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El solidarismo francés

   por Edison Tabra, jurista

En Francia se desarrolló una corriente académica llamada “solidarista” como alternativa al capitalismo y al marxismo[1]. Tuvo como exponente principal a Leon Bourgeois, quien sistematizó el pensamiento solidario en toda su plenitud. Con él la solidaridad adquirió una importancia cada vez más creciente en el mundo.

Pierre Leroux, Constantine Pequeur y Charles Fourier

     Para Pierre Leroux la solidaridad es producto de la evolución del cristianismo[2], el cual creó la caridad cristiana. Es el principal instrumento de organización e innovación en el interior de las sociedades. Con su ejercicio el ser humano cumple con su rol dentro de la sociedad y solo necesita reconocer la igualdad de derechos y de condiciones en otros seres humanos y que ellos, a su vez, se las reconozcan. Por tanto, es un deber.

     Por su parte, el aporte principal de Constantine Pequeur es incluir la dependencia constante entre los seres humanos como parte de la solidaridad. La dependencia plantea el deber de colaboración recíproca con los otros para su desarrollo y bienestar en común: la dependencia natural, necesaria, íntima, continua, absoluta, ilimitada, que son uno y los otros seres humanos en general para su desarrollo individual, moral y física; para su bienestar, su libertad, su desarrollo y felicidad […]. Esta de- pendencia es recíproca, incesante, entre ricos y pobres, entre fuertes y débiles, así como a los pobres a los ricos, los débiles los fuertes. Nadie puede escapar con impunidad, por la naturaleza de las cosas[3]

     En Charles Fourier, el proceso de intercambio es el medio de adquisición de los bienes y los servicios esenciales para el desarrollo de las personas y de la sociedad. La solidaridad es el resultado de la cohesión de los seres humanos por medio del “intercambio de las ideas, los servicios, los bienes, la mano de obra, las virtudes y los vicios”, lo cual les permite constituirse en familia[4]. Como la cohesión entre los seres humanos es esencial, la solidaridad se constituye en el deber de procurarla.

     De esta manera gracias a la solidaridad, la comunidad tiende al progreso y tiene la fuerza moral para restringir y eliminar cualquier acto que la perjudique.

Frederic Bastiat y Charles Renouvier

     Frederic Bastiat cree en la solidaridad como símbolo del intercambio y de la fuerza moral, porque restringe y destruye cualquier acto perjudicial para la comunidad. Con Bastiat ya surge el concepto de solidaridad como “fuerza progresiva”[5].

     En el caso de Charles Renouvier, se distinguen dos tipos de solidaridad: la social, caracterizada por unir a los seres humanos en el tiempo y el espacio, e influenciada por el ejemplo. La educación debe tener como función la transmisión de los actos justos. La otra forma solidaria es la “solidaridad personal”, que convierte a la persona en tributaria de sus costumbres y de sus acciones pasadas. Este segundo tipo constituye la identidad de un individuo por medio de las elecciones voluntarias que pudo y puede hacer, pero también inconscientemente bajo el efecto de las costumbres que dan forma a la naturaleza moral de la “persona”. Al socialismo no se le combate; y esta opinión, de que antes se hubieran reído los espíritus fuertes, no causa risa ya en Europa ni en el mundo; si se quiere combatir al socialismo, es preciso acudir a aquella religión que enseña la caridad a los ricos, a los pobres la paciencia: que enseña a los pobres ser resignados y a los ricos a ser misericordiosos. Por la solidaridad, el hombre, levantado a mayor dignidad y a las más altas esferas, deja de ser un átomo en el espacio y un minuto en el tiempo; y anteviéndose y sobreviviéndose a sí mismo, se prolonga hasta donde los tiempos se prolongan, y se dilata hasta donde se dilatan los espacios. Por ella se afirma, y hasta cierto punto se crea la humanidad, con cuya palabra, que carecía de sentido en las sociedades antiguas, se significa la unidad sustancial de la naturaleza humana, y el estrecho parentesco que tienen entre sí unos con otros todos los hombres. Indirectamente, en Renouvier la solidaridad es tomada como una virtud generada por la educación y por las costumbres.

