Archivo de la etiqueta: conocimiento

El «ensimismamiento» como vía para forjar el carácter

por Juan Bagur, filósofo

Introducción

José Ortega y Gasset (1883-1955) fue el pensador más importante e influyente del siglo XX en España, y uno de los más conocidos más allá de nuestras fronteras. Ha sido, y es, reivindicado a través de posturas ideológicas y filosóficas muy diversas: por católicos y ateos, socialistas y conservadores, o europeístas y regionalistas. En los últimos tiempos, incluso por ecologistas y transhumanistas (y detractores de esto último). Puede parecer que todo ello supone un intento de apropiación de su pensamiento, distorsionándolo para que se adapte a la intención particular de cada uno. Pero más allá de esta postura siempre acechante, lo que evidencia es la fecundidad del pensamiento orteguiano en tanto que filosofía primera en el sentido clásico de la palabra, que aporta unas bases para meditar sobre “el tema de nuestro tiempo”. Con esta expresión, que dio lugar al libro homónimo que publicó en 1923, aludía Ortega a la necesidad de dar respuesta al gran problema filosófico que, según afirmaba también Julián Marías, existía en Occidente desde finales del siglo XIX: la conciliación entre las categorías de razón y vida.    

Ortega ya se había adentrado en este problema en su primer libro, Meditaciones del Quijote (1914), donde anunció su propuesta de compromiso a través de la fórmula “yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Así contestaba a Unamuno, que había manifestado la imposibilidad de lograr la síntesis cuando escribió Del sentimiento trágico de la vida (1912). No me extenderé, por falta de espacio, en el análisis de la fórmula, pero sí indicaré que la noción de “circunstancia” es la clave del pensamiento de Ortega. En los años treinta, esta idea le llevaría a formular otra sentencia, que no es la más conocida, pero sí la más repetida por el autor. Por ello, la que mejor resume su pensamiento: “el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene…historia”. La razón y la vida no se encuentran en contradicción, porque la primera es histórica, se deriva de una circunstancia concreta que se puede conocer. Por ello, habló de Razón histórica.

El tema de nuestro tiempo

¿Qué tiene que ver todo lo anterior con “el tema de nuestro tiempo”? En mi opinión, muchas cosas que hoy en día se debaten apasionada aunque no siempre rigurosamente, como la importancia de los vínculos humanos, la soberanía estatal, la necesidad de superar los utopismos….y también otro aspecto que, como profesor, considero capital: la deshumanización del hombre a través de la tecnología mal utilizada. Y resalto lo de mal utilizada porque Ortega no era tecnófobo, pues consideraba al hombre un “centauro ontológico”, en tanto que una consecuencia de su condición histórica sería precisamente la importancia de la técnica como un órgano vital[1].

Para entender esta cuestión conviene recordar las tesis que mostró en Ensimismamiento y alteración. Fue la primera parte de un curso que ofreció en Buenos Aires en 1939, y que ese mismo año se publicó junto con Meditación de la técnica. Constituyó además una exploración en el terreno de la sociología, que creía que no estaba “a la altura de los tiempos”, y por ello también es una de las fuentes con las que pretendió dar respuesta a ese vacío: El hombre y la gente, publicado de forma póstuma en 1957.

