Archivo de la etiqueta: Felipe IV

Santiago y el copatrocinio de las Españas

por Álvaro Sureda, historiador

Cada 25 de julio, España celebra a su santo patrón, Santiago apóstol. Hijo de Zebedeo y Salomé, pasará a formar parte de la tríada de apóstoles predilectos de Cristo y se convertirá en el protomártir de los apóstoles tras su ejecución en torno a los años 40-44 d. C. por orden del rey Herodes Agripa. Aparte de su fuerte carácter (es apodado junto a su hermano Juan como Βοανεργές, “Boanerges”[1], hijos del trueno, por el propio Cristo), la tradición le atribuye a él la evangelización de España. Si bien hoy en día la fiesta y su patronazgo sobre España, junto a la Inmaculada Concepción, no se ponen en duda, a lo largo de los siglos, dicho honor ha sido disputado con otros.

A pesar del peligro de ser relegado en algunos momentos de la historia[2] y siendo exaltado en otros, no hay que dejar de señalar que el apóstol Santiago ha jugado un papel determinante en la historia de España. Ya fuera en la península o en sus territorios transoceánicos, su figura ha sido elemento indispensable en el asentamiento de la fe, la devoción popular, la identidad nacional y como símbolo de resistencia frente a las amenazas belicistas que la nación ha debido afrontar en distintos momentos. Siendo hoy patrono de infinidad de ciudades y países, sobre todo de tradición hispana, puede servir de ejemplo de integración y como elemento unificador de unos territorios con características diversas pero una misma esencia. 

A la hora de referirnos al concepto de “Españas”, no podemos limitarlo a un mero concepto geográfico, sino que lo tratamos desde una perspectiva histórico-cultural. Por ello hacemos referencia a la unión del reino portugués[3] y los territorios hispanoamericanos. Este último, debido a que, como expone el profesor Juan Antonio Gallardo en su artículo Esencia de Hispanidad: La hispanidad, en cuanto categoría histórica y, por tanto, espiritual, ˗en palabras de Unamuno˗ materializaría la cristiandad y, por tanto, el axioma civilizador en las llamadas Españas[4].

Primeros patronos

Como primer punto de encuentro, en el territorio peninsular, los primeros santos en ostentar el patronazgo de España los podemos hallar en los santos mártires Justo y Pastor. Dos hermanos que, siendo niños, se mantienen firmes en la defensa de la fe frente a las persecuciones de Daciano y por eso serán ejecutados en el año 307 a las afueras de Complutum (Alcalá de Henares), su ciudad natal.  

Como señala Canalda, el culto a los Santos Niños no se circunscribió ni a la ciudad de Alcalá, donde sobrevivió a los siglos de dominación musulmana, ni tan siquiera a su comarca, ya que se extendió por una amplia zona geográfica que comprende la mitad septentrional de la península ibérica junto con la región del sur de Francia nucleada en torno a la ciudad de Narbona. Esta expansión tendría lugar principalmente en tres oleadas: una primera en la época visigoda con un más que probable epílogo en los años de la invasión musulmana, una segunda a raíz de la reconquista de la región castellana y una postrera mucho más tardía y bastante menos importante en su conjunto […] motivada por el traslado de las reliquias de estos mártires, desde Huesca hasta Alcalá, durante el reinado de Felipe II [5]

El propio Francisco de Quevedo menciona este patronato a través de su obra Memorial por el patronato de Santiago y por todos los santos naturales de España, en favor de la elección de Cristo Nuestro Señor (1627); Obra a la que luego volveremos, pero en la que, citando a Fernández Mosquera, se señala la siguiente cita: 

