El fin de los tiempos

  por Antonio Cañellas, historiador

            Son varias las profecías apocalípticas que se han sucedido a lo largo de la historia. Las predicciones de Malaquías –en línea con las voces milenaristas de la Edad Media− o el mensaje de los videntes de Fátima (del que se conmemora el centenario), son fenómenos de carácter sobrenatural que se unen a otros vaticinios más tangibles por los sentidos. Los mismos que afloran con especial vigor en tiempos de crisis. El estallido de las grandes revoluciones, la eclosión de las guerras mundiales o la amenaza de conflicto nuclear, han atizado los augurios referidos al declive definitivo de la humanidad. En el último siglo se ha acentuado dicha percepción con el análisis y las reflexiones de no pocos pensadores. Desde que concluyera la Gran Guerra en 1918 fueron varios los autores que meditaron sobre la crisis de la modernidad. El apoyo de esta cultura en los presupuestos del antropocentrismo –el hombre como medida de todas las cosas−, generó una serie de respuestas que apelaban a una restitución de los principios morales objetivos. Se trataba de neutralizar el creciente relativismo para asegurar una convivencia social acorde con los criterios de articulación, cooperación y jerarquía, en tanto fundamentos de la civilización occidental.

En su caso, el alemán Max Scheler abogaría por una filosofía de los valores aplicable a la conducta humana. Su realización exigiría la apertura del hombre a su propia naturaleza, a Dios y a sus semejantes para que sus actos adquirieran plena significación moral. Por su parte, Oswald Spengler advirtió que las razones de la decadencia se hallaban en una descomposición cíclica y progresiva de la cultura. En el fondo anidaba una crítica al poder ascendente de las masas. Una idea también recogida por José Ortega y Gasset, que denunciaría la pretensión del hombre-masa de imponer la vulgaridad como un derecho. El defecto, el vicio y la sinrazón de la demagogia prevalecerían entonces sobre la virtud, la excelencia y el buen sentido. Habría triunfado el plebeyismo o la voluntad indisciplinada de la mayoría, caracterizada por la ausencia de un criterio rectamente formado. A partir de aquí se abre paso la sociedad líquida, opuesta a un sistema sólido y estable de certezas. Por eso reclamó Ortega la vuelta a ese equilibrio del pensamiento clásico greco-latino capaz de mostrar la inmutabilidad de lo ético por la fuerza de la razón. Sin embargo, para el psiquiatra y novelista mallorquín, Lorenzo Villalonga –buen conocedor de la obra del filósofo madrileño−, cabía subrayar la necesidad de la metafísica. Sólo Dios –revelado en los textos bíblicos− podría saciar plenamente las aspiraciones del hombre y su libertad más íntima. Y es que, como recordara el autor de Bearn, el sentimiento religioso resulta connatural al ser humano. Si se destierra surge la idolatría, radicada en el ensimismamiento del hombre. El dinero, el sexo, el poder, considerados como fines absolutos, agudizarían los síntomas de una degradación cultural al torpedear la línea de flotación de la dignidad humana. Lo vemos todos los días con la mercantilización del hombre, tratándose a sí mismo como un objeto del que hacer uso a capricho. Los daños a nivel familiar, social, económico, político o medioambiental son la consecuencia directa de esa visión egocéntrica que prescinde de Dios y relativiza o anula la moral.

Con estos mimbres estamos ultimando un cambio de Era. Que éste suponga una descomposición irreversible o el pórtico hacia un nuevo renacimiento (como contemplara Nicolás Berdiaeff) –basado en la razón y en la afirmación de Dios como medida del hombre−, dependerá, en parte, de la capacidad de reacción del género humano, ligado a su propio instinto de supervivencia.

Artículo publicado originalmente en el diario “El Mundo. Día de Baleares” (22 de junio de 2017)

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