivette, & Hamby, 2007; Spoth, Kavanagh, & Dishion, 2002.

[11] Cf. A Global Guide for Policymakers on Family Impact, IFFD, 2015.

[12] Cf. A Global Guide for Policymakers on Family Impact, IFFD, 2015.

[13] Cf. Bogenschneider, Little, Ooms, Benning, Cadigan, & Corbett, 2012.

[14] Cf. A Global Guide for Policymakers on Family Impact, IFFD, 2015.

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