Señor, suplico a V. M. considere y mande considerar estas verdades, para que veáis cuan lícito y cuan forzoso es desistir deste compatronato, en que os han empeñado los padres de la reforma. Señor, San Justo y Pastor, naturales de España, niños tan tiernos y mártires tan grandes, que amanecieron tan temprano con su muerte nuestras tinieblas, 307 años después de la muerte de Cristo, por la crueldad de Deciano, que a 1320 años fueron por muchos días apellidados patrones de España, como es verdad y consta del privilegio que dio, era de Cristo 684, año de su nacimiento 646, el católico rey godo Cindasvindo y su mujer la reina Reciberca, y está original en la iglesia de Astorga, en favor del monasterio de San Frutuoso en el lugar de Compludo, y empieza de esta manera: Dominis sanctis gloriosissimis, mihique post Deutn fortissimis Patronis Sanctorum martyrum Iusti et Pastoris: A los santos gloriosísimos, y para mí, después de Dios, fortísimos patrones, de los santos mártires Justo y Pastor. ¡Grande blasón! ¡Grande empeño para el patronato, confirmado con privilegio de tales patrones, que los llama el rey de España fortísimos después de Dios! Mas, Señor, reconociendo este rey, y los demás todos, que la fe por la que murieron estos santos, ellos y todos los demás de España, la debieron a Santiago, cedieron en su devoción con justicia, y dejaron que el patronato se volviese a quien le dio Cristo solo; y ni ha enflaquecido, por retroceder en esto, la autoridad de los reyes, ni San Justo y Pastor dejan de favorecer a España, ni su patria pide que se les guarde este privilegio comprado con sangre, y solicitado de solos milagros y el martirio[6].

A su vez, López Roldán señala que el culto a los santos Justo y Pastor alcanzó grandísimo auge en época visigoda. Su culto se extendió por varias regiones: están documentados templos en su honor en Astorga, Córdoba, Zaragoza, Medina-Sidonia, Guadix, Alcázar de la Sal y el monasterio de Compludo, fundado por Fructuoso de Braga[7]

Diversidad de reinos, pluralidad de copatronos

Tras la desaparición del Reino visigodo y el surgimiento de los nuevos reinos peninsulares la cuestión patronímica varía en función del reino, sobre todo al relacionarse como un símbolo de distinción respecto a los demás. Aunque Santiago, tras el descubrimiento de su tumba en tiempos de Alfonso II, cogerá una especial relevancia, sobre todo con el asentamiento de las peregrinaciones a través del Camino de Santiago[8], no tendrá el mismo reconocimiento en todos los territorios. Uno de los más importantes será Emiliano de la Cogolla, más conocido como San Millán, quien, como señala Brisset, era el eremita riojano que los castellanos habían convertido en su patrono en el 935[9]. Dicho eremita comienza a tomar peso tras las apariciones en algunos campos de batalla como el de Simancas, en ayuda de las tropas castellanas frente a las huestes de Abderramán III. Poza Yagüe afirma que dicho patronazgo está relacionado con la disputa por la hegemonía de la Reconquista entre Castilla y León. La rivalidad entre el Reino de León y el naciente Condado de Castilla por la hegemonía militar en la Reconquista convirtió a San Millán, en el imaginario popular, en un caudillo militar. Así, como respuesta a la ayuda prestada por Santiago a las tropas de Ramiro I en la batalla de Clavijo (844), en la batalla librada en Simancas contra Abd al-Rahman III (939), el santo riojano capitaneará las huestes castellano-navarras del conde Fernán González y del rey García Sánchez. Tras la victoria, San Millán será proclamado patrón de Castilla y Navarra; patronazgo que quedará relegado a un segundo lugar cuando, tras la incorporación de los distintos territorios bajo el cetro de los antiguos reyes leoneses, ese honor sea reservado al apóstol compostelano. A pesar de ello, la cuestión volverá a plantearse en el siglo XVII, cuando algunos reclamarán de nuevo su patronazgo sobre Castilla y el título de copatrón, en plano de igualdad con Santiago, sobre toda España[10]. Parte de esta rivalidad la vemos mencionada en palabras del propio Quevedo, quien en su Memorial señala que, a pesar de las palabras del padre fray Pedro de la Madre de Dios, en el papel de sus piadosas conjeturas, niega que en el siglo XVII siguiera siendo patrono de España[11].

El elemento belicista e identitario de nación se verá suprimido a lo largo de la Edad Moderna, donde en tiempos de Felipe II y sus sucesores Habsburgo entrarán nuevas propuestas en la cuestión de los patronazgos. Durante este periodo, las devociones particulares, sobre todo de monarcas, tendrán un peso muy importante a la hora de “imponer” en el patronazgo algunas de sus devociones particulares. Este fenómeno relacionado con la concepción del reino en un sentido patrimonial de la monarquía, propio de la Edad Media y evolucionado al sentido del autoritarismo que llega al absolutismo de la Edad Moderna, explica este fenómeno. Por otro lado, la necesidad de unificar territorios tan diversos hace que se busque en los santos españoles símbolos de unión. Si bien no siempre lo conseguirán, debido a las presiones externas y a la variedad devocional del pueblo, no por ello dejarán de intentarlo. 

