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Pedagogía de los clásicos

Si bien la crítica ha privilegiado, justamente, las cualidades literarias de Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), una obra suya —por lo menos— manifiesta también el gran sentido pedagógico de la poetisa. Se trata de la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, que en realidad lo es al obispo de Puebla (México), Manuel Fernández de Santacruz. Este obispo, tras alabar las dotes literarias de Sor Juana, la había exhortado a dedicarse a las letras sagradas —“no pretendo […] que V[uestra] m[erced] mude el genio renunciando a los libros, sino que le mejore”—. Sor Juana, en actitud de aparente disculpa, explica que no se debe al desprecio de la teología, sino a la conciencia de su preeminencia, que ella ha preferido, de momento, el estudio de las ciencias que son sus propedéuticas: “¿cómo entenderá el estilo de la Reina de las Ciencias quien aún no sabe el de las ancilas?” Lógica, retórica, física, música, aritmética, geometría, arquitectura e historia preparan, así, al entendimiento para la comprensión —hasta donde cabe— de las verdades sobrenaturales. Por otra parte, en lo que respecta al saber humano teórico, las ciencias se auxilian mutuamente en el aprendizaje, en virtud de sus conexiones internas: “[las ciencias] se ayudan dando luz y abriendo camino las unas para las otras, por variaciones y ocultos engarces […], y están unidas con admirable trabazón y concierto”. Lo cual no ocurre en las disciplinas prácticas, que requieren destreza física y, por ende, no pueden ser dominadas perfectamente por quien reparte su atención entre varias: “mientras se mueve la pluma descansa el compás y mientras se toca el arpa sosiega el órgano”.

El intelectualismo de Sor Juana nunca decae en mero saber libresco, como lo muestran las anécdotas relativas a la breve temporada en que una superiora le prohibió leer por temor a la Inquisición. Sor Juana aclara que la obedeció en cuanto a no usar libros, pero, “aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal”. Estudiaba, así, geometría en los edificios, psicología en las conversaciones, química en la cocina, física en el movimiento de un trompo…

No permaneció Sor Juana ajena a la situación social de las mujeres de su época. Lamenta la ausencia casi total de maestras, con el resultado de que los padres prefieran privar a sus hijas de una educación intelectual antes que propiciar la familiaridad con maestros varones. Para argumentar contra quienes pretendían que el cultivo del saber era inconveniente para las mujeres, trae a colación la nómina de literatas, filósofas y sabias desde la antigüedad pagana y veterotestamentaria hasta la reina Cristina de Suecia, corresponsal y alumna de Descartes. Deplora las exégesis superficiales y erradas de la Escritura, llevadas a cabo sin un conocimiento adecuado del contexto histórico, cultural y lingüístico. Y hace una elocuente defensa de la humildad intelectual ante el frívolo afán de novedades.

Intelectual por vocación y de profesión, Sor Juana buscó el saber toda su vida con rigor, entrega y pasión intelectual. Sus sonetos y romances de tema filosófico son muestra de ingenio y de su conocimiento profundo y cabal de la tradición escolástica. Su poema gongorista Primero Sueño describe la búsqueda, un tanto trágica, del saber universal. Prescindiendo de su valor literario —que por sí solo lo coloca en la primera fila de la producción aurisecular—, el trabajo de Sor Juana puede leerse no sólo como una defensa del derecho de la mujer a la cultura —Alberto G. Salceda se refiere a la Respuesta a Sor Filotea como “ la Carta Magna de la libertad intelectual de las mujeres de América”—, sino también como un alegato a favor de la disciplina intelectual y la humildad al servicio de la verdad.

Víctor Zorrilla, doctor en Filosofía.

Aportaciones del pensamiento hispanoamericano

      En las nuevas repúblicas independientes de Hispanoamérica cundió, por razones comprensibles dadas las circunstancias, una actitud de rechazo al pensamiento y la cultura hispánica. Estos se asociaban al servilismo virreinal, el atraso y la exclusión respecto al desarrollo moderno. Tal percepción, compartida por varios intelectuales hispanoamericanos, no carecía totalmente de fundamento; ya algunos pensadores peninsulares del XVIII —Feijóo, Jovellanos— habían señalado esta situación en la cultura española del momento.