Llegar al mundo interior para encarar la realidad

Ortega sostenía que el animal vive pendiente de los estímulos externos, atado a la circunstancia que le rodea. Ya sea por el miedo que pueda generar un depredador, o por el apetito que provocan otros alicientes, se encuentra siempre más allá de sí, “alterado”. Esto es, no vive de “sí mismo” sino de “lo otro” (alter): “el animal vive siempre alterado, enajenado” porque “su vida es constitutiva alteración”. Por el contrario, el hombre puede superar esta situación de alteración perpetua. No porque pueda dejar de estar en el mundo, sino en tanto que puede ejecutar una habilidad que, con gran precisión, define la lengua española: “ensimismarse”. Esto es, entrar “en sí mismo”, viajando a otro lugar: el “mundo interior”. Un mundo que es el de las ideas, en el que el hombre puede meditar y pensar para, así, reaccionar después a lo que le rodea. Es decir, no para evadirse de la realidad, sino para tomar conciencia de ella y desarrollar su “plan de ataque a las circunstancias”, aprovechando lo que ofrecen para darles sentido. Esta es según Ortega la diferencia “constitutiva” entre el hombre y el animal: el segundo es “pura alteración”, pero el primero puede ensimismarse[2]. Con esta interpretación, Ortega traduce a su lenguaje filosófico la distinción clásica entre “contemplación” y “acción”, y no es por eso baladí que, a pesar de su agnosticismo, mostrase en varias ocasiones su interés por San Agustín. El Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore hominis habitat veritas es una forma de ensimismamiento, expresada en una frase que marcó a dos personas que influyeron notablemente en él: Ángel Ganivet y Edmund Husserl[3].

Esta interpretación muestra la relación entre el yo y la circunstancia, propio del hombre, pero también por qué afirma Ortega que el hombre no tiene naturaleza, sino historia. No desprecia la corporalidad ni la biología, sino que plantea, también como en la tradición clásica, que existe en el hombre una segunda naturaleza doblemente histórica: primero, en tanto que el ensimismamiento permite dar sentido a la propia biografía; y segundo, dado que al incluir cada circunstancia una sociedad con usos y costumbres, somos por esencia herederos de los ensimismamientos de quienes nos han precedido.

Actualidad de la tesis orteguiana

Explicado lo anterior, vuelvo a la cuestión que suscitó este artículo, esto es, por qué la tesis del ensimismamiento y la alteración es tan pertinente para el tiempo que nos ocupa. Según creo, porque nos ayuda a diagnosticar un síntoma producido por la sobreexposición a la tecnología que padecemos, a saber: un proceso de “deshumanización” a través de la “animalización” del hombre. La hiperconectividad aísla, no ensimisma, pues la saturación de datos de todo tipo no invita a la reflexión, sino que la anula. Hace años, Carr publicó un interesante libro que evidenciaba cómo, siendo el cerebro humano plástico, sus habilidades están siendo modificadas por la tecnología mal utilizada[4]. Una muestra de que, como se decía más arriba, el hombre es un “centauro ontológico” porque su naturaleza es modificada por la tecnología. Aquí, conforme al vicio en vez de la virtud.

En este sentido, si en la época de Ortega existían estímulos constantes que dificultaban el ensimismamiento -motivo por el que recomendaba a sus alumnos que dedicasen todos los días un momento para meditar-, mucho más ocurre hoy en día. No hace falta leer estadísticas o informes, sino que basta mirar a nuestro alrededor. Quienes somos profesores vemos que nuestros alumnos, en gran medida, viven “alterados”, pendientes de lo externo y con gran dificultad para entrar en sí mismos y así poder arraigarse en la calma que permite atender. La atención es más que nunca el campo de batalla de la educación actual, lo que diferencia al estudiante con éxito del fracasado[5], pues no es posible una vida de carácter noble sin el ensimismamiento entendido en sentido orteguiano. Recuérdese que la etimología de attendere remite a tensar un arco hacia un blanco. Es una metáfora aristotélica que Ortega también utilizó para definir lo humano: la vida es proyecto, porque la historia que parte de la circunstancia se dirige hacia un fin, como el proyectil hacia su blanco. Vivir sin esta capacidad, que las humanidades ayudan a cultivar, significa acercar al hombre a la condición del animal, si asumimos que lo que define al segundo es la alteración en tanto que fundamento existencial. Frente a ello, urge reivindicar la contemplación precedente a la acción, pues permite aprovechar toda circunstancia como ocasión para una vida virtuosa.