Copatrones en el Siglo de Oro

Aunque en el inicio de la Edad Moderna la figura de Santiago estuviera muy presente en los Reyes Católicos al encomendarle su intercesión en la Guerra de Granada (1482-1492) o sus apariciones en conflictos bélicos de la conquista de América como la batalla de Centla (1519) o Cajamarca (1532), la expulsión de los moriscos (1609) en tiempos de Felipe III, donde se frena la necesidad de defenderse contra el infiel, o las nuevas políticas fomentadas por los monarcas en la intervención de las canonizaciones de santos españoles[12] supondrán un cambio a la hora de sugerir un único patrocinio de España. Estas políticas de canonización destacarán por ser un elemento diferenciador respecto al resto de países y a la vez una puesta en práctica de las directrices de Trento, lo que supondrá una búsqueda de exaltación de algunos santos españoles que, si bien no llegarán a considerarse patrones de España, ostentarán un cierto copatronato. En ese sentido, en la oleada de santidad que llegó a 1630, las Cortes avalaron muchas iniciativas ajenas, ya fueran de santos propuestos por órdenes religiosas en función de sus propios intereses, ya por la Corona como afirmación de la monarquía, en especial antepasados de los reyes como Sancha, hija de Alonso IX, Alfonso VIII, Fernando III o Isabel de Portugal[13]. Por otro lado, algunos personajes como Quevedo mencionan en su memorial cómo algunos de los santos españoles, por su relevancia en la historia de España, la lucha en la defensa de la fe o su devoción popular, también han podido llegar a ser considerados copatronos, aunque no han llegado a serlo propiamente. Tal es el caso de San Hermenegildo, San Isidoro, Santa Florentina, Santo Inocente de la GuardiaSan Ildefonso, Santa Leocadia, San Isidro, San Dámaso, San Diego de Alcalá, Santo Tomás de Villanueva, San Ramón Nonato, San Ignacio de Loyola o Santo Domingo[14]

La cuestión del santo patrón con carácter belicista y apoyo frente a las invasiones musulmanas no es singular de Castilla y León, sino que se utilizará en otros reinos peninsulares y transoceánicos. Si tenemos en cuenta el control de la monarquía portuguesa en manos españolas, se entiende el intento por parte de monarcas como Felipe IV en el intento de nombramiento de un patrón para estos reinos. A fines del siglo XVI, como forma de exaltación de la “patria”, Rey Castelao, citando a algunos autores como Faria i Sousa, menciona que hay varios intentos de nombramiento y devoción particular de los reyes portugueses. Algunos de los ejemplos que menciona son el Anjo da Guarda (El Ángel de la Guarda), a quien Manuel I intenta nombrar como patrón, pero no arraiga. Don Sebastián y Don Manuel, que eran devotos de los sacramentos, Juan I de Santa María de Oliveira y Don Duarte de la Santa Cruz y la Inmaculada. Sousa Macedo señala que Alonso Enríquez, Alfonso IV y Juan I se encomendaban a la Virgen de Oliveira en las luchas contra los castellanos[15].

Por otro lado, también señala, en este caso citando a Nuñes de Leao, cómo Portugal fomentaba el culto a varios santos naturales como forma inconsciente de exaltar a «la patria» y, a comienzos del siglo XVII, vivió una oleada de santos paralela a la de Castilla; en especial, los relacionados con Lisboa intentaron otros patrocinios. El primero será con la reina Isabel, de la cual se encontró su cuerpo incorrupto y había sido canonizada en 1625, y en segundo lugar lo intentaron con San Vicente, patrón de la ciudad. Además, en las crónicas se proclamaban las devociones plurales de los reyes, que incluían Montserrat, Guadalupe y Santiago[16]