      En este contexto, resulta relevante la figura de José María Luis Mora (1794-1850), máximo exponente del liberalismo mexicano del XIX. Es cierto que el liberalismo de Mora difícilmente podría considerarse un liberalismo estricto en todos sus aspectos. El autor posee una noción de las virtudes cívicas y del bien común que lo aleja de toda sospecha de individualismo exacerbado, acercándolo más bien a un republicanismo de corte rousseauniano[1]. Pero Mora tiene el mérito de haber promovido en México, quizá por primera vez, una mentalidad de corte capitalista, que resaltaba el valor de la independencia individual obtenida a través de la laboriosidad y el trabajo productivo. De acuerdo a su ideario liberal, Mora lamentaba la entonces predominante “empleomanía”, entendida como el afán de conseguir cargos públicos con el fin de vivir a costa del Estado[2]; consideraba que la burocracia sólo podría crecer a costa de la libertad de los ciudadanos[3] y defendía enérgicamente la libertad de expresión[4].

      Con todo, llama la atención la actitud de Mora respecto a lo español, que discuerda de la que cabría esperar de un liberal en su época. Si bien se queja de que “en México, para ser tenido por irreligioso, basta no ser sectario ciego de las opiniones de los Jesuitas, de los frailes y de la curia romana”[5], sostiene una visión ecuánime de la herencia hispánica en general. “Todo nos es común con los españoles —asegura— y no tenemos más motivo para expulsarlos y dar tan funesto golpe a la población nacional, que el odio […] y los temores afectados que les profesan ciertas gentes”[6]. Mora denuncia explícitamente el anti-españolismo del México de su época[7].

      Las llamadas de atención de Mora sobre la actitud de sus contemporáneos podrían encontrar eco, en realidad, casi en cualquier etapa de la vida del México independiente. Quizá, su residencia en Londres le ayudó a reconocer —a ejemplo de Gran Bretaña— las ventajas de reconciliar lo viejo con lo nuevo, la tradición y la modernidad. El pensamiento de Mora puede darnos todavía, a los pueblos hispanoamericanos, algunas pistas sobre cómo conjuntar el peso de una tradición “colonial” —que a veces se percibe como retrógrada o agobiante— y la integración en un mundo global, sin sacrificar lo que de valioso pueda haber en ambas.

Víctor Zorrilla Garza es doctor en Filosofía.

[1] José María Luis Mora,  Ensayos, ideas y retratos, Biblioteca del Estudiante Universitario, n. 25, Ediciones de la Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1941, pp. 91-92, 95-99.
[2] “El gusto […] de los empleos altera profundamente las facultades activas de un pueblo, destruye el carácter inventivo y emprendedor, apaga la emulación, el valor, la paciencia y todo lo que constituye el espíritu de industria”. Ibid., p. 28.
[3] Ibid., p. 20.
[4] Cfr. su “Discurso sobre la libertad de pensar, hablar y escribir”, en: ibid., pp. 3-16.
[5] Ibid., p. 163.
[6] Ibid., p. 158.
[7] Así, se la lamenta de que “en México nadie se acuerda de España sino para despreciarla, y este menosprecio, aunque efecto de las preocupaciones, es un síntoma seguro de la poca o ninguna disposición que hay para imitar nada de lo que de allá pudiera venir. Aunque el fondo del carácter mexicano es todo español, pues no ha podido ser otra cosa, los motivos mutuos de encono que por espacio de veinte años que han fomentado entre ambos pueblos […] ha hecho que los mexicanos en nada manifiesten más empeño que en renunciar a todo lo que es español, pues no se reputan bastantemente independientes, si después de haber sacudido el yugo político se hallan sujetos al de los usos y costumbres de su antigua metrópoli.” Ibid., p. 159.