[1] Sobre esta cuestión, vid.: Alonso, Marcos: Ortega y la técnica, CSIC y Plaza & Valdés, 2021.

[2] Ortega y Gasset, José: “Ensimismamiento y alteración”, en Obras completas. Tomo V (1932-1940), Madrid, Taurus y Fundación Ortega-Marañón, 2006,  pp. 529-550. 

[3] Natal Álvarez, Domingo: “La lectura de San Agustín en Ortega y Gasset”, en Estudio agustiniano: Revista del Estudio Teológico Agustiniano de Valladolid, vol.22,  fasc 1-3, 1987, pp. 311-345, p.320.

[4] Nicholas George Carr, Superficiales: ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, Madrid, Taurus, 2017.

[5] Gregorio Luri, uno de los pedagogos más importantes del panorama actual, insiste mucho en esta cuestión. Lo resume con una frase que repite continuamente: “la atención es el nuevo cociente intelectual del siglo XXI”. Vid.: Gregorio Luri, Academia Euclides:  https://www.youtube.com/watch?v=BunybCjEhAo

Dirigir el pensamiento hacia la verdad

 por María del Sol Romano, filósofa

  Para la filósofa francesa Simone Weil[1] (1909-1943) nadie debe “renunciar a abordar cualquier parte del conocimiento humano porque considere que está fuera de su alcance, ni tampoco porque crea que noSimone Weil - Wikipedia, la enciclopedia libre puede hacer un progreso serio en una ciencia más que a condición de especializarse en ella”[2]. Es decir, no puede rehuirse la búsqueda de la verdad por creer que no se tiene ni el talento ni la aptitud intelectual para alcanzarla. En palabras de la autora “no hay que decirse a sí mismo ‘soy incapaz de comprender’; hay que decirse «soy capaz de orientar los ojos del alma de tal manera que comprenda«[3].

    En su memoria para obtener su diploma de estudios superiores Science et perception dans Descartes, Weil subraya que “cualquier hombre, por muy mediocres que sean su inteligencia y sus talentos, puede, si se aplica a ello, conocer todo lo que está al alcance del hombre”[4]. Así pues, la facultad de conocer no es exclusiva de personas que son superdotadas y que tienen una alta capacidad intelectual. No se necesita “de un don especial o de una sagacidad excepcional para elevarse de las verdades más simples hasta las concepciones más sublimes”[5]. Es más, como sugiere la autora en su Autobiographie spirituelle, el acceso a la verdad es posible para todos por igual en condiciones normales, siempre y cuando se tenga un auténtico deseo de verdad y se haga un continuo esfuerzo de atención:

Cualquier ser humano, aunque sus facultades naturales sean casi nulas, entra en ese reino de la verdad reservado al genio, si solamente desea la verdad y hace un permanente esfuerzo de atención por alcanzarla. Se convierte entonces en un genio, incluso si, por carecer de talento, este genio no pueda ser visible al exterior[6].

    De acuerdo con esto, el verdadero genio está en la posibilidad que se tiene de prestar atención, esto es, “los destellos de atención no son más que destellos de genio”[7], puesto que “toda la fuerza del espíritu es la atención. El único poder que es nuestro”[8]. Esto muestra que existe una igualdad entre los espíritus frente a la verdad, cuando el alma humana se prepara para acoger la verdad con una atención por la que se deja el pensamiento disponible para aprehender la realidad tal cual es. Conjuntamente a esto, la igualdad entre los espíritus de todos los seres humanos la constituye la capacidad que tienen en común de conducir su razón y de dirigir adecuadamente su pensamiento.