En otros casos de reinos peninsulares encontramos similitudes en la elección del santo patrón. La figura de San Jorge también encontrará su patronato en tierras españolas y portuguesas. Un patronato que se mantiene firme a pesar de la “presión” recibida sobre el patronato con Santiago. En el caso de Aragón, ya lo encontramos a través de una orden directa establecida por Pedro IV a los obispos de la Corona, a comienzos de noviembre de 1356, en la que se instaba a insertar en las eucaristías celebradas cada día en su diócesis unas conmemoraciones a San Jorge, con el fin de interferir en las guerras contra Castilla que acababa de declarar el rey Pedro I de Castilla[17]. Por otro lado, Rey Castelao afirma, citando a algunos autores como Faria y Soussa o Junco y de la Fuente, tratando la cuestión del patronato de Santiago en Portugal, durante el gobierno de Felipe IV, que: Santiago rigió en el Portugal independiente hasta que Afonso IV le buscó una alternativa, de modo que en la batalla de Aljubarrota (1385), según Faria i Sousa, «se oyó llamar de una parte por Santiago y de la otra por san Jorge», venciendo los portugueses a los castellanos; la adopción de San Jorge, cuya imagen era la de un caballero con lanza luchando contra un dragón y cruz roja sobre fondo blanco en el escudo ˗muy parecida a la de Santiago˗, fue ratificada por Joao I como una forma de agradecer la colaboración de Inglaterra, que lo tenía por patrón, en la «difesa da independencia e a resistência à absorção polo poderoso reino vizinho». El hecho de que San Jorge fuera también patrono de Aragón, según opiniones recientes, vincularía el particularismo portugués con el catalano-aragonés por oposición a Castilla —no a España—, pero creemos que solo lo sería en las formas[18].

El caso de Santa Teresa de Jesús quizá sea el más “polémico”, ya que ella, por un tiempo, sí que ostentará el cargo de copatrona, aunque no exento de problemas. Dicho compatronato será aprobado por Felipe III, con el apoyo de las Cortes de Castilla el 4 de agosto de 1618, de la mano de la beata (en ese momento) Teresa de Jesús. Aunque finalmente, debido a la presión recibida, se retirará la propuesta. A pesar de los intereses demostrados por la monarquía para que esto se produjera, no se habían tenido en cuenta las posibles consecuencias que esto provocaría. Junto a las protestas que se producirán en torno a la catedral de Santiago, estas se extenderán por todo el país, haciendo que las cortes castellanas se retractaran de sus dictámenes. Otro elemento que explica la retractación es la precipitación que se muestra al nombrarla tan pronto, pues solo hacía cuatro años que había sido beatificada y no será hasta 1622 cuando sea canonizada. 

Felipe IV volverá a intentarlo, consiguiendo esta vez que, junto a las Cortes de Castilla, el papa aprobara este compatronato. En esta ocasión, además de las protestas del cabildo de la catedral, habrá que contar con la pluma de Quevedo, el cual, siendo uno de los principales referentes de las letras del momento y destacado miembro de la Orden de Santiago, escribirá un “Memorial por el patronato de Santiago”, dedicado a Felipe IV y que supondrá una guerra de panfletos que durará 3 años. Y que por algunos de sus mensajes y su mala relación con el conde-duque de Olivares serán motivo de hasta 6 meses de destierro. 

Santiago, único patrón

Dicha crispación no solo acabó con la vuelta al patronazgo único de Santiago en 1629, sino que supuso la intervención de la Inquisición, haciendo que en algunos momentos se llegara a prohibir una letanía de Santa Teresa. Años más tarde, Carlos II volverá a intentarlo, pero al no conseguirlo en vida, lo dejará escrito en el codicilio de su testamento. Sin embargo, con la llegada de los Borbones, en concreto de Felipe V, al no ser de origen español y compartir ese sentimiento, lo dejó de lado, pero estuvo a punto de favorecer ese patronazgo a favor de san Jenaro, del que era muy devoto. 

Aunque durante las Cortes de Cádiz se volvió a intentar de nuevo, al no ser aprobadas por unanimidad y la vuelta de Fernando VII al poder, volvieron a situar al apóstol como patrón único, siendo este el último intento hasta el día de hoy de ese cambio.

Por otro lado, se ha de tener en consideración la dimensión territorial. Con frecuencia se ha vinculado a Teresa (Santa Teresa de Jesús) con la «nación española», no menos que a Santiago. Si bien no afectaba a todos los reinos por igual. Es necesario tener en cuenta que la Corona de Aragón, teniendo por patrón a San Jorge, los territorios aragoneses no entraron en las polémicas del patronato. En el contexto de las sublevaciones catalanas también se reforzará el culto a la Virgen del Pilar. Quien, además de ser patrona de la Hispanidad, tiene un fuerte vínculo en la Corona de Aragón. Además, el mismo Felipe IV en 1643 volverá a intentar patronazgos también en el caso de España. En el caso de Castilla, intentará nombrar a San Miguel Arcángel, aludiendo a que había sido patrono de los godos, pero no prosperará[19].

