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Sobre la justicia sobrenatural

por María del Sol Romano, filósofa

La filósofa francesa Simone Weil[1] distingue una justicia “natural” de una justicia “sobrenatural”. La justicia desde una perspectiva natural consiste en una balanza equilibrada entre dos partes que tienen una fuerza semejante. En este tipo de justicia es necesario que dos voluntades, que mantienen un equilibrio de fuerza, lleguen a un acuerdo, puesto que “solo la justicia tiene poder para hacer coincidir dos voluntades”[2]. Pero, si una parte es fuerte y la otra débil, es decir, si en ambas partes las fuerzas son desiguales, no es necesario recurrir a la justicia: la voluntad del fuerte debe imponerse al débil y este último está obligado a obedecer al primero. Como señala la autora, “no hay necesidad de unir dos voluntades. No hay más que una voluntad, la del fuerte. El débil obedece. Todo sucede como cuando un hombre manipula la materia. No hay dos voluntades que hacer coincidir. El hombre quiere y la materia se somete. El débil es como una cosa”[3].

Desde una visión natural de justicia, no tiene sentido intentar hacer coincidir dos voluntades cuando hay un equilibrio desigual de fuerza. Sin embargo, siguiendo a Weil, “esta lucidez de la inteligencia en la concepción de la injusticia es la luz inmediatamente inferior a la de la caridad. Es la claridad que subsiste durante algún tiempo, allí donde la caridad ha existido, pero se ha extinguido. Por debajo están las tinieblas donde el fuerte cree sinceramente que su causa es más justa que la del débil”[4].

“Nosotros hemos inventado la distinción entre justicia y caridad”[5], afirma la autora. Y por esta distinción “hay para el inferior, a partir de un cierto grado de desigualdad en las relaciones de fuerza desiguales entre los hombres, un paso al estado de materia y una pérdida de personalidad”[6]. Aunque teóricamente la justicia tiene un carácter universal y todas las personas son iguales ante la ley, en la práctica los débiles o, más precisamente, los desdichados, están sometidos al silencio y carecen de todo reconocimiento social, como si se tratara de seres inexistentes. Por esta razón, en el equilibrio desigual de fuerzas entre quienes no padecen la desdicha y quienes sí, no puede hablarse de una justicia natural. Después de todo, no hay igualdad natural entre los fuertes y los débiles.

En un contexto de desequilibrio en la relación con los desdichados, no puede plantearse una justicia natural o, más precisamente, una justicia humana. Desde esta perspectiva, para Weil solo puede concebirse una “justicia sobrenatural”. Es una justicia que, a la luz del Evangelio, se identifica con el amor.

Al hablar del amor al prójimo la filósofa destaca que “los benefactores de Cristo no son llamados por él amorosos ni caritativos. Son llamados justos. El Evangelio no hace ninguna distinción entre el amor al prójimo y la justicia”[7]. Los “justos” o los “benefactores” de Cristo, a los que remite la autora, son aquellos que están habitados por la virtud sobrenatural de justicia. De acuerdo con Richard H. Bell, para Weil se trata de una “nueva virtud”, ya que no es, en sentido aristotélico, adquirida por la práctica, sino que “es dada por Dios en forma de amor divino […], se relaciona con las prácticas humanas […], aunque no se adquiere mediante ellas. Para tener esta nueva virtud […] uno debe consentir a este amor dado por Dios; y este nivel de consentimiento proviene de la parte más sagrada de nuestro ser”[8].

Quienes están habitados por la virtud sobrenatural de justicia, la que se identifica con el amor, son capaces de prestar atención y dirigir una mirada compasiva hacia quienes sufren la exclusión, el desarraigo y la degradación social. En el equilibrio desigual de fuerzas, los justos no consideran a los débiles como seres inferiores o anónimos, privados de personalidad humana, sino como iguales, como si hubiera una balanza equilibrada entre ellos. Como observa la autora:

La virtud sobrenatural de justicia consiste, si se es superior en la relación desigual de fuerzas, en conducirse exactamente como si hubiera igualdad. Exactamente en todos los aspectos, incluidos los mínimos detalles de acento y actitud, ya que un detalle puede bastar para arrojar al inferior al estado de materia que en esta ocasión es naturalmente el suyo, así como el más mínimo choque congela el agua que se mantiene líquida por debajo de cero grados[9].