   En este sentido, Weil remite a Descartes que “no solo considera que todo espíritu, en cuanto se aplica a pensar como es debido, es igual al genio más grande, sino que también en el pensamiento más común encuentra el espíritu humano”[9]. En efecto, Descartes en sus Règles pour la direction de l’esprit indica las reglas a seguir para hacer un René Descartes - Wikipedia, la enciclopedia librecorrecto ejercicio del pensamiento y que guiarán el espíritu hacia la verdad[10]. Hay que destacar en este punto que el filósofo francés busca “fundar la enseñanza popular universal”[11]. Un ejemplo es cuando enseña matemáticas a su sirviente y a un zapatero, el primero se volverá profesor de matemáticas y el segundo se convertirá en astrónomo. Al mismo tiempo que los reconoce como iguales frente a la ciencia, Descartes no duda en ponerlos al servicio de ella[12]. Por esta razón, Weil afirma que “lo original en Descartes es la idea de que todos pueden conocer la verdad, de ahí el deber de enseñar a todos cuando es posible[13].

  Y si bien puede haber una desigualdad entre las facultades intelectuales, “en la experiencia, en el fruto de reflexiones pasadas, en la memoria, en la rapidez de pensamiento”[14]; no la hay en el ejercicio de estas, como en el caso de la atención. Siguiendo a la autora, “mucha gente no quiere ejercer sus facultades, porque pensar es penoso, no aporta ningún beneficio y no sacia ninguna pasión, al contrario[15]. Por eso, “casi todos evitan ejercer sus facultades en tal o cual ámbito determinado porque las pasiones les lleva a huir de la verdad en ese ámbito”. En consecuencia, “las más brillantes facultades se corrompen en cuanto se las ejerce con vistas a otra cosa que no sea la verdad[16]. Así, el pensar como es debido, el no abandonar la facultad que se tiene de pensar y el armonizar el pensamiento con la acción, además de ser un deber, es una virtud:

El verdadero valor no consiste en los datos y los instrumentos más o menos amplios que posea el pensamiento, sino en el correcto ejercicio del pensamiento. De modo que las desigualdades accidentales no impiden una igualdad fundamental, incluso en el ámbito intelectual, en la medida en que pensar correctamente es una virtud. Pensar correctamente y conformar la acción al pensamiento es el deber más imperioso, o más bien el único deber y la única virtud. Por eso no se puede renunciar nunca al poder de pensar y de juzgar sin cometer una falta capital[17].

[1] El presente texto es un extracto del artículo “Simone Weil: la educación como medio de igualdad”, publicado en Diálogo Filosófico, n. 113, 2022, pp. 289-303. Es importante destacar que en este extracto se remite, principalmente, a los escritos de juventud de la autora.

[2] S. Weil, “Science et perception dans Descartes”, [1930], en Œuvres complètes, t. I, Gallimard, Paris, 1988, p. 176. En adelante se usará la abreviatura OC, tomo, volumen y página.

[3] S. Weil, “Plans divers. Platon”, [1933-1934], en Leçons de philosophie, Union Générale d’Éditions, Paris, 1959, p. 285. En adelante se usará la abreviatura LP.

[4] S. Weil, “Science et perception dans Descartes”, OC, I, p. 177.

[5] A. Bertrand, “Descartes et l’éducation”, en La revue pédagogique, n. 31, 1897, p. 195.

[6] S. Weil, “Autobiographie spirituelle”, [1942], en Attente de Dieu, Fayard, Paris, 1966, p. 39.

[7] S. Weil, “L’attention. Cours du Puy”, [1931-1932], OC, I, p. 392.

[8] S. Weil, “L’attention”, [s.f.], OC, I, p. 391.

[9] S. Weil, “Science et perception dans Descartes”, OC, I, pp. 181-182.

[10] Cf. R. Descartes, Reglas para la dirección del espíritu, Alianza, Madrid, 1996.

[11] A. Bertrand, “Descartes et l’éducation”, p. 194.

[12] Cf. A. Bertrand, “Descartes et l’éducation”, pp. 203-204.

[13] S. Weil, “Étude des moralistes rationnels”, [1933-1934], LP, p. 231.

[14] S. Weil, “Question de l’égalité des esprits”, [1930-1931?], OC, I, p. 282.

