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¿Quién tiene el saber relevante?

Víctor Zorrilla, filósofo

En su discurso de recepción del Premio Nóbel en 1974, el economista Friedrich Hayek advertía del peligro de sobrevalorar nuestra capacidad de conocer y controlar los procesos económicos y sociales[1]. El fracaso de las economías planificadas tenía que haber bastado para inculcarnos esta lección. Hayek propuso el concepto de saber relevante (consequential knowledge) para designar el conocimiento requerido para decidir en situaciones concretas, cuyas circunstancias, únicas y virtualmente infinitas, son mejor conocidas por las personas sobre el terreno. Por ello, este conocimiento se encuentra siempre ampliamente distribuido en la población, pues es imposible que la autoridad o los expertos alleguen oportunamente toda la información que se requiere para decidir con acierto. Ello explica el éxito de las economías de mercado, en las que los actores operan libremente en función de la información que tienen disponible. Resulta imposible que la autoridad —sea un rey filósofo, un tecnócrata o un comité de expertos— conozca todos los pormenores y matices que se requerirían para decidir en nombre de la gente común, máxime cuando esta autoridad no arriesga nada ni asume el costo de sus errores.

Las leyes relativas al salario mínimo ilustran bien lo anterior. Al encarecer artificialmente el costo del trabajo, éstas suelen aumentar el desempleo, especialmente entre las personas menos cualificadas y más necesitadas de empleo. El año 2003, fue noticia cuando la revista The Economist reportó que, en febrero, el desempleo en Suiza había alcanzado un 3.9%, el máximo en cinco años. Suiza no tenía leyes que establecieran el salario mínimo. En 1991, cuando aún era colonia británica, Hong Kong tampoco legislaba el salario mínimo. Su tasa de desempleo era inferior al 2 por ciento. En Estados Unidos, la última administración en prescindir de un salario mínimo nacional fue la de Calvin Coolidge, presidente de 1923 a 1929. En los últimos cuatro años de su gestión, el desempleo fluctuó entre un 4.2 y un 1.8 por ciento[2].

Nada de esto ha disuadido a filósofos e intelectuales que, asumiendo su propia superioridad, han intentado usurpar el poder de decidir y organizarse de las personas comunes en el ejercicio de su libertad responsable. En el siglo XVIII, Rousseau aseguraba que la organización mejor y más natural consistía en que los más sabios gobernaran a la multitud. El siglo siguiente, Marx declaraba que “la clase obrera es revolucionaria o no es nada”, insinuando, con ello, que millones de personas importaban sólo en la medida en que llevaran a cabo el proyecto marxista. En el mismo siglo XIX, mientras John Stuart Mill instaba a las masas a dejarse guiar por los intelectuales, la Revolución industrial alcanzaba su pleno vigor. Este proceso, que cambió los patrones de vida en naciones enteras y definió la era moderna, fue impulsado por hombres con experiencia práctica en la industria más que por científicos e intelectuales. En Estados Unidos, pioneros como Thomas Edison y Henry Ford tuvieron poca instrucción formal. Por su parte, los hermanos Wright —inventores del primer aeroplano que voló con una persona a bordo— eran mecánicos de bicicletas que no terminaron el bachillerato, pero con unas cualidades innatas que supieron aprovechar preocupándose por mejorar sus conocimientos.

No obstante las aportaciones de estos y otros genios ordinarios, Ronald Dworkin, profesor en Oxford, dictaminaba que “una sociedad más igualitaria es una mejor sociedad, aun si sus ciudadanos prefieren la desigualdad”. Con ello, Dworkin pasaba por alto que es, precisamente, la desigualdad en los talentos, inclinaciones, fortunas y disposiciones lo que da lugar a las transacciones voluntarias y la prosperidad en las sociedades libres, ya que alienta su organización, colaboración y dinamismo. Por el contrario, en una entrevista de 1975, Simone de Beauvoir afirmaba que no debía autorizarse a las mujeres a quedarse en casa a criar a sus hijos: “las mujeres no deberían tener esa opción —advertía—, precisamente porque, si existe tal opción, muchas mujeres la tomarán”[3]. Temía que pudiera caer su modelo de sociedad ideológicamente preconcebido.

Siguiendo esta tradición de las autoproclamadas élites intelectuales, las actuales burocracias se empeñan en decidir por nosotros cómo debemos comunicarnos y transportarnos o qué nos conviene ver, leer y consumir, muchas veces con un criterio completamente alejado del concepto real del bien común. Hayek concluía su discurso en Estocolmo observando que:

el reconocimiento de los límites insuperables de su conocimiento debe […] dar al estudioso de la sociedad una lección de humildad que [le impida] convertirse en cómplice del esfuerzo fatal por controlar la sociedad —un esfuerzo que lo convierte no sólo en un tirano sobre sus semejantes, sino que bien puede convertirlo en el destructor de una civilización que ningún cerebro ha diseñado, pero que ha surgido de los esfuerzos libres de millones de individuos[4].

Pocas consignas pueden considerarse más relevantes hoy, frente al afán de políticos e intelectuales por controlar los procesos de una sociedad que evade, por su infinita complejidad, cualquier pretensión de abarcarla y regularla.


[1] Recogido en el cap. 6, “The Pretense of Knowledge”, de Friedrich Hayek, Hayek for the 21st Century: Essays in Political Economy, ed. Thomas J. Dilorenzo (Auburn: Mises Institute, 2025), 103-118.

[2] Thomas Sowell, Social Justice Fallacies (Nueva York: Basic Books, 2023), 84.

[3] Citas recogidas por Sowell, Social Justice Fallacies, 78-79. La traducción es mía.

[4] Hayek, Hayek for the 21st Century, 118. La traducción es mía.