La justicia, que se identifica con un amor sobrenatural, disipa el desequilibrio que existe naturalmente entre dos partes que tienen fuerzas desiguales. Es un acto de verdadero amor al prójimo que, en la terminología de la autora, es una de las “formas del amor implícito a Dios”, un amor que se vincula con algunos de los misterios presentes en plena naturaleza humana, es decir, con “los destellos de justicia, de compasión, de gratitud que surgen a veces en medio de la dureza y la frialdad metálica de las relaciones humanas”[10]. Y que, además, “dan directamente acceso a la puerta central que es Cristo. Debido a su presencia, no hay posibilidad para el hombre en este mundo de una vida profana o natural que sea inocente”[11].

Por otra parte, la justicia, desde el punto de vista de Weil, se centra en las obligaciones que se tienen hacia el prójimo. En un entorno de desequilibrio de fuerzas, para ella es fundamental reconocer la existencia de los desdichados, determinar sus verdaderas necesidades, dirigirles un amor generoso, sin reservas y desinteresado, un amor que “es una disposición de la parte sobrenatural del alma”[12]. Es entonces, que el desequilibrio de fuerza deja de ser un obstáculo para que haya una armonía entre dos partes desiguales, un intercambio de compasión y gratitud, un consentimiento mutuo. De acuerdo con la filósofa francesa, esta es la manera en la que “la justicia sobrenatural, la amistad o el amor sobrenatural se encuentran presentes en todas las relaciones humanas en las que, sin que exista igualdad de fuerza y de necesidad, hay una búsqueda de consentimiento mutuo. El deseo de consentimiento mutuo es caridad”[13].


[1] El presente texto es un extracto del artículo “Simone Weil: Thinking the Balance between Love and Justice”, publicado en Studia Gdańskie, n. 55, 2024, pp. 84-92. Las traducciones del inglés al español y del francés al español han sido realizadas por la autora de este artículo.

[2] S. Weil, “Formes de l’amour implicite de Dieu”, [1942], en Œuvres complètes, t. IV, vol. 1, Gallimard, Paris, 2008, p. 289. En adelante se usará la abreviatura OC, tomo, volumen y página.

[3] S. Weil, “Formes de l’amour implicite de Dieu”, OC, IV 1, p. 289.

[4] S. Weil, “Formes de l’amour implicite de Dieu”, OC, IV 1, p. 288.

[5] S. Weil, “Formes de l’amour implicite de Dieu”, OC, IV 1, p. 287.

[6] S. Weil, “Formes de l’amour implicite de Dieu”, OC, IV 1, p. 289.

[7] S. Weil, “Formes de l’amour implicite de Dieu”, OC, IV 1, p. 287.

[8] R. H. Bell, Simone Weil: the way of justice as compassion, Rowman & Littlefield Publishers, Lanham, 1998, p. 57.

[9] S. Weil, “Formes de l’amour implicite de Dieu”, OC, IV 1, p. 289.

[10] S. Weil, “Intuitions pré-chrétiennes”, OC, IV 2, p. 288.

[11] S. Weil, “Intuitions pré-chrétiennes”, OC, IV 2, p. 289.

[12] S. Weil, “Cahier VI”, OC, VI 2, p. 341.

[13] S. Weil, “Intuitions pré-chrétiennes”, OC, IV 2, p. 272.

Ética y fraternidad en la Roma antigua

 por Edison Tabra, jurista

             Desde una perspectiva contemporánea puede presentarse el concepto de fraternidad desarrollado por algunos autores latinos como uno de los antecedentes de la actual acepción de solidaridad. Ciertamente, sin recurrir a dicho término, Séneca, Cicerón y Marco Aurelio ahondaron en cuestiones referidas al deber in solidum de hacerse responsable de una realidad compartida con otro. De ahí la importancia ética de la amistad, concebida como virtud indispensable para el desarrollo personal y de la convivencia humana.