[15] S. Weil, “Question de l’égalité des esprits”, OC, I, p. 281.

[16] S. Weil, “Question de l’égalité des esprits”, OC, I, p. 281.

[17] S. Weil, “Question de l’égalité des esprits”, OC, I, p. 282.

El conocimiento de la verdad

Fernando-Riofrio (2) por Fernando Riofrío, filósofo y jurista

   En una aproximación inicial, podemos decir que la verdad es la conciencia clara y firme de que conocemos la realidad que está ante nosotros, tal como la realidad es; y no como el sujeto quiere que sea.

      Antes de adentrarnos en esta materia debemos explorar la existencia de dos tendencias muy fuertes que están instaladas en la juventud de los países económicamente más desarrollados, y que también podemos detectar en otros ámbitos en los que se han ido insertando a través de los medios de comunicación. Se trata de dos tendencias de carácter emotivo-sentimental.

      La primera es la que nos lleva a rechazar acríticamente toda tradición, es decir, todo conocimiento que se adquiere por transmisión de las generaciones pasadas.

   La segunda es aquella que tiene una historia muy arraigada en los países occidentales y que desconfía de la capacidad de nuestro entendimiento para conocer la naturaleza humana, o sea, qué es el hombre, cuál es la realidad más profunda del hombre como persona y como ser social; y cuál es su verdadera felicidad y el lugar central del hombre en la ecología (en el universo entero) como criatura dependiente de su Creador.

     ¿Por qué nos sentimos atraídos?, ¿cuál es el atractivo que nos impulsa a pensar así?

   Quizá la respuesta resida en una concepción de la vida de carácter individualista  y hedonista que tiene como fin último llevar una vida de placer y de búsqueda del bienestar material. Pues aunque el placer y el bienestar material son bienes necesarios para la vida no son el fin para el que está hecho el hombre, llamado a un fin superior que el de la mera satisfacción de sus necesidades materiales básicas. La verdad acerca de la felicidad del hombre no es el placer, sino una vida esforzada en favor del ser más profundo de las demás personas. Por eso la verdad sobre el bien del hombre es la verdad que conocemos acerca de cuál es el bien último de cada hombre. ¿La felicidad consiste en ese bien que se alcanza buscando el bien de los demás?

      Este bien superior, real y profundo, se logra mediante el ejemplo de las propias acciones y obras. Dicho en otras palabras: la manifestación de una vida entregada al bien ajeno. Este bien que podemos dar a los demás está en la línea del ser espiritual del hombre, que, como tal, requiere también la satisfacción de las necesidades materiales básicas. Tal es el ejemplo de una vida que no está orientada exclusivamente a la satisfacción egoísta del placer privado, ni orientada solamente a obtener la seguridad económica individual, como si el hombre no fuese un ser trascendente a Dios y a los demás seres humanos.

   El filósofo Alejandro Llano refirió que la crisis que se experimentó hace unos años no fue sólo económica. Llano consignó que, sobre todo, Alejandro Llano Cifuentes - Wikipedia, la enciclopedia libreconsistía en una crisis del conocimiento. Es decir, una crisis en el espíritu que altera o perjudica la confianza en el poder de nuestro entendimiento para conocer la realidad. Este problema radica en los cambios de mentalidad del siglo XX cuando se produjo un rechazo acusado de la tradición. Había que encontrar nuevos conocimientos, al margen de la tradición y las costumbres que guiaban a la comunidad. A esto se sumó el creciente relativismo militante de finales de la centuria.

      La consecuencia de todo ello es la actual desorientación de muchas sociedades y de quienes las integran a la hora de conducir su propia vida y conocer las cosas más importantes de la existencia. El relativismo parece ser el atractivo para cientos de millones de seres humanos en nuestro mundo globalizado. De ahí la difusión generalizada del escepticismo.