 La Virgen de Guadalupe también será un elemento importante en el patronazgo. Por un lado, su relación con la Reconquista tiene una especial relevancia en las tierras de Extremadura. Su devoción comienza en 1340 cuando el rey Alfonso XI de Castilla mandó construir una ermita a la Virgen al considerarla como parte imprescindible de la victoria en Salado. Posteriormente, su papel en tiempos de los Reyes Católicos tendrá un peso crucial, ya que pasará no solo a reflejar un acto de fe, sino que sería visto como una protectora de la corona y un símbolo de unión religiosa y territorial en el estado español naciente. La aparición atribuida a la Virgen en México (1531) bajo la misma advocación muestra un gran elemento de unión entre los distintos territorios hispanos. En 1737, la Virgen de Guadalupe fue proclamada Patrona de la Ciudad de México tras una epidemia de peste. Posteriormente, su patronazgo se extendió a toda la Nueva España en 1746 y en 1754, el papa Benedicto XIV emitió un decreto que confirmó oficialmente el culto guadalupano, autorizando la celebración de su festividad litúrgica[20].

La última incorporación a la disputa por ostentar el título de copatrona de España es para la Inmaculada Concepción, la cual sigue teniendo dicho título. La devoción a dicha advocación ha estado muy presente a lo largo de los siglos en la península. Y aunque algunos han tratado de asentar su inicio en España en el siglo VII de la mano de San Ildefonso, remitiéndonos a los datos seguros debemos situar que comenzó a celebrarse a finales del siglo XIII (si se apura mucho y validamos el testimonio de Ripoll, en 1183), se desarrolló por toda la península durante el XIV, quedándose absolutamente extendida a comienzos del XV[21].  

La devoción por la Inmaculada se irá ampliando a lo largo de los siglos dentro de la península a raíz del Concilio de Trento, donde se refleja la afirmación: «Este santo Concilio declara que, al hablar del pecado original, no intenta comprender en él a la Bienaventurada e Inmaculada Virgen María, sino que hay que observar sobre esto lo establecido por Sixto IV». Esta devoción en ningún momento entró en disputa directa con el patrocinio de Santiago. 

Posteriormente, con la intercesión de la Inmaculada, un 8 de diciembre de 1585 en Bommel, las tropas del Tercio de Zamora conseguirán acabar con el asedio holandés, constituyéndose como patrona de los Tercios[22]. La devoción de la infantería española y la devoción popular irán cogiendo forma hasta que finalmente el rey Carlos III será quien declarará el patronazgo de la Inmaculada en 1754. A pesar de este impulso y patrocinio, no será hasta 100 años después que se reconozca el dogma por parte de Pío IX a través de la bula Inefabilis Deus (8 de diciembre de 1854). 

Conclusión

Tras analizar este recorrido histórico, podemos decir que la cuestión del patronato es un elemento que trasciende más allá del mero hecho de ver quién es el patrón de España. Si bien en algunos casos comenzó siendo un elemento de devoción natural referente a los santos mártires locales, como era el caso de los Santos Niños en época visigoda, con el paso del tiempo ha cambiado su interpretación. La creación de nuevos estados cristianos que deben sobrevivir a la amenaza musulmana confiere a los patronos un símbolo de unidad y la figura de un líder con rasgos militares que confiere protección y ayuda a los reinos nacientes. Esta misma visión, aunque todavía estará presente en algunos momentos de la Edad Moderna, se verá truncada al introducirse la voluntad de los monarcas con respecto a sus devociones particulares y la búsqueda de santos que unan los distintos territorios, intentando crear sobre ellos símbolos de españolización como en el caso de la polémica entre el copatronazgo de Santiago y Teresa, aunque no siempre lo conseguirán. Avanzado este periodo, la devoción popular y las nuevas aportaciones al Magisterio de la Iglesia irán encontrando cabida hasta el punto de situar a la Inmaculada Concepción como copatrona de Santiago.

Sin embargo, podemos ultimar que, a pesar de las distintas circunstancias que se han generado en torno a la figura de los patronazgos y quienes hayan compartido ese título junto al apóstol, todos han tenido sus aportaciones a la devoción popular y raíces cristianas de las Españas. Y es que más allá de los intereses humanos o las dificultades en las que se encuentre el Estado, parece que la presencia de Santiago se abre camino. No en balde, en palabras del propio Quevedo al rey: “Santiago es patrón de España […] porque cuando no había reino, lo eligió Cristo nuestro Señor para que Él lo ganase y lo hiciese, y os lo diese a Vos”[23]


[1] Mc 3: 13-17.