     También critica la concepción del contrato social, ya que este ignora las leyes solidarias existentes. Su concepción sobre la deuda social es otro punto importante en su pensamiento, pues menciona la idea de un “sentimiento de deuda” plasmado en tres acepciones: el sentimiento de haber recibido algo, la capacidad de valorar o estimar lo recibido y la obligación de devolver el equivalente a cambio. Esto se debe a que la solidaridad es un factor existente desde la aparición del hombre y que se ha plasmado en la obligación de cuidar lo heredado y mejorarlo para el uso de la siguiente generación. De este modo, Renouvier plantea la noción de solidaridad como deber u obligación, la cual más adelante Bourgeois utilizará para elaborar su programa ideológico de la solidaridad.

[1] Arenas, R. (1986), p. 1.

[2] Leroux menciona: Tomé la idea de solidaridad, del mundo del derecho, para presentar en el mundo de la filosofía como la religión del futuro. Mi propósito era reemplazar la caridad cristiana por la noción de solidaridad humana. Véase Fouillée, A. (1928), pp. 301-302.

[3] Blais, M. (2007), p. 97.

[4] Blais, M. (2007), p. 110

[5] Borgetto, M. (1993), pp. 352-353.

Las utilidades humanas como misión de la empresa

      Tradicionalmente la literatura económica menciona que la empresa es una organización económica destinada a la producción de bienes y servicios, por medio de la interacción del capital y el elemento humano que, según los parámetros de la eficiencia y la eficacia, las ofrece al mercado a cambio de una contraprestación económica que buscará retribuir la inversión de sus dueños. Así la propiedad de la empresa en manos del inversionista le permite justificar y aún legitimar la organización y el funcionamiento de la empresa, delegando su gestión en manos de los administradores que, como sus representantes, procurarán generar la rentabilidad suficiente para justificar la inversión de capital hecha en la organización.

      Vista así, esta perspectiva de la empresa es incompleta, porque se atreve a resaltar que el capital económico es el elemento único e imprescindible para el trabajo de cualquier organización sin considerar al capital humano representado en el empleado y el gestor. Desafortunadamente, para la gran mayoría de empresas en el mundo, el ser humano es considerado un activo “económico” que se usa para generar, incrementar o mantener la productividad económica de la organización a cambio de un salario, pero no fomenta su “productividad personal”. Para la moderna empresa el ser humano es rentable mientras crea utilidades “económicas” para los inversionistas y los demás miembros de la organización; pero dicha necesidad resulta incoherente cuando se trata buscar la rentabilidad “humana”. Es decir, el desarrollo y la mejora personal y familiar de las personas o, en otras palabras, las “utilidades humanas” que aquéllas deben procurar adquirir cada día para mejorar sus atributos.

      En efecto, es el fomento de las “utilidades humanas” las que debieran constituir el desafío actual para el directivo moderno. Una organización que esté encaminada a generar ambos tipos de “utilidad” tiene mejores posibilidades de contratar a los mejores talentos y, principalmente, retenerlos en su organización. Aún más, si la empresa muestra y demuestra la práctica común de sus valores corporativos y es coherente con ellos, aún en los momentos más difíciles, tiene mayores posibilidades de garantizar la creación de la rentabilidad que necesita para subsistir a largo plazo en el mercado. Valores tan elementales pero muy importantes como la unidad, la solidaridad, la cooperación, el respeto, la coherencia entre otros, permitirán el cumplimiento de las normas legales y garantizarán la efectividad y eficiencia que toda organización requiere para tener éxito.

      Desde una perspectiva humanista, las ganancias materiales y humanas son importantes y no deben separarse. Es necesaria la solidaridad entre el directivo, el inversor y el empleado para crear un medio que garantice una utilidad integral y, por ende, deben apuntar en la misma dirección. Aquí el aporte del capital humano es tan importante como el del capital económico y la propuesta descansa en el desarrollo de valores que les permitan cumplir sus obligaciones con el mercado. La empresa es un medio al servicio de un grupo de personas y, por consiguiente, no debe perder su insignia de humanidad. Más aún, debe tener presente que antes que privilegiar la utilidad económica está por encima la utilidad “humana”, pero ambas utilidades se necesitan para garantizar su existencia como organización.

Edisón Tabra es doctor en Gobierno y Cultura de las Organizaciones.