     ¿Cuáles son las ciencias que pueden sanar esta dolencia en nuestra sociedad contemporánea?, ¿Cuál será la ciencia que nos devolverá la confianza en la capacidad de la razón humana para responder a las cuestiones que más nos importan a todos, como son: ¿Qué es el hombre? ¿Qué es ser persona? ¿En qué consiste la felicidad? ¿Cómo voy a conseguirla? ¿Qué tengo que hacer para ser más libre y más humano? ¿Por qué debo tener relación con Dios? ¿Es posible tratar a Dios? ¿Hay otra vida?

     La filosofía es la ciencia que está llamada a alcanzar estas respuestas. También la teología, aunque de una manera distinta, y con unos alcances mucho más profundos. Esta tarea de la filosofía no empieza de cero, pues la experiencia nos demuestra que puede conocerse la realidad tal cual es de un modo más o menos profundo.

     Desde que el bebé abre los ojos por primera vez, y se alegra de ver a su madre, experimentando el afecto con el que ella lo mira entonces, en el amanecer de su vida, el ser humano se encuentra con la verdad. ¿Cómo ha ocurrido esto? La explicación está en la naturaleza misma del entendimiento humano, es decir, en la facultad cognitiva del hombre, que está constituida para poseer naturalmente la evidencia de la realidad.

     La verdad consiste en la conciencia íntima, sólida e inconmovible de que nuestro conocimiento nos revela fielmente la cosa existente en la naturaleza, tal como ella es en su existencia extra-mental.Resultado de imagen de aristóteles Esta seguridad sólida y cierta se basa en la necesidad que tiene la cosa conocida fuera de la mente, y no en la actividad del sujeto pensante. En efecto, el entendimiento humano recibe el conocimiento de las cosas. Y, como dice Aristóteles, las cosas son la causa del conocimiento que tenemos de ellas. Son la causa de la verdadera estimación que el entendimiento tiene de las cosas mismas.

     Acerca de este punto, Tomás de Aquino pone el ejemplo de un ciego de nacimiento, que carece de los conceptos de color porque no tiene el sentido de la vista. Las cosas no han impreso en el sujeto que conoce la información que élResultado de imagen de tomás de aquino necesita para tener un conocimiento de ellas. Es claro que el entendimiento no crea la información que conoce, sino que viene de las cosas que aquél comprende. Pero, no solamente la información proviene de las cosas mismas, sino que el entendimiento mismo tiene un diseño natural. Según éste, el entendimiento humano está hecho para recibir la información que es impresa en él por las cosas mismas.

     Por último, la información impresa por las cosas en los sentidos y en el entendimiento son recibidas en éstos como configuraciones o figuras ajenas al entendimiento mismo, o sea, como configuraciones de otras cosas distintas de él.

    Por todas estas razones, el entendimiento está concebido para conocer con fidelidad las cosas de nuestra experiencia ordinaria. Y sólo una cierta violencia ajena al entendimiento mismo puede hacer que el entendimiento se aliene y se extravíe, para obrar de una manera distinta de la manera según la cual ya está naturalmente diseñado. Esta alienación y extravío del entendimiento es lo que se llama el error. Y el entendimiento no cae naturalmente en el error, sino por un influjo exógeno, ajeno a su naturaleza misma.

     Antes de cometer cualquier error, el entendimiento primero conoce la verdad acerca de las cosas y el principio de no-contradicción. Incluso para equivocarse antes es necesario haber conocido el principio de no-contradicción, que es la primera verdad a la que llega el entendimiento; originado por el influjo natural de las cosas en el mismo entendimiento.

   Por esta razón, el entendimiento está suficientemente dotado de conocimientos verdaderos, que lo capacitan para la corrección o la enmienda. En efecto, el error sólo ocurre en el entendimiento si previamente éste conoce que una cosa no es lo mismo que su negación. De lo contrario, el entendimiento no podría incurrir en un error. El entendimiento humano tiene entonces una disponibilidad fundamental para conocer la realidad exterior y para tener una verdadera estimación de las cosas.