[2] En 1630 se publicará el decreto papal sobre la elección de patronos […] y la Congregación romana del breviario restituyó el carácter universal e histórico de la tradición de Santiago, suprimido por la reforma de la liturgia ordenada por el Concilio de Trento.

[3] Es bien conocido el hecho de que el concepto geográfico y político que en vuelve hoy en día la palabra España, no corresponde a esa unidad de destino histórico, rota en el año triste de 1640, que constituye el ser íntimo de los pueblos peninsulares, y la cocreación lógica de una larga y cruenta gestación de nacionalidad. Citado en RUBIANO ALVAREZ, P. «El concepto de España según los cronicones de la Alta Edad Media», Príncipe de Viana, año 3 (7), 1942, pp. 149-154.

[4] GALLARDO, J. A. «La esencia de la Hispanidad», Studia Socialia, 2, 2024, p. 156.

[5] CANALDA CÁMARA, José Carlos, El culto a los santos Justo y Pastor en el valle del Henares, Actas del III Encuentro de Historiadores del Valle de Henares, 1992, p. 785.

[6] Memorial por el patronato de Santiago y por todos los santos naturales de España, en favor de la elección de Cristo Nuestro Señor (1627). p. 225, Citado en FERNÁNDEZ MOSQUERA, Fernando, Quevedo y los santos, Criticón, 92, 2004, p. 23.

[7] LÓPEZ ROLDÁN, Miguel Ángel, «Los desconocidos patronos de España que no son ni la Inmaculada ni Santiago», El Debate, 6 de agosto del 2024.

[8] La cuestión está bien analizada por Luis Suárez en el artículo: «Significación del Camino de Santiago», CIDESOC (01/07/2019).

[9] BRISSET, Demetrio E., «Rituales hispano-Mexicanos del Apóstol Santiago», RDTP, XLVI, 1991, p. 194.

[10] POZA YAGÜE, Marta, «San Millán», Revista Digital de Iconografía Medieval, vol. IV, nº7, 2012, p. 31.

[11] QUEVEDO, Francisco, Memorial por el patronato de Santiago y por todos los santos naturales de España, en favor de la elección de Cristo Nuestro Señor (1627). Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, p.110.

[12] F. LABARGA, «1622 o la canonización de la Reforma Católica», Anuario de Historia de la Iglesia, 2020, Vol. 29, pp. 73-126.

[13] REY CASTELAO, O., «Patronos e identidades en la monarquía hispánica en el período de la disputa del patronato de Santiago (1618-1630)», Hispania, 80/265 (Madrid, 2020): xxx-xxx. https://doi.org/10.3989/ hispania.2020.021.

[14] QUEVEDO, Francisco, Memorial por el patronato de Santiago y por todos los santos naturales de España, en favor de la elección de Cristo Nuestro Señor (1627). Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, p.110.

[15] REY CASTELAO, O., «Patronos e identidades en la monarquía hispánica en el período de la disputa del patronato de Santiago (1618-1630)», Hispania, 80/265 (Madrid, 2020): xxx-xxx. https://doi.org/10.3989/ hispania.2020.021.

[16] Ibid.

[17] LAFUENTE GÓMEZ, M. «Aragón en la Edad Media», nº20, 2008 (ejemplar dedicado a: Homenaje a la profesora Mº de los Desamparados Cabanes Pecourt), pp. 427-444.

[18] REY CASTELAO, O., «Patronos e identidades en la monarquía hispánica en el período de la disputa del patronato de Santiago (1618-1630)», Hispania, 80/265 (Madrid, 2020): xxx-xxx. https://doi.org/10.3989/ hispania.2020.021.

[19] Ibid.

[20] CALDERÓN BERROCAL, Mª del C., «La Virgen de Guadalupe», Revista Extremeña de Sociología Almenara, nº 16, 2025, 101-126.

[21] PEINADO GUZMÁN, José Antonio, «Orígenes y desarrollo de la fiesta de la Inmaculada Concepción», Advocaciones marianas (San Lorenzo de El Escorial, 2012): 75-90.

[22] Cabe señalar que, a pesar del patrocinio en la Armada, este no será oficial hasta 300 años después cuando con la preceptiva autorización de la Iglesia, la Real Orden de 13 de noviembre de 1892, se instituyera como patrona del Arma de Infantería.

[23] QUEVEDO, Francisco, Memorial por el patronato de Santiago y por todos los santos naturales de España, en favor de la elección de Cristo Nuestro Señor (1627). Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, pp.109-110.