            Séneca hizo de la providencia –disposición que mira a la consecución de un fin− y de la fortuna el motor de la existencia de la res publica, esto es, lo que atañe a todos en el modo de articular las relaciones y organización de la sociedad. De ahí que mencionara queResultado de imagen de Séneca la actuación de la conciencia personal del sabio –la minoría dirigente− debiera estar integrada en el destino colectivo de las personas para impulsar la consecución efectiva del bien común. Eso exigiría la imprescindible fraternidad; la correspondencia de los sabios al servicio de los demás. No extraña entonces que algunos pensadores recientes hayan tomado esta hermandad como núcleo para sostener una noción de solidaridad, fundada en la razón natural: la amistad o el amor que alcanza a todo el género humano habría de inspirar así la ayuda mutua de los que integran el cuerpo social. Para Cicerón, la naturaleza sociable de toda persona miraría al bien compartido con los demás. Aunque dicha observación aludiera necesariamente a las potencias espirituales como fuerza motriz para el desempeño de la virtud, interpretaciones posteriores prescindirían de toda metafísica a la hora de explicar los lazos de la fratría humana.

            El hecho de que la afirmación y superioridad de lo eterno –a decir de Aristóteles− resultara inalcanzable para la persona desde un plano de igualdad y trato recíproco (no sería equiparable lo humano y lo divino) en la relación de amistad (entendida como búsqueda y promoción del bien del otro); llevó a ciertos teóricos a desentenderse por completo del ámbito sobrenatural para explicar los vínculos solidarios o de hermandad. Así las cosas, ésta se cimentaría sobre el deseo mutuo por materializar la fraternidad entre las personas a modo de altruismo o filantropía a partir de la formación de la conducta −ethos− dentro de su aspiración natural a la felicidad.

            Con esta pretensión, en el siglo IV a. C se había iniciado un movimiento filosófico centrado en una búsqueda activa y pragmática del bien moral, asociado a la consecución efectiva de la vida dichosa. El estoicismo espoleó una comprensión del hombre con el universo a partir de su propio razonamiento con el que habría de desplegar una vida coherente y apropiada a ese objeto. En este sentido, Marco Aurelio, emperador de Roma entre 161 y 180 d. C, consignó en sus Meditaciones los presupuestos de dicha filosofíaResultado de imagen de marco aurelio desde una perspectiva serena y majestuosa. La imperturbabilidad de ánimo resultaría de la aceptación del propio destino sin acritud ni aspavientos ante las dificultades. La vida buena consistiría en el dominio de sí, actuando como premisa para irradiar bondad y nobleza de espíritu, indispensables para la paz personal y colectiva. Por medio de la razón, presentada como cualidad divina, la sociedad humana habría de mostrarse hermanada en torno a unos mismos anhelos de felicidad. De ahí la mutua y necesaria colaboración con los semejantes.

            Como señala Duvignaud, Marco Aurelio destaca la pasión existente por la condición humana, porque genera un pensamiento conforme a la regla general del universo, y de la cual formamos parte debido a realidades como el amor al prójimo, la veracidad, la conciencia y la creencia. Asimismo, refiere el deseo de una “humanidad solidaria” sujeta a una sustancia universal, aunque se disperse en mil cuerpos individuales.

            De estas ideas se deduce que este emperador moldeó un concepto de solidaridad (en términos modernos) basado en una naturaleza del hombre tendente a la colaboración de unos con otros. Con ello observamos una clara coincidencia de los autores romanos a la hora de apreciar los basamentos perennes de la vida comunitaria. Tanto para Cicerón como para Marco Aurelio, la solidaridad se anuda con el principio de reciprocidad al procurarse el bien del todo. Un presupuesto asumido por la tradición cristiana y elevado al plano metafísico al sortear el obstáculo que percibían los clásicos griegos en la relación limitada del ser humano con la eternidad intangible de Dios mediante la persona de Jesucristo, Dios encarnado y manifestado a la humanidad. Desde esta óptica, la amistad del hombre con Dios sería posible, adquiriendo la fraternidad un sentido más sublime: una común filiación con la divinidad. De esta manera, la solidaridad se fundamentaría en la donación gratuita del amor, despojado de todo interés a imitación de Cristo.

            Se concluye entonces un avance cualitativo en la cooperación y unión entre las personas con un intercambio mayor de los bienes que se prestan –al incorporar el valor de la trascendencia y la virtud de la religión− en orden a un servicio integral de los particulares que, de este modo, constituyen y definen una realidad social más predispuesta a la excelencia.