      A lo largo de más de 2200 años de historia del pensamiento humano, algunos filósofos han desconfiado de la fundamental capacidad del entendimiento humano para conocer la verdad. DescResultado de imagen de descartesartes pensó que la ciencia universal debía ser una ciencia que partiese de cero; mediante una duda universal, que él llamó duda metódica. Descartes pretendió dudar de todo, y escogió como método para iniciar su ciencia universal, una duda universal, que, según él le condujo a admitir la existencia del sujeto cognoscente.

      Sin embargo, esta postura de Descartes, que presenta la apariencia de ser muy ingeniosa y propia de un pensamiento que quiere erigirse como el pensamiento maduro y superador es, en realidad, un planteamiento ingenuo y poco crítico, porque Descartes no se ha percatado de que para llevar adelante su proyecto de dudar de todas las cosas, él mismo está aceptando previamente un conocimiento verdadero y absolutamente indudable: que no es lo mismo dudar que no dudar; porque una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo; que es el principio de no-contradicción. De tal manera, que hasta para afirmar que hay que dudar de todo, es necesario aceptar previamente que no es lo mismo ser y no ser en el mismo sentido y al mismo tiempo.

      El relativismo también rechaza el principio de no-contradicción. Pero al sostener los relativistas que todas las cosas son relativas, están aceptando que no es lo mismo que algo sea relativo a los distintos sujetos que lo piensan, y que, al mismo tiempo, no lo sea. Por lo tanto, para que los relativistas afirmen que todo es relativo, es necesario que simultáneamente ellos mismos acepten que hay algo absoluto y que no es relativo a un sujeto; que es el principio de no-contracción. Porque el relativista acepta necesariamente que no es relativo que todo sea relativo. El relativismo resulta entonces contradictorio.

      Ocurre lo mismo con el escepticismo, pues aunque diga dudar de todo, antes debe aceptar implícitamente en su planteamiento que no es lo mismo dudar que no dudar, ni es posible hacerlo con respecto a todas las cosas, porque sería imposible que se constituya duda alguna. Y es que toda duda se configura porque el sujeto cognoscente no sabe si una proposición o su contraria es la verdadera, sin estar más inclinado a aceptar una que otra. Pero como la proposición opuesta a la existencia de todas las cosas es que no existe nada; entonces, en este último caso, no es posible que haya ni duda, ni sujeto de duda. Y, si no puede existir ni el sujeto que duda, ni la duda, en la alternativa de que no exista nada, sólo queda que existan el sujeto que duda y la duda en la alternativa de que exista algo; al menos el sujeto que duda y la duda. En consecuencia, no es posible para la inteligencia dudar de la existencia de todo. Y sólo se puede dudar de la existencia de algunas cosas; pero no de todas.

      Por último, no es posible dudar de algo de lo cual ya se tiene certeza; porque la certeza es lo contrario de la duda. Quien duda sólo en potencia conoce, y no conoce en acto. Quien conoce en acto una cosa, no puede al mismo tiempo dudar de esa misma cosa, porque el entendimiento no puede estar en potencia y en acto al mismo tiempo. O está en potencia, o está en acto. Por ejemplo, conocemos en acto, y conocemos sin ninguna duda la existencia de las personas que están frente a nosotros y, viceversa, quien conoce en acto, no puede a la vez conocer en potencia, que es la duda. Por esta razón, no podemos dudar de lo que ya conocemos en acto.

   Esto demuestra el equívoco de las premisas de las que parte el pensamiento moderno que hemos analizado y que tanto perjudica al orden y la armonía de nuestras sociedades occidentales. Sólo el retorno a la filosofía realista puede mejorar y aún enderezar la maltrecha situación de nuestra cultura como agente informante de las costumbres de una civilización digna de tal nombre.